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| ODA ESCRITA EN 1966
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| Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete
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| Que, alto en el alba de una plaza desierta,
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| Rige un corcel de bronce por el tiempo,
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| Ni los otros que miran desde el m�rmol,
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| Ni los que prodigaron su b�lica ceniza
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| Por los campos de Am�rica
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| O dejaron un verso o una haza�a
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| O la memoria de una vida cabal
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| En el justo ejercicio de los d�as.
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| Nadie es la patria. Ni siquiera los s�mbolos.
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| Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo
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| Cargado de batallas, de espadas y de �xodos
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| Y de la lenta poblaci�n de regiones
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| Que lindan con la aurora y el ocaso,
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| Y de rostros que van envejeciendo
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| En los espejos que se empa�an
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| Y de sufridas agon�as an�nimas
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| Que duran hasta el alba
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| Y de la telara�a de la lluvia
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| Sobre los negros jardines.
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| La patria, amigos, es un acto perpetuo
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| Como el perpetuo mundo. (Si el Eterno
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| Espectador dejara de so�arnos
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| Un solo instante, nos fulminar�a,
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| Blanco y brusco rel�mpago, Su olvido.)
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| Nadie es la patria, pero todos debemos
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| Ser dignos del antiguo juramento
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| Que prestaron aquellos caballeros
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| De ser lo que ignoraban, argentinos,
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| De ser lo que ser�an por el hecho
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| De haber jurado en esa vieja casa.
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| Somos el porvenir de esos varones,
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| La justificaci�n de aquellos muertos;
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| Nuestro deber es la gloriosa carga
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| Que a nuestra sombra legan esas sombras
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| Que debemos salvar.
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| Nadie es la patria, pero todos lo somos.
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| Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante,
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| Ese l�mpido fuego misterioso.
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