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CAPITULO VIII
El Pasaporte para Ganímedes
En anteriores capítulos manifesté que del grupo reunido en el Hogar, solamente nosotros, el israelita y el egipcio, nos preparamos para ser conducidos a Ganímedes. Los demás preferían continuar su vida en Janlitpur. Y esto hacía honor a la sabia y hermosa organización de aquel monasterio perdido en las soledades y el secreto de aquella minúscula colonia de nuestra Augusta, Antigua y Soberana Orden... Porque no es un lugar abierto a todos, ni un sitio específicamente dedicado a preparar voluntarios para el satélite de Júpiter. Ya dije al comienzo de este libro, que al sobrevolar las altas cumbres nevadas que rodean este valle, no se podían descubrir ni el monasterio ni el Hogar, cubiertos y disimulados por el follaje de los bosquecillos circundantes. Sólo bajando al nivel del suelo es que se ven los edificios, y esto ha protegido aquel lugar, durante siglos, de la curiosidad o de la ambición de muchos... ¿Quién podría suponer de los que pasaran por esas grandes alturas solitarias, que allá abajo, perdida en la enormidad de los Himalayas, palpita la vida y el sosiego de una reducida colonia de seres que prefieren alejarse de las locuras del mundo para lograr la paz y la felicidad de los altos niveles morales, mentales y físicos de la Vida...? Un sitio distante de todas las rutas aéreas comerciales, al que solo puede llegarse como lo hicimos nosotros o en helicóptero, amén del paso secreto utilizado en otros tiempos, es el refugio seguro, como todos, los de nuestra Orden, para el adiestramiento especial de quienes merecieron tal privilegio en diferentes épocas. Y al estar nuestra Orden en contacto directo con nuestros Hermanos Mayores de Ganímedes, no hubo inconveniente para que miembros de ella, como nuestros Hermanos ya mencionados, fuesen conducidos por Ovnis hasta ese lugar. Los otros tres, la española, O'Connor y la inglesa, eran discípulos escogidos por el Lama con toda su sabiduría, justicia y autoridad...
Ya hemos conocido la historia de Maruja; la andaluza. Ahora, puede ser interesante la de Nancy, pese a su notable discreción, muchas veces rayaba en hermetismo. Con el correr de los meses y aprovechando la confianza que me brindaba mi continua cooperación en su trabajo de jardinería, pude ir conociendo muchos de los detalles de esa vida que, en su juventud, estuviera llena de amargas experiencias.
De noble alcurnia, emparentada con familias de la rancia nobleza de Inglaterra, cuyo linaje se remontaba hasta los tiempos de Tudor, prefería siempre evitar mencionar su verdadero título y sus apellidos de cuna. Sobre este tema, guardaba silencio. Pero el Lama, con su acostumbrada discreción, me había asegurado que pertenecía a una de las más orgullosas casas de la vieja Escocia. Conducida a la Corte de Londres desde muy niña, había conocido en su adolescencia, a un muchacho hijo de nobles segundones y empobrecidos, de quien se enamoró con la fogosidad del primer amor. El le correspondía con igual devoción, pero sus padres se opusieron a la unión de los jóvenes por razones de dinero. Habían pensado para su hija un mejor partido y persiguieron a los enamorados, hostilizándolos y tratando de separarlos en toda forma. A tal punto llegó la severa oposición, que la muchacha fue retirada de la Corte y conducida nuevamente a Escocia, para alejarla en definitiva del doncel. Pasaron meses, en que Nancy sufrió a solas en el castillo de sus mayores, vigilada como un preso por su terco padre. Pero una mañana, que la vigilancia de éste le permitió pasear a caballo por el frondoso parque del feudo, su sorpresa fue tremenda al sentirse llamada por su nombre y ver aparecer, detrás de unos arbustos, a su amado pretendiente... La sorpresa dio paso a la emoción del encuentro y ambos se estrecharon en un beso de apasionada unión. Rápidamente le explicó él que había venido a buscarla dispuesto a todo, y que si ella lo aceptaba se fugarían juntos tratando de llegar, en secreto, hasta la costa en donde un amigo del muchacho le prometía conducirlos en un balandro hasta las costas de Francia.
Eran los días en que se jugaba, en el Continente, la suerte del Segundo Imperio, bajo los tambaleantes dedos de Napoleón III, amenazado por la invasión prusiana. Los jóvenes decidieron hacerlo, confiando pasar inadvertidos en aquel país, ante la confusión ocasionada por el arrollador avance de los germanos.
