MI PREPARACION PARA GANIMIDES

JOSIP IBRAHIM

CAPITULO XIII


La Cripta de los Antepasados

Poco tiempo después de la visita al pasaje secreto de las víboras, el Maestro me llevó a conocer otro de los lugares confidenciales del monasterio: La Cripta en donde reposaban las cenizas de los Maestros Gobernantes de Janlitpur.
Bajamos por una escalera de piedra cuya entrada está en el piso del Santuario, detrás del Ara, al fondo del templo, cerrado con una antigua reja de bronce. Es una sala de tamaño casi igual a las dimensiones del local superior, con las paredes adornadas con viejas inscripciones en sánscrito. En el centró arde una lámpara de aceite, de bronce primorosamente cincelado, sobre un gran pedestal de ébano finamente tallado. Y en torno a las paredes del recinto hay una veintena de pedestales, también de ébano artísticamente adornado con incrustaciones de bronce, soportando cada uno una pequeña urna de bronce cincelado en finos arabescos, bajo la cual vi pequeñas placas del mismo metal con inscripciones sánscritas. Me llamó la atención que una de las urnas, en un extremo, no tenía placa.
–Es la mía –explicó el Lama, lacónicamente.
Al fondo de la cripta advertí dos muebles parecidos a mesas bajas o lechos, con el tablero de mármol negro y jaspes amarillentos. Al preguntar sobre su significado, Rahmojan respondió, con cierto aire misterioso: Mañana lo sabrás... Quiero que te prepares a pasar la noche de mañana en este lugar, por donde han pasado todos los que fueron iniciados en Janlitpur... Debes prevenir a tu esposa que no se preocupe... Que vas a recibir una nueva lección...
A la noche siguiente, después de cenar, fuimos con Dumbahar al Santuario. Abrimos la reja de bronce y bajamos a la Cripta. Allí, él extrajo del bolsillo una llavecita y abrió una puerta disimulada tras uno de los paneles con las inscripciones en sánscrito. Me invitó a entrar y me encontré en una: pequeña estancia con un gran horno en la pared del fondo. Era todo lo que había, y a la luz de la linterna que encendiera el Lama vi que en esa habitación no existían ni muebles ni la menor decoración en las paredes de tosca piedra.                                         '
–Acá incineramos a nuestros muertos –me explicó–. Y las cenizas de Los Maestros Directores son conservadas en las urrías que has visto fuera. Las de los Hermanos comunes, después de un servicio religioso arriba, son llevadas en una urna corriente basta la entrada del boquerón del pasaje secreto y vaciadas en las aguas del río para que, sin contaminar nuestras aguas, vuelvan a la Madre Tierra de donde salieron... Volvamos a la Cripta.
Salimos y me llamó la atención que no cerrara la puerta. Creí que era una distracción, pero él me respondió:
–Déjala abierta; así será mejor por esta noche... Y ahora oremos un rato antes de retirarme, porque tú vas a permanecer, solo, toda la noche. Debes repasar, en tu mente, cuanto has aprendido hasta este momento, y recordar que, pase lo que pase, no has de sentir el menor temor. Ya has avanzado bastante en el Sendero, y se acerca la hora en que podrás intentar la primera salida hacia el Astral. Por eso, aprovecha de esta noche para concentrar todas tus energías y estar pronto a enfrentarte con el Más Allá... Sabes muy bien que la Muerte no existe, que las cenizas de los Antepasados sólo son los restos materiales de sus cuerpos físicos, y que Ellos siguen vivos, como todos los difuntos, en los confines de los Planos Superiores del Cosmos. Piensa en Ellos y pídeles que te acompañen y te ayuden, porque Ellos han alcanzado a ser Uno con el Amor Cósmico, y pueden responder a quien se ha preparado como tú te has preparado. Ya lo sabes; pues usar uno de estos camastros de mármol para recostarte y confío en que sepas aprovechar de esta noche y no dejarte llevar por el temor... Mañana vendré a buscarte.
