Manchada. Viciada. Ensuciada. Arrastrada. Así fue la concepción de
Romina. Concebida con todos los pecados. Maldito sea su vientre. Maldita su
simiente.
Abandonada desde siempre por aquellos que debieron cuidarla.
Ensayando para que la blancura de un guardapolvo disimulara la negrura
de su panza cada vez mas hinchada.
Sin espejos donde mirarse. Sin ecos que al menos escucharan el rebote
de su voz. La condición de mujer violada no podía dar paso a desear la
condición de madre. Pero Romina nunca tuvo opción, ni elección. Apenas someterse
a la sexualidad violenta y cruel de un orden patriarcal para el cual los
placeres son de los varones y los deberes de las mujeres. Orden patriarcal que
organiza una sexualidad represora, ante la cual los poderes terrenales
y algunos celestiales otorgan todo tipo de puntos finales, obediencias
debidas e indultos. Además, de generación en generación. Porque Romina no es
una voluntad individual, no es una singularidad deseante que se abrió paso
en el despotismo sádico de un capricho.
El horror ante lo siniestro que
crecía dentro de ella, el horror que se agigantaba mes a mes, el horror de una
culpa indecible que no admitía confesión de parte, aniquiló, sin prisa
y sin pausa, todo intento de pensamiento y de sentimiento propio. Exceptuando
aquel que permitiera vislumbrar en algún momento la liberación de la de
las cadenas de una maternidad violentada. Ninguna mujer se hace madre
porque su útero crezca. Romina fue violada en cuerpo y alma. Y fue violada por
todas las formas sociales y culturales que no solamente toleran, sino que
exigen el sacrificio de las niñas y las adolescentes en los altares de la
carroña patriarcal. No hay que olvidar que la derecha castiga aquello que
propicia. No hay educación sexual, no hay entrega de anticonceptivos, ni de
preservativos, no hay escucha y comprensión para la ansiedad y el temor
que produce la aparición del deseo. El único camino que se permite
transitar es el de la represión absoluta del instinto. Tolerando tan solo que sea
pintado con los colores de la culpa, la vergüenza, el temor. Esperando con
tenue rebeldía o absoluta resignación, que el castigo llegue una y otra vez,
con diferentes formas, con los mismos resultados. Si la sexualidad de la
mujer se organiza como sexualidad para el otro, no habrá derecho al propio
cuidado, no habrá derecho al propio placer.
Pero la hipocresía social
no tiene espejo donde mirarse. Penalizar el aborto, aunque el 40% de los
embarazos terminen de esa manera. El delito de abortar es una señal
para todos y cada uno que la sexualidad por fuera de la cínica legalidad
burguesa que se llama matrimonio, constituye un crimen de lesa corporalidad. La
simultánea prohibición de la educación sexual y el aborto tiene como
resultado que el aborto se siga haciendo, y cada vez más, pero en
peores condiciones. Los ojos no ven, pero el corazón sigue sintiendo. Romina
no tuvo ninguna instancia para dar cuenta de su rechazo al producto no
querido de una relación odiada. Porque la mujer solo puede fantasear la
placentera fantasía de un bebé, cuando la fantasía de un padre es también
placentera. Padre real, padre simbólico, padre de la protección, padre del amor.
En
Romina la carencia más absoluta de un padre para su hijo, de cualquier
padre pero al menos uno, pulverizó todo anhelo, todo deseo para el encuentro
con su bebé. Y en la pérdida profunda, aunque temporaria, de sus facultades
racionales, comete el más horrible de los actos. Porque no había bebé
sino recuerdo, o incluso percepción actual de aquel que ultrajara su vida.
El hijo del diablo. Hijo que debe morir para que el recuerdo de su
violenta concepción no se prolongue en una temporalidad infernal. Si del polvo
vienes y al polvo volverás, también si del horror vienes, al horror volverás.
Matar al bebé es el peor de los abortos. El más tardío, el más cruel, el más
desgarrador. Pero el único que la cultura represora habilitó en Romina.
Entre inodoros y lavabos. En la espantosa soledad de su locura. En los
segundos en que podemos ser y sentir como Romina, un aire helado nos
congela el alma. Un dictamen inquisitorial con el disfraz de pericia
psiquiátrica le da el certificado de calidad a la cultura del patriarca. Romina, la de
la maculada concepción, es asesina.- Con seguridad, asesina por
naturaleza.
Por lo tanto, severo castigo para ella. Solamente para ella.
Todos los
actores principales y secundarios de la tragedia pasarán sin pena ni gloria, y
mucho menos con prisión. La mala, muy mala, muy asesina, es Romina. A la que
abandonamos para que matara lo que ya antes la había matado a ella.
Aunque de la muerte de Romina , muerta en vida, nadie se hará cargo.
Ave Romina impurísima. Maldita tú eres entre todas las mujeres. Especialmente
entre las burguesas mujeres que pagan por sus abortos.Y los burgueses hombres que
seguirán embarazando y contagiando a las chinitas, las negritas, las
putitas. En una tierra sin justicia, menos justicia aún habrá para
Romina.
Castigada por 14 años y más también por su maculada concepción.
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