Así, aprovechando los pocos momentos en que ella conseguía dar un furtivo paseo a caballo, los enamorados tuvieron varios encuentros y acordaron el plan de fuga para una obscura noche sin luna. El, aprovechando de las sombras y el reposo nocturno, llegaría hasta el castillo y trataría de escalar el muro para poder alcanzarle a ella, una escala de cuerdas con que pudiese bajar, y luego huirían en el caballo de él escondido entre el bosque vecino.
Tal como lo pensaron prepararon los detalles y aguardaron la noche propicia. Días después se presentó la oportunidad. Era una noche lóbrega y de fuerte viento que aullaba entre los árboles del parque. Nancy, pretextando cansancio y frío, se había retirado temprano a su alcoba. Al mediar las horas, cuando ya todos dormían, pudo escuchar el ulular de un búho, señal convenida con su novio. Abrió lentamente la ventana y entre las sombras logró distinguir el bulto cauteloso que se escondía, tres pisos bajo el ventanal. Arrojó a su galán una cuerda formada por varias sábanas anudadas, y éste ató a ella una larga soga de nudos. La muchacha izó la improvisada escala y amarró el extremo a un viejo clavo de sujetar cortinas en el marco de la ventana. Pero vino lo peor: que ella no tenía práctica en tales menesteres y sentía un miedo cerval a deslizarse hacia el vacío desde "tanta altura y en una noche tan sombría y con el viento que agitaba la cuerda sin cesar. No podían hablarse por temor a ser descubiertos y Nancy, sentada en el alféizar del ventanal no se atrevía a descender. El mozo al darse cuenta de la situación, optó por subir para animarla. Estaba ya por llegar hasta ella cuando sonó un crujido en la madera del marco y el grueso clavo que sujetaba la cuerda saltó al vacío, con escala y todo, y ella lanzó un grito de espanto...
Pocos, minutos más tardé el castillo entero estaba en movimiento. Sus padres habían acudido a los gritos desesperados de la joven y la servidumbre corría para averiguar qué pasaba fuera. Alumbrándose con linternas, algunos criados llegaron hasta el sitio en que cayera el muchacho. Estaba inconsciente y le manaba abundante sangre de una herida en el cráneo. Al ser entrado en hombros se retorció como en una convulsión y dejó de respirar: tenía la cabeza destrozada y parte de la masa encefálica se escurría con la sangre...
La tragedia afectó de tal manera a la joven,* que tuvo que ser conducida a Londres y guardar cama y tratamiento médico por varios meses... Después, el tiempo fue haciendo su labor de bálsamo. Pasaron algunos años y, al fin conoció en la Corte al que sería su esposo. Esta vez era un hijo de familia rica y sus padres muy bien vinculados: él, miembro de la Cámara de los Lores; ella, dama de honor de la reina Victoria. El novio era simpático, amable y muy entretenido. Un tipo de aquellos que triunfan en los salones de la alta sociedad, y por lo mismo, solicitado por las mujeres. La buena acogida de los padres de Nancy favoreció el romance y meses después se casaban con toda la pompa tradicional de la vieja nobleza de la Gran Bretaña. Los primeros tiempos fueron alegres y dichosos, pero con los años comenzaron los problemas. Ella no podía tener hijos, y el marido, hombre buenmozo y de gran mundo, ansiaba tener un heredero. Poco a poco, las sombras del desencanto iban interponiéndose entre ellos. Cada vez eran más largos los días de alejamiento que, con un pretexto u otro, buscaba su cónyuge, y las labores oficiales de ella, como dama de la Reina, no bastaban a mitigar su preocupación constante. Su carácter se tornaba cada vez más melancólico, a tal punto, que no pasó inadvertido para la Soberana. Ante las repetidas preguntas al respecto que le hiciera Victoria, no tuvo otro remedio que confesarle el motivo de su desasosiego. Se habla enterado que su esposo mantenía una amante, con la que viajaba al campo frecuentemente. La Reina le demostraba afectuosa predilección, y al enterarse, quiso intervenir. Ella le había rogado no hacerlo. Pero las cosas fueron de mal en peor. El marido llegó a despreocuparse por completo de su legítimo matrimonio; con todo descaro hacía público alarde de su donjuanesca conducta, y ello colmó la paciencia de la Soberana, quien lo hizo llamar para amonestarlo.