Me puso una mano en el hombro y se retiró. Sentí que cerraba y echaba llave a la reja de bronce, y me quedé suspenso y aturdido. Miraba a todos los rincones de la Cripta, alumbrados tenuemente por la llama ondulante de la lámpara de aceite, y paseaba mi vista de las urnas funerarias a la puerta abierta del cuarto del horno, cuya obscuridad era impresionante. Me senté en uno de esos extraños lechos y procuré mantener mi tranquilidad. Junto a la lámpara vi, recién un pequeño pebetero, también de bronce. Me acerqué y encontré que contenía algunos trozos de carbón. Al lado había una cajita conteniendo incienso, con unas pinzas y una cucharilla que no viera el día anterior. Comprendí lo que esto significaba, y cogiendo con las pinzas uno de los trocitos de carbón lo encendí en la llama de la lámpara. Luego, colocándolo de nuevo en el pebetero, soplé hasta que el fuego se propagó a los demás trozos. Les rocié con el incienso y retorné a mi asiento de mármol.
El humo perfumado me tranquilizó. Experimenté los efectos balsámicos de la resina litúrgica, y procuré serenamente, pues no dejaba de experimentar cierto desasosiego ante mi insólita posición. Era la primera vez que me encontraba solo, en un lugar tan extraño como impresionante. Estaba en una catacumba, rodeado por las cenizas de seres que vivieran desde remotos siglos, y frente a la obscura puerta del sitió en que fueran incinerados sus cuerpos... y debía pasar, así toda la noche... Mi vista paseaba desde la puerta del cuarto del horno y las urnas de los antepasados. Me sentí tentado para cerrar el portón que no dejaba de molestarme un poco por su negra boca. Pero recordé las palabras del Maestro y me contuve.
Eché más incienso en el pebetero y, reanimado por su perfume, pensé en la recomendación del Lama. "Oremos" –me había dicho–. Y mirando otra vez las urnas de bronce, me tendí sobre el frío mármol. Dominé la emoción que me embargaba y traté de imaginar a los viejos monjes que habían dirigido aquel oculto monasterio perdido entre las soledades de las desiertas cumbres de los Himalayas. Respirando con calma y profundamente, pedí PAZ, AMOR y LUZ, que me ayudaran a triunfar en mi propósito de superarme enteramente. Me fui serenando y cerré los ojos, procurando concentrar mi pensamiento en ese momento completamente nuevo para mí. Mi mente volaba en torno a los míos, tan cercano a mí y tan alejado, en esos instantes, de la prueba que estaba pasando. Rogué por ellos... pedí que tuvieran también PAZ, AMOR y LUZ para avanzar junto conmigo en este Sendero hacia la superación de todos... La tranquilidad iba alejándose de los temores pueriles que sintiera, en verdad, los primeros minutos, y ahora me sentía como si me estuviera elevando, subiendo a una región llena de luz... Una gran calma se había apoderado de mí, y una luz dorada me fue rodeando, poco a poco, hasta encontrarme en el centro de esa gran luminaria, incomprensible todavía para mi mente...
En medio de esa luz, que se había agrandado hasta iluminar todo el recinto, se fue materializando una figura humana resplandeciente como un sol... Yo estaba absorto. Me había incorporado en el lecho de piedra y miraba asombrado la brillante figura que ahora se encontraba de pie frente a mí. En su rostro, que parecía como reluciente, creí reconocer los rasgos del Maestro; pero estaban modificados por una inusitada belleza, y la luz que despedía aquel rostro se confundía con los maravillosos rayos que salían de todo su cuerpo, envuelto en una rutilante vestidura como túnica blanca y vaporosa... Aquel ser maravilloso extendió hacia mí una mano que también relucía, y me dijo con voz suave y melodiosa:
