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CAPITULO VII
Las Influencias de la Luna Negra
Pasaba el tiempo y nos íbamos acostumbrando a la nueva vida en Janlitpur. No había lugar para aburrirse, pues todos teníamos algo que hacer diariamente. Yo alternaba mis horas libres de lección entre labores del campo, junto con algunos monjes y los dos Hermanos últimos, el árabe y el israelita, y otras veces ayudando a la inglesa en el cuidado de los jardines. Mi esposa, trabajaba en el cuidado del Hogar, acompañando a la española y en esas labores domésticas también tomaban parte los dos niños.
Así fuimos intimando con todos. Y de esa amistad aumentada día a día, salieron nuevas relaciones en cuanto a la personalidad y la historia individual dé cada uno de esos nuevos compañeros. Maruja, con su alegría y locuacidad hispánicas, fue la que más pronto se confió en nosotros. Su constante permanencia al lado de mi mujer se tradujo en una íntima confianza que nos hizo participar del panorama de su vida: Huérfana desde muy niña, había crecido al amparo de una madrina rica, en la casona de una orgullosa familia de la España de fines del siglo XIX. Y en tales circunstancias quedó trazado su destino como criada de confianza de aquellos señorones. Su madrina, la señora de la casa, tenía dos hijos, siendo el menor el más engreído. Mimado hasta la exageración por la madre, era un muchacho egoísta, caprichoso y enfermizo, acostumbrado a que le dieran gusto en todo, recurriendo a las rabietas y el llanto cuando lo contradecían en sus antojos. El otro, diez años mayor, estudiaba medicina y ya estaba de novio con una joven hija de amigos íntimos de la familia.
Al pasar los años, Manija se convirtió en una hermosa adolescente, dedicada a las labores domésticas de la casona, junto con un viejo mayordomo de toda la confianza de los patrones. Y el niño mimado era ya un mozo en la plenitud de sus pujantes veinte años, acabado de regresar, por vacaciones, de la Universidad Agronómica donde el padre lo obligara a internarse, en el deseo de hacer de él un ingeniero y de curarlo de los engreimientos maternos. Así las cosas, la mucama fue asediada, desde un principio, por el estudiante, que no era mal parecido y alardeaba–de una audacia muy propia de su edad y de las circunstancia favorables que se le presentaban en aquella casa en donde, por entonces, era ya el único huésped filial, pues el otro hijo, ya recibido de médico, se había casado y vivía fuera con su esposa.
No es de extrañar que la criada, adolescente, bella y bien dotada por la Naturaleza, constantemente perseguida por el mozo, cayera al fin en la trampa y fuera a parar a los brazos desnudos del pujante seductor... El se había valido de la vieja estratagema de prometerle cielo y tierra. Y ella, sin más mundo que las cuatro paredes y los rostros severos de sus patrones, porque su madrina era orgullosa, cedió al ardid y obedeció al deseo sexual, ante él apasionado ataque del nuevo tenorio...
Después, fue lo de siempre... A las noches furtivas de pasión y de promesas, a las caricias de fuego y los orgasmos del sexual deleite, sucedieron los días de alejamiento y abandono, las horas de incertidumbre y ansiedad, mientras la naturaleza iba avanzando en su normal proceso y se acercaba el momento en que ya no se podría ocultar el embarazo...
Y al descubrirse el hecho y rechazar el padre la paternidad del hijo por / nacer, vinieron las horas de calvario para la futura madre. Su vida de encierro y por tanto de pureza, fueron pruebas que evidenciaban cómo había sido seducida, únicamente, por el engreído y egoísta hijo de la familia. Pero el honor de ésta debía ser guardado, había que salvar las apariencias y solucionar el problema... Y la solución estuvo a mano: el hijo mayor, médico y cirujanos se prestó, por consideraciones a ese "honor de la familia", a cometer el crimen de eliminar una vida inocente en el claustro materno...