Ante la real actitud, el hombre estalló. Olvidando toda consideración a su clase y a su honor, se portó con Nancy cual el más vulgar y matonesco hijo de vecino: la misma noche, de regreso de la cita real, la insultó y vejó, declarándola que estaba ya harto de ella, y en un acceso de furor llegó has–la a golpearla con excesiva crueldad. Y eso no fue todo. Al día siguiente, hizo preparar sus valijas y se marchó a vivir fuera de Londres en una casa de campo en donde instaló a la querida. Como el escándalo trascendiera,–la Reina Victoria, a modo de castigo, lo destinó a una lejana guarnición en la India, en la esperanza de separarlo de su amante, a la que también había amonestado aparte.
Pero de nada sirvió todo ese cambió. En su dorado destierro de militar, aumentó su afición por el licor y, un día, Nancy, tuvo la triste sorpresa de encontrar á su marido en la cama de su propia casa con la otra mujer. Esto determinó una nueva explosión de furor, del cónyuge, que la abofeteó en presencia de la rival... Aquella noche, desesperada, intentó suicidarse. El veneno habría surtido sus efectos de no mediar una circunstancia providencial. Tenía una criada hindú que le había tomado gran afecto, viéndola llorar de continuo. La muchacha la acompañaba a todas partes y esa noche, como si presagiase algo, se había ocultado tras las cortinas de la alcoba. Al ver que apuraba el contenido del frasco de veneno, salió corriendo para impedirlo. Ya el tóxico estaba en el estómago y la joven corrió despavorida en busca de ayuda. En el despacho de su marido se encontraba, entonces, Rahmojan Dumpbahar consultando unos asuntos privados de su lamasterio. A los gritos de la hindú, acudieron todos y, consternados por la noticia, el Lama pidió le permitieran asistir a la presunta suicida... '
Está de más decir que con su ayuda se conminó el peligro.
–Ese fue el comienzo de nuestra larga amistad –nos comentó la inglesa, la tarde en que, bebiendo una taza de té, terminaba de narrarnos su turbulenta crisis de esos tiempos–. Después, regresé a Inglaterra y, traté de separarme de mi marido. Pero los convencionalismos de la Corte pesaban sobre mí y sobre mis ancianos padres. Tuve que resignarme y continuar aparentando una vida frívola que detestaba. La hipocresía y el egoísmo me rodeaban y sólo pude soportar dos años más aquel infierno. Mi esposo continuaba en la India y quienes lo habían visitado me dijeron que se había convertido en un borracho empedernido. El Maestro Dumpbahar pasaba una temporada de estudios en Londres y nos visitaba con frecuencia a mis padres y a mí. Un día llegó la noticia de su muerte en un accidente del servicio. Quedaba sola con mis ancianos. Al año siguiente falleció mi padre y año y medio después mi madre.
Me sentí desolada. La vida me hastiaba. Una terrible neurastenia se había apoderado de mí. La confianza que me inspirara el Lama fue lo único que evitó un nuevo intento de suicidio. No tuve ambages para confesarle que deseaba acabar con mi existencia. Y, en tales circunstancias, sintiéndome enferma del alma y del cuerpo, ya que, por entonces experimentaba síntomas extraños y dolores en todo el cuerpo, el Maestro me propuso venir con él a Janlitpur.
Me dijo que estaba padeciendo de un cáncer incipiente, fruto de mis largos trastornos psíquicos y nerviosos; pero que en este lugar cambiarla mi vida por completo, y adquiriría una nueva salud desconocida en ese mundo torturado por la falsedad y el egoísmo de los hombres...
Y levantándose del asiento hizo un ademán como si alejara de su mente una larga pesadilla.
–De eso han pasado, ya, cien años –dijo, cual si hablara consigo misma–... y el milagro se ha cumplido...
* * *
Quienes lean este libro en busca de lecciones prácticas de autosuperación, pueden preguntar quizás, qué relación habría entre un positivo adiestramiento en tal sentido, y las breves historias personales de mis compañeros en el Hogar de Janlitpur. En apariencia, muy poco o nada. Pero si son observadores, y analizan pacientemente cada una de esas sintéticas reseñas, encontrarán la enseñanza oculta en ellas, la moraleja o mensaje que esas vidas relatadas con tanta concisión, nos dan para comparar lo que estamos acostumbrados a ver, a cada paso, en este mundo, y lo que se obtiene con la metódica y sabia práctica de las normas de vida en un ambiente o mundo organizado en conformidad con el equilibrio y la armonía de la Leyes cósmicas de la Naturaleza. Y para ello no es menester abandonar la Tierra emigrando a lejanos mundos, porque en éste, igualmente, es posible encontrar la Paz y la Felicidad, cuando se cumple con esas leyes y se vive en un medio en donde reinen la Armonía, la Pureza y el Amor...
