Deontología

 

Trabajo 6

Universidad Yacambu

Autor: Germán Orta
 
Fecha: 09/11/2007
 

 

La Ética como amor propio

 

Introducción

 

Fernando Savater aborda el problema de la ética y de la moral, y establece con fuerza que el individuo, o  o que es lo mismo, el amor a sí mismo es el origen de toda moral. 

Las posturas éticas estan presentes. Aunque no lo queramos, cualquier toma de partido, cualquier elección, cualquier abstinencia conlleva una posición frente a la ética. Quienes más deliberadamente se alejan de ella, pues, no saben que su propósito es necio; pasa lo mismo con la ética: querámoslo o no, huyamos o nos quedemos, siempre estamos en el centro de esa rama de la filosofía en la cual se ponen en juego nuestro bien y el bien común.

 

  

Teniendo como fondo que el ideal del amor propio nunca es el objetivo, sino una orientación que define al individuo a través del hacer, presenta a la virtud como un ejercicio, una forma de comunicación en la búsqueda del propio perfeccionamiento y nunca como adecuación a una norma. 

En cuanto a la ética, su tarea consiste en orientar racionalmente la libertad hacia el máximo de placer compatible con la limitación histórica y ontológica del ser humano concreto. 

Se cuestiona acerca de los derechos humanos: ¿Son de tipo moral, ético, o político? ¡Simplemente son el derecho a ser hombre! 

Savater nos pone ante una ética basada en el amor propio que lejos de ser una mera salida ocurrente al grave problema que representa la acción humana en toda sociedad, avanza las pinceladas más coloridas del pensamiento ético a través de la historia y logra impresionar con un cuadro en el que destaca el individuo como origen y término, principio y fin de su actuar en y sobre el mundo. 

El hombre a través de su vida va realizando actos. La repetición de los actos genera "actos y hábitos" y determinan además las "actitudes". El hombre de este modo, viviendo se va haciendo a sí mismo. El carácter como personalidad es obra del hombre, es su tarea moral, es el cómo "resultará" su carácter moral para toda su vida...

Podemos aproximarnos a la conceptualización de la palabra "moral" (del latín mores, ‘costumbre’) como la adquisición del modo de ser logrado por la apropiación o por niveles de apropiación, donde se encuentran los sentimientos, las costumbres y el carácter.

Savater despliega una mordaz crítica contra toda forma de «totalitarismo moral». Rastrea y devora con ansia todo modelo normativo, pues piensa que toda norma constriñe el más elemental derecho del hombre: el derecho del individuo a crear y constituir la realidad. Moral cristiana, paradigma kantiano y socialismo colectivista son, según Savater, los enemigo del hombre; incluye, además, una forma nueva de inhumanidad: el llamado “Estado Clínico”.

Dado el carácter intrínsecamente inhumano de las creencias, no todas las opiniones son válidas en el terreno religioso. Pero es preciso señalar que Savater no niega “lo religioso”. Rechaza “las creencias”, como buen seguidor de la tradición ilustrada. Para Savater la «verdadera religión», aquella que asegura la autonomía del individuo.

una sociedad pluralista no puede permitir la existencia de una ética trascendental. Porque la razón imparcial, en su búsqueda de valores absolutos, es inútil a la hora de transcender las voluntades individuales. En resumidas cuentas, pues, la razón debe decapitar su afán intersubjetivo, y circunscribirse al cultivo de lo propio.

Individualismo y colectivismo son, en opinión de Savater, como polos del mismo signo, que, por naturaleza, se repelen, ya que el colectivismo anula la capacidad de respuesta personal, bien porque obliga a depositar la confianza y la responsabilidad en el líder, bien porque, proclamando el ideal de la igualdad, culpabiliza la voluntad individual si se aparta de los intereses del Pueblo, del Bien común o de la Nación.

Savater se percata de que nuestra sociedad no excluye ni el valor del individualismo ni el de la solidaridad. Y sobre esta pista construye su oferta ética. Él mismo afirma que su ética pretende ser «próxima a la sensibilidad contemporánea.

Savater es consciente de que el sentimiento de pertenencia a un grupo forma parte de las necesidades afectivas humanas. Pero en una sociedad liberal la pertenencia al grupo no puede venir exigida por el régimen de la necesidad. Una sociedad plural y democrática debe posibilitar la iniciativa del individuo a pertenecer a aquellas asociaciones que libremente haya elegido.

