|
CAPITULO II
El Monasterio de Janlitpur
Pepe nos había presentado al personaje central de aquel grupo como el Muy Alto y Muy Amado Hermano Rahmojan Dumpbahar, Director Supremo del Monasterio de Janlitpur. Y en verdad qué el personaje impresionaba. Se advertía en él una mezcla de gran autoridad y de suave y paternal dulzura. Su expresión era noble y digna, su mirar penetrante pero amable, sus modales delicados y majestuosos, su voz extrañamente melodiosa y a veces con inflexiones indescriptibles qué atraían al interlocutor. Todo en él desprendía grandeza, inspirando respeto y simpatía.
Parecía un lama, y sin embargo, no vestía como los monjes budistas. H y los demás, del grupo, usaban unas rúnicas de lana blanca, sin ningún adorno apreciable. Entre ellos advertimos la presencia de una dama, al parecer europea, de cabellera rubia, ojos azules, rostro agraciado y edad indefinible. Junto a ella estaba un hombre alto, fornido, de tipo claramente sajón y modales finos, pero algo bruscos, aun cuando se desprendía de él una extraña simpatía. Su rostro, con cierto aire militar, despedía franqueza y jovialidad. Los otros eran tres jóvenes netamente orientales: de ojos rasgados, tez aceitunada y cabezas rapadas; daban la impresión de los monjes principiantes de cualquier lamasterio de la India.
Después de los saludos de presentación, fuimos invitados a ingresar en la casa estilo inglés que habíamos visto desde el aire. Pepe no aceptó.
–Les ruego que me perdonen. He cumplido mi misión de acompañar hasta acá a estos mis Amados Hermanos, porque sabía que haría falta mi presencia para infundirles más ánimo y confianza en este primer viaje en una nave extraterrestre. Pero no puedo abusar de la bondad de mis Hermanos Superiores que me esperan para cumplir con otra importante misión que les ha sido encomendada.
Y al decir así indicó la astronave, en cuyas ventanillas vimos a los tripulantes hacernos señales de despedida. . –
–Te comprendemos, Hermano –le dijo Dumpbahar, al tiempo en que se abrazaban y se daban Nuestro Beso Sagrado–. Quiera Nuestro Divino Maestro y Señor que volvamos a vernos, alguna vez...
Y puso su mano como si le impusiera un signo de Paz en la frente. Nosotros sentimos que nos embargaba una profunda emoción. Mi esposa, con lágrimas en los ojos, lo abrazó y lo besó en la mejilla. Mis hijos lo besaron y yo, conteniéndome pan dominar mi emoción lo abracé y lo besé en la frente. Me pareció que su piel era tan caliente cual á estuviese con mucha fiebre. El me sonrió, enigmáticamente, y al besarme, susurró:
–Ya lo comprenderás... ¡ojalá sea pronto!
Los demás hicieron lo mismo que el Director y Pepe se encaminó a la máquina, subió y penetró en su interior sin voltear. El mamparo se cerró y chorros de fuego partieron de los contornos de aquel enorme "plato" que empezó a elevarse, primero con suavidad y luego, desde cierta altura, a gran velocidad, hasta que lo perdimos de vista en el luminoso cielo...
* * *
Comenzaba, para nosotros, una nueva vida, en aquel lejano rincón del –mundo, perdido entre las solitarias cumbres nevadas de los Himalayas. Era un lugar bellísimo. Nos encontrábamos en el centro de una amplia explanada cubierta de bien cuidado césped. Al fondo, a unos doscientos metros de donde estábamos, se levantaba el recio edificio que viéramos desde el aire, mezcla– de convento y fortaleza, a juzgar por su aspecto exterior, rodeado por frondoso parque. Ya poca distancia de nosotros estaba la casa estilo inglés ya mencionada. Más allá de la sólida construcción de piedra del monasterio, había una hermosa laguna formada por el riachuelo que divisamos desde el OVNI, y floridos jardines rodeaban las dos mansiones.
Al acercamos a la puerta de la casa a la que nos invitara Dumpbahar, salió corriendo a recibirnos una joven de cabellos negros y ojos muy vivaces, que con marcado acento español nos saludó disculpándose de no haber podido hacerlo antes.
–Acá todos andamos ocupados, y yo quería terminar de aderezar un postre que he preparado para recibirlos adecuadamente, ya que ustedes son peruanos, y los peruanos se parecen mucho a nosotros–los españoles. –¿Sabían acá de nuestra llegada?
–Naturalmente; nuestro Maestro nos lo había comunicado.
