MI PREPARACION PARA GANIMIDES

JOSIP IBRAHIM

CAPITULO IV

Nuestra Primera Clase con el Lama

Aquella noche dormí poco. La conversación con el inglés y nuestra cita del día siguiente con el Lama, nos tenía nerviosos a Rosita ya mí. Tantas novedades en tan corto lapso eran bastantes para que nuestro cerebro diera vueltas y vueltas a todos los sucesos, verdaderamente extraños para nosotros. Así, con las primeras luces del alba, nos levantamos. Una gran curiosidad nos embargaba por saber qué hablaríamos con el Maestro, y esperamos, nerviosos, que llegara la hora en que nos citara al Monasterio.
El desayuno consistió de yogurt, leche de cabra y unas frutas. Rodeamos la mesa Chafly, Manija la española, la dama inglesa, que ahora, vestía un sacón oriental y pantalones además de un gran sombrero de paja estilo chino, el judío, el egipcio y nosotros. Los dos últimos hablaban poco. Sus conocimientos del castellano eran casi nulos. En cambio Nancy lo hablaba con fluidez y nos estuvo explicando que ella cuidaba de los jardines, ayudada por un joven monje. Y en efecto, terminado el refrigerio, salió para ocuparse de su labor. Cada uno del grupo desempeñaba una misión determinada: O'Connor tenía a su cargo una pequeña fábrica en que se elaboraban ciertos artículos para el consumo general de todos los que allí vivían. El israelita y el egipcio trabajaban en el campo, y la española cuidaba de la casa y de la alimentación, Nosotros, mientras nos dirigíamos al viejo edificio, comentamos qué labor nos iría a tocar en el reparto de actividades de la colonia.
Cuando llegamos a la puerta principal del Monasterio, salió a recibirnos un monje de edad avanzada. Con ademanes respetuosos, nos condujo hasta un amplio salón escuetamente amoblado al estilo hindú. Nos pidió, en inglés, que tuviéramos la bondad de esperar unos instantes, y penetró por una puerta del fondo. Pasaron unos minutos. La puerta se abrió y Rahmojan Dumpbahar vino a nuestro encuentro.
–Me agrada ver que son puntuales. Vengan conmigo para mostrarles nuestra morada –y haciendo una venia nos invitó a los cuatro a pasar a la otra estancia.
Era una sala bastante amplia. Una gran chimenea de piedra guardaba los rescoldos humeantes de brasas mortecinas. Grandes anaqueles rodeaban el contorno de las paredes, y en ellos había una enorme cantidad de libros y documentos de distintas clases: Viejos rollos de manuscritos, seguramente muy antiguos; volúmenes de diferentes tamaños empastados en amarillentos pergaminos; y también otros cuyos relucientes lomos denotaban contener obras recientes. Una gran mesa–escritorio, cubierta de documentos, y un confortable sillón de cuero y ebanistería tallada en negro, eran el sitial del Maestro, en una de las esquinas de la habitación. Y un juego de cómodos y mullidos confortables de cuero, de puro estilo Reina Victoria, completaban el mobiliario de aquel despacho.
–Veo que es usted aficionado a los estilos ingleses –comenté.
–Me agradaban, en efecto... He vivido muchos años en Inglaterra y Escocia; además, no olvides que Nuestra Augusta Orden es de allá...
Nos invitó a sentarnos y, paseándose por el cuarto, comenzó a hablar en tono mesurado como si fuera midiendo sus palabras:
–Comienza para ustedes una etapa importantísima en sus vidas. No tomen a mal si les digo que les falta mucho para alcanzar el nivel requerido por nuestros Hermanos Mayores de Ganímedes. Deben tener en cuenta que una de las muchas virtudes que habrán de practicar es la de la sinceridad. Entre nosotros estamos acostumbrados a ser francos. Y si he de conseguir que progresen con rapidez, tengo que hablarles, siempre, sin ambages. Nuestro Muy Amado Hermano "Pepe" me ha pedido que los prepare cuidadosamente para que podáis estar en condiciones de viajar a ese mundo antes que otros. Y eso es lo que voy a hacer.
–Perdone, Maestro –me atreví a interrumpirlo–; ¿Ha sido usted muy amigo de Pepe?
