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CAPITULO XX
"Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad"
Hoy vuelven a escucharse en el mundo las palabras angélicas de antaño: "Paz en la Tierra a los Hombres de Buena Voluntad"... Pero no son pronunciadas, ahora, por aquellos que debieron enseñarlas. Estos, los soldados del ejército del Papa, han cambiado, nuevamente, el sentido de las palabras sagradas por una fórmula blasfema: "Paz en la Tierra a los Hombres que Ama el Señor"... ¿No se dan cuenta, en su orgullo y su soberbia, que así están presentando, otra vez, la imagen de un dios que se aleja del concepto de la divinidad por no ser un dios de amor sino un dios de odio para muchos? –El concepto de Dios es el de la suprema bondad y del supremo amor. Y ¿puede pensarse que un dios, todo bondad y amor pueda establecer divisiones entre sus criaturas, amando a unos y desechando a otros, prometiendo paz a un grupo escogido y discriminado en la Creación a otros, estableciendo una separación abominable entre sus criaturas, pues al no amar a todas ha de repudiar u odiar a muchas...? –Nuevamente, la descomposición interna de la Iglesia deja escapar un nuevo signo, o síntoma que revela cómo se ha dejado influir por las bajas pasiones humanas hasta llegar a la aberración de cambiar la frase de los Evangelios según su propio modo de pensar: amando a unos y odiando a otros...
No es de extrañar que eso suceda en quienes, por herencia, siguen experimentando los mismos sentimientos que llevaron antaño, a sus antecesores, a bendecir las armas homicidas de un pueblo contra otro, a lanzar miles de hombres a las guerras de religión, a asesinar hombres, mujeres y niños inocentes en la terrible noche de San Bartolomé, contra los protestantes, a quienes hasta hace poco incitaban desde el pulpito a las feligresías a perseguir con piedras y con palos a los predicadores de esas iglesias, y que, durante muchos siglos, vejaron y trataron como seres indignos de toda consideración a los miembros de otras religiones, olvidando las enseñanzas de amor del Sublime Maestro y sus muestras de cariño y de consideración para los que, en ese entonces, eran considerados como gentiles.
Pero la suprema sabiduría del SEÑOR ha permitido que las palabras angélicas vuelvan a ser pronunciadas, en su justo valor, por los maestros ocultos que, repartidos por el Orbe, siguen enseñándolas, como vamos a hacerlo, acá, para beneficio de muchos. "Paz en la Tierra a los Hombres de Buena Voluntad"... Así proclamaron los coros celestiales, y así puede suceder en todos los tiempos entre todos los que, justos y con honrado criterio, anhelan conseguir la paz del alma...
Porque la paz espiritual, la serenidad interior, síntoma inequívoco de la pureza de un alma, no se consigue mediante fórmulas de intermediarios ni con absoluciones otorgadas por monjes muchas veces tan pecadores como el mismo penitente. La prueba está, precisamente, en el estado de conciencia de quienes, por ignorancia, no tienen otro camino al que recurrir sino el de la confesión. ¿No comprobamos cómo, después de la penitencia, la mayoría de quienes pasaron por un confesionario vuelven a cometer los mismos errores y, a veces, otros cada vez mayores, dando todo ello por resultado la constante perturbación anímica de todos y el continuo regreso de los feligreses al mítico procedimiento, sin que logren de manera estable, encontrar la paz dentro de ellos mismos? –Es que nadie puede lograr por intermedio de otro esa armonía interna, ese equilibrio permanente que acompaña a la justa conducta de quien, en verdad, se propone elevar su propia alma. El que esto desea, tiene que proceder por sí mismo a educar toda su constitución interior; todo el edificio de su propia superación depende, exclusivamente, de la forma como se comporte y como piense, abstracción hecha de toda ceremonia o todo rito ejecutados por seres ajenos a sí mismo. El edificio de nuestra personalidad solo podemos levantarlo nosotros mismos. Es falso, enteramente falso, que existan hombres autorizados para anular los erectos de nuestras propias culpas. Y vamos a ver, cómo podemos alcanzar la paz del alma sin necesidad de confesionarios ni de absoluciones falaces...
