EL LEGADO DEL ORFEBRE
CP.4º LA SINRAZÓN

Autora: Germana Fernandez

Empieza a anochecer, el cielo se tiñe de tonos ocres, a lo lejos, en el horizonte, el sol se niega a ocultarse y dibuja franjas de distintos tonos naranja, entre los que se le puede ver como a un niño asomando su cabeza por la puerta entreabierta de su cuarto, remoloneando antes de irse a dormir.
Al notar que alguien le observa el hombre se gira, al principio solo ve a una paciente, una más entre los mutilados, locos, desnutridos... pacientes de un hospital de Sarajevo, Somalia, Irak... que más da, en cualquier parte del mundo puede surgir la sinrazón y la barbarie del fanatismo, la ambición o el odio, son parte de las secuelas de la guerra, los daños colaterales como los llaman ahora.
La mujer le mira y él le presta más atención, es una mujer joven, desaliñada, con la vista extraviada, lejana, perdida en el tiempo, en un pasado que para ella es presente. El hombre se fija en sus ojos y lo que ve le transporta a ese pasado, el mismo que él evoca noche tras noche en sus pesadillas, las cuales le impiden conciliar el sueño.
Era un mal día, llevaban semanas sin saber lo que significaba dormir en una cama, lo hacían tirados, amontonados, dentro de los camiones, apostados a las afueras de una importante aldea de Vietnam, kosovo... el lugar carece de importancia, donde, según los informes, se ocultaba una base militar enemiga. Su misión era vigilar sus movimientos y esperar refuerzos para proceder al ataque, pero los refuerzos no llegaban y los hombres se empezaban a impacientar. Una noche les atacaron mientras dormían, matando al oficial al mando y al radiotelegrafista e inutilizando la radio.
-No podemos permanecer aquí por más tiempo, señor.
-Las ordenes son de permanecer en el puesto hasta que lleguen refuerzos. -¿Y, si no llegan?, señor.
-¡Llegaran, soldado!
Pero los refuerzos no llegaban y cada vez eran más frecuentes las incursiones y como consecuencia las bajas tanto en un bando como en el otro y a todo esto se le unía la falta de víveres. Los soldados empezaron a perder la fe en sus mandos, lo mismo que las tinieblas se apoderan del cielo al anochecer, así crecía entre ellos la idea de que se les había abandonado a su suerte y que los refuerzos no llegarían nunca.
-¡Yo ya no aguanto más! – se lamentaba un soldado – esos cabrones están durmiendo tranquilamente en sus camas con sabanas limpias, mientras nosotros estamos aquí, esperando a que nos maten uno a uno como a conejos. Propongo que bajemos a la aldea y ocupemos alguna casa.
-Bueno, en vista de que no podemos recibir noticias nadie nos reprochara que avancemos sobre el enemigo, a la postre a eso hemos venido. – dijo el oficial de mayor graduación que quedaba con vida.
Los lugareños se defendían con uñas y dientes, cuando caía uno, otro salía, se diría que surgían de debajo de las piedras. De los diez que componían el grupo en el que él iba solo quedaban tres, un sargento, un veterano y él.
Era su primera guerra, acababa de licenciarse en medicina y le enrolaron como a muchos otros jóvenes. A él, como al resto de la población, le explicaron que la guerra era necesaria para conseguir la paz, la libertad y la justicia, él seguía sin comprender como se podía conseguir paz derrochando tanta saña y tanto odio; podía resultar relativamente fácil planear, dirigir estrategias y marcar objetivos desde una mesa de despacho poniendo banderitas aquí y allá, pero luego eran los soldados de a pie los que los tenían que llevar a la práctica convirtiéndose en depredadores o presas según el caso.
El sargento dio una patada a la puerta de la humilde vivienda, que cedió ante el envite, los soldados enarbolando sus armas iban abriendo las puertas, una tras otra, en un rincón de una de las habitaciones una mujer acurrucada trataba de proteger a su hija, de unos tres años, con su cuerpo, el sargento la tomo violentamente por un brazo y la levanto en vilo, mientras el otro soldado tomo en brazos a la niña.
-¡Vaya! ¿Que tenemos aquí?, una loba y su cría. Mira por donde estas van a pagar por los compañeros muertos.
Y diciendo esto la rasgo la ropa y entre insultos y golpes la violo.
-Siempre he querido saber lo que se sentía al entrar en una carne tan tierna – dijo el veterano al tiempo que desgarraba las entrañas de la pequeña que lanzo un alarido de dolor y muerte. La madre con los ojos fijos en la escena también dejo escapar un grito,éste, de horror e impotencia.
El joven no pudo reaccionar, su mente se negaba a dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo. Cuando el sargento se desahogo, se volvió hacia él y dándole una palmada en la espalda le dijo.
-Anda, ahora te toca a ti, luego la matas, nosotros seguiremos revisando las otras casas.
Al salir de su estupor el medico se acerco a la mujer, esta permanecía inmóvil con la vista extraviada repitiendo, casi en un susurro, “mi hija, mi hija” el joven recogió el cuerpo sin vida de la niña y lo coloco al lado de la madre junto con una muñeca de trapo, las arropo con una especie de manta y salió de la casa.
A lo lejos se escucha el ruido que producen las tropas de refuerzo al acercarse.
Ahora, en el hospital, la mujer le mira, lleva en sus brazos una muñeca de trapo y mirándole con esa mirada que no ve le pregunta.
-¿Y mi hija?, ¿dónde esta mi hija?.
Él la mira y también se pregunta.
-La libertad, ¿dónde esta la libertad?, ¿dónde la justicia?, ¿esto es la paz?.



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