ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

Autora:Germana Fernández


En el rincón del viejo café Heliodoro veía pasar la tarde. Desde que se jubilo tenía demasiadas horas libres sin saber en que emplearlas, antes, cuando trabajaba, se quejaba de que no disponía de tiempo libre, contaba los días que le faltaban para jubilarse y poder hacer lo que le viniese en gana. Los primeros meses se le pasaron sin darse cuenta, visito a los amigos, se fue de viaje con su mujer…, todo muy bonito, pero hacer esas cosas le tomo apenas seis meses, después le empezó a sobrar el tiempo. Sus amigos del trabajo seguían en activo y sujetos a un horario, los de su juventud tenían su propia vida distinta a la de él, la familia también tenía sus deberes por lo que no podían prestarle demasiada atención, hasta su esposa tenía más en que ocupar los días que él. Así es que se levantaba tarde, se arreglaba, desayunaba y salía a buscar el periódico. Si hacía buen tiempo se sentaba en el parque a leerlo, si no se iba a su casa, de esta forma hacia tiempo hasta la hora de la comida. No era hombre de siestas y nada más comer bajaba al bar de Fermín a tomarse el café y allí se pasaba la tarde viendo pasar a la gente, de vez en cuando algún que otro jubilado como él se le acercaba y charlaban de los viejos tiempos, cuando trabajaban, recordaban lo mucho que tuvieron que luchar para abrirse camino en la vida y sacar adelante a sus respectivas familias, después callaban, se miraban entre si y con la vista baja se iban cada uno a su casa.
Esa tarde, Heliodoro, estaba sumido en sus cavilaciones mientras que un rayo de sol entraba, tímido, a trabes del cristal para posarse sobre la vacía taza de café, haciendo que los dibujos de ésta tomasen distintas tonalidades. El hombre se quedo mirando los destellos como hipnotizado, pero de pronto algo se interpuso entre el rayo de sol y la taza, era un muchachito moreno, de ojos negros y pelo ensortijado, por la forma de saludar y su indumentaria se intuía que era foráneo.
-¿Puedo sentarme con vos? Es que si no consumo el dueño me echa y fuera hace mucho frío – dijo el chaval.
-Sí, claro – contesto Heliodoro y observando como miraba la taza de café pensó “este chico tiene hambre” ¿Quieres un café con leche o mejor una taza de cacao con un bollo?
-No, muchas gracias señor, pero ya más tarde, cuando mi mama llegue, me traerá algo de cena.
-¿Dónde está tu madre?
-Limpiando en casa de los ricos.
-Y tú ¿por qué no estás en casa o en la escuela?
-En la escuela no me quieren porque no tengo donde vivir, el señor Julián nos deja que durmamos en su quiosco cuando cierra, pero cuando esta abierto nos tenemos que ir, es un quiosco muy chiquito.
-¿Y no tienes papá?
-A mi papá me lo mato la guerrilla allá en Colombia, estamos solitos mi mamita y yo.
Heliodoro miraba como el niño devoraba, más que comía, la leche y el bollo. Viéndole rememoro su propia infancia. Procedente de un mísero pueblo de Extremadura, su llegada a Madrid no fue lo que él esperaba, a sus siete años se encontró de repente en una gran ciudad repleta de gente donde nadie se conocía, en la escuela era el centro de las burlas de sus compañeros que le regalaban los oídos con toda suerte de insultos. La familia gasto todo lo que le dieron por la casa y las tierras que tenían en el pueblo, en comprar una modesta vivienda en un barrio de la periferia de la ciudad, a su padre, un agricultor sin otra clase de formación, no le quedo más remedio que agarrarse a los peores trabajos, los que nadie quería y los peor pagados, su madre limpiaba escaleras para que sus hijos pudiesen estudiar y ser alguien el día de mañana.
Cuando Heliodoro cumplió los dieciocho años y estaba a punto de ingresar en la universidad, su padre enfermó y él se tuvo que poner a trabajar para que sus hermanos pudiesen seguir estudiando, se coloco en el taller de un importante concesionario de coches, aprendió bien el oficio y llego a ser el jefe del principal taller que la firma tenía en Madrid. A base de trabajo y sacrificio logro sacar adelante a sus hermanos, formar su propia familia y dar carrera a sus dos hijos.
-Dime miguelito, ¿tardara mucho tu mamá?