La preparación del Terreno
Como en la construcción de todo edificio, para la edificación de una personalidad sólida y limpia, susceptible de lograr la suprema Serenidad, debemos, antes que nada, conocer perfectamente el terreno en que se ha de trabajar. El terreno, en este caso, es nuestra verdadera conformación anímica, nuestra conciencia, nuestro YO interno. Es imposible conseguir ningún resultado positivo si previamente no analizamos, con sinceridad y justeza, cómo somos, en verdad. Es el viejo procedimiento que siguieron siempre todos los discípulos de las escuelas de superación personal: conocerse a sí mismo. Ya esto lo hemos dicho anteriormente, en los primeros capítulos. Pero vamos a proceder en forma adecuada y con método, para facilitar a quienes en ello se interesen, una senda progresiva de conocimientos y prácticas útiles que les sirvan de pauta segura en el trabajo de su íntima transformación.
Ya expresamos, varias veces, lo difícil qué es hacer un retrato exacto de sí mismo. La mayor parte de los seres humanos son incapaces de formarse un concepto justo de su propio Yo. Es común considerarse mejor de lo que se es. Se disimulan los defectos, se ignoran muchos de los errores de la vida diaria, tal vez no por malicia, sino por no estar acostumbrados a valorizar en su justa posición nuestras costumbres y hábitos de vida. Y en cuanto a las pasiones dañinas, la mayor parte cree que son ideas o sentimientos normales, sin llegar a pensar que se trata de anomalías y de errores gravísimos para nuestro avance hacia los planos superiores de la Vida. Por lo general, los seres humanos no están acostumbrados a calificar sus propios actos o pensamientos, y los consideran equivocadamente, como facetas naturales y manifestaciones inocuas de su personalidad. Pero nada podrá lograrse, en el camino de la superación personal, si no se hace el propio examen, con un criterio sano y una justa valoración de cada cosa. Una fórmula muy sencilla y que proviene de los tiempos bíblicos y de las enseñanzas crísticas, es la de imaginar como si fuéramos a juzgar a un extraño y no a nosotros mismos. Procuremos ver de qué manera nos comportamos con los otros. Cómo reaccionamos en diversas circunstancias de la vida diaria. Cuáles son los hábitos más saltantes de nuestra personalidad. Qué hacemos, cada día y cómo pensamos diariamente.
Si para ello nos ayudamos con la vieja Tabla de Moisés, los Diez Mandamientos, y comparamos nuestras acciones y pensamientos dominantes con el antiguo Decálogo, podremos ir descubriendo, fácilmente, en dónde estamos equivocados, qué errores constituyen la norma de nuestra conducta, y en qué puntos debemos recapacitar y poner atención para su enmienda y total evitamiento, si somos sinceros en nuestro propósito de buscar la propia superación. Esto es fundamental. El que no encuentre en la Tabla de Moisés nada que se oponga a su proceder de cada día, o es ya perfecto, y en tal caso ha logrado ya la paz interna, o es un necio que, en su ceguera, no quiere darse cuenta de sus propias imperfecciones. En ambos casos está de más seguir adelante...
Pero el que vea, clara o turbiamente, los defectos de su propia conciencia al compararla con las normas del Decálogo, habrá dado el primer paso positivo y sabrá, ya, en dónde están los reajustes que tiene que hacer en su fuero interno. Si, además de esto, puede contar con el consejo desinteresado y noble de alguna persona mejor capacitada para absolver consultas de orden moral, y con la suficiente confianza para volcar ante ella su alma, habrá dado otro gran paso en la preparación del terreno interno para su transformación.
Conocidos los defectos comunes, se empezará por proponerse la enmienda de todas aquellas fallas encontradas. Deberá hacerse una lista escrita y secreta de todos los errores que encontramos en nuestra conciencia, porque el escribirla y guardarla con nosotros nos facilitará el poder repasarla, a cada instante, para no olvidar la disciplina de nuestro Yo interno a que habremos de someternos, voluntaria y firmemente. Y si pensamos, a cada momento, en el decidido propósito de enmendar nuestros errores, podremos aplicar, también, a la constante lectura del Decálogo, la fórmula crística de simple sabiduría:
"Haz a otros lo que quisieras que hagan contigo"...