–Ven, Hermano mío... Te voy a mostrar lugares a donde podrás penetrar muy pronto...
–¿Eres tú, Maestro? –balbuceé, incrédulo y asombrado.
–Sí, yo soy... y estoy satisfecho de tu comportamiento. Ahora ven conmigo...
Me tomó de la mano y sentí que nos elevábamos, pasando a través del techo y de las paredes del monasterio. Todo en el valle parecía dormir un sueño plácido y yo, envuelto en aquel enorme halo de luz que despedía el Maestro, me sentí como transportado a una región desconocida. Era dé día, pero un día de luz dorada muy diferente a la luz corriente del sol. Estábamos en una especie de llanura, cubierta de hermosas plantas desconocidas y de flores de perra–mes paradisíacos. Dulces y melodiosas armonías invadían el ambiente, y una .placidez arrobadora se había apoderado de mí, que parecía flotar y no caminar por aquel llano. Frente a nosotros se veía una construcción monumental, con murallas como de pórfido y diamantes, por la brillantez de luces que despedían. Grandes puertas de ero bruñido engastado con piedras preciosas de rutilantes destellos, se abrían en el centro de las murallas, y por ellas entraban y salían numerosas personas cubiertas con túnicas blancas y resplandecientes igual que las vestiduras del Maestro.
–Estás a las Puertas del Reino de la Luz Dorada... –me explicó el Lama–. Y esas personas son las almas puras de los Bienaventurados que alcanzaron la suprema felicidad en su Evolución... Cuando hayas logrado llegar a su nivel, podrás ingresar por esas puertas y conocer las maravillas del Reino, cuyas "fronteras" –como se diría en nuestro mundo físico de la materia pesada– comienzan en los niveles superiores del Mundo del Alma, o Cuarta Dimensión, y se extienden más allá del Mundo de la Mente, o Quinta Dimensión, hasta los confines del Reino de los Espíritus Virginales, en esa escala de Valores que simboliza de manera magistral el sueño, o visión dé Jacob... Más allá, todavía, se encuentran los límites de los planos, o Reinos correspondientes al MUNDO DE DIOS...
–Y este Reino de la Luz Dorada ¿es el Reino de Cristo...?
–En cierta forma, relativamente, sí. Son sus confines...         ~
Paseamos un rato por aquel maravilloso lugar. Desde lejos, los seres que salían y entraban por aquellas esplendorosas puertas, nos saludaban con bondadoso ademán y sus luminosos rostros denotaban una placidez y dicha que ningún rostro humano en la Tierra podía demostrar. Me encontraba embelesado y cuando el Maestro me dijo que debíamos volver, sentí como una gran pena... Nuevamente experimenté como una sensación de descenso... Los esplendores se extinguieron y abrí los ojos... Junto a mí se hallaba Dumpbahar, sonriente.
–Levántate, que ya ha pasado la noche.
Lo miré sorprendido. Tenía el cuerpo pesado y me costó algún esfuerzo incorporarme sobre la losa de mármol.
–¿Ha sido, entonces, un sueño...?
–Sí, y no... Viajaste, mientras tu cuerpo descansaba, por las altas regiones del Astral. Yo té protegía; pero pronto podrás renovar esta visto de manera más independiente, cuando tus vanos temores infantiles, que aún no has abandonado, te permitan salir de tu vehículo físico sin el menor riesgo... – Lo miré, avergonzado. Estaba claro que sabía lo que me había sucedido por la noche, en mi lucha conmigo mismo al quedarme solo en la Cripta.
–No te mortifiques –repuso, con su paternal sonrisa– A todos les pasa igual... Ahora vamos a desayunar con los demás.
Cerró la puerta del cuarto del Horno, subimos al Templo y cerramos la reja. Cuando salimos, el sol iluminaba alegremente los jardines. Eran las 7:00 de la mañana y yo tenía el cuerpo un poco adolorido por la dureza del camastro en que pasara la noche; pero una profunda alegría inundaba mi alma y una gran paz reinaba en todo mi ser...

