A MARÍA

Autora: Germana Fernandez

Querida María:
Hija mía, si hija aunque no te pariese yo. Hoy me ha sobrecogido una noticia que he leído en El País. Se trata del intento de asesinato de una niña recién nacida a manos de su madre y una cómplice.
Leyendo la noticia, rememore la forma en que tu llegaste a mi vida, aquel veinte de diciembre del 62. Hacía frío y mi ánimo estaba muy bajo; mi vida carecía de sentido, sólo había transcurrido un mes desde el día en que mi marido resultase muerto en un accidente y 8 días desde que perdiera al bebe que llevaba dentro de mí.
Me sentía sola, sin razones para seguir viviendo; de repente observé que en un portal medio a oscuras, una mujer trataba de esconder algo. No sé muy bien por qué, pero me acerqué a ella y cual no sería mi sorpresa al descubrir que lo que ocultaba era una niña que acababa de parir. Al preguntarle si la podía ayudar rompió a llorar y me dijo que ya no la podía ayudar nadie.
Le pregunté la razón de que se hallase en esa situación y ella me contestó que hacía 15 meses había venido a trabajar a Madrid, pues su marido estaba enfermo y no tenían medios para mantener a sus dos hijos. En Andalucía, por aquel entonces, los jornaleros no tenían ni paro ni baja por enfermedad. No había vuelto al pueblo desde entonces.
El bebe era fruto de una violación que no denunció. En aquellos años probar una agresión sexual resultaba muy difícil por no decir imposible, ocultó lo ocurrido; así como su embarazo, porque sabía que de no hacerlo perdería a sus dos hijos y a su marido. Pensaba que lo mejor sería dejar a la niña en el portal esperando que alguien la recogiese.
En ese momento se me ocurrió la idea de quedarme yo con la niña. Entre las pertenencias que heredé de mi marido estaba la clínica materno-infantil, situada muy cerca de donde nos encontrábamos. Desde un bar llamé a tu abuelo, que en aquel tiempo era jefe-medico de dicha clínica.
Nos ingresaron a las dos y te hicimos pasar por hija mía y así te he criado con todo el amor que una madre puede ser capaz de dar, hasta que la mala fortuna de mi enfermedad te hizo saber que no lo eras. No, yo no te lleve en mi vientre, pero sí en mi corazón, un corazón de madre que siempre ha vivido por ti y para ti.
P. D. Hija mía, no culpes a quien te parió ni a quien te crió, sino a las carencias de una sociedad que aún hoy permite que pasen cosas tan terribles.



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