Los Cimientos del Edificio
Preparado el terreno en la forma antes dicha, debemos cimentar la construcción de las estructuras fundamentales de nuestra propia personalidad. Ello significa adquirir los conocimientos elementales de la conformación integral del ser humano, para poder trabajar adecuadamente sobre una base verdadera y sólida, y no sobre suposiciones erróneas de cómo está constituido el hombre. Si no tenemos a la mano algún centro serio y honrado de entrenamiento esotérico, alguna escuela metafísica y elevada en donde podamos aprender los rudimentarios conocimientos de metafísica y cosmología acerca de la constitución del Hombre y su relación con el Cosmos y el Universo, busquemos en las buenas librerías un tratado que nos ayude a educarnos en forma autodidacta en ese campo del saber. Sugiero, en tal caso, las siguientes obras: "CONCEPTO ROSACRUZ DEL COSMOS", por Max Heindel "EL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS", por Allán Kardec; "EL CIELO Y EL INFIERNO, O LA JUSTICIA DIVINA", por Allán Kardec.
Con estos libros puede iniciarse el proceso metodizado en el camino de una instrucción autodidacta. Conoceremos, así, las bases fundamentales del conocimiento esotérico de la humanidad y de sus relaciones con el Cosmos, y podremos sentar los cimientos para la construcción de un progresivo estudio y disciplina de todo el edificio de nuestra personalidad superada. Porque no es posible avanzar a ciegas por el camino que ha de llevarnos a lograr la paz interna. Previamente hemos de conocernos a nosotros mismos, saber cómo estamos organizados y cuáles son las relaciones con el mundo en que vivimos y con todos los diferentes planos de la Naturaleza, o mundos invisibles que nos rodean y que integran nuestro propio ser. Y esto nos permitirá adelantar rápidamente en el sendero que nos estamos proponiendo seguir.
Al estar enterados, ya, de cómo funciona el Universo y cuál es nuestra verdadera posición en el, habremos comprendido que nadie, sino nosotros mismos, puede hacernos avanzar un solo paso, si nosotros, por nosotros mismos, no lo damos...
Las Columnas Fundamentales de la Obra
Una vez adquiridos tos conocimientos básicos de lo que somos, de dónde venimos y a dónde vamos en la Vida, que nos permitan despejar la nebulosa en que siempre estuvo el hombre encerrado por los dogmas y los misterios creados por una religión egoísta y avara, podemos iniciar con confianza el trabajo efectivo de nuestra autoeducación espiritual. Veremos, con la lectura de los textos recomendados, cuánto ha habido de falso y de mistificación en las enseñanzas que nos inculcaron desde niños las congregaciones religiosas encargadas de educar a las masas, no para su positivo adelanto espiritual sino para su aprovechamiento en los seculares planes de explotación que desde la Edad Media pusieron en práctica, en la mayor parte de los casos.
Y con el estudio de esos textos, podremos comprender, ya, la utilidad de los ejercicios y de las disciplinas a que habremos de someternos si queremos triunfar en el propósito de conseguir la paz del alma. Porque ésta no se consigue fácilmente, sino a fuerza de trabajo paciente y firme en el mencionado sendero. Nada de valor se consigue fácilmente. Cuanto más vale una cosa, tanto mayor es su precio. Y ¿cómo ha de ser barato el triunfo de la superación espiritual que transforme a un ser de mezquino y débil en sabio, poderoso y grande...? Pero ese precio no se paga en dinero sino en trabajo, abnegación y sacrificio de nuestras íntimas debilidades. Si deseamos cambiar nuestras vidas y gozar de las cumbres luminosas de la sabiduría y de la PAZ, habremos de esforzarnos en realizar todo aquello que asegure un resultado positivo y no vanos intentos de mediocres principiantes. La victoria es de los fuertes y los hábiles, y para ello deberemos prepararnos, fortaleciendo y dominando los dos puntales o columnas fundamentales de todo el edificio: la energía poderosa de nuestra voluntad y el dominio absoluto de nuestro pensamiento...
Ya mencionamos en capítulos anteriores estos dos instrumentos esenciales de toda disciplina espiritual: voluntad y pensamiento. Sin ello no podemos adelantar un solo paso. Pues la voluntad es la llave maestra que abre todas las puertas, y el pensamiento, la llave secreta de todas las acciones y de todos los estados del alma. Si no aprendemos a desarrollarlos, de nada nos servirá conocer su verdadero valor, si no lo ponemos en práctica.
