Cuida tus Deseos
Guayaquil, Mayo del 2001
"De las coincidencias, visiones, fantas�as y misterios que han rondado mi corta vida, no ha sido la vez que el jinete que me dio las primeras clases de equitaci�n, fue atropellado cruzando una avenida al d�a siguiente con caballo y todo lo que m�s me llama la atenci�n. Tampoco que mi padre me contara que mi padrino de bautizo cat�lico fuera en realidad un brujo, ni que una enamorada que ten�a y trabajaba en una oficina la despidieran el d�a que la cambi� por otra que tambi�n ocupar�a el mismo puesto de trabajo de ella. Ninguna de todas aquellas situaciones, ni otras que no vienen al caso me sumergi� en un enigma que a�n no puedo resolver, como aquella historia de Ana Mar�a Lavi� y su valent�a en el siglo XIX.

Suele hacer mucho calor en la costa en los d�as de Abril. El d�a que la conoc� hab�a pasado una noche muy dif�cil lidiando con una botella de Ron. El chuchaqui me llevaba recostado sobre mis brazos en el asiento delante de m� en el transporte p�blico rumbo a mi trabajo. Abr� los ojos cuando sent� un peque�o empuj�n y mir� unas piernas blancas encajadas en una falda de trabajo muy corta. Enseguida reaccion�, me incorpor� y la mir�. Llevaba unas gafas oscuras y su uniforme azul. Debi� mirarme de reojo para darse cuenta en seguida que continuaba medio borracho. En el letargo me imagino que mis ojos han de haber estado enrojecidos del alcohol. Dej� de mirarla y vi al conductor.
De repente, su cuerpecito se apoy� en m� algo asustada, el chofer hab�a parado bruscamente y el vendedor ambulante casi se le viene encima. Yo no me escap� del susto.

Se disculp� y yo le pregunt� d�nde trabajaba. No siempre lo hago, pero el alcohol me llena de valent�a creo. Era vendedora de una compa��a de revistas y ni siquiera me di cuenta cuando ya estaba suscrito a una de ellas y bail�bamos en una discoteca.

A pesar de estar sonriente hab�a algo que la manten�a con una triste mirada. Le pregunt� qu� era lo que le ocurr�a y despu�s de insistir un rato me comenz� a contar una historia realmente interesante.

Su mirada de preocupaci�n humedec�a sus ojos cuando me cont� que un primo y un t�o suyo hab�an desaparecido. La revelaci�n de los pormenores del misterio me comprometer�an a envolverme en los acontecimientos m�s estremecedores de mi vida.

En 1880, la tatarabuela de Mercedes recog�a flores en una finca de la costa ecuatoriana. La inocencia de una ni�a de 10 a�os se emocionaba con los multicolores del ramillete que hab�a reunido. Ana Mar�a le�a a Rub�n Dar�o sobre el pasto cuidando a su peque�a hermana. La risa y el correteo de la ni�a distrajeron su atenci�n hacia un pozo que hab�an excavado al cual la ni�a se aproximaba peligrosamente.

-��� �Cuidado Paola, no te acerques mucho a ese pozo! - advirti� Ana Mar�a a su hermana.

La ni�a par� su corrida, la mir� con dulzura, sonri� y volvi� a correr por otro lado. Ana la sigui� un momento con su mirada y se detuvo en un paraje oscuro entre los �rboles. Proteg�a su cabeza con un sombrero de ala grande. Sus manos poco a poco mandaron a descansar al libro sobre la hierba y sus sue�os la envolvieron en plena vigilia. Sent�an sus manos j�venes el ansia de acariciar al amado desconocido, sus labios quer�an ahogar el fuego veraniego en los h�medos labios del caballero de sus cuentos de hadas. Sus ojos verdes esperaban la silueta del var�n que pudiera aparecer de entre los �rboles, quer�a perder su mirada en unos ojos negros como esa misma oscuridad.

Cuando regresaron a la casa observ� la preocupaci�n en el rostro de su padre. La noticia de unos cuatreros cerca de la finca era la raz�n. Los tres polic�as rurales que hab�an llegado a brindar ayuda a los hacendados resultar�an de muy poca ayuda para protegerlos. Esa misma noche llegaron y comenz� la balacera entre los peones, los guardias, el padre y los cuatreros.