***

Durante la semana entera mis lecciones versaron sobre el dominio del' miedo. Este defecto es uno de los más comunes y difundidos en la humanidad. Quien más, quien menos, todos son afectados por el fantasma del miedo, en las variadas e infinitas formas como puede atacar a los humanos. El que pretenda negarlo, miente. Porque no es, solamente, el temor pueril que se puede sentir por causas nimias comunes a muchas personas mayores. También hay maneras de verse molestado por este vago sentimiento en todas las actividades de la vida diaria... ¿No se teme, infinidad de veces, por cualquier circunstancia que se desarrolle en la lucha por la vida? ¿No es verdad que, diariamente, se nos presentan acontecimientos o situaciones en nuestra profesión, en nuestro trabajo habitual, en el empleo con el que nos ganamos el sustento, que nos causan determinado temor, que nos angustian por el resultado más o menos adverso que pueda tener una determinada situación o fenómeno de esa perpetua lucha? Cuando esto sucede ¿no perdernos el sueño, muchas veces, pensando con pavor en los resultados que se pueden derivar de los hechos que estamos viendo?... Nadie está libre del fantasma del miedo en sus variadas e infinitas formas de atacarnos. Algunos, los más fuertes o de mayor fe, logran soportar sus ataques y sacudirse de sus perjudiciales consecuencias. Pero la enorme y mundial mayoría, sufre sus efectos en infinidad de casos y ocasiones. Y en el Sendero de la superación personal, en el adiestramiento hacia el triunfo del dominio interno y de la elevación suprema del YO, debe extirparse esta enfermedad del alma, porque, no otra cosa es el MIEDO...
Si en el mundo físico, en el diario trabajo por vivir y sustentarnos, el miedo nos causa, a veces, trastornos y perjuicios que pudieron evitarse aprendiendo a pensar con serenidad, a tomar decisiones con calma y tener fe en la ayuda que toda persona de bien puede encontrar en los Hermanos Invisibles, en los Protectores particulares que todos tenemos, cuánto mayor es la importancia de eliminar este fantasma, cuando nos preparamos a dar los pasos trascendentales de una comunicación directa, voluntaria y consciente con los dominios del Astral o Cuarta Dimensión... Ya lo he mencionado anteriormente. Y debo repetirlo, porque, al ser uno de los más ocultos defectos de nuestra alma, es, también, uno de los más difíciles de arrancar de ella en todas sus formas, pues adquiere manifestaciones tan sutiles que, en algunos casos, cuando aparentemente hemos vencido sus formas de común conocimiento, puede asaltarnos, de improviso, ante una situación imprevista e impresionante. Y esto sucede, siempre, al pretender conocer los mundos inferiores de la Naturaleza que forman parte del Plano Astral.
Al que se desdobla y busca el ingreso a esas regiones de la VIDA, lo asaltan, casi siempre, cuando su viaje astral pretende ser conducido a los mundos internos, los habitantes atrasados o primitivos de las bajas subregiones o niveles inferiores. Y asumen las más variadas y mortificantes formas. Pueden envolverlo, sentir y ver cómo un enjambre de monstruos de diferentes tamaños y de los más absurdos tipos, pululan en torno de él, lo amenazan y se burlan dé su terror. Y ese terror puede llegar, como ya se expresó en otro capítulo, hasta la pérdida del sentido y de la mente, extraviada en un mundo de tinieblas del que sea difícil escapar con los propios medios... Y todo, por culpa del miedo; a causa de no tener la fuerza de voluntad y dominio de sí mismo para rechazar esos engendros, muchos de los cuales, también, pueden ser fruto de la propia imaginación ofuscada en tales planos.
Pero al que ha purificado su mente y su corazón, o alma, ya no le ocurre tal cosa. Está protegido por su aura luminosa y bella, y sabe que todos esos seres atroces y repugnantes no le pueden hacer nada. La Fe y la fuerza de su voluntad que lo acompañan en todo momento, lo mantienen sereno, ecuánime, y firme; y ante esa firmeza y esa Fe inquebrantable en su superioridad, que producen rayos cada vez más brillantes y hermosos en el aura, los seres inferiores del Astral se ahuyentan y se alejan despavoridos por lo mismo que ya se dijo antes: que los hijos de la LUZ siempre vencen a los hijos de las TINIEBLAS...