Y ¿cómo se logran esas llaves? –Con paciencia y perseverancia. Ya se ha dicho, y lo repito ahora, que es cuestión de tiempo y de esfuerzo renovado, día a día, en un firme propósito por vencer en toda la línea. La voluntad se desarrolla paulatinamente a medida que la ejercitamos, y para ello ha de comenzarse con pruebas y ejercicios pequeños, que no demanden un gran esfuerzo. A medida que vayamos avanzando en su cultura, veremos cómo nos resulta cada vez más fácil realizar cualquier ejercicio, porque la energía volitiva, al ir creciendo, nos va ayudando a resolver los trabajos más fuertes. Siempre se empieza por lo sencillo para llegar a lo difícil y lo grande. Sería imposible pretender, desde el principio, desarraigar de nosotros un mal hábito, una pasión dominante, una costumbre que practicamos durante gran parte de nuestra existencia. Pero si vamos haciendo pequeños ejercicios que nos fortalezcan la voluntad progresivamente, al cabo de un tiempo esa misma fuerza de voluntad que nos sirvió para preservar en el sendero, nos ayuda a vencer el mal hábito y triunfar en el empeño de alejar de nosotros la pasión que, antes, pudo dominarnos.
Si somos avaros, apegados excesivamente al dinero y poco inclinados a compartirlo con el prójimo, tendremos que acostumbrarnos a considerar el dinero como un medio para poder hacer el bien en la vida, ayudando con él a los necesitados y compartiendo la alegría de dar a otros alimento, salud y tranquilidad, entre otras muchas cosas que con el dinero pueden lograrse en la Tierra.
Si somos iracundos y nos violentamos fácilmente, procuremos dominar nuestros impulsos, reprimir nuestra fácil ira y soportar con paciencia las impertinencias que los demás tengan para con nosotros, pensando que la humanidad no es perfecta y que debemos perdonar los errores ajenos si queremos que se perdonen los nuestros. ¡Qué mejor ejemplo que el de Cristo en la cruz, pidiendo el perdón para los que lo insultaban, lo golpeaban y escupían...!
Si somos lúbricos, o excesivamente inclinados a entregarnos a los placeres de Venus, habremos de moderar nuestros impulsos, normalizando nuestras relaciones sexuales dentro de un régimen natural que permita el cumplimiento de la misión creadora y no excediéndonos hasta convertir al sexo en un instrumento de aberraciones y de bestialidad monstruosa. Recordemos, además, que quienes usan el sexo en demasía, que abusan de él y lo pervierten en prácticas contra natura, son las primeras víctimas de ese abuso, pues el sexo está íntimamente ligado a las funciones del cerebro y de la médula espinal, y todo exceso de desgaste energético en materia sexual se paga con un desgaste de energías mentales e intelectuales que pueden llegar a extremos de embotamiento y anulación de las mencionadas facultades, acarreando un paulatino e ineludible embrutecimiento en tos seres que se entregan a los vicios del sexo. Muchos idiotas han llegado a tal estado sólo por el abuso de las funciones sexuales que dejan su marca indeleble en la inteligencia y la razón de quienes cometieron tales errores.
No pretendemos decir que no se use del sexo. Pero si su uso normal, especialmente en el matrimonio, es sagrado y produce un bienestar general de todo el organismo, su abuso produce degeneración moral, intelectual, mental y física en el sujeto. Por eso, al tratar de conseguir la superación espiritual, debe regularse las funciones sexuales. No quiere esto significar la abstención de ellas. Eso únicamente está reservado a ciertos niveles de entrenamiento para grados superiores de las altas Iniciaciones. Pero en el propósito de lograr la paz del alma, la tranquilidad y felicidad en la Tierra, basta con normalizar esas funciones dentro de un régimen sano y equilibrado, muy particularmente dentro del estado de vida matrimonial, que nos aleja de los peligros del mal uso y de los vicios en este terreno.
Y pasando a otros aspectos de la necesaria disciplina interior, si somos propensos a los errores correspondientes al octavo mandamiento del Decálogo, aficionados a la mentira, a la falsedad, a la maledicencia y todo aquel fárrago de consecuencias que se desprende de no hablar noblemente y con verdad y honradez, habremos de esforzarnos en corregir tales errores, acostumbrarnos, poco a poco, a decir siempre la verdad y no entrar en chismorreos ni habladurías falaces que puedan dañar al prójimo. Recordemos siempre la fórmula: "No hagas al prójimo lo que no quisieras que te hagan a ti"...