Uno de los peones deb�a llevar dos ba�les con los objetos de valor a otra finca cercana sobre un burro. La madre le dio las instrucciones y volvi� a la sala. Ana y Paola miraban cuando sal�a el trabajador. Dio cinco pasos y una bala lo impact� en la cabeza. La ni�a grit� y Ana cerr� los ojos.

La madre volvi� a entrar cuando escuch� el grito.

-���� Hijas m�as, deben huir de aqu� - les orden� mientras las balas romp�an cuadros y vajillas en la casa.

-���� �Mam�, tengo miedo! - lloriqueaba la peque�a.

-���� Yo te cuidar�, vamos - trat� de tranquilizar temblorosa Ana a su asustada hermana.

La madre regres� a la sala y las ni�as salieron por la puerta de atr�s y llegaron cerca de donde hab�a huido el burro.

-���� Paola, tienes que correr hacia la otra hacienda, yo voy a agarrar al animal y te alcanzo luego - le orden� Ana a su hermana mientras la miraba profundamente a los ojos - tienes que ser valiente...

La peque�a asinti� con la cabeza, se dio la vuelta y empez� a correr, mientras Ana corr�a a alcanzar a la bestia.

Al llegar hasta ella logr� divisar unos ojos de fuego que la miraban desde lejos. Esa mirada de odio la hiri� como un cuchillo despedazando una flor. Despu�s, el trueno de un disparo, el relinchar de su caballo huyendo de las balas y ella alej�ndose con el animal cargado en busca de su hermana.

-���� �Carlos, Carlos! - gritaba el cuatrero de la mirada de fuego - �vi alejarse a una de las mujeres con un burro cargado de dos cajas!

Carlos, el jefe de los cuatreros, profiri� unas maldiciones mientras dispon�a la retirada en vista de que los polic�as recib�an refuerzos.

-���� Vamos por la mujer - orden� el bandido.

Ana alcanz� a su hermana que llevaba la linterna. Estaban en el mismo lugar de aquella tarde. A lo lejos ya se escuchaba a los caballos de los cuatreros acercarse. Las dos se miraron, una m�s asustada que la otra.

-��� Corre� y esc�ndete entre los �rboles - le orden� Ana a su hermana mientras esta negaba con boca y cabeza.

-��� Paola, hermana, te quiero - le dijo con l�grimas en los ojos -� no te voy a dejar sola mucho tiempo, tengo que esconder estas cajas. Si llega mi padre le dices hacia d�nde fui.

-��� No quiero, no quiero - al final Paola se escondi� entre los �rboles.

La oscuridad acall� sus sollozos. Detr�s de los �rboles vio a su hermana acercarse al pozo y arrojar en �l las dos cajas, luego el grito de los jinetes y el estruendo de los cascos de los caballos virando por el camino. Al regresar a ver al pozo su hermana corr�a con la bestia lejos de �l. Los cuatreros pasaron frente a ella como fantasmas exasperados vociferando alcoh�licos hasta alcanzar a Ana.

-��� �D�nde est�n las cajas! - grit� Carlos a la muchacha mientras el cuatrero de los ojos de fuego la miraba con perversa alegr�a desde su caballo.

-��� �Jam�s lo sabr�s desgraciado, mientras yo viva no dejar� que unas manos malvadas como las tuyas se posen sobre cualquier cosa nuestra! - gritaba orgullosa

-��� �Habla desgraciada o te mato! - orden� encolerizado el cuatrero mientras la arrodillaba y apuntaba a su cabeza con una pistola

-��� �Ni muerta permitir�a que unos ojos perversos como los tuyos vean lo que has venido a buscar, salvaje ignorante! - Insisti� Ana.

-��� �Nooooo! - grit� desde los �rboles Paola que ve�a tremenda escena de perversidad llamando la atenci�n de los bandidos.

-��� �Qui�n demonios est� ah�? - preguntaron a Ana

-��� Nadie - respondi� clavando su mirada en los rojizos ojos del delincuente.

Enseguida la pararon y se dirigieron hacia la ni�a. Los primeros truenos de la lluvia que se avecinaba se dejaban escuchar. Un rayo ilumin� la noche y divisaron a los polic�as acerc�ndose.

-���� �Maldita seas, te vas a morir por no haber hablado! - grit� Carlos que la empuj� mientras otro ray� ilumin� el rostro de Ana.

Los ojos del cuatrero se abrieron sorprendidos cuando vio desaparecer a Ana luego del rayo cuando la apuntaba con su pistola.

