Abre un ojo, luego el otro, saca los brazos de debajo de las mantas, se estira y bosteza. De repente , Deisy, da un brinco y se sienta en la cama, se acaba de acordar que la noche anterior, antes de acostarse, oyó a su madre
que decía “las prímulas ya tienen capullos, seguro que mañana habrá algunas flores abiertas”. Eso no se lo podía perder, saldría la primera y cogería unas cuantas para hacérselas comer a su gata.
Deisy era una niña vivaracha de ojos azules, el pelo color caoba, su cuerpo menudo e inquieto armonizaba a la perfección con su cerebro siempre activo, sobretodo para las travesuras, aún no había terminado de hacer una y ya estaba pensando en la siguiente.
Deisy saltó de la cama y se calzo las zapatillas, se enfundo en la bata y abrió poco a poco la puerta del cuarto, asomo su cabecita
para ver si el camino estaba despejado, su cara lucia una expresión entre divertida y expectante, que la hacia parecer un querubín travieso.
Tras comprobar que el pasillo estaba solitario salió de puntillas, con mucho cuidado de no hacer ruido para que su madre no la oyera, la tenia prohibido arrancar las flores, ¡con lo bonito que era cortarlas estrujarlas entre los dedos y hacer comiditas mezclándolas con tierra para luego hacérselas tragar a su gata, Nefer, por la fuerza, para eso contaba con la ayuda de su amiguito Juan, el niño de la casa de enfrente, casi tan trasto como ella, él era el encargado de sujetar a la pobre gata.
Ya en la puerta de la calle vio a Nefer y a Dog, su perro, poniéndose un dedo en los labios les dijo:
- Suuu... que no se entere mama – y salió al jardín.
- Voy a avisar al ama – dijo Dog.
- No – contesto Nefer – esta vez está todo dispuesto. No sabe lo que la espera.
- ¡No por favor!, no la hagáis daño – suplico el perro.
- Se merece un escarmiento. ¿O es que ya no te has olvidado del día en que destrozo el parterre de las clavelinas y te echo a ti las culpas?
- ¡Calla, calla!, que aún siento la opresión del collar en mi pescuezo. ¡Tres días me tuvieron atado, tres! Menos mal que Deisy, a fuerza de mimos y llantos, consiguió que me soltasen. Si en el fondo es un ángel. ¿Y qué me dices de sus arrumacos y besos?
- No, si de eso se vale la muy tunanta, pero esta vez se va a llevar lo que se merece.
- Está bien – concedió Dog – pero no seáis demasiado duros con ella, recordad que es una niña, nuestra niña.
La mañana era fría pero Deisy no lo noto. Ella sólo pensaba en las prímulas. Caminaba por los senderos del jardín, pavimentados con trozos de losas de diferentes colores y formas, llegó hasta el centro del jardín donde estaba la fuente rodeada por dos bancos en forma de dos medias circunferencias, que no se tocaban para permitir el paso, a su izquierda quedaba el estanque con peces, bueno antes tenia peces, pero a causa de las trastadas de la chiquilla decidieron no comprar más hasta que ésta no creciese, a la derecha estaban los nidos y comederos para los pájaros, situados lo suficientemente altos como para que Deisy no pudiese alcanzarlos, en cualquier otra ocasión, ella, hubiera intentado meter su manita en los nidos para arrebatarles los huevos, pero esta vez estaba más interesada en las prímulas que crecían justo en frente y hacia ellas se dirigió.
Al llegar comprobó que su madre tenia razón, eran muchas las que lucían sus pétalos en todo su esplendor, las había de todos los colores, rojas, blancas azules, amarillas...
Deisy se agacho con intención de coger algunas y la planta le dijo:
- ¿Qué se supone qué vas a hacer insensata? ¿Te gustaría que te arrancase, yo, un brazo?
Deisy retrocedió asustada y se dio la vuelta para irse a casa, pero la casa había desaparecido, en lugar lo ocupaba un lago de aguas rosas, y los peces tenían brazos y piernas y se paseaban por encima del agua sin hundirse.
Una trucha regordeta le preguntó:
- ¿Nadie te ha enseñado modales?, pues ya va siendo hora de que aprendas.