Corrió el tiempo. El secreto fue mantenido por todos, y a duras penas pudo continuar Maruja viviendo en esa casa, como retribución y precio de su silencio, y el debilitado concepto del madrinazgo con su patraña. Pero el aborto minó su salud. Las preocupaciones y el mal trato hicieron mella en su cuerpo, y los venenos psíquicos acumulándose en ese organismo al que el hecho antinatural convirtiera en frágil, degeneraron en una grave dolencia pulmonar. La tuberculosis atacó a Maruja. Y en esos lejanos días en que la ciencia no contaba, aún, con los medios de que hoy dispone para dominar el mal, iban acentuando la crisis. El temor de la familia determinó el aislamiento completo de la enferma, y ese mismo temor, en parte, fue el camino de que se valió la Providencia para abrirle las puertas al nuevo Destino...
Por eso días, el dueño de casa había hecho conocimiento con Rahmojan Dumpbahar, quien realizaba determinados estudios de historia española en la universidad del lugar. El Lama frecuentaba la casona y tenía en ella gran predicamento. Enterado de la enfermedad que aquejaba a la joven, se interesó por ella. Maruja, al recordar aquellos días, nos dice, con gran emoción:
–La presencia del Maestro fue para mí como el despertar de un nuevo día; de una etapa nueva de luz y de esperanza... Desde su primera visita a mi lecho de enferma, sentí por él una atracción muy extraña: como si en sus ojos hubiera un imán que me iba a juntar con él para toda la vida... Y no era un tipo de atracción humana ni sexual... Era algo así como el respetuoso sentimiento de adoración que pueda inspirar un ser divino... Al verlo y hablar con el Maestro, experimenté una serie de emociones encontradas. Vergüenza y deseo de expansionar mi alma, de comunicarte mi secreto, de pedirte su consejo y su ayuda, porque, sin saber por qué, me encontraba ansiosa de ser auxilia–da porese hombre, sereno y majestuoso en todos sus ademanes, en todas sus palabras. Y el prodigio tuvo lugar. Me visitó varias veces y, al fin, puede hablar un día a solas con él. No pude contenerme y le conté todo lo que había sufrido... terminé llorando, con lagrimas que me salían del alma. . El Maestro me escuchó, silencioso; me miraba, como escrutando el fondo de mi conciencia... al fin habló:
–Tranquilízate, hija mía; yo te voy a sanar...
–No sé –continuó narrando la española– lo que hablaría con mis amos. Pero el resultado fue que pocos días más tarde me condujeron al campo, a una pequeña y hermosa casita en donde vivía el Lama. Allí, desde el primer momento, me hizo dejar la cama y salir a diferentes horas para tomar el sol y aspirar profundamente las frescas brisas de la mañana y los cálidos vientos del medio día... Me hacía beber unos jugos de hierbas y tres veces, por día, me administraba cucharadas de una sustancia amarga y lechosa que dijo ser la savia de una planta... Al cabo de tres o cuatro meses, estaba como nueva. Me sentía alegre y feliz. Llena de paz y alegría. Trabajaba en la casa limpiando y cuidando de las frugales comidas del Maestro. Había recuperado mis buenos colores y aumentado de peso, y la tos, y otros síntomas de la enfermedad desaparecieron por completo. Así llegó el momento en que Dumpbahar me dijo que estaba curada totalmente... Nuestra amiga hizo una pausa. Nosotros le preguntamos:
–Y ¿cómo fue que viniste hasta acá?
–Poco después del día en que terminó mi tratamiento, el Maestro me comunicó que se preparaba para regresar a la India. Yo me sentí consternada y le rogué que no me abandonara... El contestó que lo pensaría. Pasaron varios días y, como me viera llorar con frecuencia, una mañana, al tomar el desayuno de frutas de costumbre, me miró paternalmente y sonriendo, como si hablara a una chica, me anunció: –Te voy a llevar conmigo a Janlitpur...
