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Capitulo III
El Extraño Relato del Inglés
Aquella noche, después de una cena en la que predominaran las frutas en varias formas, y en la que el Director del Monasterio nos participó que al día siguiente comenzarla nuestra preparación, volvimos a reunimos con nuestro compañero de la tarde, quien nos había dicho llamarse Charles O'Connor, yque familiarmente lo trataban por Charly. A mi señora y a mí nos condujo a su departamento, parecido al nuestro, con la única diferencia que la segunda pieza la usaba él como salita–escritorio. Los chicos habían quedado en la planta baja, con la española, escuchando radio, y de tal modo podíamos disponer del tiempo a nuestro antojo.
De una gaveta del escritorio extrajo un viejo portafolio de cuero en el que se guardaba gran cantidad de documentos. Rebuscó entre ellos y nos alcanzó una libreta empastada, muy vieja y con algunas picaduras de polilla. Era su pasaporte. Estaba extendido en Londres, en el año 1919, y en él constaba que Charles Richard O'Connor había nacido en Edimburgo, Scotland, el 5 de Mayo de 1872. La fotografía, resellada, mostraba a Charly algo más joven, pero exactamente como era en esos momentos. No cabía duda...
Nos mostró, también, una serie de documentos que probaban su condición de ingeniero, su participación en la primera guerra mundial de 1914–1918, en la que alcanzara el grado de capitán de ingeniería; varias fotografías de la época vistiendo el uniformé militar; cartas y diplomas de diferentes instituciones, y en un viejo y apolillado estuche, una condecoración que resultó ser la Cruz de Guerra de Francia. Las pruebas eran contundentes; aquel hombre no había bromeado ni mentido. Tenía, en efecto, ciento dos años...
Sonriente, al ver nuestra expresión de asombro, nos explicó la forma en que el Destino lo pusiera en contacto con Rahmojan Dumpbahar, diciendo–nos que le debía la vida y todo lo relacionado a su maravillosa conservación; – –Corrían los años de la década del 20 –empezó su narración cómodamente arrellanado en una antigua chaiselongue.– Yo trabajaba, entonces, en la zona cercana a Bettiah, en la India, no lejos de la frontera con Nepal. Estábamos construyendo una carretera y había hecho amistad con los lamas de un lamasterio vecino. En esos días, el Maestro era Lama y se encontraba pasando una temporada en dicho lamasterio. Instruía a toda la comunidad, que le demostraba gran respeto y veneración. Los otros lamas me hablaban de su gran sabiduría y de virtudes prodigiosas que poseía. Como aquella región agreste el lamasterio era el único lugar habitado, yo dejaba muchas veces el campamento para pasar horas de descanso con ellos. Así nuestra amistad se fue haciendo más íntima, y el constante contacto con Dumpbahar me fue inspirando, también, una respetuosa admiración por sus muchos conocimientos, la afabilidad de su trato y la poderosa influencia de su personalidad. Así las cosas, un día tuvimos un malhadado accidente: al explotar una de las cargas de dinamita que debía abrir parte de un hacinamiento de rocas para el camino, un derrumbe me alcanzó, cayendo bajo varías pesadas peñas que me aplastaron las dos piernas. Cuando los obreros y los otros ingenieros lograron liberarme, me había desmayado... Al volver en mí estaba en la sala del hospital de campaña del campamento. Los médicos atendían mis heridas y me habían reanimado con calmantes. Tenía rotas ambas piernas y el diagnóstico era sombrío. A poco, me entablillaron provisionalmente, porque las heridas no permitían enyesarme. De tal manera, con los recursos de esa época, en que no se conocían aún los antibióticos, mi situación se fue agravando. Se me infectaron ambas piernas y los médicos hablaban de operarme. No me lo decían; pero yo me di cuenta por ciertos preparativos y por la expresión del doctor jefe, al que le exigí decirme la verdad. La infección aumentaba y temían una gangrena. Según ellos, no cabía otro recurso que la amputación de ambos miembros para salvarme la vida.
–Comprenderán ustedes –continuó, después de servirse un vaso de agua con jugo de naranja– cuál sería mi estado de ánimo. Me sentía aniquilado. Mi desesperación tomaba, por momentos, caracteres de furiosa demencia, llegando hasta el extremo de pedir, a gritos, que me mataran antes de dejarme inválido. Cuál no sería mi desastroso estado de ánimo, que me habían amarrado al catre en el temor de que atentara contra mi vida.
En tales circunstancias, los lamas, que no dejaron de visitarme todos los días, me aconsejaron que no me dejara cortar las piernas.
