

Antoni Gaudí tenía en mente las ciudades-jardín inglesas (lo que queda manifiesto en la ortografía inicial Park Güell), y se empeñó en lograr una perfecta integración de sus obras en la naturaleza. Prueba de ello las columnas constituidas de piedras de tamaños y formas muy variables, que sugieren troncos de árboles, estalactitas y cuevas naturales. Los ángulos rectos no aparecen en ningún lugar: Las columnas están inclinadas como palmeras.
El punto central del parque lo constituye una inmensa plaza vacía (una fuente y un suelo alicatado hubiera sido una buena idea) cuyo borde sirve de banco y ondula como una serpiente de ciento cincuenta metros de longitud. Está recubierto de pequeñas piezas de cerámica y cristal y es obra de Josep María Jujol, un colaborador de Gaudí.
La plaza está parcialmente sostenida por la Sala de la cien columas, compuestas por ochenta y cinco columnas parecidas a estalagmitas gigantes en una cueva. En el techo, entre ellas se encuentran decoraciones circulares (rosetas), donde no se construyeron columnas que estaban inicialmente previstas (para llegar a cien).
A este lugar llega la escalinata de la entrada principal del parque, dispuestas simétricamente alrededor de una escultura de salamandra que se ha convertido en el emblema del jardín. Representa la salamandra alquímica, que simboliza el elemento fuego.
Es Eusebi Güell quien da nombre al parque. Este rico empresario catalán, miembro de una influyente familia burguesa de la ciudad condal fue para Gaudí un verdadero mecenas, permitiéndole llevar a cabo muchas de sus obras - entre ellas el Parque Güell - sin interferir en sus decisiones artísticas.