LA VÍBORA

Autora: Germana Fernandez


El reloj marca las dos y media de la tarde, los profesores están en animada conversación, de pronto la puerta se abre dejando paso a un tropel de chiquillos excitados que con grandes aspavientos y hablando todos a la vez, todo lo alto que sus pequeñas gargantas se lo permitían, decian.
-¡Don Manuel! ¡Don Manuel!- gritan todos a coro.
Don Manuel un hombre entrado en años, alto ceñudo, nariz corva, boca grande de labios finos, ojos marrones de mirada mortecina se levantó del asiento y pausadamente se acercó a los zagales, con voz sin matices les pregunto:
-¿Hay fuego en alguna parte?
-No, - dijo uno de los niños – a Pol le ha mordido una culebra en un dedo.
-Muy grande, al menos de dos metros – añadió otro.
-¿Dónde está Pablo? – preguntó el maestro.
-Allí, viene despacio, porque dice que si corre el veneno se extiende más rápidamente.
-¿Qué pasa? – interpeló una profesora.
-Cosas de crios – contestó Manuel – tengo ganas de perderles de vista a todos – agregó entre dientes.
Salieron los infantes seguidos por el profesor al encuentro del niño que venía a paso lento, en dirección a la entrada del centro.
-¡A ver! Enséñame qué te ha pasado – dijo el maestro.
-¡Mire! – Dice el pequeño extendiendo la mano que comenzaba a inflamarse – me ha mordido una víbora al levantar una piedra para buscar lagartos.
-Tú siempre con tus bichos – y dirigiéndose a los estudiantes - ¿Alguno vio a la víbora?
Uno dijo que era verde y con patas, otro que no, un tercero, que tenia dos cabezas.
Como ninguno se ponía de acuerdo, optó por mandar a las criaturas,cada una a su clase.>br> Pablo tenía poco más de 11 años, era un niño inteligente, risueño, de ojos negros que contrastaban con sus rubios cabellos; haciendo caso omiso de la orden, se dirigió a la sala de profesores en busca de Carlos, su profesor de matemáticas.
-¡Don Carlos! – le llamó desde la puerta – ¿me puede atender un momento, por favor?
-Espera un momento que empiecen las clases – contesto Carlos.
-¡No puedo! ¡Me ha mordido una víbora! – Gritó.
Carlos saltó de su asiento y de dos zancadas cruzó la sala, sabía que Pol nunca mentía
-Déjame ver, si, tienes la mano hinchada ¿Seguro que ha sido una víbora?
_Sí, seguro, la vi muy bien.
-Me llevó a Pol a que le vea mi padre – anunció el maestro a sus compañeros.
Una vez en la consulta del practicante, Carlos le pregunta:
-Tu ¿Qué crees papa?
-¡Seguro! Es una picadura de víbora, el veneno está extendiéndose, le pondré una inyección para retrasar el proceso, aquí no tengo el antídoto específico, llévatelo lo más rápido posible al hospital.
-Toma, aquí, - dijo ofreciéndole un papel – les explico lo que le pasa y lo que le he inyectado.
Suben al coche y se dirigen al centro médico. En el trayecto, el niño empieza a sentir mareos, náuseas, dolor de cabeza y su tez se torna pálida. Carlos comienza a angustiarse, nunca había pasado por un trance semejante. El semáforo está en rojo, no lo piensa, se lo salta, por escasos centímetros no colisiona con un camión. Mientras Pol cada vez está peor, comienza a temblar y los párpados se le cierran, terminando por perder la conciencia. Llegan a la puerta del hospital, Carlos frena, saca al niño del coche y con él en brazos entra gritando en la sala de urgencias:
-¡Por favor, un médico, el niño se esta muriendo!
Una enfermera se acerca y pregunta:
-¿Qué le pasa?
-Le ha mordido una víbora, aquí le traigo el volante – dijo mientras le muestra el papel que le diera su padre.
El servicio médico se pone en marcha y en pocos minutos el niño es atendido por el personal especializado.
Aún hubieron de pasar dos largas horas antes de que Pol reaccionara al antídoto.
Mientras tanto, en la sala de espera, el tiempo pasaba con tanta lentitud que a Carlos se le antojaba que se había detenido. Su nerviosismo llegó a tal punto que se hizo preciso administrarle un tranquilizante, tras lo cual se serenó un poco, lo suficiente como para avisar a los padres del niño, que no tardaron en personarse en el centro.
Tuvieron que pasar dos días antes de que Pablo estuviera fuera de peligro, y pensando en coger lagartijas para asustar a las enfermeras.
El profesor, necesito más tiempo para reponerse de la experiencia vivida, semanas después aún tenía pesadillas en las que veía a su pupilo muerto.
¡



ATRÁS
Hosted by www.Geocities.ws

1