Esto es lo que buscan implantar en nuestro planeta aquellos habitantes de Ganímedes que periódicamente nos visitan. Ya lo expuse en mi libro anterior y debo recordarlo ahora. Ellos, como ejecutores del PLAN CÓSMICO, desean conseguir que en la Tierra se prepare las nuevas condiciones de vida y de cultura capaces de permitir que la promesa Crística tenga su realización, una vez desarraigados de este mundo todos los males que lo aquejan, todas las causas de desequilibrio y de sufrimiento que, por la ignorancia general, torturan y destruyen a sus habitantes. Pero, en aquellos pocos seres que, en distintas épocas y lugares, pudieron aislarse del contaminado ambiente, viviendo una comunidad fraternal bajo el signo del AMOR, en esos, muy escasos sitios, pudo y puede vivirse en condiciones paradisíacas... Lamentablemente esto no sucede por lo común en la Tierra, y de ahí que tales seres o instituciones tuvieran que protegerse, adecuada y sabiamente, de la contaminación externa. Por tal razón, como defensa legítima contra cualquier forma de mal exterior, es que las escuelas ocultas de todos los tiempos debieron encerrarse en el secreto dé sus reglas y en el hermetismo de sus lugares de reunión y convivencia... Y nuestra Orden, la más antigua de todas, no podía ser una excepción.
Es por eso también, que desde hace muchos siglos nuestros Hermanos de la Quien, en sus niveles más altos de la Jerarquía, estuvieron en contacto directo con sus Hermanos Instructores de los mundos o planos superiores, y con los Hermanos de Ganímedes. Siempre en misiones de PAZ y de AMOR...
Porque la Paz interior y el Amor supremo, son, en verdad, el "pasaporte" que exigen, los habitantes del gran satélite de Júpiter a quienes ambicionen llegar hasta su mundo. No importa mayormente, que la cultura general del aspirante sea muy elevada y completa, que pueda ser un exponente de la sabiduría terrenal en los diferentes campos de la ciencia o de la técnica. Si no es un ser puro, de alma limpia, como dice el vulgo, por mucho que sepa en cualquier materia de la cultura terrenal, no puede entrar en ese mundo superior. En cambio, los "limpios de corazón" mencionados en la Biblia; aquéllos de "las blancas vestiduras del Reino" a que se refiere en el Apocalipsis y en el Evangelio de San Mateo, Cap. 25, al hablar del Juicio Final, ésos sí pueden ingresar a su mundo, porque llevan consigo el "pasaporte" exigido: la pureza de corazón y de pensamiento... Lo demás, pueden aprenderlo allá... Y es fácil comprender tos sabios motivos de tal discriminación: Tas luces de la ciencia y de la técnica, del estudio– especializado en todos y cada uno de los múltiples terrenos del saber humano, pueden hacer de un sujeto un sabio de la Tierra. Pero eso no implica el que tal sujeto sea, también, un inmoral, un vicioso, un tirano, un egoísta, un lúbrico, un avaro... en fin, un individuo dominado por una o varias de las comunes pasiones que enferman el alma humana. ¡Cuántos casos, como éste nos da la Historia! Y ¿puede pensarse que un hombre así, al ingresar en un mundo de paz y de armonía no llevaría los gérmenes del desequilibrio, no contaminaría el ambiente con sus malignas vibraciones, no sería rechazado automáticamente por esas mismas vibraciones contrarias, como se rechaza, acá en la Tierra a los portadores del virus de una epidemia leal, aislándolos y sometiéndolos a la cuarentena y el tratamiento específico, en defensa de un país o de una ciudad?...
Con cuánta mayor razón, dentro de un mundo, de una humanidad y una civilización tan superiores a lo nuestro en las actuales condiciones... Además, para los conocedores de estas ciencias, para quienes poseen el profundo conocimiento de la ley de vibraciones del Cosmos y las leyes dé afinidad o rechazo cósmicas, no escapa la reacción inmediata que en determinados planos puede experimentar un ser cuyas vibraciones sean muy distantes, en la escala de frecuencias, de las vibraciones dominantes en un ambiente muy distinto al suyo... Esto ya lo saben nuestros físicos modernos.
Por todo ello es preciso lograr, antes que nada la necesaria pureza de espíritu, o sea la limpidez de nuestra alma, que genera, automáticamente, la limpidez, esplendor y belleza de nuestra AURA, que no otra cosa es el simbólico "pasaporte" que buscan los Hermanos de Ganímedes en sus constantes observaciones sobre todos los lugares habitados de este mundo...
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