-���� � Vamos Carlos! - le indic� el criminal de los ojos de fuego mientras las primeras gotas de lluvia ca�an y el padre de las ni�as se acercaba con los polic�as.

Los cuatreros huyeron y el padre recogi� a la ni�a que se encontraba agachada, con las manos recogidas y la mirada perdida en el sitio que su hermana desapareci�.

-���� Paola, �d�nde est� tu hermana? - la ni�a no volvi� a pronunciar palabra hasta muchos a�os despu�s.

Mientras tanto el cuerpo inerte de Ana yac�a sobre las cajas en el fondo del pozo. Su ropa pegada a su cuerpo virgen deseoso de conocer al caballero de los ojos oscuros quedar�a como guardi�n permanente de un juramento por orgullo. Luego de la lluvia la luna llena se pasea sobre el pozo iluminando la palidez de su piel, frente nunca coronada de un velo, boca nunca buscada por unos labios, manos asidas a un libro de Rub�n Dar�o.

A cada momento que avanzaba la historia mi coraz�n estallaba de un deseo por poder haber sido yo quien extinguiera la pasi�n de sus labios entreabiertos.

Buscaron d�as a Ana pero no la hallaron, buscaron en el pozo pero s�lo llagaban hasta donde estaba el agua. Los padres siguieron buscando durante a�os, hasta que fallecieron.

Aquel lugar no era frecuentado por las personas que viv�an cerca. Una luz, como de una linterna se columpiaba todas las noches sobre el lugar del pozo, cuando alguien se acercaba desaparec�a y los m�s valientes volv�an asustados al verificar la aparici�n.

Paola encontr� en el amor en los brazos de un hombre que san� sus heridas, al que pudo contar lo ocurrido esa noche. Fue el primero en vencer el miedo a la aparici�n, y fue el primero despu�s de muchos a�os de entrar al pozo y fue el primero en desaparecer.

As� la historia de Ana pas� de boca en boca por las generaciones de la familia de Mercedes hasta alcanzar a su primo y a su t�o. Iban a llevar a un brujo desde Per� para descifrar el misterio.

-����� Acomp��ame - fue la petici�n que me hac�a suplicante.

Los sentimientos de aventura comenzaron al marcar el ritmo de mi pulso. M�s no s� qu� fuerza extra�a quer�a impedir que llegara hasta la hacienda de La Piedra Roja.

Estaba el s�bado siguiente embarcado en un transporte interprovincial con Mercedes dirigi�ndome hacia Machala. A mitad del camino apareci� de entre los espejismos de la carretera una vaca. El chofer trat� de esquivarla, m�s no pudo efectuar la maniobra, la impact� en su parte posterior y el autob�s comenz� a zigzaguear por la carretera esquivando las cunetas. La gente gritaba dentro, hasta que el chofer pudo controlar al veh�culo. El oficial que ven�a en la puerta fue salpicado del esti�rcol que la vaca hab�a expulsado por el choque, muri� inmediatamente. Su cuerpo qued� dando vueltas en el pavimento. El chofer volvi� a encender el autob�s y continuamos hacia la hacienda. Mercedes y yo nos ve�amos a los ojos con una interrogante sin respuesta en la mirada. El miedo hab�a comenzado a trabajar en nuestras mentes.

Llegamos al pueblo cercano a la hacienda. Caminamos por unas calles sin empedrar. Mientras m�s nos acerc�bamos el polvo se levantaba m�s. Los peque�os remolinos que provocaba el viento resultaban una verdadera molestia. Al dar la vuelta al cementerio el viento ces�. La casa quedaba atr�s del mismo. Mercedes me present� a la familia que me miraron con recelo. Estaban su madre, sus dos hermanas menores, el padrastro y el cu�ado. Al fin y al cabo, eran dos y mi ayuda les vendr�a bien. Estuvimos libando hasta las 18h00 cuando comenzaron a arreglar el cuarto donde iba a llegar el sham�n que ven�a desde Per�.

Acababa de anochecer cuando lleg� en una camioneta vieja. Se dirigi� hacia el balde y baj� una s�bana que tra�a varias cosas dentro. Aunque sus facciones eran las de un ind�gena de la regi�n Andina, pasar�a desapercibido como cualquier persona del pueblo. Su aspecto cambiar�a luego. Lo salud� con un poco de respeto, su mirada era poderosa y penetrante, como si estuviera analizando cada rostro, cada movimiento, cada esquina de la casa.

