MI PREPARACION PARA GANIMIDES

JOSIP IBRAHIM

SEGUNDA PARTE

Los Pilares del Entrenamiento

CAPITULO XI


La Visita al Pasaje Secreto

Habían pasado varios meses desde nuestro arribo a Janlitpur. El Maestro se mostraba satisfecho con nuestra conducta y trabajo. Según él, íbamos progresando, y nos avisó que nos preparásemos para un viaje corto, de tres días, en que nos llevaría a conocer el pasaje secreto que sirvió, durante siglos, a los antiguos Hermanos para ingresar o salir de aquel lugar, cuando no se conocía, aún, los helicópteros. Marcharíamos con él, dejando a los niños al cuidado de la española.
Mi mujer y yo estábamos intrigados por los preparativos: cada uno de nosotros deberíamos cargar con un pesado equipaje en el que figuraban ropas muy gruesas, tipo masculino iguales a las que usan los escaladores de los nevados picos de los Himalayas. También, en cada carga personal, conducíamos un par de gruesas y compactas botas que fácilmente se podían usar encima de nuestros zapatos corrientes. Además llevaríamos alimentos conservados, de los que se elaboran en el laboratorio–taller mencionado en capítulos anteriores, amén de linternas de aceite y utensilios para cocinar y comer.
No supimos el porqué de tanto equipo para una salida tan corta. Pero Rahmojan nos dijo que esos tres días serían muy útiles a nuestra preparación, que en ese viaje aprenderíamos lecciones muy importantes. Y nuestra curiosidad no pudo ser satisfecha, tampoco, por nuestros compañeros del Hogar, pues al preguntárseles sobre ese tópico, sonreían y guardaban discreto silencio. Ante nuestra insistencia con la española, a la que más confianza le teníamos, se había limitado a contestar:
–Ya verán ustedes; el Maestro nunca hace nada por capricho. Siempre tiene una razón y un motivo importante... Esperen y verán, por sí mismos, lo que tiene que enseñarles...
Así llegó la mañana en que nos pusimos en marcha. Después del desayuno de frutas, pan integral y leche de cabra con yogurt, salimos con Dumpbahar, cargados con gruesas mochilas en que nos repartimos la carga, cuidando que Rosita condujera el menor peso. Un detalle que me había intrigado sobremanera fue que los tres bultos iban dentro de fundas herméticas a prueba de agua. Como le preguntara al Maestro el porqué de tal precaución, me miró con su característica sonrisa, y en el toso serio y paternal de siempre, repuso:                                                         –
–Debes acostumbrarte a dominar la curiosidad, cuando se te ha dicho que te van a enseñar algo nuevo. Ya sabes que no se puede avanzar en el Sendero si no dominamos todos nuestros impulsos y deseos... En el momento oportuno sabrás para lo que sirve todo esto...
Caminábamos siguiendo el cursó del riachuelo, en dirección opuesta a la cueva de las estalactitas, y pasábamos por los campos de cultivo en que se daba todos los elementos vegetales de nuestra diaria alimentación. Allí, en diferentes sectores, se cosechaba las hortalizas, las verduras y las frutas, los granos y legumbres empleados para el sostenimiento general de la colonia. Y a un extremo, a la derecha del río, llegamos a pasar delante de los corrales en donde pastaban las cabras que nos proporcionaban su leche, requesón y yogurt. Ya los habíamos visitado otras veces y yo, con el israelita y el árabe, trabajamos, periódicamente, en ese sitio.
Seguimos de frente, hacia el fondo del valle. Era una mañana muy hermosa. El sol alumbraba de lleno y sus cálidos rayos temperaban la fresca brisa que bajaba de las cumbres. Nos sentíamos alegres y animados, marchando como colegiales traviesos en un paseo de rutina con el profesor. Cerca de una hora que saliéramos del Hogar, y ya veíamos un pequeño bosquecillo, al fondo, en cuya dirección se perdía el curso de agua.
–Descansen un rato –indicó el Lama–. Tu señora merece un premio por su fuerza y voluntad. Pero debemos guardar energías para el trayecto; aún estamos comenzando y nos falta lo más duro...
Nos descargamos las mochilas y nos sentamos sobre unas piedras.