–Nos conocemos hace mucho: él estudió acá largos años, mucho antes de que nosotros llegáramos a comunicamos con los habitantes de ese otro mundo sideral al que ahora pertenece. Esta fue la escuela de que te hablara cuando te explicó que había estado un largo tiempo en el Oriente. De ese entonces han pasado ya casi cuarenta años...
–Perdone, Maestro, ¿fue la época en que Usted curó al ingeniero O'Connor?
–Poco después. Cuando traje al Hermano O'Connor acababa yo de venir de un largo viaje por Europa... Mas, dejemos por ahora, esos detalles1, y volvamos a ustedes. Acá se aprende muchas cosas; pero lo principal, en esta escuela, como todo lo relacionado con la Orden, igual que lo exigido por Ganímedes, es cuanto se relaciona con la evolución moral del ser. De nada vale acumular conocimientos, avanzar en el camino de la Sabiduría, develar secretos de la Naturaleza y del Cosmos, si nuestra Alma no se purifica, si nuestro YO SUPREMO no se ennoblece y se eleva en la "escala" de los eternos e inmutables valores de la VIDA... ¿Qué lograríamos con acumular conocimientos, con aplicarlos a la obtención de poderes, despertando las facultades dormidas en nuestra maravillosa "máquina corpórea" integral si nuestra psiquis, nuestro "cuerpo astral" o Alma, no se ha despojado de todas sus impurezas, de todo el lastre ancestral que lo arrastra hacia los más bajos niveles de existencia expresados en las múltiples formas de deseo, de pasiones y ambiciones equivocadas que llevan al hombre común hacia los tristes terrenos de la animalidad inconsciente?... ¿Sería cuerdo y aceptable adiestrar a un ser en el conocimiento y aplicación dé secretos del Cosmos, si aquel ser no es preparado, previamente, para hacer un buen uso de esos nuevos instrumentos que la sabiduría progresiva le va dando...? En caso contrario, ¿no equivaldría a proporcionar a un niño armas mortíferas para que jugase con la inconsciencia de un irracional...?
El Lama calló. Nos miraba profundamente. Nosotros guardábamos respetuoso silencio. Yo sentía como si esa mirada me llegara hasta lo más hondo de mí mismo. Cual si fueran rayos que penetrasen en la intimidad de mi conciencia.
–Por todo eso –continuó– es que dedicaremos la mayor parte del tiempo a cultivar la pureza del Alma. Y ello sólo se consigue trabajando sobre el pensamiento y la voluntad, las dos grandes palancas de todo el desarrollo y la evolución del hombre. Y, al decir hombre, no piensen que me refiero, únicamente, al sexo masculino... Estoy hablando en forma genérica: al hombre en su sentido de especie humana, hombre y mujer, porque en estos estudios, de la transformación del Alma, las diferencias sexuales no cuentan. Lo que educamos es al ser interno, al YO INMORTAL, y ése no tiene sexo... Ustedes recibirán las lecciones en el curso de su diario vivir junto a nosotros. No serán clases separadas como en las aulas comunes de un colegio mundano. Al entrar en esta "escuela" han ingresado a una escuela superior: a la Gran Escuela de la VIDA, en donde aprenderán, día tras día, con la palabra y el ejemplo, cómo se transforma un Alma y cómo se reforma un cuerpo... En vuestras mentes leo, ahora, que os preocupa la idea, curiosa, de conocer la verdad sobre los Hermanos que acabáis de encontrar en esta casa. Esa curiosidad infantil que os embarga, también tendrá que ser controlada por cauces adecuados a un perfecto y equilibrado dominio de todo vuestro "yo" interior... –Perdón, Maestro –me atreví a decir, aprovechando de la pausa que él hiciera–; ¿pero sería exagerado preguntarle sobre la asombrosa longevidad de que aquí se habla, y que hemos podido comprobar conversando con O'Connor?
–No, en absoluto. Es uno de los aspectos comunes a nuestra preparación integral. Y aún cuando, para los profanos, pueda resultar extraño o maravilloso, los que aquí viven se acostumbran a considerar dicho tema como la cosa más natural. Incluso al correr los días y los meses, verán ustedes que una parte de la enseñanza general se dedica a la conservación de toda nuestra Fisiología para conseguir que esta maravillosa máquina de nuestro cuerpo se mantenga en las más óptimas condiciones... Los hombres comunes en ese mundo que llaman, equivocadamente, "civilizado", se matan antes de tiempo, envejeciendo por culpa de su ignorancia...
