Lucía una preciosa mañana de primavera; uno de esos días en que todo parece maravilloso, donde pueden ocurrir las cosas más fascinantes e inesperadas.
Resplandecía el sol y el campo estaba exuberante; los cerezos en flor contrastaban con el verde oscuro de las coníferas, estas con las flores de diente de león y con las madrugadoras prímulas que salpicaban la campiña, llenándola de colorido.
Matilde, una hermosa jovencita de ojos azules como el mar, pelo rubio, alta y con una bonita figura, estaba enzarzada en una acalorada discusión con un grupo de adolescentes de su misma edad.
Matilde instaba a los demás compañeros a que penetraran en el bosque.
-Será divertido – les decía.
-¡No! Gritó Sergio, un chicharrón de buena planta.
-De ninguna de las maneras – dijo Laura una chiquita menuda y con gafas – Sabes muy bien que nos lo tienen prohibido. Todos los que cruzaron ese bosque antes nunca volvieron.
-Sois unos miedicas – dijo Matilde y con un gesto de desdén se dirigió a la espesura.
El bosque era muy tupido; las ramas de los árboles, los arbustos, e incluso las retamas se entrecruzaban, pero al paso de la chica se separaban para volver a cerrarse detrás de ella.
La muchacha no les prestó atención, todo su interés se centraba en un resplandor que veía a lo lejos.
De repente llego a un claro y lo que vio la dejo asombrada; no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Allí en medio del bosque, se levantaba una gran casa con muros de piedra tallada. Era tan majestuosa que parecía un palacio. La rodeaba un hermoso jardín con una fuente y un estanque con peces.
Matilde atravesó el jardín, llego hasta la puerta, empujo ésta que cedió sin dificultad; pasó a un gran salón donde había muchos espejos y una enorme lámpara de bronce con lagrimas de cristal que pendía del techo. Los muebles eran de madera de caoba tallada, las alfombras eran persas, y tanto los cuadros como las figuras tenían un incalculable valor.
Lo observo todo durante un rato maravillada de tanta hermosura.
Después abrió otra puerta que daba a un alto pasillo con ventanales. Empezó a recorrerlo con una curiosidad que iba en aumento.
Según avanzaba, el pasillo se hacia cada vez más estrecho y las ventanas cada vez más pequeñas hasta llegar a desaparecer.
Matilde comenzó a sentir miedo y quiso volverse, pero al darse la vuelta lo que vio la dejo paralizada; detrás de ella no había nada, solo un gran vacío.
La chica estaba asustada, muy asustada; no podía volver atrás, y delante sólo tenia un pasillo angosto, oscuro y fantasmagórico.
Titubeante siguió andando, a medida que avanzaba el aire se hacía cada vez más denso y sofocante. Al fondo se vislumbraba una luz blanquecina, hacia la cual se dirigió cada vez más asustada; su angustia llegó a limites insospechados, sobretodo cuando oyó resonar una voz que la llamaba: Matilde... Matilde...
Aterrada se sintió desfallecer; las piernas se negaban a sujetarla, quería gritar; pero no podía, su pavor era tal que no se atrevía ni a pestañear. De repente noto como una mano se posaba sobre su hombro y sintió un nudo en la garganta y a punto estuvo de desmayarse.
La voz sonó de nuevo.
– Matilde... Matilde... – al mismo tiempo que la sacudían.
-¡Matilde hija despierta! ¿Pero es que todas las mañanas voy a tener que despertarte si quiero que llegues temprano al instituro.