Luego de media hora se hab�a cambiado en el cuarto preparado para �l: su vestuario t�pico de un brujo sudamericano, tres plumas en la frente agarradas con un cintillo multicolor; su cabello lacio largo y descuidado; la camisa blanca de tela barata y un pantal�n de sastrer�a y sus sandalias ind�genas. Hab�a encendido seis velas viejas dispuestas alrededor de un c�rculo con unos dibujos demon�acos alrededor y la figura de un hombre calmado dentro con una lanza cruzada a sus espaldas. Yo hab�a tomado un ba�o antes, pero al entrar a la habitaci�n sent� m�s fresco el ambiente a pesar de las velas encendidas. Hab�a un aroma a eucalipto fuerte. Nos sentamos y pude observar a trav�s de la ventana que hab�a una luna llena muy baja que la agigantaba sobre los otros caser�os. Entonces comenz� a cantar una melod�a que completaba el ambiente de misterio creado. De pronto call�. Despu�s de un silencio llam� a Ana Mar�a y las velas se comenzaron a apagar excepto la que estaba frente a �l. Entonces comenz� a narrar la historia de su muerte tal cual hab�a ocurrido, completando las escenas que se hab�an perdido con el tiempo en su transmisi�n de las generaciones anteriores.

-��������� El tesoro de la familia est� jurado - indic� el brujo - la promesa que hizo Ana Mar�a persiste hasta ahora: ?Ni muerta permitir� que unas manos ambiciosas se apropien de nuestras cosas, no dejar� que unos ojos perversos miren nuestro tesoro.

-��������� �Y mi sobrino y mi cu�ado? - pregunt� la madre de Mercedes.

-��������� Ellos est�n muertos como tantos otros que entraron al pozo con la ambici�n de apropiarse del tesoro - respondi� el brujo.

Todos quedaron perplejos. Yo qued� m�s entusiasmado con lo que escuchaba y algo apenado por el dolor de la familia.

-����������� Entonces nunca podremos rescatar las cajas - afirm� el cu�ado.

-��������� Debe hacerlo una persona que no tenga inter�s en la recompensa - indic� el brujo.

-��������� Eso es rid�culo - exclam� el padrastro - �qui�n que entre a ese pozo no estar�a interesado en una parte del tesoro?

El brujo clav� su mirada en m� y me se�alo con su dedo �ndice.

-��������� �T�! - exclam� el brujo.

La respiraci�n se me cort� y la sangre se me hel� cuando se dirigi� a m� mientras todos me miraron sorprendidos.

-��������� T� no has venido por el tesoro - aclar� el brujo mientras agarraba mi mano izquierda r�pidamente.

Sent� el calor de la vela cerca de mi mano y el altorrelieve del dibujo bajo la otra mano que hab�a quedado dentro del c�rculo cuando el brujo me hal� hacia �l.

-��������� Tienes marcas de nacimiento, fuiste entregado a las estrellas de las tres Mar�as - indicaba el brujo sobre las tres estrellas que se distinguen en el hemisferio Sur que se encuentran alineadas y que en la mitolog�a griega representan el cintur�n de un cazador denominado Ori�n y que da el nombre a la constelaci�n donde se encuentran dichas estrellas - por un brujo que te hizo un conjuro - entonces ya hab�a tenido contacto con dos brujos en mi vida - todo lo que desees se cumplir�, pero el conjuro no se termin�, el brujo muri� una sesi�n antes de terminarlo - eso no lo sab�a �qu� mala suerte! - cuida tus deseos, pi�nsalos bien, a veces no ser�an lo que anhelas, no traje amuleto para bloquearlo ni me har�a responsable para terminar el conjuro. Ser�a muy poderoso si as� lo hiciera. Con lo que tienes es suficiente.

Luego observ� mis ojos, toc� mi frente y dijo duerme. No recuerdo lo que ocurri� en esa hora que estuve dormido.

Cuando despert�, lo primero que vi fue la cara de ni�a de Mercedes. Me levant� lento mientras ella dec�a mi nombre tratando de hacerme reaccionar.

-���� Mi familia quiere que te pregunte algo - me dijo algo t�mida.

-���� �Qu� ocurri�? - pregunt� mientras reaccionaba.

-��������� Parece que te hizo efecto el viaje y la cerveza. - respondi� - Queremos saber si entrar�s al pozo cuando lleguemos a la finca.

