Los mercados de competencia perfecta
Vamos a empezar analizando un mercado
sencillo e "ideal", el "mercado de competencia perfecta".
En realidad no existe ningún mercado tan "perfecto"
Libre
concurrencia. Ningún
agente puede influir en el mercado. El número de compradores y vendedores es
muy alto y las cantidades producidas o demandadas por cada uno de ellos son tan
pequeñas en relación con el total que su influencia sobre los precios es
inapreciable. (Ningún fabricante individual ni ningún comprador de trigo puede
influir sobre el precio). Para que haya libre concurrencia es imprescindible la
libertad de entrada y salida en las industrias, es decir, que no haya
barreras que impidan a una empresa dedicarse a producir cualquier cosa.
(Cualquier empresario que lo desee puede destinar su capital a la fabricación
de trigo). La expresión "industria" indica el conjunto de
empresas que se dedican a producir el mismo bien.
Esta característica no está presente en las
situaciones de monopolio (un único productor), duopolio (dos
productores), oligopolio (pocos productores), monopsonio (un
comprador) y otros mercados
no competitivos. En realidad, para que haya verdadera "libertad de
entrada y salida" sería necesario que no hubiera costes de
transformación, es decir, que la maquinaria destinada a una producción
pudiera "reconvertirse" sin coste alguno para producir cualquier otra
cosa.
La libre concurrencia en realidad es la
excepción y no la regla. Algunos economistas británicos sugirieron que para
estudiar el sistema económico habría que empezar analizando el monopolio, que
es lo más habitual, y no la libre competencia. En cualquier caso, las ventajas
de los mercados de libre competencia son tan grandes con respecto a los demás
mercados que son presentados
Homogeneidad
del producto. Para que
haya libre competencia es necesario que el consumidor sea indiferente a comprar
el producto de una empresa o de otra, por tanto los productos tienen que ser
exactamente iguales; sólo así se hará realidad que si una empresa pusiera el
precio por encima del establecido por el mercado, los consumidores dejarían de
comprarlo. La homogeneidad debe incluir todas las condiciones de venta tales
como garantías o financiación. En la realidad, como todos sabemos, las empresas
tratan de diferenciar sus productos mediante campañas publicitarias, envases
llamativos o pequeños cambios en el diseño o la composición. Es más, una de las
principales virtudes de la libre competencia es precisamente el esfuerzo que
obliga a todas las empresas por mejorar continuamente sus productos tratando de
diferenciarse por su mayor calidad o menor precio.
Información y racionalidad de los agentes. En los mercados de libre competencia los agentes
económicos conocen los precios de todos los productos y factores, sus
características y la existencia de posibles sustitutos. En el momento de
decidir entre diferentes alternativas, los consumidores elegirán aquellas que
maximicen su utilidad y los productores las que maximicen sus beneficios.
Muchas veces la información puede ser
un bien escaso y de alto coste. Por ejemplo: antes de adquirir un vehículo
necesitamos invertir tiempo y trabajo recorriendo los establecimientos de
muchos concesionarios para conocer cuál de los diferentes modelos que nos
ofrecen puede proporcionarnos mayor satisfacción. Nuestra decisión en cualquier
caso será tomada siempre con información insuficiente porque ¿Quién sabe
distinguir cuál es la biela más resistente al desgaste? Antes de pedir
una ensaladilla en un bar ¿analizamos la mayonesa en varios establecimientos
para poder elegir la que tenga menor cantidad de salmonelas? Debido al
coste de adquirir más información llega un momento en que renunciamos a seguir
investigando aunque ello pueda tener como consecuencia una decisión de compra
incorrecta.
Pero para que la decisión sea la correcta,
además de información se necesita racionalidad, es decir, capacidad para
analizarla y valorarla. Los agentes deben poder adoptar decisiones que
satisfagan sus preferencias. La teoría económica, en principio, considera que
los gustos y preferencias están dados, son transitivos e invariables a
corto plazo. La transitividad en las preferencias significa que si un
individuo prefiere A a B y B a C también preferirá A a C. Sin embargo, Kenneth J. Arrow
ha demostrado su "Teorema de la Imposibilidad" que afirma que no
puede haber ninguna constitución democrática que permita que la sociedad en su
conjunto pueda adoptar decisiones racionales y transitivas.