DIEZ DEDOS Y UN CORAZÓN

Autora: Germana Fernandez



El calor sofocante entra a través de la ventana abierta, a lo lejos en el cerro, los lobos ululan a la luna, abajo en la portalada los perros les hacen coro con sus aullidos lastimeros, diriase que presagian la tragedia. En la casa todo esta en silencio, solo es interrumpido de cuando en cuando por las voces de los dueños, ella pregunta y se lamenta, él contesta y la consuela, aunque viéndola sufrir, para él necesita el consuelo.
La habitación estaba amueblada con sobriedad, un armario, una cómoda con espejo, una silla, y la cama de matrimonio con una mesilla de noche a cada lado, todo en madera de roble; una lámpara apagada colgaba del techo, la tenue luz que alumbraba la estancia procedía de una pequeña lámpara colocada encima de la mesilla de noche. Manuela tendida en la cama, con la cara desencajada por el sufrimiento, pregunta a su esposo:
-¿Hay noticias? Justino.
-No mujer, nadie sabe nada.
- Me duelen los dedos de las manos, es como si me los estuviesen aplastando, quebrando todos sus huesos.
-Tranquilízate mujer, no va a pasar nada, ellos volverán, no te preocupes.
-¡Ay, Dios mío! Mis dedos como me duelen.
-¿Quieres que te prepare agua con sal para meterlos? Así puede que se te calme el dolor.
- No déjalo, nada me calmara el dolor. ¡Cuánto tarda en amanecer! -Apenas hace una hora que anocheció, trata de dormir. -Mira marido uno se fue, - dijo señalando el dedo pulgar de su mano derecha.
El dedo se había tornado lívido, como la vela que se consumía a los pies de la virgen de los desamparados colocada encima de la cómoda, con las fotos de sus hijos a los lados, la sangre no le llegaba, estaba frío sin vida.
- Espera, te pongo unos paños calientes y enseguida se te pasa.
Le trajo unas toallas calientes y le envolvió las manos con ellas, pero el dolor seguía.
-Quítamelas, marido, así parece que aún me duelen más. ¡Dios mío, cuídalos, no les desampares! -¡Ay! Ahora son dos los que nos dejan.
En efecto, los dedos índice y corazón también se quedaron muertos.
-Espera, saldré a buscar un medico.
-No salgas, no encontraras a ninguno y no quiero quedarme sola, tengo miedo.
-No temas estoy a tu lado, note pasara nada.
-No temo ni por ti ni por mí, temo por ellos, ¿Cuándo volverán? ¡Otro dedo, marido! ¡Otro! No me quedan mas que seis ¡Y no amanece!
-Deja que te coja las manos, igual frotándolas mejoran. ¿Qué dedos te duelen más?
-Todos, todos duelen por igual.¡Virgen santísima, tres a la vez! Cuando vendrá la aurora para que esos perros callen.
Ya sólo le quedan tres dedos sanos en su mano izquierda junto con el dolor y la angustia que no la abandonan.
-¿Qué hora es, marido?
-Las cinco de la mañana, falta una hora para que amanezca.
-¡Dios mío! Una hora todavía, que largo se me hace el tiempo y mis dedos que se van, solo me queda uno ¿Ni este me dejaras, mal Dios?
No, ni ese le dejo, se fue muriendo como los otros. Luego la sangre se le fue retirando del cuerpo que se volvió blanco, como la sabana que lo cubría, primero los brazos, después las piernas, luego el cuerpo y la cara y por ultimo el corazón, que al no tener sangre que bombear se paró.
Al fin los lobos se retiran a sus madrigueras y los perros se callan, el día ha venido, pero Manuela no esta para verlo, se ha ido con sus dedos. Sólo queda la luz del amanecer que entra por la ventana iluminando el cuerpo de nieve de la mujer y Justino que arrodillado al lado del lecho acaricia las manos sin vida de la que por tantos años fuera su compañera.
Los perros ladran, alguien viene, ¿Será alguno de sus hijos? Se pregunta Justino; pero no, era una avanzadilla del ejercito.
-¿El Sr. Justino Bustamante?
-Si, yo soy, ¿Qué se les ofrece?
-Malas noticias Sr., sus hijos han muerto.
-¿Todos?
-Si, todos, cuatro murieron en el frente, cinco en una emboscada, en cuanto al mas pequeño se le encabrito el caballo, mientras veníamos, el muchacho salió lanzado por los aires, desnucándose al caer.
-¿Podré recuperar los cadáveres?
-Si, si manda a buscarlos, aquí solo traemos al mas joven.
-Será menester que se lo diga a su mujer – dijo el capitán.
-Ella ya lo sabe – contesto Justino.
En el cementerio, Justino con los ojos anegado de lagrimas, mira al cielo y pregunta: ¿Porqué los hombres se matan? Y volviendo la vista contempla, diez tumbas en terno a una mas, diez dedos y en el centro un corazón.



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