Para comprender la historia de Isabel, La Niña del Sol, tenemos que remontarnos a una partida de cartas entre el señor Hernández, dueño de varios cortijos y Pepe “El Tijeras” dueño de la posada del mismo nombre, la apuesta era uno de los cortijos, donde se criaban toros de lidia, contra la Venta.
El ventero se llevó la peor parte, cuando el hacendado le reclamó la apuesta éste, El Tijeras, le suplicó por sus muertos y su familia, le pidió de rodillas que no le quitase su medio de vida, que le pidiese lo que fuera pero que no se quedase con la fonda.
El posadero tenía una hija con apenas 16 años, eso sí, muy bien desarrollados, la llamaban La Niña del Sol, porque según decían su cara siempre estaba iluminada con una sonrisa y sus ojos desprendían destellos como el sol, la moza era muy atractiva y a menudo tenía que quitarse los moscones de encima, con habilidad y con algún que otro tortazo, uno de éstos admiradores era el señor Hernández, con él tenía que agudizar el ingenio pues su padre le tenía prohibido utilizar otros métodos, el hombre se gastaba sus buenos reales en la taberna.
El viejo vio la oportunidad de acceder a los favores de la joven, le propuso al padre dejarle la fonda a cambio de su hija, por lo legal claro, se casaría con ella, como era de suponer se moriría antes, era muy anciano, a su muerte ella heredaría el cortijo de la apuesta mas la mitad de su dinero, lo demás lo heredaría su hijo, un mozo de 22 años.
El ventero vio con buenos ojos la propuesta, mataba dos pájaros de un tiro, conservaba la posada y conseguía un buen partido para su hija, pues si bien era verdad que era viejo no lo era menos que él moriría pronto, unos pocos años a lo sumo.
De nada sirvieron las protestas de la muchacha, al mes siguiente estaba casada con un viejo que podía pasar por su abuelo.
Yo había llegado a la hostelería de la mano de uno de los rufianes que saquearon la casa de la condesa, éste me dio al ventero a cambio de comida y una jarra de vino. ¡En que poco me valoraron!.
Cuando La Niña del Sol me vio, se encariñó conmigo y siempre me llevaba encima, me hizo una funda y me sujetaba con una goma a su muslo, eran tiempos difíciles para las mozas sin dinero y que tenían que andar entre hombres.
La noche de casados, cuando el viejo reclamó sus derechos a Isabel, la muchacha sintió repugnancia sólo con la idea de que el anciano la pudiese tocar, pero no podía hacer nada, él era su marido y tenía todos sus derechos; así es que cerró los ojos y se dejó hacer, claro que poco pudo hacer el carcamal a no ser manosearla y babosearla todo el cuerpo. Después entre el vino y el esfuerzo cayó en un profundo sueño, sueño que aprovechó su mujer para lavarse e irse a otro aposento a seguir maldiciendo su suerte.
Y así siguieron las cosas, unas veces con mas suerte para el viejo y otras con menos, algunas veces hasta conseguía terminar la faena, claro que su mujer ni se enteraba, sus pensamientos se centraban en que terminase y la dejase en paz.
A los dos meses llegó a casa el hijo del señor Hernández para quedarse, hasta entonces vivía en Madrid con una tía, hermana de su difunta madre, la cual falleció al nacer él.
Cuando Antonio, que así se llamaba el hijo, conoció a su madrastra quedó prendado de ella, enamorado hasta los tuétanos, a ella la vista de un hombre joven y bien parecido la devolvió a la vida, en casa a excepción de ella todos eran mayores nadie bajaba de los cuarenta.
Sin darse cuenta se encontró imaginándose cómo sería pasar una noche con el hijo en lugar del padre y decidió que tenía que probarlo.
Esa noche después de que todos se fueran a dormir y el carcamal de su marido, después de muchos esfuerzos, por rematar la faena sin conseguirlo, no sólo rematarla ni siquiera pudo empezar, quedó exhausto, rendido por el esfuerzo. Ella se levantó y se fue al dormitorio de Antonio, abrió la puerta y entró con sigilo, pero el hombre que no dormía, vio su silueta y percibió su aroma a azucenas recién cortadas, miró como ella se acercaba a la cama, muy despacito, él sin decir nada retiró las mantas y le hizo un hueco a su lado y se cumplieron con creces los sueños de Isabel.
Al día siguiente Isabel volvía a ser la Niña del Sol, sus ojos muertos desde el día en que se caso, recobraban su luminosidad y a emitir los destellos que les caracterizaban.
El anciano, aun sin saber lo que pasaba, presintió el peligro y celoso, cual Otelo, dispuso que su hijo se fuese a vivir a otra de sus casas y a su mujer la prohibió salir sola, o salía con él o con alguna de las criadas; también la prohibió recibir visitas a no ser que él estuviese presente.
Isabel cavilaba como podría librarse del viejo egoísta y cayo en la cuenta de que no era tan difícil. Ella sabía de los poderes de algunas hierbas tanto para curar como para matar, lo malo era que con la mayoría los síntomas eran tan claros que se veía a la legua que la persona había sido envenenada, pero la muchacha conocía una en particular que, si se tomaba la precaución de administrarla en pequeñas dosis, daba la sensación de falta de vitalidad, un irse la vida y dada la edad del él nadie sospecharía y en un par de semanas sería una joven viuda muy rica.
Hernández, al sentirse mal, reclamaba la presencia de su mujer a todas horas, ella le cuidaba cual esposa sumisa, se ocupaba de su comida, de su aseo, sólo salía de la habitación para hacerle la comida y pasear un poco por el jardín. A las tres semanas el médico dijo que no había nada que hacer, que al señor Hernández se lo llevó la vejez.
-¿Y tú permitiste esa injusticia, esa crueldad? – le pregunto el abogado al cuchillo.
-¿Una injusticia, una crueldad llegar a la vejez e irse placidamente sin sufrimiento y teniendo a su lado, hasta el final, a una mujer hermosa que le coja de la mano y le consuele, aunque esté fingiendo? Lo verdaderamente infame, la crueldad más grande es el hecho de casar, ala fuerza, a una joven y ardiente doncella con un viejo impotente y egoísta.