Savater sostiene que una verdadera sociedad democrática debe albergar en su seno a cualquier tipo de asociación, con la condición de que su proyecto no contenga valores absolutos. Llegar al acuerdo racional, en opinión de Savater, equivale a la imposición totalitaria.

Savater hace un recorrido por la historia de la ética e interpreta el pensamiento de algunos clásicos de la moral como defensores del amor propio. Aristóteles, siempre según Savater, considera ético el amor propio siempre que se considere en su aspecto racional y no como apasionamiento excesivo sobre lo propio. El que verdaderamente se ama a sí mismo es el que busca desarrollar la parte más noble y racional de sí, practicando la virtud, como justicia o prudencia

avater sigue en este aspecto la Ética de Spinoza, realizando una interpretación vitalista de su pensamiento. Según esta interpretación, la perfección humana estaría  relacionada con el aumento de las capacidades del cuerpo, y no sólo de la razón. La perfección “racional” no se identifica con una perfección mental, sino que esta última correría pareja con el aumento de la potencia de obrar del cuerpo. La esencia humana, que es deseo, comprometería a la vez cuerpo e ideas, y la ejecución de un proyecto de vida perfecta tendría que ver con la satisfacción de ese deseo, y no ya con la obtención de puro conocimiento. Por tanto,  según Savater, Spinoza hablaría de lo que es bueno y malo para el hombre sin perder de vista esa esencia deseante. Y de acuerdo con esta base psicológica, el aumento de la “alegría” sería el criterio mismo de bondad, y la “tristeza” el criterio de maldad. Bondad y maldad irían unidas al incremento o amenguamiento de la “vitalidad” del alma y del cuerpo, y no iría unida a la abstracta “racionalidad” vista como proceso puramente lógico. La Ética de Spinoza es, desde esta perspectiva, una ética “liberadora del trasfondo instintivo”.

Savater, como hemos visto, sostiene que la ética del amor propio es incompatible con cualquier tipo de moral normativa. Por eso rechaza el “paradigma kantiano”. Según Savater, este paradigma guarda en su seno una concepción de la felicidad heredada del cristianismo, que se opone al sentimiento del amor propio. En este aspecto hemos de detenernos pues lo que subyace en el pensamiento de Savater es la idea de que “amor propio” y “respeto al otro” son principios irreconciliables.

            Savater llega a tal afirmación a través de una tergiversación del pensamiento kantiano: la verdadera intención kantiana no es negar el amor propio e imponer “una” idea de felicidad y, en este sentido, universalizar una concepción de felicidad, sino que pretende universalizar el respeto. Una cuidada atención a la antropología kantiana muestra que la ética kantiana no se construye al margen del deseo, de la voluntad, del amor propio. Kant no construye una naturaleza formal al margen de la naturaleza material, sino que desde la naturaleza material (el deseo) intenta construir un “deseo universal” en el que quepan todas las voluntades. Kant habla de una felicidad “intra-mundana”, “ajustada al mundo”, no “ultra-mundana”. La moral, pues, trata de responder a las acciones que el hombre lleva a cabo en la sociedad civil. Es en la sociedad, lugar de relaciones pasionales y pragmáticas, donde la moral debe pautar formalmente unas relaciones positivas. Kant se sitúa, pues, dentro de la «utopía burguesa». Parte, pues, del deseo humano de felicidad, de la tendencia de todo hombre a interpretar su propio proyecto de realización personal; pero, a la vez, no desliga este proceso de la constitutiva dimensión social del hombre, ya que se realiza sólo en la integración de los procesos sociales.

Por tanto, Kant parte de la consideración del “amor propio” como aquel material sobre el que se debe construir la moral. No es tan ingenuo como para ver sólo maravillas en el amor a sí. Ha visto que el deseo humano también es voluntad de poder; que la insatisfacción de los deseos produce una tendencia a retroalimentar el deseo insatisfecho. Y se percató perfectamente de que esta voluntad de poder es el origen de la “insociable sociabilidad” del hombre, que divide a la sociedad en dos: el hombre con mentalidad de dominio y el de mentalidad de esclavo. Hegel se percató de la dinámica del poder, que es la lucha entre el amo y el esclavo. Pero lo afirma como motor de la historia: la negatividad es la razón del progreso. Kant, en cambio, busca superar la negatividad de la historia por una regeneración del sujeto. Es el deber del sujeto, y no la ley de la historia, el que construye sociabilidad.

