La anciana sentada en su silla de ruedas miraba a trav�s de la cristalera del amplio mirador, fuera se pod�a ver la avenida con su habitual trasiego de veh�culos y peatones sumergidos en el frenes� de un d�a de labor en una gran ciudad, pero Casilda no ve�a nada de eso. Ella contemplaba la maravilla de una hermosa pradera poblada de frondosos �rboles, la hierba era de un verde intenso jaspeada de flores silvestres. Los p�jaros con sus trinos y las mariposas con sus vuelos de flor, en flor mientras los rayos del sol dibujaban distintas tonalidades contribu�an a que el paisaje resultase una vista id�lica. La campi�a quedaba dividida en dos por un ancho camino, construido con cantos rodados, que daba acceso a una mansi�n colonial con un s�lido porche debajo del cual dos ni�os jugaban vigilados por una dama de cabellos dorados, facciones delicadas y una dulce sonrisa que iluminaba su rostro.
Miguel, el mayor de los hermanos, se acerca a ella y le pregunto:
-Mam� �Puedo ir a pescar al r�o?
-S�, hijo, pero espera que llamo a Pedro para que te acompa�e.
-�Miguel ll�vame contigo! - exclam� la ni�a.
-No, que eres muy peque�a y no sabes pescar � argument� el muchacho.
-Mam� � suplico Casi- dile a Miguel que me lleve.
-Hijo- medio la madre � d�jala que vaya, te quiere tanto que no puede estar mucho tiempo lejos de ti, adem�s Pedro cuidar� de ella, y t� � dijo dirigi�ndose a la chiquilla � tendr�s que prometerme que te portar�s bien.
-S�, mam� lo prometo, pero dile a Miguel que me lleve.
Al rato Pedro y los ni�os, cargados con los b�rtulos de pescar, cruzaban la vasta campi�a en direcci�n al ri�.
Miguel estaba a punto de sacar una trucha cuando los disparos procedentes de la casa le sobresaltaron haci�ndole soltar la ca�a.
-�Vamos! - grit� Pedro �Vamos a ver qu� pasa!
El hombre cogi� a la ni�a en brazos y echo a correr, seguido de Miguel, en direcci�n a la casa. Antes de llegar vieron a una mujer que con el rostro desencajado les sal�a al encuentro.
�Qu� pasa? - quiso saber Pedro.
-Han matado al se�or � contest� Juana.
�C�mo ha sido? Cu�ntame.
-Vinieron unos hombres diciendo no s� que acerca de la patria y como el amo les llev� la contraria le dispararon a quemarropa, la se�ora quiso defenderle y recibi� un tiro en el pecho. Se est� muriendo y quiere ver a sus hijos �D�monos prisa!
Era un espect�culo desgarrador: el padre tirado en el suelo en medio de un charco de sangre, inm�vil con los ojos muy abiertos, la madre tumbada en la mecedora, l�vida con los p�rpados abatidos, la vida se le iba por momentos. En un supremo esfuerzo extendi� los brazos para estrechar entre ellos a sus hijos queridos.
-Miguel tienes que ser fuerte y cuidar de tu hermana �les dec�a ella� os quiero mucho, me ten�is que prometer que siempre permanecer�is juntos y honrareis la memoria de vuestro padre.
Despu�s de esto el silencio. Juana cogi� a los ni�os de la mano y les hizo salir de la estancia.
Casi no entend�a nada no comprend�a porque tantas personas entraban y sal�an de la casa, que todos hablar�n bajo cuando ella estaba cerca y mucho menos que sus padres no estuvieran en casa. Cuando preguntaba por ellos le dec�an que estaban en el cielo, pero �C�mo pod�an estar en el Cielo? Si estuviesen en el Cielo ella los ver�a, �O no?
Paso alg�n tiempo y los ni�os se quedaron al cuidado de Juana y Pedro en una casa demasiado grande. De su educaci�n se hizo cargo una profesora que enviaron desde la ciudad.
La ni�a Casi, como la llamaban todos, no se separaba de Miguel, le segu�a a todas partes como una sombra, malamente a la hora de dormir consegu�a Juana separarles.
Lentamente los nubarrones dieron paso al Sol y otra vez las risas de los ni�os se pod�an o�r por
toda la casa, volvieron a correr por la campi�a y a pescar al r�o. De vez en cuando iban a la capital en compa��a de Pedro y la hija de este, dos a�os m�s joven que Casi, los tres ni�os se llevaban como hermanos.
Una enfermera se acerca a la anciana y cari�osamente le dice:
-Casilda, vamos, es hora de comer.
La anciana gir� la cabeza y mirando a la mujer asinti� con un gesto.
-Oiga, Matilde, usted que lleva aqu� tanto tiempo �Me podr�a decir desde cuando esta Casilda en el centro? pregunto Celia, una de las cuidadoras, a la enfermera.
No sabr�a decirte con exactitud pero muchos a�os. Al poco de entrar yo a trabajar en este lugar la gobernanta, hoy jubilada, me cont� que vino muy jovencita apenas cumplidos los 18 a�os. Su vida es muy triste, sus padres murieron tr�gicamente siendo ella una ni�a, a�os despu�s su hermano, al que estaba muy unida, muri� de unas fiebres antes de cumplir los 20, esto le costo una enfermedad y supuso su primera estancia en este sanatorio donde permaneci� por espacio de 2 a�os. De vuelta a casa la casaron con un primo suyo, bastante mayor que ella, asegur�ndose as� que el patrimonio no pasase a manos extra�as .El matrimonio fue mal desde un principio, pues �l ten�a una amante y ella no le quer�a.
Cuando quedo embarazada volvi� a recobrar la ilusi�n y a sonre�r. Pero el destino le ten�a reservado un nuevo golpe, a�n mayor si cabe que los anteriores. Su hijo vivi� apenas tres d�as, muri� entre sus brazos mientras lo amamantaba. Dicen que dejo escapar un grito desgarrador capaz de conmover hasta las mismas piedras, despu�s el silencio total, no habla, no r�e, no llora, mira a trav�s de las cosas sin verlas. Est� sumergida en un sue�o como si estuviera viviendo en otro mundo.
-M�rela, parece una ni�a mirando por la ventana � dijo Celia.
En esto Casi se volvi� hacia la enfermera y dijo alborozada.
�Mam� me voy con Miguel que me aguarda!.
Despu�s reclino la cabeza en el respaldo del asiento y se durmi� para siempre con una sonrisa dibujada en su sereno
rostro.