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EL SILENCIO Alejandro Vera Ramírez
La tarde caía sobre la ciudad. El cielo jugaba a pintar en nuestros ojos, telas de tintes fantásticos. Abajo, los angulosos edificios semejaban el perfil del desierto. Caminaba absorto por una de las avenidas más transitadas de la urbe, molesto por las nubes de smog y el ruido maquínico del transporte público y los automotores privados. Aún se adoraba el progreso y el llamado “parque vehicular” (por eso de que ya escaseaban las zonas arboladas) seguía incrementándose. Por la calle el paisaje era de rostros fastidiados, apresurados en la úlcera de todos los días.
Me sentía lejano, vagabundeando por un pensamiento de lo cotidiano. Mi mirada sin atención, viajaba y se detenía azarosamente en cualquier escaparate, de esos que hoy abundan en los múltiples negocios que sitian nuestra alienada vista. Pasar y pasar, buscar y buscar en lo anónimo, algo que valga la pena. Camine arrastrado por estas hordas corporales, estos flujos de coincidencias, hacia una de las plazas céntricas, esas que aun sostienen el espacio a pesar del patriotismo. Observe varios núcleos de “individuos” que conformaban una suerte de hoyos negros de geopolítica, devorando otros conglomerados de partículas hacia su centro oscuro. En uno de los extremos de la plaza se presentaban varios oradores agitados entre sus propios gritos de reclamo y proclamas, convocando al resentimiento de los estragos del sistema. --Déjalos gritar, no actuar—parecía la política catártica del gobierno en turno, que apostaba sus “cuerpos de seguridad” --que seguramente estaban dispuestos a no atender lo sagrado de nuestras corporalidades-- en torno a estos grupos autorizados a manifestarse. Como si todo fuera posible hasta el absurdo, en otra plataforma, pero en el extremo contrario, una dependencia oficial presentaba a beneficio (no se sabía de quién) un espectáculo artístico-musical. No faltaba ese día, la devoción y la fe. Un racimo de rapados, con extraños mechones en su recién pulida calva, bailaban y cantaban como exóticos asiáticos tercermundistas, es decir, con la convulsión del hambre. La fuente central de esta plaza servía de asiento a varios espectadores que descansaban esta tarde. Se ha de comprender ante estos hechos que la curiosidad en estos casos, resulta verdaderamente peligrosa. Hay redes desplegadas a izquierda y a derecha, y algunas dispuestas flotantes sobre nuestras cabezas, incluso diría, estamos sobre alguna colocada bajo nuestros pies. Redes del mercado de las creencias y las ideologías acechándonos. En fin, la confusión de tanto bramido y discurso al más allá, me alejó de inmediato de la turba. Hoy —me digo-- mi ánimo no esta de plácemes para soportar el ofrecimiento de vender mi alma. Involuntariamente me dirijo a otra de las plazas anexas, aquella en cuyo centro se erige un kiosco que rememora el sabor añejo de la provincia, la provincia conquistada por la modernidad. El bullicio de unos niños atrapa mi mirada. Se entretienen en una lenta y molesta persecución de varias palomas que descansan de su vuelo. En estos tiempos, atrapas o te atrapan, pues todo aquí ocurre en la expectativa. Mis pasos me conducen a una zona recién remodelada. Los pensamientos están suspendidos en no se que divagación, mientras el ocio instala su fuerte en mi cuerpo citadino. De pronto mis movimientos me arrojan a un gran rectángulo rodeado de jardines y con dos grandes fuentes en sus extremos. En las fuentes se elevan desafiantes dos brillantes chorros de agua que cortan el espacio hasta chocar con un techo imaginario, que en sus intentos no logran derrotar. Regresan penosamente en veloz caída, y se estrellan contra sí mismos. Tomo asiento en una de las bancas de metal que circunscriben el solitario espacio. La tarde cae y observo el aterciopelado cielo. En la superficie navega la luna y una solitaria estrella brillante. Cuando vuelvo en mí, un anciano esta sentado a mi lado. Parece un cuento estándar, tiene este anciano por supuesto, una apariencia serena y es barbado de hilos plateados, sin embargo me llaman la atención sus anteojos de diseño nada usual para su edad. Percibo que no me ha sorprendido el no haberme percatado cuando se sentó a mi lado. El anciano sonríe y me doy cuenta que me exijo responderle el gesto, más no reacciono en el intento. La sonrisa de este personaje ocupa mis pensamientos, poco a poco entiendo que él esta aquí, mirándome. Intento decir algo, pero no hallo sentido para hacerlo. Después de todo abundan este tipo de encuentros o –corrigiéndome--, de desencuentros tan cercanos. Un murmullo llena mis oídos. ¡La voz de este anciano transgrede el contrato siempre implícito de NO MOLESTAR al vecino!