Kant no anula el impulso de felicidad humana. Es consciente de que mi voluntad de autorealización será indigna si no respeta el proyecto de felicidad de los demás hombres. No se trata, por tanto, de universalizar mi voluntad, de modo que el otro hombre pueda participar de ella, sino que se trata de universalizar el respeto al otro, para que sea posible que el proyecto del otro se realice. En otras palabras: el hombre existe como fin en sí mismo, no sólo como medio para usos de otra voluntad. No es otro el sentido del imperativo categórico.

            En suma, pues, la originalidad de la propuesta moral kantiana reside en buscar el equilibrio entre felicidad y dignidad. Kant, al igual que Hobbes, se sitúa en el horizonte de la ética aristotélica. Para Aristóteles, el hombre es social “por naturaleza”; está ordenado, por naturaleza, a la “polis”. Pero tras las guerras civiles que asolaron Europa, se instaura la convicción de que el hombre ha dejado de ser “animal social”. En este ambiente, Kant y Hobbes tratan de reconstruir por medio de la razón, lo que antes era natural. Pero si Hobbes trata de reconstruir unas estructuras normativas en el universo público, abdicando del intento de regenerar la tendencia pasional del hombre de carne y hueso, Kant, en cambio, es consciente de que la insociabilidad humana no se reduce a base de mera normatividad exterior. Desde esta convicción, Kant no separa el universo público del privado, sino que intenta regenerar la vida pública desde la regeneración de la interioridad humana.

            Aunque es evidente, como afirma Savater, que el ideal cristiano subyace a la moral kantiana (la persona como valor absoluto y la construcción de una sociedad justa), no por ello hay que reducir su planteamiento. Kant no pretende imponer de modo velado la moral cristiana a la sociedad civil; el mismo Kant dice que el intento de universalizar una interpretación de la felicidad, un modo de realizar la existencia humana, es una forma de dominación. Más bien, de lo que se trata es de universalizar el derecho y el deber de que cada persona protagonice su vida. Y la garantía de este derecho de toda persona exige el respeto absoluto de unas normas.

La crítica savateriana al cristianismo es un eco de las modernas críticas a la religión, especialmente la de Feuerbach. Savater recoge la concepción antropológica de feuerbachiano al concebir al hombre como un ser proyectado por un instinto, el instinto de felicidad; se trata de la tendencia más genuinamente humana, que mueve al hombre a sobrepasar los límites de su condición finita, y que se concreta en la búsqueda de la libertad personal. Savater interpreta este instinto feuerbachiano en términos de amor propio: la felicidad es, pues, una volición pasional. La religión, vista desde tales parámetros antropológicos, no es más que la proyección de este deseo humano de infinitud; de este modo, la voluntad del hombre queda transferida en razón de una Voluntad transcendente, y, por ende, se torna en voluntad alienada. La actitud moral que se deriva de la religión, aparentemente desinteresada y altruista, es mero amor propio transferido, amor propio alienado, amor propio in-voluntario, amor propio cobarde, amor propio des-personalizado.

Compartiendo, pues, los mismos supuestos que Feuerbach, para Savater la auténtica religión es “humanismo”. No es aquella concepción en la que Dios desciende y se encarna en el mundo para recuperar lo humano, sino que es más bien aquella otra en la que el hombre asciende a lo divino, y se propia de lo divino. En definitiva, es la religión del hombre divinizado Rechazado el deseo de que Dios me salve, el hombre recupera su naturaleza caída y se diviniza.

De igual modo, la crítica de Nietzsche a la religión se constituye en paradigma para Savater. Así, manifestando su condición de feligrés de Nietzsche, Savater considera a San Agustín como el primer y principal ideólogo que justifica la naciente clase politico-levita, reinterpretada en la época moderna por Jansenius, Pascal y Port-Royal (cf. EAP 39ss). Según Savater, la sima que el santo de Hipona instaura en el pensamiento occidental viene determinada por el rechazo del “amor propio”. Para San Agustín, siempre según el juicio de Savater, toda la moral clásica está basada en el egoísmo. Al sustentarse en valores hedonistas, vanidosos y utilitaristas, la ley normativa resultante queda viciada radicalmente. Por tanto, las virtudes de los paganos están corrompidas desde su origen: buscan el éxito, la riqueza, el poder. Así, por ejemplo, las virtudes de los epicúreos están  sometidas a conseguir y asegurar el placer: tanto la prudencia, la justicia o la templanza deben estar orientadas al cultivo del goce. En cuanto a las virtudes de los estoicos, no son más que el cultivo vanidoso del orgullo y la búsqueda de honor y gloria personal. Posteriormente, Jansenius, Pascal y La Rochefoucauld de Port-Royal, se apoyarán en San Agustín para descalificar y contrarrestar la moral aristocrática del éxito y de la gloria mundana, basada en el esfuerzo personal y en el voluntarismo disciplinado, que se difundía en Francia especialmente por el fortalecimiento que le prestaban los moralistas de la Compañía de Jesús. Este tipo de moral peca del mismo defecto que la ética antigua: las obras que buscan la salvación por las propias obras heroicamente conseguidas se sustentan en valores como el poder, el éxito, la riqueza, en definitiva: el egoísmo.