***

Tres veces, en menos de quince días, volví a dormir en la cripta por orden del Lama. Ya me habla acostumbrado al lugar y a la incómoda cama de piedra. Y no me extrañó cuando me dijo, por quinta vez, que iba a pasar la tarde en ese lugar. Pero sí me llamó la atención que en esta oportunidad me recomendara llevar una almohada y una manta.
Acostumbrado a no preguntar cosas necias, llegué al monasterio con mi consabido equipaje. Rahmojan me esperaba y juntos penetramos en el Templo. Esta vez no cerró con llave la reja de bronce; y al ingresar en la Cripta pude ver que en uno de los lechos de mármol había una manta y una almohada como las que yo traía.
–Vamos a estar juntos –explicó lacónicamente–.
Yo me alegré, porque entendí que iba a someterme a la tan ansiada prueba. No dije nada ni era necesario, pues me leyó el pensamiento y repuso:
–Es verdad; hoy vamos a salir juntos y realizar tu primer viaje astral a plena conciencia...
Nos tendimos en nuestros respectivos lechos, arropándonos cada uno con nuestras mantas. El me recordó rezar, mentalmente, la oración corta que me había enseñado en las dos últimas semanas y luego me ordenó poner en práctica el ejercicio especial que, durante quince días había estado practicando. (Ruego a mis lectores que me perdonen de no poder explicar en detalle tales ejercí–dos por tratarse ya de un primer grado iniciático, sólo confiable a quienes se encuentren debidamente preparados. Las razones se desprenden de lo explicado anteriormente).
Tendidos así en los camastros de mármol, relajando todos los músculos del cuerpo y buscando la mayor comodidad posible, para que nada me molestara y que mi cabeza descansase plácidamente sobre la almohada, inicié el ejercicio mental correspondiente... Poco a poco en todo mi cuerpo se produjo como un hormigueo. Sentí algo parecido a una suave corriente eléctrica y una laxitud general en todos mis miembros. Cerré los ojos para que nada turbase el reposo de mi cuerpo y, a medida que se acentuaba el hormigueo de todo mi organismo experimenté como una pequeña sacudida y la sensación de que me estaba elevando. La impresión hízose más real y me sentí en el aire. Miré hacia abajo y me vi tendido en la cama de piedra, envuelto en la manta y, al parecer dormido. Junto a mí estaba el Lama, cuyo cuerpo, igualmente, descansaba en el otro lecho. Me sentí sorprendido y era la reproducción exacta del cuerpo que reposaba en mi camastro.
–Ya lo lograste–me dijo el Maestro–.
Pero me di cuenta que ahora sus palabras no las escuchaba, sino que las sentía dentro de mí mismo.
–Deja reposar tu cuerpo físico y ven conmigo a realizar un primer y bello viaje. Si estuvieras solo perderías mucho tiempo en acostumbrarte a los primeros movimientos y en la elección del lugar por visitar, porque en el primer desdoblamiento voluntario y consciente es natural que uno se sienta confuso, indeciso... Pero nunca debes experimentar temor, pues nada te puede suceder de malo, estando ya tan bien preparado y con la pureza que ya has logrado adquirir... Ven conmigo. Iremos a visitar tu antigua casa y tu lejano país.
Me tomó de la mano y mi pensamiento siguió su indicación. Atravesamos los muros de piedra y los techos del Monasterio y sentí que volábamos raudamente por el espacio, pasando sobre las cumbres iluminadas por el hermoso sol de la tarde y viendo cómo se perdían en la distancia los verdes valles y los oscuros bosques de la India... No experimentaba ni frío ni calor. Una sensación de libertad desconocida me embargaba y no me afectaba en nada el vertiginoso viaje que hacía entonces por el espacio. Ahora atravesábamos por encima de un extenso mar, que Rahmojan me dijo ser el Océano Indico, y a poco íbamos ya sobre el continente africano... Luego me di cuenta que cruzábamos sobre el Atlántico y en un abrir y cerrar de ojos trasponíamos las costas orientales de la América del Sur... y luego la Cordillera de los Andes, ahora de noche.
Estábamos bajando y me sentí emocionado al reconocer la amplia bahía de nuestra Gran Lima y las luces familiares de mi ciudad natal. Estábamos ya en el jardín de mi casa de Monterrico. Tres cordones plateados salían de la casa y otros dos del departamento de servició. Supongo que mis lectores sabrán a lo que me estoy refiriendo, o sea al "Cordón Plateado" que une al Espíritu y sus vehículos intermedios con el cuerpo físico, al separarse de éste durante el sueño. Dumpbahar me preguntó si quería penetrar en la casa. Hice un esfuerzo y me opuse a lo que hubiera sido mi natural deseo, que, con sólo pensarlo se habría realizado. Pero no consideré honesto penetrar en el secreto íntimo de los inquilinos durmientes, que habían puesto como condición muy especial al contratar la casa, el no ser molestado, en ninguna forma, con visitas relacionadas a mi persona y a mi vinculación con los OVNIS... Claro está que se trataba de una visita en cuerpo astral, invisible. Pero también los inquilinos eran dueños de su legítimo reposo, y aunque estuviesen lejos del lugar en ese instante, nuestra visita a la casa podría atraerlos por mi mismo pensamiento... y no quise romper una promesa aun cuando se tratase de mi forma astral...
El Maestro sonrió.
–Te felicito. Quise probarte y veo que mereces mi confianza. En efecto, no era justo ni conveniente; pero deseaba saber tu reacción... Ahora, regresemos. Es suficiente para una primera salida y para que te vayas acostumbrando a los viajes astrales, pues espero, llevarte pronto, de esta manera, en una visita hasta Ganímedes...
Volvimos a elevarnos y después de dar un paseo por sobre la ciudad dormida, recorriendo en lento vuelo por encima de sus principales avenidas: Salaverry, Leguía o mal llamada Arequipa, Javier Prado, Brasil, Plaza Bolognesi, Paseo Colón, Paseo de la República, Plaza San Martín y Plaza de Armas, emprendimos el regreso...
A los pocos minutos –casi con la velocidad del pensamiento, porque no estábamos apurados le pedí al Maestro permitirme gozar unos instantes al atravesar los Continentes– llegamos, de nuevo, a Janlitpur. Descendimos, como antes, a través de los techos y los muros y, ya en la Cripta, me recordó el Lama la precaución de ingresar en mi cuerpo con cuidado y lentitud, para no causarle trastornos posteriores al cerebro. Lenta y suavemente me tendí sobre mi otro Yo físico. Rahmojan hacía lo propio con el suyo, y experimenté algo así como uña sensación de frío y de opresión de la ligereza y deliciosa libertad de movimientos de que había gozado en mi salida. Pensé que debía reposar hasta el siguiente día, y me propuse dormir serenamente algunas horas...

 

 

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