La mir� algo confundido y asustado. Lo pens� por unos segundos. Despu�s de todo hab�an desaparecido quien sabe cu�ntas personas ah� dentro, pero ese instinto de curiosidad me arrastraba a conocer lo que hab�a sucedido ah� dentro. Respond� que si y salimos hacia la hacienda. No entramos a la casa, caminamos directamente por la misma ruta por la que hab�a� huido Ana, me parec�a verla por la misma oscuridad corriendo, iluminada intermitente por los rel�mpagos de la misma manera como nos iluminaban ahora a nosotros.

-����������� Debemos apurarnos - sugiri� el padrastro - pronto va a llover...

Cuando llegamos pusimos unas ca�as en forma de tr�pode y sobre su v�rtice colocaron una soga que me sostendr�a al bajar. Me amarraron a la cabeza un casco de minero con una linterna en la cabeza, me dieron un pito para avisar una vez cuando me detengan y dos veces para que me suban y amarraron mis pies y piernas a un extremo de la soga. Entonces Mercedes se me acerc�.

-��������� Te agradezco mucho por la ayuda que nos est�s dando, cualquier otra persona se hubiese negado, yo misma no lo hubiese hecho - me dijo al o�do mientras me abrazaba - pero si quieres a�n te puedes arrepentir.

Yo negu� con la cabeza, pero mis ojos comunicaban la intranquilidad que soportaba. La adrenalina se aceler� cuando me recost� con la cabeza a la boca del pozo y me impuls� hacia adentro mientras me deten�a el cu�ado de las piernas, apenas me solt�, ayud� al padrastro a bajarme.

El pozo se iluminaba mientras iba bajando. El aroma de la tierra mojada pod�a sentirse dentro del mismo, ese olor mezclado con la hierba e insectos caracter�stico. Ya anteriormente hab�a bajado desde una torre de cabeza en un ejercicio. Calculo que baj� unos cincuenta metros cuando divis� la escena m�s terror�fica que haya visto en mi vida.

Quise gritar, sonar el pito para que me regresaran, pero me contuve. Los restos cadav�ricos de dos personas, sin manos y sin ojos se encontraban empotrados en las paredes del pozo. M�s abajo hab�a doce calaveras incrustadas en las paredes del mismo. El sopor era irresistible por lo que tap� mi nariz con mis manos. Luego fue cambiando hacia un aroma de n�ctar dulce, como de durazno y escuchaba a ratos una melod�a que proven�a del fondo del pozo. Sent�a mi coraz�n latir acelerado cuando comenz� a fallar la linterna. Un rel�mpago ilumin� por un momento el interior del pozo y vi unos ojos acercarse r�pidamente y desaparecer. Me hizo sacudir la cuerda y tap� mi cara con mis manos.

-����������� Tranquil�zate - me dije a m� mismo - te est�s sugestionando con todas estas historias. -conclu�.

Di unos golpes a la l�mpara mientras continuaba bajando con mi mano derecha extendida cuando sent� una superficie redonda y lisa. Fue cuando silb� una vez con el pito para que pararan de bajarme. Fue entonces cuando la l�mpara volvi� a funcionar y pude apreciar un vestido blanco y enlodado guardando la calavera de Ana y en mi mano su cr�neo. Lo agarr� y lo vi con ternura y pena.

-����������� Desear�a haberte podido conocer viva Ana - dije bromeando con el cr�neo que dej� a un lado.

Remov� los restos y amarr� las cajas con la cuerda que me sosten�a, cuando el pozo comenz� a llenarse de agua de lluvia. Ahora s� estaba asustado, termin� de amarrar bien las cajas y silb� dos veces para que me suban. Ahora entend�a que mis antecesores debieron haberse ahogado, adem�s todos se encontraban de pie. Lo que no lograba descifrar era por qu� estaban aplastados contra las paredes sin manos y sin ojos. Las cajas se golpeaban mucho contra las paredes. Me sub�an lentamente, ignoraban que el pozo se comenzaba a llenar, saqu� mi llavero que ten�a una navaja, me quit� el abrigo viejo que llevaba en mi cintura, lo abr� y envolv� las cajas y lo amarr� a la soga. Fue entonces cuando me fij� que el pozo se llenaba m�s r�pido.