–Sé que arden en deseos por conocer el motivo de este viaje. En él van a practicar nuevos ejercicios y aprender algo que sólo con la experiencia personal se puede grabar en cada uno... Pero las explicaciones han de venir después, cuando llegue su momento... Sin embargo, ya ustedes saben que lo principal, en este adiestramiento es fortalecer la voluntad, para con ella trabajar en el dominio absoluto del pensamiento. Han venido aprendiendo las lecciones básicas de la teoría fundamental. Pero la teoría, sin la práctica no vale gran cosa. Conoces, ya, que toda la vida interior del Ser gira en torno a su manera de pensar, porque según el hombre piense así serán sus acciones, así será so vida. Nuestros actos son el fruto de nuestras ideas, y si nuestra mente es débil, enfermiza por falta de energía y dé pureza, así, igualmente, será el resultado de nuestras acciones. Nuestras pasiones, actuando libremente sobre nuestra vida interna, generarán toda la serie de errores que vemos en la humanidad. Y las pasiones, las influencias nocivas de nuestra Alma enferma no se pueden arrancar si no tenemos el carácter suficientemente fuerte para reconocer, primero, su artero ataque y oponer, después, toda la fuerza de nuestra voluntad al tratar de liberamos de su nefasta influencia. Para ello, por tanto, hemos de educar la voluntad, fortalecerla en toda forma, de manera que seamos vencedores y no vencidos. El cultivo de la voluntad requiere de ejercicio, de adecuado entrenamiento, como la gimnasia que práctica el deportista para desarrollar y fortalecer sus músculos.
Igual pasa con la voluntad cuando queremos desarrollarla. No basta conocer los métodos. Hay que practicar los ejercicios y enfocar las metas que nos proponemos alcanzar. Y uno de los principales blancos a los que debemos apuntar, como quien practica el deporte del tiro, es la conquista del valor y la destrucción del miedo. Porque el fantasma del miedo, el temor común que a todos acomete, en diferentes grados y con infinidad de motivos, en la diaria lucha por la vida, es lo quemas contribuye a trastornar la vida interna, afectando, incluso, hasta la fisiología y d metabolismo. Los cobardes no pueden aspirar al triunfo y dominio de los planos superiores de existencia. Menos podrán pretender ingresar a mundos superiores al nuestro, en donde sólo tienen cabida los que han vencido las bajas pasiones, los pueriles temores y la debilidad propia de los seres primitivos o subdesarrollados. En esta travesía vais a poder practicar algo de esto, para ayudar a fortalecer vuestro carácter, sin lo cual no podríamos continuar adelante hacia lecciones que requieren, cada vez más, de una fuerte voluntad y de un cada vez más educado pensamiento...
Había transcurrido un cuarto de hora. El Maestro decidió continuar el viaje, y recuperando las mochilas nos pusimos en marcha nuevamente. Nos acercábamos a un gran muro de rocas enormes, como una pared gigantesca en que la montaña se elevaba a cientos de metros del lugar, en que ahora llegáramos. Un pequeño grupo de árboles y abundantes matorrales cubrían la base de aquel precipicio, y en ese diminuto boscaje penetraba el riachuelo, perdiéndose entre el monte.                     .
Ingresamos en la espesura, guiados por el Lama, y nos encontramos ante la obscura abertura de algo así como un túnel que se adentraba en la montaña. Por el centro de ese boquerón corría el curso de agua en dirección a las entrañas del cerro. Nos detuvimos.
–Saquen las botas y cálcenlas, sin quitarse los zapatos.
Abrimos las mochilas, imitando a Rahmojan, y después de ponernos las gruesas y pesadas botas, que nos cubrían hasta las rodillas, miramos al Maestro.
–Ahora, cierren bien la envoltura hermética impermeable, asegurándose deque las bandas de plástico adhesivo tapen todos los intersticios del cierre y síganme..;                                                                                       
