Juan reposaba en su mecedora, tenía una expresión de paz infinita; recién afeitado, con el traje de los domingos, hasta tenía un clavel rojo en la solapa, como a él le gustaba. A su lado Dolores le contemplaba y su mirada reflejaba un amor incondicional, un amor con mayúsculas; esa clase de amor que anula el yo para ser tú.
Nacieron con tres días de diferencia en una casa de vecinos, de esas que tienen balcón corrido y patio en medio, en un barrio de las afueras de Madrid. Sus familias vivían puerta con puerta y siempre se llevaron bien, los chiquillos se criaron juntos y el amor nació en ellos como algo natural. Se casaron muy jovencitos casi unos niños, los dos juntos hicieron frente a la vida, una vida de estrecheces y penurias, sufrieron los desastres de una guerra, muchos días no tenían que comer, pero siempre tenían un beso y una sonrisa el uno para el otro, nunca les oyeron discutir. No tuvieron hijos y a veces los echaban en falta, pero enseguida se consolaban recordando lo mucho que habían visto sufrir a muchas madres cuando se les moría un hijo por hambre, por enfermedad o se los mataban en la guerra. Ellos gracias a Dios, no tuvieron que pasar por ello, en contra se encontraban a la vejez solos pero también conocían a matrimonios que sí habían tenido hijos, que aún los tenían y estaban tan solos como ellos.
Llevaban viviendo juntos más de sesenta años y aunque la vida no les trató demasiado bien, ellos volverían a vivirla unidos sin vacilar; pero la vida se les acababa, a Dolores se le acababa. Hace dos meses que fue al medico porque se encontraba muy cansada y había perdido el apetito, después de unos exámenes le diagnosticaron cáncer y le dieron unos pocos meses de vida, cuatro a lo sumo.
El día anterior en casa de Dolores.
-¡Hola!, María, ¿cómo se ha portado? – pregunto Dolores a su vecina al entrar en casa.
-Muy bien, sólo se ha alterado un poco al despertar y no verte, le expliqué que habías ido a hacer unos recados y se calmó.
-Si se le habla suave y con cariño enseguida se calma, no entiende bien lo que se le dice, pero sí como se le dice.
Dolores se acercó a su marido que la recibió con una sonrisa, sólo le sonreía a ella, con los demás estaba ausente, en otro mundo. Ella le dio un beso, le acaricio las manos y le colocó bien la bata.
Cuando María se hubo ido, ella se sentó, al lado de su marido con el informe del medico en la mano y se pregunta que va a ser de su esposo cuando ella ya no esté.
Al día siguiente, Dolores fue a visitar el asilo de Los Remedios, la recibió la superiora, sor Juana, la monja le explicó lo bien que atendían a los mayores, como les daban de comer y les aseaban... Le enseño el centro para que viese lo limpio que lo tenían; ella, Dolores, lo observaba todo, poniendo especial atención en los ancianos; había unos sesenta, más mujeres que hombres.
-Casi todos chochean o no se valen, ya se sabe, aquí vienen cuando no se valen y viven solos o son un estorbo para sus familias – decía la religiosa.
En esto se oyen las recriminaciones de una monja para con una de las ancianas.
-Te he dicho un montón de veces que pidas que te lleven al water y no esperes a mearte en la silla.
-He llamado pero no ha venido nadie – se disculpo la mujer.
-¡Pues te esperas! A ver si te crees tú que podemos estar en todas partes. Apenas consigamos teneros limpios y alimentados. Aquí las manos y el dinero escasean – contesto con aspereza sor Josefa.
Dolores no quiso ver más; se fue al banco, sacó todo el dinero que tenía y se acercó a una tienda donde, según decían, el dueño era capaz de venderte cualquier cosa, si tenías con que pagar.
-¿Cuánto ha dicho qué quiere?
-Tanto como me alcance con este dinero – contestó la mujer.
-Tenga, va dispuesto por medidas, no tome más de una a la vez, es muy peligroso, podría no despertar-
y le dio tres frasquitos con algo dentro.
De vuelta a su casa encontró a la vecina en la cocina.
-¡Hola! María, perdona mi retraso.
-No importa, en vista de que tardabas, os estaba preparando unas verduritas como primer plato.
-¡Gracias! No se qué habría hecho sin tu ayuda.
-No es nada, para eso estamos los vecinos, para echar una mano a quien lo necesita – contestó María al tiempo que cerraba la puerta al salir.
Dolores se quitó el abrigo, se puso un delantal, apartó las verduras del fuego y se dispuso a hacer chocolate, con mucho azúcar, como le gustaba a Juan. Cuando estuvo hecho, lo dejó al amor de la lumbre para que no se enfriase, mientras ella sacaba del armario, la mejor ropa de su marido y le afeitaba. Mientras que le aseaba no paraba de hablarle, muy quedo, con mucha dulzura; le decía lo mucho que le quería y lo feliz que era a su lado.
-Te he hecho chocolate, como a ti te gusta, igual que el que preparo para celebrar nuestro aniversario de boda, hoy es un día especial.
Él la mira y sonríe, desde que, hace ahora dos años, sufrió un derrame cerebral, sólo se comunica mediante las emociones, la tristeza y el miedo cuando ella no está; la calma, la tranquilidad de sentirse protegido, esa sonrisa que tiene para con ella cuando la sabe cerca.
Al terminar de darle el chocolate, Dolores se sienta a su lado, coge su mano y le da un beso. Él la mira y poco a poco se queda dormido, ella le observa, le toma el pulso y al no hallárselo se levanta toma el teléfono y llama a la guardia civil.
Cuando el cabo de la benemérita entra en la vivienda encuentra a los dos ancianos muertos, uno al lado del otro cogidos de la mano, el no presenta signos de violencia, ella tiene seccionadas las venas a la altura de su muñeca izquierda.
Al acercarse para observarlos más detenidamente, le parece escuchar que el uno dice:
- Gracias, mi amor, por llevarme contigo.
Y la otra contesta:
– ¿Cómo podría dejar una parte de mí, en un mundo tan frío?
¿Tú te prestaste a eso? – preguntó Mario.
-Nadie hubiese podido impedirlo, su amor era mucho más fuerte, que la misma muerte.