Lo que está en juego en esta crítica es, en el fondo, el rechazo a una concepción antropológica relacional. Savater es consciente de que el mundo cultural en que estamos instalados, está inspirado en la visión cristiana del mundo. Y es esto precisamente lo que rechaza. Rechaza la centralidad de la antropología cristiana, que consiste en “alteridad”. La centralidad del mensaje de Jesús es: servicio por el Reino de Dios. «El Hijo del hombre vino a servir y a dar su vida por muchos» (Mc 10,45). Jesucristo realizó su existencia como cuerpo entregado y sangre derramada.

En el cristianismo, la libertad es concebida como entrega, “vaciamiento”; pero “vaciamiento” no por la fruición en la nada en sí, sino “vacío” como condición de posibilidad para hacer lugar al otro, para hacer posible que el otro se manifieste. En la concepción cristiana, pues, el poder surge del “servicio”: «Yo estoy en medio de vosotros como quien sirve» .Por tanto, cuando Savater proclama al individuo como principio absoluto su intención última es recrear la cultura desde un sujeto “autárquico”, sin alteridad, sin referencia al otro.

 

Conclusión

La ética consiste en orientar racionalmente la libertad hacia el máximo de placer compatible con la limitación histórica y ontológica del ser humano concreto. 

Savater nos pone ante una ética basada en el amor propio que lejos de ser una mera salida ocurrente al grave problema que representa la acción humana en toda sociedad, avanza las pinceladas más coloridas del pensamiento ético a través de la historia y logra impresionar con un cuadro en el que destaca el individuo como origen y término, principio y fin de su actuar en y sobre el mundo.  

El hombre a través de su vida va realizando actos. La repetición de los actos genera "actos y hábitos" y determinan además las "actitudes". El hombre de este modo, viviendo se va haciendo a sí mismo.  

Savater despliega una mordaz crítica contra toda forma de «totalitarismo moral». Rastrea y devora con ansia todo modelo normativo, pues piensa que toda norma constriñe el más elemental derecho del hombre: el derecho del individuo a crear y constituir la realidad. Moral cristiana, paradigma kantiano y socialismo colectivista son, según Savater, los enemigo del hombre; incluye, además, una forma nueva de inhumanidad: el llamado “Estado Clínico”.

Como afirma Savater, que el ideal cristiano subyace a la moral kantiana (la persona como valor absoluto y la construcción de una sociedad justa), no por ello hay que reducir su planteamiento. Kant no pretende imponer de modo velado la moral cristiana a la sociedad civil; el mismo Kant dice que el intento de universalizar una interpretación de la felicidad, un modo de realizar la existencia humana, es una forma de dominación.

La actitud moral que se deriva de la religión, aparentemente desinteresada y altruista, es mero amor propio transferido, amor propio alienado, amor propio in-voluntario, amor propio cobarde, amor propio des-personalizado.  

 

Infografia

http://www.xoc.uam.mx/~polcul/pyc07/283-288.pdf

Ante un mundo donde las ¡deas abstractas se nos ofrecen como norma y modelos (la ciencia, el Estado, la democracia, el mercado, el modelo económico, etcétera), el autor vuelve a poner ante nuestros ojos el valor fundamental del individuo como actor y principio único de la moral.

 

http://www.scientology.org/helpspn/sh10.htm 

L. Ronald Hubbard llevó a cabo un descubrimiento admirable en el campo de la ética que incluía no sólo la simplificación y la codificación del tema, sino el desarrollo de una tecnología funcional que puede aplicarse a nuestras vidas diarias, una tecnología que produce mayor felicidad, prosperidad y supervivencia.

 

 

Otras Referencias

 

Video de Fernando Sabater, Conferencia de la ética

 

 

 

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Última actualización 09-nov-2007
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