–El Gran Lama Rahmojan puede curarte –me dijeron todos ellos–. Y me explicaron cómo aquél hombre había realizado curaciones maravillosas. Los médicos insistían en la amputación inmediata. Ya se presentaban los primeros síntomas de gangrena, y la situación no admitía demora. Pero yo no autorizaba la operación, aferrado a un explicable deseo de salvar mis piernas. En esos momentos, Dumpbahar me habló. El había estado visitándome, con» los otros, pero nunca me dijo que pudiera salvarme. Recuerdo, perfectamente ese instante supremo. Estaba cayendo la tarde y los médicos habían decidido operar al día siguiente. El Lama acababa de entrar. Yo le conté lo que roe comunicara el doctor y, con toda la fuerza de mi carácter, que no me habla amedrentado ni en las trincheras de Francia, no pude impedir que en un acceso de desesperación se me salieran las lágrimas y llorara como una mujer...
–Cálmate, Hermano mío –fueron sus palabras– Si tú me autorizas yo te curaré... ¡No perderás tus piernas...!– Pero debes decirle a los médicos que no permites que te toquen y que quieres, con tu propia voluntad, ser trasladado, inmediatamente, al lamasterio.
En tales circunstancias no tenía alternativa. El Lama me ofrecía curarme. Su expresión y el tono de su voz denotaban absoluta seguridad de sí mismo. Las historias que de él me refirieran los otros lamas llevaban a mi afana una luz de esperanza. En cambio los médicos del campamento habían decidido operarme, porque en esos tiempos, en que aún no existía el transporte aéreo, el viaje hasta Calcuta, la capital del ese entonces Imperio de la India, resultaba absolutamente imposible en tal situación.
Una lucha tremenda se operó en mi alma. Pero estaba seguro que nuestros galenos carecían de recursos y conocimientos para evitar la amputación. Eso significaba o la muerte o la invalidez...
Contra la oposición unánime de mis médicos, exigí ser trasladado al Lamasterio. Se me trató de loco y se me amenazó con operarme a la fuerza. Ellos creían que no había otro camino. Pero una energía insospechada renació en mí y el resultado de la rápida lucha entre la ciencia occidental, vencida por el Destino, y la luz de la esperanza, fue que, esa misma tardé, con las últimas luces del crepúsculo, hiciera mi ingreso en el viejo lamasterio, sobre una camilla y en hombros de varios de mis amigos los lamas...
–No quiero cansarlos –nos dijo Charly– con los detalles de mi tratamiento, ni los métodos, para mí extraños, a que se me sometió allí. Baste decir que, en cuanto ingresé, me condujeron a una pobre celda, pero muy limpia y con los enseres precisos para poder reposar en una amplia cama moderna. Rahmojan me quitó, inmediatamente, todos los vendajes. Me inspeccionó detenidamente las heridas. Hizo llevarse todo cuanto hasta entonces entablillara y cubriera mis piernas rotas y, después de lavar cuidadosamente las partes afectadas con un agua caliente que le trajera otro lama en una reluciente vasija de cobre, me pidió relajar todos los músculos y prepararme a dormir. Con asombro vi que no me aplicaba ningún medicamento. Me miraba profundamente y sus ojos parecían despedir un brillo extraño. Una especie de sopor se apoderó de mí y me quedé dormido... No sé cuánto duró mi sueño... Me sentía transportado por los aires a través de las montañas y alguien, a quien no podía ver, me conducía de la mano. Así llegamos, volando, a un hermoso valle en donde ingresamos en un viejo edificio de piedra. Allí nos esperaban otros hombres vestidos con túnicas blancas, iguales a las que usamos en este lugar... Y entonces, pude reconocer en el que me guiaba a Rahmojan Dumpbahar. Sin embargo, lo veía ahora rodeado por un extenso nimbo luminoso. Todo su cuerpo brillaba como un Sol, y su rostro, resplandeciente, se acercó a mí y me sopló con suavidad en la frente...
Me desperté. Estaba de nuevo en la celda del lamasterio a donde me condujeron. A mi lado se encontraba Rahmojan y a los pies de la cama estaba el lama que había servido de ayudante. Sentí que los dolores de las piernas habían desaparecido y que las tenía cubiertas con una tela muy blanca y algo como una masa tibia y pegajosa me las envolvía totalmente. Era de noche, pues a' través del tragaluz del cuarto se apreciaba el cielo estrellado.
–Te sientes mejor– me preguntó.
–Sí... parece que me dormí.