Y al decir esto indicó respetuosamente al Director. En seguida nos pidió acompañarla para mostrarnos el alojamiento que nos tenían dispuesto. Subimos una amplia escalera que conducía a un gran hall de distribución, enteramente amoblado al estilo Tudor, y en un pasillo aledaño ingresamos a un confortable departamento. Eran dos piezas con su baño anexo. Las camas, una grande de matrimonio en una de ellas, y dos comunes en la otra, y el mobiliario no dejaban nada que desear. Como si pertenecieran a un hotel elegante de cualquier ciudad occidental. Yo le manifesté mi asombro y la española nos explicó que el local había sido reformado, hacía algunos años bajo la dirección de un ingeniero inglés, el caballero a quien conociéramos al descender del OVNI.
–Pero esta parece una mansión europea antigua–comenté.
–Bueno, no es mucho. Dicen que fue construida el siglo pasado, dedicándola a Hogar, o Pensión, de los alumnos extranjeros. La modernización de los cuartos y los baños es reciente: fue realizada en los años entre 1930 y 1935.
–Y ¿dice usted que el señor a quien acabamos de conocer dirigió estas obras?
–Así es...
Pero si de ese entonces ahora han pasado casi cuarenta años, y aquel caballero no representa más de cuarenta, o a lo sumo, cincuenta...
La joven sonrió. Nos miró un rato en silencio y, al fin, como si tomara una decisión algo difícil, respondió:
–Es un poco extraño para quienes llegan por primera vez acá; pero ya comprenderán, después, que todos los que aquí estamos aparentamos una edad muy distinta de la que, en realidad, tenemos. Yo estaba ya acá en esa época, y puedo asegurarlo...
–¡Usted bromea! ¡Si es una muchacha...!
–Sí... una muchacha de ochenta y tres años –exclamó riendo, nuestra interlocutora.
Ni Rosita ni yo tomamos en serio esas declaraciones. Al repetirle que considerábamos una broma sus palabras, cambió de expresión.
–Comprendo que para ustedes resulte difícil aceptarlo; pero más adelante habrá oportunidad de probarles que nací en 1890... Ahora, tengan la bondad de arreglarse para el almuerzo. Ya deben estar esperándonos abajo. En otro momento conversaremos, porque van a tener muchas sorpresas de esta índole...
Y haciendo un gracioso mohín, salió corriendo.
Mi mujer y yo nos miramos. Yo le guiñé un ojo. Estábamos convencidos de que la española bromeaba. Y dejando la valija en un rincón, nos aseamos un poco y bajamos.
En el comedor, una amplia estancia estilo Tudor, contigua al gran hall de entrada, nos esperaban Rahmojan Dumpbahar, la dama rubia y el caballero inglés, junto con dos nuevos personajes: uno era un botánico israelita, y el otro, un médico egipcio, según las explicaciones que nos dieran en las respectivas presentaciones. Invitados por Dumpbahar nos sentamos todos a la mesa. La españolita permaneció de pie y nos dijo que iba a servimos, que todos allí se servían por turno, unos a otros y que ese día le tocaba a ella atender a sus "hermanos".
La comida fue frugal. Una sopa y un guisado, muy agradables, pero enteramente vegetarianos. Notamos la absoluta ausencia de licor. Sólo agua, muy fresca y cristalina. Luego, un postre en forma de torta, bañada en crema de leche y de consistencia gelatinosa exteriormente. Era sabroso, pero no pudimos identificar los ingredientes. Así se lo hicimos saber a la muchacha, que ya había tomado asiento junto a nosotros.
–¡Ah! ¡Ese es un secreto! –exclamó riendo–. Pero ya se los enseñaré... lo mismo que lo de mi verdadera edad. Porque nuestros nuevos "hermanos" –añadió dirigiéndose a los demás– han creído que bromeaba al decirles cuántos años tenía. ,
Todos se miraron y sonrieron levemente. El Director, que presidía la mesa, nos miró profundamente y con calma, subrayando las palabras, expresó:
–No es broma que Maruja haya confesado tener ochenta y tres años. Aquí todos alcanzamos edades bastante apreciables. Ese ha de ser uno de los muchos conocimientos que tendrán ustedes que aprender. Desde mañana comenzaremos a educarlos en nuestras ciencias, y adentrarlos, poco a poco, en los Secretos de la Naturaleza que les han de ser necesarios para su especial adiestramiento. Por ahora, que les baste saber que conocemos el secreto de la longevidad....
* * *
Más tarde, en nuestro departamento, aprovechando que disponíamos de una hora para el reposo, comentaba con mi mujer las declaraciones del Maestro. Le hice ver que él había leído, posiblemente, el pensamiento de la joven al mencionar lo que ella nos manifestara, o se habían puesto de acuerdo para decir lo mismo, ambos. Aún no estaba conforme con aquello. Nos parecía una broma que después nos explicarían. La española representaba, a lo más, treinta años. Su vivacidad y su frescura eran las de una muchacha. Corría y saltaba, jugueteando coma si fuera, todavía, menor. Y sus ojos no denotaban", en absoluto, la menor huella de tiempo. Todos sabemos que el conjunto del rostro puede conservarse, más o menos, hasta los cincuenta años con determinada lozanía, si la vida y las costumbres de la mujer, ayudadas por un selecto maquillaje, logran mantener el aspecto juvenil de la piel. Pero el contorno de los ojos es imposible, de no mediar una intervención quirúrgica de tratamiento estético, que no muestre los estragos del tiempo y las arrugas que van formando la risa ylos gestos diarios. En la española no había la menor huella de todo eso. Era una verdadera muchacha en toda la lozanía de su rostro y en la agilidad de sus movimientos.