* * *
Nuestras lecciones con el Maestro continuaban normalmente. Algunas veces las recibíamos juntos, Rosita y yo. Otras, era yo solo el que concurría a las diarias citas con el Lama. En tales casos, transmitía a mi mujer las indicaciones de Dumpbahar, y ambos nos encargábamos de enseñar a nuestros hijos. Los meses iban corriendo y me sentía ya como renovado. Una sensación de paz y de confianza había reemplazado en nosotros la antigua ansiedad con que, muchas veces, despertáramos, al tener que enfrentarnos a los problemas de cada día. Y nuestra íntima manera de pensar se fue modificando poco a poco. Ahora veíamos las cosas como a través de lentes nuevas, y comprobábamos, a cada paso, la poderosa influencia de esa nueva vida en la profunda intimidad de nuestro ser.
Los pensamientos deformados y malévolos que antiguamente nos asaltaran a menudo, se habían alejado de nosotros, que nos sentíamos cual si un bálsamo reconfortante y una serenidad cada vez más grande recorriera, diariamente, nuestras venas y alegrara en todo instante las horas que pasábamos en Janlitpur...
Al comentar estos síntomas, esta transformación tan notable, con Rahmojan, éste, paternalmente, nos decía:
–Es el resultado dé la eliminación paulatina de los venenos psíquicos de vuestras almas... La constante observación que se lleva a cabo sobre cada una de las diferentes manifestaciones de la vida interna, y la paz externa que nos rodea, obran como si fueran medicinas que tomarais para transformar lo negativo en positivo, lo superfluo en útil, lo maligno en provechoso... Por una parte, el régimen vegetariano, exento de toxinas materiales, que tenéis en vuestra alimentación, aleja los trastornos naturales del metabolismo, o sea el desequilibrio orgánico producto de una dieta cargada de toxinas, como la qué generalmente consume la mayoría de nuestra humanidad, que altera el normal curso metabólico, o de asimilación general y ese régimen vegetariano, equilibrado, al asegurar un óptimo aprovisionamiento de materiales para una perfecta asimilación, está proporcionando a vuestro cuerpo los materiales adecuados a su mejor asimilación... Porque el normal funcionamiento de nuestro cuerpo se basa en la perfecta armonía entre los tres sistemas que lo constituyen: el sistema digestivo, el sistema circulatorio y el sistema nervioso. El primero, o digestivo, con todos sus órganos, desde la boca hasta el ano, cumple la misión de transformar los alimentos en linfa y plasma sanguíneo. El sistema circulatorio desde su puerta de entrada, o sea la nariz, hasta su salida por la uretra, transforma el plasma sanguíneo en fluido nervioso, o energía néurica. Y el tercero, o sistema nervioso, asimilando la luz, convierte dicho fluido en energía magnética y da forma al pensamiento... Así pues, lo que comemos y el aire que aspiramos deben ser de singular pureza para asegurar la perfecta salud del cuerpo y de la mente. Las enfermedades de ambos acusan un inadecuado empleo de materiales equivocados, de elementos que trastornan las normales funciones de algunos de esos tres sistemas, y por ende, al producir desequilibrios, rompen la perfecta armonía del conjunto y sus malsanos efectos se traducen en enfermedades del cuerpo y del alma... Pero también debo tenerse en cuenta los factores exógenos, o de influencia externa inmaterial, y entre éstos, que ya iréis conociendo todos, poco a poco, voy a ocuparme, ahora, de la notable influencia que en la mayoría de la persona pueda ejercer nuestro satélite: La Luna.
Es conocida la influencia de ese astro sobre una serie de fenómenos de la Naturaleza. Interviene en la producción de las mareas, en la circulación de la savia de la plantas y en su crecimiento, fenómenos conocidos en todo el mundo por los agricultores para normar las siembras, podas y cosechas. Tiene importante intervención en ciertos efectos telúricos; y sobre el hombre es muy profunda su influencia, especialmente en los temperamentos fuertemente nerviosos.
Las fases del ciclo lunar acusan notables efectos sobre la conducta y actividad de muchísimas personas, y es particularmente notable, en algunas, la fuerte influencia de la fase llamada "luna nueva" o "Luna Negra", y su opuesta o "Luna Llena".
