Todos dejamos algo en el camino, pero ¿qué pasa cuando lo dejamos todo y lo que nos aguarda es más de lo mismo? De eso sabe mucho Julia, la protagonista de esta historia.
Julia, cincuenta y muchos bien llevados, rubia, ojos claros, ésta sentada en el sofá viendo la tele, al lado en el sillón, su marido ronca a todo pulmón. El programa que están emitiendo es de cotilleo, tele-basura, de los que se dedican a sacar los trapos sucios de los famosos, que con tal de estar en candelero se prestan a lo que haga falta, da lo mismo que sea cierto o no.
La mujer contempla por un momento a su esposo, luego se mira sus manos ajadas por los años y el trabajo y evoca a la niña que un día fue; de su infancia sólo conserva pequeños retazos, el olor de la miel recién catada, como su padre le calentaba las manos entre las suyas y poco más. Sus recuerdos más claros son a partir de los nueve años cuando alguien las fue a buscar, a ella y a su hermana, a la escuela donde había comenzado a ir hacía tan sólo tres días, y les dijo “iros para casa", vuestra hermana Gloría ha muerto”. Recuerda como se mudaron de casa y de pueblo, dentro de la misma provincia, se fueron al campo.
Ese año ya no fue a la escuela, comenzó a ir al curso siguiente y antes de los doce años estaba trabajando, haciéndole compañía a una anciana, en su casa hacía falta el dinero, el que ganaba su padre se quedaba en la taberna, a casa llegaban los reproches y los palos. Su padre cuando estaba sereno era muy cariñoso, pero ella sabía que cuando venía borracho era mejor esconderse.
Cuando cumplió los quince años decidió que no aguantaba más y se puso a servir, ganaba muy poco y aún así la mitad la entregaba en casa, de la otra mitad ahorraba todo lo que podía, había oído decir que en Francia las mujeres podían trabajar en lo que quisiesen, no había, como aquí, trabajos de hombres y trabajos de mujeres. Ella soñaba con ir allí y trabajar en algo que no tuviese nada que ver con la casa, se había jurado a sí misma que sería una mujer independiente, que no se casaría y así no tendría que aguantar a alguien como su padre; pero a los dieciocho años se enamoro y todo empezó a girar en torno a él.
Antes de los veinte ya estaba casada y el mismo día de su boda tuvo la primera muestra de lo que iba a ser su vida a partir de entonces. Al salir de la iglesia la dejo en compañía de sus padres y demás familiares mientras él agasajaba a sus amigos, tardo media hora escasa en volver junto a ella, lo suficiente para que Julia recordase ese día como uno de los más decepcionantes de su existencia.
Los primeros años pasaron sin pena ni gloría, criando hijos, su marido era un buen hombre; cariñoso, les quería mucho tanto a ella como a los niños, tuvieron cinco, tres niñas y dos niños, nunca les levanto la mano, se dejaba la piel en el trabajo y la cartera en el bar, tenía muchos amigos, sobretodo cuando la ronda la pagaba él. Así es que Julia tenía que hacer malabares para llegar a fin de mes, ella aportaba buena parte del dinero que se gastaba en la casa cosiendo para una tienda.
Fueron pasando los años, los niños crecieron, su marido estaba cada día más irascible, si no se le daba la razón se ponía a gritar y a compadecerse de sí mismo y de su suerte con frases como: “se mata uno a trabajar para que luego te echen en cara que te quedas a jugar la partida” o “ni en casa puede uno estar tranquilo, siempre te están diciendo lo que tienes que hacer” también “yo más de lo que hago no puedo hacer, si no llega no tengo la culpa” y cuando se veía sin salida zanjaba la cuestión con “ya no sé como tenerte contenta, a veces cuando voy en el coche me dan ganas de estamparme contra un muro y acabar de una puta vez”.
Sus hijos se fueron independizando, unos se casaron y otros decidieron vivir por su cuenta; pero sus padres enfermaron y los trajo a su casa, en eso su marido estuvo de acuerdo y la ayudaba en lo que podía, cuando estaba en casa.
A su madre la tuvo encamada cinco años hasta que se murió, su padre, enfermo de Alzheimer, duro diez, había muerto hacía tan solo seis días, ella los cuido a los dos hasta el final.
Julia mira de nuevo a su marido espatarrado en el sillón, silbando como una locomotora; le mira como si no le conociera, en realidad casi no le conoce, hace mucho tiempo que no se comunican, hablan pero no comparten ideas, ni proyectos, ni sentimientos, cada uno tiene su mundo aparte.
En la ultima revisión, los médicos, le habían dicho a Tomás “o te cuidas, no trabajas tanto, dejas de fumar y de beber, o en el mejor de los casos te vas para el otro mundo o lo que es peor, te quedas en una silla de ruedas dependiendo por completo de los demás” “Para no poder comer ni beber, mejor estar muerto” había contestado él.
Julia mira sus manos vacías, al igual que su vida, mira a su marido y se pregunta, ¿qué me depara el futuro? Y ella misma se contesta, “continuar encerrada entre estas cuatro paredes con un marido al que casi no conozco, con el paso del tiempo ha ido disminuyendo lo que nos unía y acrecentándose lo que nos separa, tendré que cuidarle el resto de mi vida, como si de una condena se tratase. Y, ¡si me muero!, ¿dejare esta carga a mis hijos?, porque si no cambia, eso es lo que será y ¡él no cambia!
Se levanta va a la cocina y se prepara un café. Con la taza en la mano se dirige al mirador y deja ésta sobre la mesa camilla, luego se asegura que todas las ventanas estén cerradas y vuelve a la cocina, abre la llave del gas pero esta vez no enciende la llama y se sienta a tomarse el café mientras contempla la calle, de espaldas a su marido, no quiere que lo ultimo que vean sus ojos sea a su marido desplomado sobre el sofá.
Tomás se despierta sobresaltado – No – se dice – no puede ser cierto, se trata solo de una pesadilla – pero el olor era inconfundible. Se levanta y busca a su mujer con la mirada, la ve sentada, con la taza en la mano mirando a través de la ventana. Sin decir nada se dirige a la cocina y cierra la llave del gas, luego se acerca a su mujer, le retira, con suavidad, la taza, la toma de las manos y se arrodilla delante de ella, la mira como hacia mucho tiempo que no la miraba y con lagrimas en los ojos dice.
-Perdona, mi amor, no tenia ni idea de por lo que te estaba haciendo pasar, de todo lo que has sufrido por mi culpa. Quisiera dedicar el resto de mi vida a compensarte por todos estos años de sufrimiento, si aún es posible y puedes perdonarme.
Julia mira a su marido y ve en lo más profundo de sus ojos al hombre del cual se enamoró, sabe que el camino va a ser largo y duro pero también sabe que estarán juntos para superar las dificultades.