La niña se asusto mucho, sus ojos grandes y azules, parecían aún más grandes por lo mucho que los abría. Se miro los pies y vio con asombro que le estaban saliendo raíces que se hundían en la tierra blanda y húmeda, su pelo rojizo se convertía en una mata tupida, parecida al esparto, que la cubría casi por completo. Horrorizada comenzó a gritar, pero nadie la escuchaba, solo las flores,los árboles y los pájaros que se reían de ella.
La chiquilla lloraba con desconsuelo, en esto vio a Nefer que paseaba por el jardín.
- Nefer ayúdame – le suplico.
- ¿Yo, para qué, para que me tires de las orejas y me hagas comer flores con tierra?, no gracias – y diciendo esto se alejo.
Dog se acerco a ella y se froto contra sus piernas en señal de cariño.
- Lo siento, Deisy, – le decía – no puedo hacer nada por ayudarte, a no ser ahuyentar a los pájaros para que no se te lleven el pelo, para sus nidos, creyendo que son hierbajos. Me das mucha pena, pero los animales y las planta han querido darte un escarmiento porque no tienes ningún respeto por la naturaleza, arrancas y pisoteas todo lo que ves, les pones trampas a los pájaros, incluso les has echado lejía a los peces del estanque, los pobres se murieron, sin contar con las trastadas que nos haces a Nefer y a mí. Pero como te queremos mucho te haremos compañía el resto de nuestras vidas.
Deisy se quiso agachar para acariciar a Dog, pero no pudo, estaba rígida como el tronco de un árbol, empezó a gritar, ahora fuerte, muy fuerte.
- ¡Mama, mama!
El rosal que empezaba a despertar de su letargo le advirtió:
- No te molestes en gritar, de todos los millones de humanos que pueblan la Tierra, solo unos pocos escuchan la voz de la naturaleza.
Cuando más desesperada estaba, Deisy, ve con alivio, que su madre se acerca bordeando el lago.
- Ya se que mi hija no se ha portado bien con vosotros y os pido disculpas por ello, – dijo la mama de Deisy – pero ¿no os parece demasiado castigo para una niña tan pequeña?
- Los niños crecen y sus virtudes y defectos, con ellos – contesto el ciprés.
- Os prometo que cambiare – suplicó la chiquilla – dejadme ir con mi mama.
- Bueno, si eres capaz de arrancarla te la puedes llevar – concedió la trucha regordeta.
Marta, la madre de Deisy, comenzó por apartarle los hierbajos que tenia por pelo, para poder tirar de ella mientras le decía.
-¡Hala hija! Has un esfuerzo, que nos tenemos que ir.
Deisy trataba de sacar los pies de la tierra pero las raíces habían crecido mucho y estaban muy profundas, además sus piernas así como su cuerpo estaba rígidos sólo podía mover los brazos y la cabeza. En esos momentos comprendió que las plantas se sintieran aterradas cuando ella se acercaba a pisarlas, arrancarlas y romperlas solo para divertirse. A Deisy se le pone carne de gallina, su corazón late más deprisa y siente que se ahoga al pensar que alguien puede hacer lo mismo con ella , al creerla un arbusto. Rodea con sus brazos el cuerpo de su madre en un intento, vano, por soltarse de su prisión.
- Deisy, cariño, despierta, que es muy tarde.
Deisy se despierta sobresaltada y se abraza a su madre diciendo:
- Mama he tenido un sueño horrible, soñé que era un árbol y que no podía salir del jardín...
- Bueno – la interrumpió su madre – ya me lo contaras luego, ahora a desayunar.
Un poco más tarde, cuando salían para ir al cole, le dice su mama:
- Deisy ven a ver las prímulas, veras que bonitas están, – la coge de la mano y la lleva al jardín – puedes mirarlas y olerlas, pero no cojas ninguna. Mientras, yo voy a sacar el coche del garaje.
Deisy mira las flores y piensa “sí que están bonitas y no parecen peligrosas” extiende una mano hacia ellas y la retira de inmediato al oír a la planta que le advierte:
-¡Ni se te ocurra! O está vez no te salva ni tu madre.