Desde arriba comenzaron a escuchar mis angustiosos silbidos que ped�an que me suban m�s r�pido. Mercedes los apuraba mientras los dem�s hac�an un esfuerzo enorme por sacarme que ahora pesaba m�s por las cajas. El agua estaba haci�ndolas flotar un poco, luego mis manos se metieron en el agua, ya no silbaba.

-���         �S�quenme de aqu�! - gritaba insistentemente.

El agua finalmente cubri� mi cabeza, la l�mpara se apag� y solo escuch� el silencio cuando se taparon mis o�dos.

Cuando mi cuerpo sali� del agua escuch� un trueno, vi difusas las im�genes de los dem�s, me sacaron del pozo, respir� profundamente y di un tir�n fuerte de la soga que ten�a amarradas las cajas. Todos se detuvieron observ�ndolas, viejas, con filos de metal y los candados a�n puestos. Mercedes tiritando y empapada, se acerc�, estir� su mano y toc� una de las cajas. Apenas les puso un dedo, la madera de las paredes se deshicieron, como una torre de barajas cuando le sacas una carta y se cae, enseguida se escuch� el sonido de los objetos dentro, movi�ndose y cayendo por las cajas desfondadas. Mercedes reaccion� asustada, pero el abrigo que hab�a amarrado a las cajas salv� las cosas que hubiesen ca�do nuevamente al pozo. Apartaron los objetos sobre la tierra, desanudaron todo y observaron esos platos, monedas y figuras de oro moj�ndose en la noche ciento dieciocho a�os despu�s. Todos se miraban entusiasmados mientras apretaban mis hombros en se�al de felicitaci�n. El padrastro cogi� un machete y de un golpe abri� la otra caja, cuando la abri� bruscamente mostr� un resplandor intenso que nubl� mi vista.

-            �Son diamantes! - escuch� mientras me desplomaba - �la caja est� repleta de diamantes!

A la orilla Occidental del r�o Guayas se asienta la ciudad de Guayaquil que se ha extendido a lo largo del mismo y hacia m�s al Oeste. Hacia el Norte nace cuando se une el r�o Daule con el Babahoyo formando la puntilla de Samborond�n. Sobre aquellos dos r�os existen dos largos puentes que comunican a la ciudad con el resto del pa�s denominados de ?La Unidad Nacional?. Luego, el Guayas abraza a una isla llamada Santay que est� poco habitada y que constituye un pulm�n para la cuidad tan comercial. Llena de manglar, es una mancha verde en medio del torrente gris del r�o. Desde mi oficina en lo alto de uno de los edificios que se levantan en el Malec�n Sim�n Bol�var, observo c�mo se oscurece la orilla Oriental del r�o donde se pueden ver las casas de Dur�n, otra peque�a cuidad al otro lado. Tras de ella cerros, y tras los cerros, a muchos kil�metros, la hacienda.

Estoy sentado en mi c�modo sill�n de cuero, un a�o despu�s de haber regresado de aquella aventura. Me he enfrascado en mi trabajo tratando de huir de los recuerdos, pero no puedo. Con la mano en el ment�n y la mirada perdida m�s all� de los cerros de Dur�n, me pierdo en la oscuridad de aquel pozo. Estaba esperando una llamada.

-            Sr. Mart�nez - contesta la voz del guardia en el auricular.

-            �S�? - pregunt� sin separar la mirada de la distancia.

-            Lo est�n esperando en la planta baja - contest�.

-            Gracias - respond� y colgu�.

El chofer del Bronco de Mercedes me esperaba para llevarme a la restaurada hacienda. No hab�a aceptado un solo diamante del rescate, pero me invitaban siempre a pasar con ellos, y yo iba cada vez que pod�a para nadar en la piscina y relajarme de la presi�n de mi trabajo.

Cuando llegamos ya hab�a anochecido el Viernes. Estaba terminando una fiesta que hab�a durado todo el d�a. Unos conocidos se iban borrachos y contentos cuando llegu�. Me reconocieron y rieron mientras pasaban a mi lado. Me encontr� con el cu�ado de Mercedes y se dirigi� a m� gritando mi nombre. Nos sentamos a tomar cervezas y al fin pude distraer mis pensamientos ahog�ndolos en las diversas conversaciones en las que intervine. Pero me retir� temprano porque estaba cansado. Como siempre hab�an reservado uno de los cuartos de hu�spedes para m�. Me dorm� al ritmo de la m�sica y de las carcajadas de los alcoh�licos.