-No, no señor, siempre llega antes de que el señor Julián cierre el quiosco.
-Bien, entonces la esperaremos juntos.
Se quedaron en el bar hasta que se fue acercando la hora en la que el quiosquero solía cerrar.
-¡Hola mamita! – grita el niño lanzándose a los brazos de su madre que lo recoge en un tierno abrazo.
-Mire, señor Heliodoro, ésta es mi mamá ¡a que es bonita!
-Sí, tienes una madre muy guapa – y dirigiéndose a la mujer continuó – Tiene un hijo estupendo, pero debería estar escolarizado.
La joven apretó al niño contra si y retrocedió un paso asustada.
-No te asustes, María, él es de confianza, no va a causaros ningún mal – se apresuro a mediar Julián en tono conciliador – veras – continuó dirigiéndose a Heliodoro – a María le caduca este mes el visado y tiene que volver a su tierra, ella no quiere por miedo a que le suceda algo malo a su hijo, le han dicho que el niño puede que darse aquí, si lo deja en adopción pero a ella le resulta imposible separarse del chico.
Heliodoro se quedo un rato pensativo, luego preguntó.
-¿Tienes teléfono aquí, Julián?
-Sí, tengo un móvil
-¿Puedo usarlo?
-Sí, claro que puedes – contestó mientras se lo entregaba.
Heliodoro se dispuso a llamar, mientras, los otros tres le miraban y escuchaban en silencio lo que éste hablaba con su mujer.
-Bueno, María, mi mujer está de acuerdo en que, si tú quieres esta noche la paséis en nuestra casa y mañana ya tocare yo algunos palillos, que para eso tengo algunas amistades a las que nunca he molestado.
-Gracias señor, pero no tengo con que pagarle, todo lo que pude reunir se me fue en el viaje.
-No quiero que me pagues nada, solo quiero que puedas cuidar de tu hijo.
Rosa los recibió de buen grado, era por naturaleza hospitalaria y cariñosa. Después de cenar los acomodo en una de las habitaciones vacías, no los quiso separar, estaban asustados, sobretodo la madre.
A la mañana siguiente Miguelito se quedo con rosa, María se fue a trabajar y Heliodoro salio a ver que se podía hacer por ellos.
-¡Hola! Saludo Heliodoro, al entrar en su casa, casi a la hora de la cena – No he estado tan cansado desde que doblaba el turno para poder pagar los gastos de casa y ayudar a mis padres, pero traigo buenas noticias, no se como Ernesto ha conseguido que María se pueda quedar con nosotros, como empleada del hogar – al observar que su mujer le miraba como si no le entendiera aclaro – si mujer, Ernesto, al que yo saque de aquel enredo de faldas, el cual bien le pudo costar el empleo y hasta su matrimonio de no haber sido por mí.
-Pero eso fue hace mucho tiempo – respondió Rosa.
-¡Como que éramos jóvenes! – exclamó Heliodoro.
-Gracias señor, no se que hubiese hecho sin su ayuda – dijo agradecida maría.
-Estoy seguro de que hubieses encontrado la forma de salir adelante. De todos modos tu caso no es de los peores, hoy me he dado cuenta de lo difícil que es ser emigrante en este país.
Hoy, tres meses después, en la casa de Rosa y Heliodoro es como si se hubiese retrocedido en el tiempo, a la época en que sus hijos estaban con ellos. Por las mañanas, María ayudaba a Rosa en la casa y en las tardes aprendía el oficio de peluquera, Miguelito asistía a clase y poco a poco iba alcanzando el nivel de los demás niños de su edad, Heliodoro trabajaba como cooperante en una ONG. en pro de los emigrantes y volvía a quejarse de que no disponía de tiempo para nada. Cuando alguien le preguntaba por qué a estas alturas de su vida se tomaba tanto trabajo, él siempre respondía “Por mucho que yo me esfuerce en ayudar y dar amor a la gente, aún es más lo que de ellos recibo.
-¡Oye Rosa! ¿Sabes lo que estaba pensando cuando conocí a Miguelito? – le preguntó Heliodoro a su esposa.
-No, no se, Heliodoro, si no me lo cuentas.
- Veras, estaba sentado enfrente de una taza de café y un rayo de sol, entrando por la ventana, levantaba destellos de colores al chocar contra ella, yo comparaba el rayo de luz con el Sol y la taza con la Tierra y de pronto apareció él, entre el Sol y la Tierra, para darle un giro de ciento ochenta grados a mi, hasta entonces, monótona vida.



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