Durante mucho tiempo, el escepticismo ha tratado de conceptuar como supersticiones tales conocimientos. Pero la verdad de los hechos, comprobada a través de los siglos por la experiencia, ha puesto en su correspondiente lugar la realidad de tales influencias. La ciencia ha comprobado cómo influye la Luna en los ciclos menstruales de la mujer, en las funciones de apareamiento y de procreación de los animales, en la maduración de los frutos, en la evolución de ciertos procesos morbosos, en las crisis febricientes y hasta en la cicatrización de las heridas, alargando o disminuyendo la duración de los procesos...
Es muy larga la serie de observaciones acumuladas en el Tiempo. Y si concretamos la variedad de fenómenos, refiriéndonos a nuestra vida psíquica en particular, tenemos un vasto campo de estudio y de experimentación que realizar. Hay muchos que han comprobado, con metódica observación de años, cómo se altera el diario desenvolvimiento de sus actividades, no sólo en el campo psíquico sino también en el de todas las tareas, negocios o trabajo corriente, según pasen por los períodos conocidos de las fases lunares: Luna llena, cuarto menguante, Luna nueva o "Negra" y cuarto creciente. En los más sensitivos, esa influencia se manifiesta de manera muy notable, no solamente en su modo de pensar, en su carácter habitual, en sus reacciones y trato con los demás, sino también en la marcha normal de sus operaciones, ocupaciones o negocios. Tales sujetos, cuando son estudiosos y observadores, pueden advertir que durante la luna que no se ve, o vulgarmente llamada negra, todas las manifestaciones de su diaria vida y actividad se dificultan, entran en un ritmo lento o negativo, sufren trastornos de diversa Índole y llegan hasta fracasar algunos de sus planes o negocios. En cambio, a medida que el satélite inicia las nuevas fases luminosas, con los catorce días que transcurren en la primera aparición del cuarto creciente a la luna llena, va aumentando la euforia y la actividad del sujeto y, por ende, las operaciones y tareas de su normal ocupación que alcanzan un máximo exponente con el plenilunio. Luego, con el menguante, vuelve a disminuir el flujo favorable hasta entrar, de nuevo, en la fase negativa y hasta algunas veces perjudicial de la "luna negra".
Son millones, a través del Tiempo y del Espacio, quienes sintieron y comprobaron este fenómeno cíclico. Y ello se debe a uno de aquellos secretos de la Naturaleza que sólo conocieron y conocen los iniciados de las escuelas esotéricas, iniciáticas, de todas las épocas, y sus alumnos o discípulos: Que la Luna no está desierta, que la Luna es la mansión de una clase de seres vivos y en cierta forma inteligentes, capaces de influir sobre nuestro mundo y sus habitantes...
Puede parecer absurda una afirmación como ésta, muy particularmente ahora, que el hombre ha posado su planta en aquel astro. Pero la población de ese mundo no es de tipo material como estamos acostumbrados en la Tierra a imaginar la vida, a través de nuestros cinco sentidos y en un mundo de tres dimensiones: la población lunar corresponde a esos diferentes tipos de entidades que pueblan la Cuarta Dimensión, Plano Astral o Mundo del Alma.. Seres fluídicos, etéricos, invisibles para el ojo humano común, pero visibles y audibles por el sexto sentido, ese "tercer ojo" que llaman los orientales a la facultad de clarividencia y clariaudiencia, de la cual existen, también, muchos poseedores entre nuestra humanidad. El que nuestros astronautas no hayan podido verlos ni imaginar su existencia, es únicamente debido a que no son clarividentes. La clarividencia es una facultad conocida por todos los estudiosos ~ de las escuelas esotéricas, y si ha sido negada y hasta ridiculizada por los ignorantes de todos los tiempos, no por ello es menos real y extendida a la multitud astronómica de los seres que habitan en los millones de mundos, superiores a nuestro planeta Tierra. Los Hermanos Mayores de Ganímedes la poseen desde niños, como sexto sentido natural y poderoso. Y en la tierra han sido y son muchos los que han logrado desarrollarla y dominarla a voluntad. Se llamaron y se llaman Iniciados, Maestros, Adeptos o Discípulos Adelantados...