Si. El muy irresponsable esta, además de mirarme impunemente, tratando de entablar una charla. –Que tranquila esta la noche—le escucho decir. Rebotan sus palabras dentro de mi cabeza. –Si, la noche es tranquila EN SILENCIO—le reclamo automáticamente. Me descubro suponiendo que es clara mi insinuación de que no siga hablando, para no romper por supuesto, “mi tranquilidad”. El muy insensato entonces, no obstante mi insinuación, me interroga pausadamente: ¿Y en verdad, estas en silencio? ¡El colmo, un desafío! Y como buen autómata reacciono soltando una explicación, pues “el mejor ataque es la defensa”, ¿no?: --Bueno, es imposible estar en silencio consigo mismo, pues hasta en sueños nos hablamos, además en su defecto ¿Qué caso tendría estar en silencio absoluto?, ¿Acaso somos cosas?-- Él no contesto, me pareció por el brillo de su mirada que no estaba interesado en continuar el dialogo. Me exaspero ante su silencio, y le insisto: ese silencio sólo existe para los muertos y los conformistas. Por respuesta centra su mirada en mis ojos. No encuentro ánimo de dominio, en su lugar hay una suerte de interrogación que trae consigo la respuesta. --Las palabras pueden deformar y oscurecer los sentimientos que piensan, el corazón que reflexiona es una poesía que el tiempo florece--. Si. Las palabras que pretenden ocultar los sentimientos, que bloquean la acción compartida en el autoengaño. Recuerdo el bullicio de la plaza con esos tres grupos singulares, los del “yo acuso” y su agitación, la de los títeres cantando a ritmo de una pista musical, y aquellos fanáticos de la muerte en vida, entremezclados todos, al mismo tiempo.
“el corazón reflexiona”… ¿Qué barbaridad es esa?; “los sentimientos que piensan? … ¿Acaso estoy con un metafísico?, seguramente esta jugando y no voy a enredarme en una absurda discusión pseudofilosófica. Esta bien, no soy un experto y apenas egrese del bachillerato, pero a mis 18 años seguramente que distingo entre pensar y sentir. Este anciano ya esta deschavetándose. Reflexiono en ello mientras parece darse cuenta de … muchacho, la percepción del mundo se deforma por la falta de silencio, por el cúmulo de rastros pasados, prejuicios e historias que nos repetimos a todas horas y obstruyen nuestra visión de las cosas tal como son… Cierto. Entiendo que los prejuicios y las predisposiciones son obstáculos para aprender (mi prejuicio de pensar-sentir es uno de ellos), pero eso de “las cosas tal como son” me remite a mundos fantasmagóricos e irreales, al trasmundo. “Escucha el silencio” (¿que quiere, que me calle?, ¡si fue lo primero que YO le pedí!) mis palabras no bastan, no aclaran lo suficiente, les falta el silencio necesario, la unión de silencios. A pesar de escuchar con claridad sus palabras no entiendo. Sé que es difícil estar consigo mismo sin auto-compadecernos o ilusionarnos en demasía. No la pasamos charlando para no oír a los demás; pero de plano, esto de la “unión de silencios” me parece una convocatoria sindical de mudos, cuentos de esotéricos acalambrados. Mira la fuente muchacho, como sube y baja el agua, como se desploma e intenta ver una sola gota en la corriente. Se trata entonces de seguir una gota, identificarla y perseguirla con la mirada mientras recorre el caudal; seguir a la gota viajando… ¡que sorpresa!, al hacerlo parece que se torna inmóvil… la escena de mirar la fuente se transforma, la gota se separa del movimiento de la totalidad… veo todo más lento, más lento, con un detalle que… espera, estoy sintiéndome como hipnotizado, fuera de mí… el rítmico y lento desplome de las gotas me atrapan, las siento descender en mi interior…
Aquel febrero de 1986 me resulta inolvidable. La estrella que colgaba en el cielo, al costado de la luna, desapareció. Cuando me volví hacia el anciano, descubrí su inmovilidad. Pensé que dormía, sin embargo el hombre estaba muerto. Me encontré así, acompañado en medio de la noche por la tranquilidad. El anciano me había enseñado entonces lo que era en verdad, estar en silencio.
Guadalajara, Jalisco, México. 1986.
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