–Y ¿todos los que viven acá siguen el mismo régimen de vida?
–Todos.
–Entonces ésta es una colonia de inmortales
–Inmortales, no. Pero sí, longevos...
–Y ¿todos van a ser llevados a Ganímedes?
–No. Aquí estamos preparando para ese mundo, hasta ahora, solamente a tres monjes estudiantes, los que ustedes vieron conmigo al llegar. Ustedes cuatro y los dos Hermanos últimos, el israelita y el egipcio, que fueron traídos no hace mucho. O'Connor, Maruja y Nancy hace muchos años que viven conmigo. Están encariñados con todo esto y no quieren abandonarme. Ya les ha explicado "Pepe" que a Ganímedes no llevan a nadie contra su voluntad, y yo tengo mucho por hacer, todavía, en la Tierra...
El tono de sus últimas palabras nos pareció enigmático. Guardamos unos segundos de silencio. Yo volví a preguntar:
–El ingeniero nos ha dicho que la señora inglesa era noble...que había estado en la Corte de la Reina Victoria...
–Es verdad. Yo la conocí allá...
Volvimos a mirarlo con expresión asombrada. El sonrió. Se acercó a Su escritorio y de una gaveta extrajo un cartapacio lleno de papeles. Entre muchos documentos amarillos por el tiempo, sacó una vieja foto. Pero no era una fotografía sino un antiguo daguerrotipo firmado y fechado en 1875. Representaba a la reina Victoria de Inglaterra y llevaba la firma y sello real de la soberana, con la siguiente dedicatoria: "Al distinguido Maestro, Lama Rahmojan Dumpbahar".
Está de más decir que nos quedamos mudos. Pensamos que, en 1875, una soberana europea había dedicado especialmente un retrato suyo a aquel hombre; esto, lógicamente, denotaba que el Lama, en esa época ya era un hombre digno de recibir un favor real de tal naturaleza... entonces ¿cuántos años tenía el Maestro...?
El, leyendo seguramente nuestro pensamiento, sin que pronunciáramos una sola palabra, respondió:
–Sí, tengo muchos años... a medida que pase el tiempo conocerán nuevos detalles de mi vida. Ya les he dicho que en esta escuela se aprende muchas' cosas, y también se tienen muchas sorpresas.
–Y la señora inglesa ¿está con ustedes desde entonces?
–La conocí desde esos años, pero se unió a nosotros mucho después, a la muerte de su esposo. Es una historia larga y triste. Sufrió mucho y estaba al borde de la muerte, mas la Providencia quiso que yo pudiera ayudarla, como a otros, y, con el correr del tiempo, su Destino la trajo hasta aquí. De esos días han pasado sesenta años...
Volvimos a callar, todos. El Lama guardaba en su escritorio los papeles, y nosotros nos mirábamos absortos. Esa dama representaba, a lo más, unos cincuenta años, llenos de vigor y alegría, y, en verdad, sobrepasaba, largamente, un siglo.
Dumpbahar tornó a clavar la vista en nosotros. Sonrió enigmático, tomó asiento en uno de los amplios sillones y con voz lenta y mateando las palabras continuó:
–No me extraña vuestra turbación. Es natural en quienes por vez primera se enfrentan a tales hechos. Pero recordad que no es sobrenatural, que ya, en otros tiempos, como lo narra la Biblia hubieron hombres en la Tierra que alcanzaron muchos siglos de existencia. Ese es uno de los conocimientos comunes a la civilización que hay en Ganímedes. Nuestra Augusta Orden ha estado en contacto con ellos, a través de Nuestro Supremo Triángulo. Comprendo que algunas de estas cosas no hayan sido de vuestro conocimiento, por lo mismo que sabéis, o sea que los secretos de todo nivel van siendo revelados a los diferentes miembros de Ella según van adelantando en su graduación. Nuestro Hermano "Pepe" ya lo conocía antes de ponerse en contactó con la tripulación del OVNI, Por eso le fue más fácil todo lo demás. A vosotros también os llegará a ser familiar, todo ello en su oportunidad. Y a muchos, en distintos lugares de la Tierra, Nuestra Orden les está enseñando lo mismo, con idénticos propósitos. Nada es nuevo, bajo el SOL. Sólo que se necesita estar "maduro"...