Y si nuestros astronautas, al llegar a la Luna, hubieran sido poseedores de esa facultad, de ese sexto sentido, habrían visto y oído a la multitud de los seres que pueblan ese mundo y que, en la Cuarta Dimensión se comunican con nosotros y dejan sentir su influencia en todos los reinos vivos de nuestro planeta. Pero, en su mayoría, pertenecen a los niveles inferiores de la vida en ese plano de la Naturaleza denominado Mundo Astral o Cuarta Dimensión. Y por eso mismo prefieren habitar en la penumbra y en las sombras, porque la luz los intimida y los perturba. No solamente la luz que nosotros conocemos del Sol. Más que todo esa otra LUZ que irradian los mundos superiores más allá de la esfera de influencia del plano etérico o mundo vitalizador que viene a ser el doble de todos los cuerpos o formas físicas concretas. Porque la luz solar que nos conforta y vivifica mediante su asimilación por ese doble etérico, a plantas, animales y seres humanos, oculta otra Luz, mucho más intensa, poderosa y bella, que sólo puede captarse en los dominios de la Cuarta Dimensión, por ser LUZ ESPIRITUAL y por lo tanto inextinguible, invencible y eterna... Y ante esa LUZ, todos los seres inferiores de la Creación, débiles, cobardes y malignos, huyen despavoridos para guarecerse en los tenebrosos planos de la Naturaleza que la imaginación de los hombres entendidos ha bautizado como "Reino de las Tinieblas"... Como la luz solar en el mundo físico está integrada también por esa otra luz suprafísica, los seres inferiores, o elementales, y sus congéneres, espíritus de la naturaleza en los subplanos inferiores, que pueblan nuestro satélite, prefieren agruparse en la parte obscura del mismo, y cuando toda la superficie selenita está en la sombra, como sucede con la Luna cuando se encuentra dentro del cono de obscuridad proyectado por la Tierra, todos esos seres quedan libres de actuar directamente sobre nosotros pues el Tiempo y el Espacio no existen para ellos en la Cuarta Dimensión. Así juegan y se solazan a sus anchas interviniendo en la vida y en el pensamiento de los humanos, que, si son débiles y no conocen de estas cosas, caen fácilmente bajo su control momentáneo, mientras duren las condiciones favorables para aquellos invasores invisibles y más o menos traviesos o malignos.
Cuando el hombre conoce ya todo esto y, a fuerza de estudio y del ejercicio, logra depurar su YO interno, su AURA, o envoltura fluídica de la Cuarta Dimensión, se hace cada vez más luminosa y bella, porque las vibraciones de todo su ser van generando rayos de mayor pureza, esplendor y elevación, como los nimbos de gloría que envuelven a los santos. En tales condiciones los seres inferiores del Astral son rechazados automáticamente por el esplendor del aura, y no pueden tener acceso a la conciencia del sujeto, quedando fuera de su influencia todo el sistema neuro–cerebral de la persona y, por ende, sus pensamientos y acciones. De ahí la gran diferencia entre la conducta de unos y otros seres humanos, y la necesidad imperiosa de que los secretos de la Naturaleza y del Cosmos sean conocidos y difundidos a la mayor parte de nuestra humanidad. Pero, como en la Biblia se dice: ..."que tengan ojos para ver y oídos para oír..."mientras el nivel de evolución de cada individuo no alcance el promedio de altura, o madurez, que le permita comprender estas grandes verdades, su primitivismo lo llevará a caer en la esfera de influencia de los seres inferiores del mundo astral, que pululan en todos los planos más bajos de la Vida en el Universo por la misma afinidad vibratoria que atrae y junta a los semejantes, como en la vida material del mundo físico se juntan las persona afines en modo de pensar o de actuar. Esto corresponde a una de la grandes leyes de la Naturaleza, la Ley de Afinidad o de los Semejantes, que más adelante comentaremos al tratar sobre el grupo de Leyes que deben ser conocidas por todos cuantos deseen, sinceramente/avanzar con rapidez por el sendero de su autosuperación.
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