Pepe nos había explicado, en los seis meses que recibimos instrucción preparatoria, que en Ganímedes viven varios siglos. Esto ya fue explicado por mí en mi libro anterior. Pero a mí se me hacía duro pensar que acá en la Tierra se conociera el secreto de la longevidad. Sin embargo, Dumpbahar lo había afirmado en el almuerzo. Y nos había prometido que llegaríamos a conocer ese secreto y otros más. Por lo tanto, Rosita y yo estábamos bastante confusos en nuestras apreciaciones, cuando, vencida la hora, bajamos a reunimos con el inglés que nos invitara a dar un paseo por nuestra nueva morada. El nos esperaba en el hall de entrada. Salimos con mis hijos y nos dirigimos hacia la laguna frente al monasterio.
Era una tarde encantadora. El sol bañaba con sus vivificantes rayos todo un paisaje idílico. Estábamos en el centró de un valle de regular extensión, encerrado totalmente por las laderas casi cortadas a plomo, de las gigantescas murallas de roca formadas por los picos nevados que traspusimos en el OVNI al llegar. Parecía como si la Naturaleza hubiese querido construir un asilo inexpugnable en medio de las soledades de la formidable cadena de los Himalayas. Por donde volviésemos la vista, en todos los contornos del valle, sólo veíamos altísimos precipicios de rocas azules y negras en cuyas cumbres distantes brillaban las nieves perpetuas. No se distinguía ningún camino ni sitio por donde se pudiese bajar. Los farallones pelados, con alturas imponentes, circundaban, totalmente aquel lugar. Y, al fondo, a nuestra derecha, como un lejano hilo de plata que brillaba al sol, descendía desde las cumbres nevadas un estrecho torrente que alimentaba el cristalino riachuelo que viéramos desde la astronave, y que atravesaba todo el valle en dirección a un hermoso bosquecillo que había en el extremo izquierdo a donde nos hallábamos. Todo el terreno, de varios kilómetros cuadrados de área, estaba cubierto de vegetación.
–De todos estos campos sacamos nuestro alimento –nos explicó el inglés–. Habrán notado ustedes que no había nada de carne en el menú.
–Pero el guisado tenía apariencia de carne –arguyó mi esposa.
–Es un preparado a base de gluten y soya, al que se le puede dar la consistencia, forma y sabor que uno desee. Producto de esos prados que ustedes están viendo.
Y al decir así nos mostraba extensos campos cuidadosamente cultivados.
–Y ¿quiénes se encargan de cultivarlos? –pregunté.
–En realidad, casi todos participamos en su cuidado; pero son los monjes menores los que hacen la labor principal.
–¿Los monjes menores?
–Sí; en el monasterio viven unos treinta "hermanos estudiantes", como los que vieran junto con el Maestro, esta mañana.
–Y ¿cómo hacen para entrar o salir de este valle; porque, a juzgar .por lo que veo, no hay posibilidad de subir o bajar por esos farallones?
–Efectivamente; no hay un solo sitio por donde se pueda escalar la montaña. Pero existe una salida secreta que les ruego me perdonen el no poder revelarla, mientras el Maestro no lo autorice.
–Comprendo. Y ahora, pasando a otra cosa: ¿hace mucho que vive usted aquí?
–Más o menos unos cincuenta años.
– ¿Vendría usted muy niño?
–No; ya era ingeniero y tenía cuarenta y ocho años...
Yo me reí, y palmeándole amistosamente el brazo, le dije que los encontraba, a todos, muy bromistas.
–No bromeamos. Es verdad, aunque usted no lo crea. Más tarde te mostraré mis documentos personales. Tengo ciento dos años cumplidos... Guardé silencio y miré a mi mujer. La expresión del hombre era impasible. No inspiraba risa ni duda. Pero sólo aparentaba unos cincuenta años, a lo más. No quise insistir, y continuamos paseando. Los niños se nos habían adelantado y jugaban en un remanso de la corriente. Comenté sobre la limpidez del agua.
–Es el agua más pura que yo he conocido en el mundo ––nos explicó nuestro Interlocutor–. Agua de deshielo que, en su correr milenario por este curso, no se contamina con nada, como pasa en nuestras ciudades, cada día más cargadas de impurezas y de todos los venenos que produce nuestra mal llamada "civilización"...
|