Cuando abr� los ojos me encontr� con mi t�pica postura al despertarme, al filo de la cama bocabajo con un brazo afuera tocando el piso con la mano. El calor de Abril me hab�a sacado del sosiego. Hab�a silencio, la fiesta hab�a terminado y sal� de la casa. Las botellas de cerveza sobre el c�sped, servilletas y una que otra silla tirada ten�a que ir esquivando en mi ruta hacia la piscina. Me aclimat� con un poco de agua y camin� hacia el final de la misma, me tir� un clavado y nad� al otro extremo, cuando sal� del agua, con los ojos medio cubiertos por el agua que chorreaba por mi cara, escuche una risa muy femenina.

Una jovencita me miraba sonriendo sentada a la orilla de la piscina con sus piernas metidas en el agua. Era blanca, de una blancura brillante, como rel�mpago. Sus dientes m�s blancos a�n, con una cabellera negra ensortijada sujetadas en una cola por el mo�o. Ten�a un vestido con encajes. Mostraba sus hombros venusinos, d�biles y delicados. Su cintura de adolescente era sujetada por un cintillo rosa.

-            Hola - me dijo mientras me miraba coqueta con su ojos verdes.

-            Hola, �qui�n eres?- le pregunt� mientras miraba sus muslos que se mostraban por la falda algo levantada - no te hab�a visto antes aqu�.

-            Soy Mar�a, prima de Mercedes - me contest� mientras inclinaba su cabeza sobre su hombro - Nadas bien...

-            �Vas a nadar? - dije mientras me cruzaba de brazos sobre la orilla de la piscina al lado de ella.

-            No - resolvi� - no s� nadar aunque he vivido mucho tiempo cerca del agua.

-            Te ense�o - me ofrec�

-            Mejor te veo - me dijo mientras cruzaba los brazos bajo sus senos j�venes.

Nad� una hora m�s y ella me miraba sin moverse. Luego sal� por donde estaba sentada y le ofrec� mi mano para que se pare.

-            Gracias caballero - me dijo mientras se incorporaba.

Med�a cerca de 1.70, su silueta delgada la hac�a muy ligera al caminar. Nos sentamos en unas sillas que levant� y conversamos alg�n rato. Ella me escuchaba con sus labios entreabiertos, a veces como una ni�a con sus codos apoy�ndose en su muslos algo inclinada hacia m�.

-            Y entonces fue cuando el brujo sujet� mi mano - le contaba lo que hab�a sucedido hace un a�o - y me dijo que me hab�an conjurado para que obtuviera todo lo que deseara - continu� mientras hablaba ri�ndome.

-            �Y crees que es verdad? - me pregunt� interesada.

-            No lo s� - contest� melanc�lico, como queriendo que sea verdad para realizar muchos sue�os acumulados desde ni�o.

-            Podr�a ser - me anim� - �qu� deseas? - me pregunt� afinando su mirada en mis ojos negros.

-            Te deseo a ti - le contest�.

Se acerc�, se sent� sobre mis piernas, pas� sus brazos sobre mis hombros y me bes� con los ojos cerrados. Sent� sus labios h�medos, su delgada cintura en mi brazo y un rizo de sus cabellos cerca de mis ojos abiertos.

Su mano leve se desliz� acariciando mi pecho hasta bajar y sujetar mi mano. Se levant� y caminamos hacia la casa. En la habitaci�n cerr� la puerta y comenz� a besarme con verdadera ansiedad mientras sus manos navegaban por mi espalda, se dio la vuelta y baj� el cierre de su vestido medio h�medo. Mis brazos entraron en �l, para vibrar con la tersura de la piel de su cintura y mis pulgares tocaban las bases de sus senos. Su vestido cay� y mi boca la llen� de besos desde la nuca hasta la mitad de su espalda, luego volv� a su cuello y ella se volte�. Dio un paso hacia atr�s y pude observar su desnudez plena.