Y para alcanzar la "madurez" debemos aprender, estudiar, esforzarnos. La vida es una gran escuela, ya lo he dicho, y en ella hay que trabajar, luchar por conquistar las cumbres gloriosas de la LUZ, de la VERDAD y del AMOR... El triunfo no es de los ociosos ni de los pusilánimes. La victoria, como en los campos de batalla, se gana con esfuerzo, con valor y sacrificio. Quienes quieran ganar los laureles de la Gloria, han de merecerla... Y en la larga senda de la Vida, las cumbres luminosas de la MONTAÑA sólo se alcanzan con el largo peregrinaje de su Sendero, que no es de rosas sino de espinos, y con el esfuerzo heroico que hacen, dentro de sí mismos, quienes desean dejar de arrastrarse como gusanos por la tierra, para volar como águilas en demanda dé las cumbres...
Ustedes, como otros, han prometido trabajar en esa forma. Ahora tendrán que demostrarlo. Tendrán que empeñarse en cultivar, a cada paso, y cada día las virtudes que iluminan el "Yo interno"; esas cualidades que en todos hay» latentes; pero que muchos dejan de mirar, porque han sido deslumbrados por los fulgores engañosos de un mundo de falsedad, de avaricia, de lujuria y de crueldad... Para dejar de ser gusano, rastrero y debilísimo, fácil de aplastar a cada instante, debe estudiarse, debe ejercitarse la voluntad y el pensamiento. Es preciso enfocar las metas luminosas de la VERDAD y EL AMOR, porque sin AMOR no puede entenderse la VERDAD, y si no comprendemos la VERDAD y no abrimos nuestros ojos espirituales a LA LUZ, jamás podremos alcanzar la SABIDURÍA que nos abre las puertas de la PERFECCIÓN...
Pensad bien, hermanos míos, en estas palabras que ahora os digo: Sin AMOR no hay LUZ, ni VERDAD ni PERFECCIÓN. Deberéis aprender a Amar, no como entiende la mayoría de los humanos el amor. No con ese amor sofisticado que a muchos conduce ala animalidad. No con eso que, en estos tiempos está llenando las arcas de caudales para quienes comercian con la sensualidad y los vicios. No con esas bacanales a las que concurren, por millones, seres con formas humanas pero con almas bestiales... Recordad que, los mismos animales, en su irracionalidad, sólo hacen uso del sexo para fines de preservación de la especie, y en condiciones de instinto natural que cumple una misión divina de la Naturaleza... No como tantos seres humanos., la mayor parte de nuestra humanidad, que usan del sexo como medio de diversión, hasta llegar a los más abominables excesos y a las más repugnantes aberraciones... No, Hermanos míos, eso no es amor, como no es amor, tampoco, halagar, favorecer, darle la mano al prójimo, cuando tales acciones han de producirnos beneficio, aun cuando éste sea, solamente, en vanidad...
Por eso os dije al comienzo, que la preparación para Ganímedes, como la que se hiciera hacia un paraíso, debe comenzar, de todos modos, por la transformación moral de cada uno. Es un adiestramiento para el camino de la pureza y del Amor, sin los que toda otra disciplina espiritual seria estéril...
El Lama calló. Nos miró largo rato en silencio y, levantándose, extrajo de un anaquel un pequeño libro.  –
–Tomad. En este librito hay pensamientos que os ayudarán a meditar., De ahora en adelante, cuando no estemos juntos en las distintas clases que os iré dando, esta obrita puede seros de suma utilidad. Muy particularmente cuando, no teniendo nada que hacer, podáis caer en la peligrosa ociosidad, que muchas veces atenta contra la tranquilidad y la pureza de nuestros pensamientos... Cuando no tengáis nada en qué ocuparos, o que pueda distraer, constructivamente vuestro pensamiento, recurrid a la lectura de estas máximas. Ellas os darán motivo y tema para entretener esos ocios... y, ahora, os voy a mostrar–algunas partes de este viejo edificio.