Y si hemos sido fácil presa de los errores contenidos en el séptimo mandamiento, llegando a hurtar lo que a otros pertenece, a engañar y estafar a otros, habremos de parar, desde el principio, tan funesta inclinación, madre de infinidad de vicios y puerta de entrada a la degradación moral y material de tantos seres. Debemos disciplinarnos con toda energía para no tomar ni siquiera un simple papel que no nos pertenezca. Hay muchas personas que, sin ser ladrones en formas ya escandalosas, tienen el mal hábito de apropiarse, ilícitamente, de pequeños objetos, haciéndolo como si quisieran conservar un souvenir. Esto, conocido en psiquiatría como cleptomanía, puede obedecer, también, a desviaciones morales de orden psíquico. Como enfermedad, porque realmente lo es, deberemos ponernos en cura en tales casos. Y para ello, no hay como fortalecer nuestra voluntad y dominar nuestro pensamiento fijando a todas horas la idea de no tocar ni un alfiler que no nos pertenezca...
Y en el campo de la gula ¡cuántos se dejar arrastrar fácilmente por la glotonería, sin saber el daño enorme que se hacen!... Corazón, riñones, hígado, páncreas y estómago, sufren las ingratas consecuencias de una desmedida afición a comer desmesuradamente. Este vicio está muy extendido, porque nadie lo considera como tal. Se hace gala de tener magnífico paladar y estar acostumbrado a los placeres de una buena y abundante mesa. Pero, ¿nos damos cuenta que el exceso en las comidas y bebidas desequilibra nuestro metabolismo y, por tanto, ataca de manera constante nuestra fisiología, llenando de venenos nuestro cuerpo? –Con esta aberración no atentamos contra el prójimo; pero nos estamos suicidando, lentamente, al trastornar toda la economía funcional de nuestro organismo. Es difícil, muy difícil, alcanzar la paz plena, si estamos dominados por la gula...
Y ¿qué decir del tan extendido vicio de buscar en la mujer o en el marido de otro ser, lo que podemos tener con nuestro cónyuge? –El triángulo amoroso ha sido, desde la remota antigüedad, uno de los vicios más comunes... El adulterio fue practicado en todos los tiempos por nuestra atrasada humanidad. Pero nunca, igual que como hoy día, se practica con mayor descaro y con los más desaprensivos alardes. El cinismo ha dado lugar a que la práctica del divorcio haya establecido patente de pública aceptación en todos los pueblos, y con ello se ha llegado a una de las más tristes consecuencias; la destrucción del hogar y la familia... ¡Cuántos males en nuestra civilización actual, sólo obedecen a esa desorbitada costumbre moderna de repudiar un enlace cuando ya los cónyuges se cansaron el uno del otro! –Claro está que tales uniones no han sido perfectas. La mayor parte de los casos fueron frívolas y pasionales, pero no por verdadero amor. Cuando dos seres se unen por un amor verdadero, nunca dejarán de amarse, porque el amor crece con la unión y llega a ser tan fuerte que lleva a los dos seres a una estrecha comunión espiritual que cumple la simbólica frase ritual del matrimonio: "Ya no sois dos sino una sola carne"... Y esta gran verdad la comprobamos a cada paso al contemplar el ejemplo de tantos matrimonios que llegan a la más avanzada ancianidad, unidos tiernamente, como si estuvieran en los días venturosos de su lejano noviazgo... Felices aquellos que lograron esto, pues en la paz de esos matrimonios es mucho más fácil encontrar la paz interna...
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Meditando, profunda y detenidamente sobre todo esto, podremos llegar a organizar el trabajo efectivo que, diariamente, nos permita acercarnos a la meta de la iluminación interna que trae por consecuencia la inefable serenidad, madre de la PAZ ESPIRITUAL. Ya hemos dicho, y lo repetimos antes de terminar este capítulo, que las columnas fundamentales de todo el edificio han de ser el desarrollo de nuestra voluntad y el dominio que con ella podremos lograr del pensamiento. Con las primeras disciplinas, encaminadas a conocemos últimamente y descubrir nuestros defectos, habremos conseguido preparar el terreno. Y con las prácticas del propio examen, al saber lo que tenemos que eliminar y lo que debemos reforzar, habremos conseguido estructurar el plano verdadero de toda nuestra obra. Conociendo los defectos estaremos en situación de conocer las cualidades que se deben desarrollar, y llegado ese momento, podremos poner en práctica los ejercicios que se detallan en el último capítulo de este trabajo, dedicado a todos aquellos, que con sinceridad y honradez, aspiran a encontrar la paz del alma en medio de este mundo conmovido por todas las fuerzas del Mal en los momentos postreros de una civilización que agoniza...
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