Sent� mis sentimientos de pasi�n cambiar. La malicia en mis ojos se volvi� potente como la mirada del �guila cazando su presa. La empuj� y se recost� sobre la cama, me deshice de mi pantaloneta y me recost� junto a ella. Entonces bes� sus senos mientras mi mano apretaba la suavidad de su abdomen, luego recorr� mi mano hasta su muslo deleit�ndome con sus curvil�neas provocaciones. A�n en la escasa luz que hab�a pod�a perderme en la frescura de sus ojos verdes en los que me ve�a reflejado. Sent�a su cuerpo estremecerse suave, era agua anochecida sus besos de lluvia sobre mi piel y un manjar su cuerpo de aceituna en mi boca. La abrac� y me abraz�, se dio la vuelta y subi� sobre m�, sus manos se apoyaron y apretaron mis pectorales, su rostro ilumin� los faroles de la piscina entrando por la ventana y sus ojos verdes se clavaron en mi al sentir por primera vez a un hombre dentro de su vientre. Sus movimientos jadeantes adquirieron el ritmo de la bulla del ventilador de techo que giraba y mis manos la conduc�an hacia delante y atr�s, hasta que estall� en reacciones bruscas de orgasmos retenidos. Me sent� con ella encima de m�, abrac� su espalda y bes� sus pechos y liber� tambi�n mis angustias dentro de su ser. Ca�mos sobre las s�banas con nuestra respiraci�n agitada, luego unos suspiros y nos dormimos abrazados al ritmo del ventilador.

Las luces de la ma�ana entraban por la ventana, escuchaba unos p�jaros y la risa de Mar�a. A�n tendido en la cama, con los ojos entreabiertos la vi ya vestida.

-            Duerme pr�ncipe adorado, a�n es muy temprano - de hablaba cerca de mi boca, difusa y bella. Me volvi� a dormir.

Al despertar no la encontr�. Sal� al comedor y vi a Mercedes, a su hermana y a su cu�ado desayunando.

-            �Hola Pedro! - me salud� entusiasmada Mercedes - �Tienes hambre?, Si�ntate para que te traigan algo de comer.

-            Claro - afirm� mientras me serv�a un gran vaso de jugo de naranja que hab�a sobre la mesa - tengo bastante hambre.

Me call� cuando todos me miraron sorprendidos por la rapidez con la que beb� el jugo.

-            �Vaya que tomaste bastante ayer! - exclamaba entre risas el cu�ado de Mercedes.

-            Si - respond� - pero despu�s estuve nadando.

-            Si, la empleada te vio anoche - me dijo Mercedes

-            Por cierto, anoche en la piscina conoc� a tu prima - les indiqu�.

-            �Cu�l prima? - pregunt� intrigada Mercedes - yo no tengo primas.

-            �Entonces, ha de haber sido la prima de la empleada? - pregunt� confundido.

-            No Pedro, aqu� estamos solo nosotros, - me aclar� - mucho antes de que la empleada te viera en la piscina ya hab�amos despachado al �ltimo invitado de ayer, adem�s t� conoc�as a todas las mujeres y la empleada no ha venido con ninguna prima

-            �Lo has de haber so�ado! - volvi� a bromear el cu�ado.

-            Si, claro - respond� pensativo.

Estoy seguro que no lo so��.
Hacia las cinco de la tarde Ana Mar�a recog�a su rosario y se recostaba en su cama. Guayaquil atardec�a en el silencio interrumpido por el casta�ear de los cascos de los caballos de las carrozas. Por la ventana en la planta alta, observaba a trav�s del progreso de la urbe de fin de siglo, a los negros cargando sacos de cacao. Sus cuerpos encorvados bajo el peso de los quintales en las espaldas sudorosas entreten�an a la mirada de la joven. Cuando no los ve�a se volv�a hacia las nubes tratando de imaginar figuras que se formaban caprichosas.

Miguel Angel habr�a inspirado su t�cnica en la perfecta anatom�a que simulaban los gaseosos algodones a�reos. Hacia occidente el sol se desped�a sobre los cerros de Colonche como un h�roe herido derramando sus t�mperas naranjas sobre la ciudad. Nada nuevo ofrec�a el mon�tono tr�fico de una ciudad comercial donde los almacenes y abarrotes se ocultaban tras sus toldos abajo en las aceras, donde una que otra gallada se reun�a a libar. Otra vez los negros cargando sacos, almacenes cerrando sus puertas os borrachos cantando amorfinos y alg�n viajero llegando encapuchado al hotel de frente.

El viento comenzaba a soplar en la noche en medio verano mientras una vela encend�a en la habitaci�n del hotel que daba frente a la ventana de los Lavi�. El impulso de la travesura llen� los pensamientos de Ana y se ocult� tras la ventana con persianas de madera para observar agudizando su mirada hacia la peque�a habitaci�n del hotel. Una capucha se deslizaba para atr�s sobre el cabello negro de un joven que mostraba gestos de verdadera preocupaci�n.
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