Abrió una pequeña puerta al costado de la chimenea, y penetramos a un largo y umbroso corredor. Al fondo, una puerta entreabierta dejaba escapar intensa luz: Entramos. Era otra enorme sala iluminada profusamente con pantallas fluorescentes. Todo en su interior, contrastaba enteramente con el vetusto edificio al que pertenecía esa estancia. Las paredes y techo estaban retocados y pintados todo de blanco. Grandes mesas cubiertas de retortas, alambiques, tubos de ensayo y frascos, amén de otros aparatos no familiares para mí, nos indicaron que se trataba de un amplio laboratorio. Dos jóvenes monjes, de cabeza rapada, trabajaban en un extremo, vigilando el funcionamiento de un aparato de vidrio de regular tamaño. Y en otra mesa, nuestro amigo O'Connor anotaba en una libreta los resultados que indicaba una pantalla de control. Los tres vestían blancos delantales y todo ese ambiente nos dio la impresión de encontrarnos en un moderno hospital o algo por el estilo. Al vernos entrar, Charly detuvo su trabajo. Rahmojan le dijo que quería que fuéramos conociendo nuestra nueva morada.
–Pues aquí me tienen –comentó risueño el inglés–. Esta es mi "fabriquita", como les había dicho. De aquí salen varias de las cosas que usamos en nuestra alimentación, y también lo que nos ayuda a conservamos jóvenes... –y maliciosamente, nos guiñó un ojo.
El Maestro sonrió paternalmente.
–Ya conocerán todo, poco a poco... Recién llegan y no los vamos a abrumar con novedades que han de comprender a su debido tiempo.
Y dando un paseo por el laboratorio, se detuvo ante un aparato parecido a un alambique, pero con una serie de tubos y piezas que yo no conocía, en las que circulaba, lentamente, un líquido rojo.
–Esto tiene estrecha relación con la longevidad que1 tanto os impresiona –dijo el Lama, señalando ese líquido– Más tarde os explicaré en qué consiste...
Saludó con la mano al ingeniero y a sus ayudantes, y salimos por una puerta lateral. Daba a un patio interior, rodeado por arquerías de piedra y una serie de puertas en los portales.
–Son las celdas de nuestros Hermanos –explicó.
Atravesamos el patio e ingresamos en otro corredor. Al fondo había una gran puerta de bronce. La abrió con una vieja llave que colgaba de un gancho en la pared, y nos invitó a entrar. Era un local muy amplio, con techo abovedado y aspecto de templo. La penumbra que reinaba en el sólo nos permitió ver, al fondo, algo así como un ara sobre la que ardía la mortecina llama de una lámpara de bronce. Cuando nuestros ojos se hubieron acostumbrado, percibimos a ambos lados, junto a las desnudas paredes de piedra, dos hileras de bancas. Sobre un pedestal, en uno de los rincones al fondo, ardía suavemente un trozo de incienso en un pebetero de bronce finamente cincelado. Ninguna imagen, pintura o decoración especial se veía en ese lugar. Sobre un estrado, exactamente detrás del ara en que ardía la lámpara de aceite, había un gran sillón a manera de trono, y a un costado, sobre una mesilla alta y enteramente de bronce labrado, un aguamanil de cobre con su correspondiente jofaina. Todas esas piezas denotaban una–respetable antigüedad, y a la tenue y movediza luz de la llama que alumbraba desde el ara, ofrecían un aspecto de místico recogimiento. Las sombras y el silencio, el perfume del incienso y la luz mortecina de la lámpara votiva nos impresionaron. Sentimos que una" respetuosa unción se apoderaba de nosotros, e instintivamente, nos persignamos. El Lama nos contempló sin decir nada. Luego, en tono bajó y suave, nos explicó que aquel era el santuario en donde hacían sus oraciones y meditación. Salimos lentamente. Volvió a cerrar con llave y, regresando al patio central, nos dijo:

–Hoy han visto ustedes los principales compartimientos de esta mora–' da. Por ellos han discurrido las vidas de varios centenares de hombres que buscaron la paz y la superación a través de varios siglos. Su influencia ha quedado como impregnada en las viejas piedras de estos muros, y cuando hayan transcurrido algunos meses, podrán ustedes darse cuenta de que esa huella nos alcanza a todos con el tiempo...  

 

 

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