–Efectivamente: rías dormido dos horas que te hacían mucha falta. Ahora deberás tomar un poco de alimentó y volverás a dormirte, para que mañana estés mejor.
–¿Qué es lo que tengo en las piernas...?
–Un emplasto de tierra y yerbas especiales. Pero no te preocupes. Mañana estarás mejor y pronto podrás levantarte y caminar.
–¡Caminar...!
–Sí; antes de un mes podrás hacerlo. Hubiera sido posible en menos tiempo; pero tienes varias fracturas que deben soldar sólidamente. Si no hubieras perdido tanto tiempo con los tratamientos de tus médicos, habríamos podido economizar casi quince días. Pero no importa. Lo principal es que curarás, y volverás a caminar como si no hubiera pasado nada...
Está de más decir que me sentí confuso y asombrado. Sin embargo, tal como el Lama lo anunciara, un mes después estaba dando mis primeros pasos por los jardines del Lamasterio...
– Una vez restablecido, acepté la invitación que me hizo Dumpbahar para visitar este monasterio. El debía regresar acá, y yo lo acompañé. Los médicos del campamento no daban crédito a lo que veían. No tuvieron más que rendirse a la evidencia de los hechos. Y yo, con el Maestro y dos jóvenes estudiantes del lamasterio, iniciamos el largo viaje, en muías, hasta este lugar.
–Y ¿cómo pudieron llegar, si parece que estamos rodeados de precipicios? –inquirí yo, tímidamente.
–Por el camino secreto que ya conocerán ustedes, oportunamente. En esos tiempos aún no se conocían los helicópteros. Tenía que usarse, forzosamente, esa vía. Ahora poseemos una de esas máquinas, que está guardada en el edificio central. Yo me ocupo de su cuidado y manejo cuando es necesario:.. Y, a propósito, no está de más que les diga que, cuando llegamos en ese viajé, por primera vez, mi sorpresa fue muy grande al reconocer todos estos sitios como los que viera en el sueño famoso, la noche que me internaron en aquel lejano lamasterio...
–Cuando Usted llegó ¿existía ya esta casa?
–Sí; pero era algo distinta. Después hemos modificado algunas secciones. Las habitaciones que ahora ocupamos eran muy viejas y no tenían baños, como las antiguas casonas inglesas.
–La señorita española nos dijo que Usted había modernizado todo esto.
–Así es; todos estos departamentos fueron cambiados. Las alcobas conservaban un estilo propio del siglo XVIII, y algunas ya empezaban a sufrir los estragos del tiempo.
– ¿Tiene muchos años esta mansión? ^
–Yo le calculo casi dos siglos. Nuestra Hermana Nancy, la dama que ustedes conocieron al llegar, me aseguró, –una vez, que había sido construida a principios del siglo pasado, por un arquitecto inglés que vivió acá muchos años.
–Entonces todo esto es muy antiguo.
–Sí; el edificio del Monasterio data de la Edad Media...
–Pero ¿quiénes y por qué levantaron esta casa en un lugar tan lejano?
O'Connor guardó silencio. Nos miró un rato, pensativo, y al fin repuso.
–Hay cosas que sólo nuestro Maestro puede contestar. Lo que les he narrado es algo que me pertenece. Lo demás, si ustedes me perdonan, preferiría que se lo pregunten a él...
Callarnos un rato. Pero mi curiosidad no estaba satisfecha.
–Disculpe otra pregunta: La señorita española nos dijo que ella lo habla visto trabajar a Usted en esta obra...
–Es cierto. Ella y My Lady estaban aquí cuando yo vine.
–¿My Lady...?
–Sí: la señora inglesa a quien llamamos Nancy... Es de origen noble, aunque nunca habla de ello. Parece que no le agrada hablar de su pasado. Pero el Maestro me dijo, una vez hace tiempo, que había pertenecido a la Corte de la Reina Victoria.
–¡De la Reina Victoria!... ¡Mucho más de un siglo!
–Así parece... aunque también esos asuntos no me incumben...
Comprendimos que el ingeniero no quería o no podía, hablar. Ya nos dijo, anteriormente, que él sólo explicaba lo que a sí mismo le pasara. Y por no ser imprudentes optamos por levantarnos.
–La noche avanza y mañana estamos citados por Dumpbahar fue nuestra excusa–. Mucho le agradecemos tan interesantes informes, y confiamos en que, más adelante, podremos conversar mucho...
–Así lo espero... y les ruego perdonar que no pueda darles mayores datos. Con el tiempo conocerán y podrán comprender mejor muchas cosas... Aquí se aprende a cultivar la discreción v el silencio.
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