Nuevamente con las mochilas puestas, penetramos tras él en la obscura senda. Dumpbahar marchaba adelante llevando en una mano el farolillo de aceite, encendido, y tanteando el piso con su vara. Nosotros hicimos lo mismo y nos fuimos adentrando en las entrañas de la montaña. Caminábamos con lentitud alumbrándonos con los faroles. Las botas eran muy pesadas y de un material duro y muy grueso, con un barniz impermeable y acolchadas por dentro, lo que molestaba, algo, al caminar. Además, la completa obscuridad reinante en ese a manera de túnel, posiblemente horadado por la acción de las aguas durante milenios, y la irregularidad del suelo, no permitían hacerlo en otra forma íbamos en columna india, el Lama adelante, mi esposa al centro y yo atrás. Seguíamos al borde del riachuelo, en los sitios en que sé podía pisar en firme y seco; pero, a cada instante, había que penetrar en el curso de agua, de muy poco volumen, hasta encontrar nuevos tramos con orillas secas.
Así estuvimos andando por aquel pasaje en un largo trayecto, rodean–do enormes rocas y pequeños remansos, del sinuoso riachuelo que se adentraba en el seno de la cordillera, sin saber cuánto duraría tan extraño viaje. Calculé que habrían pasado, por lo menos, dos largas horas. Nos sentíamos cansados. La humedad y el aire viciado nos molestaban y fatigaban. De rato en rato el Maestro se volvía a mirarnos. Sonreía en silencio, y continuaba su marcha. Mi mujer se apoyaba en mi brazo y me miraba, sin atreverse a decir nada. Pasó otra media hora, en mi reloj, y creí que no podríamos continuar, Pero saqué fuerzas de flaqueza. Recordaba las palabras de Rahmojan, y no quería parecer un niño engreído.
De pronto el camino se agrandó. Llegamos a una amplia caverna en cuyo centro se veía una extensa laguna alimentada por el riachuelo. En una pequeña playa, cubierta de peñascos, nos detuvimos por indicación del Lama y nos sentamos en el suelo.
–Muy bien; veo que se portan muy satisfactoriamente –comentó–. Descansaremos un rato para recuperar energías pues todavía falta un buen trecho...
Nos sentíamos agotados, sin fuerzas ni para hablar. No dijimos nada. El inspeccionó previamente el lugar hurgando todos los rincones con el farol y la vara. Después se tendió en d suelo junto a nosotros y cerró los ojos. Pensamos que iba a dormir, pero no nos animamos a imitarlo. Aquel recinto, a la parpadeante luz de las linternas, ofrecía una serie de aspectos fantasmagóricos. Las sombras de las rocas se movían por la vacilante luz de las tres llamas de aceite, y el efecto daba la impresión de que tuvieran vida y movimiento. Mi mujer se había recostado en mi hombro, y yo velaba nervioso y cansado pero sin atreverme a cerrar los párpados.
No sé cuánto duró ese descanso. Me desperté al sentir que alguien me movía el hombro. Me había quedado dormido, sin darme cuenta, y el Lama estaba junto a mí, de pie, sonriendo. Nos dijo que teníamos que despojarnos de las ropas, conservando sólo las prendas interiores, porque íbamos a vadear la laguna, la única manera de poder continuar. Yo miré a mi mujer en silencio. Ella, confundida, no sabía qué partido tomar.
–No duden –dijo él, con voz autoritaria–; deben recordar lo que hemos hablado del carácter... y estamos en la intimidad de Hermanos unidos en un mismo propósito...
Dando el ejemplo, se quitó las botas, conservando las sandalias; guardó sus ropas dentro de la mochila y se quedó sólo con una misa. Yo lo imité y Rosita no tuvo más remedio que hacer lo mismo, permaneciendo únicamente con el sostén y el calzón. La temperatura en la caverna era templada, pero el agua estaba muy fría. El nos guiaba. A la luz de los faroles no se alcanzaba a ver el otro extremo de la laguna. La profundidad no era mucha: nos llegaba hasta la cintura. Así avanzamos un buen trecho; pero nos dimos cuenta que la profundidad iba aumentando, hasta que el agua nos llegaba ya hasta el cuello. Rahmojan seguía imperturbable y nosotros no podíamos hacer otra cosa que seguirlo. Al fin distinguimos que la cueva se angostaba hasta llegar a un nuevo túnel. El piso subía casi con brusquedad, y en pocos minutos estábamos otra vez fuera de la laguna, avanzando por el lecho del río. Así caminamos unos minutos más, y llegamos a otra minúscula playa.
–No salgan del agua –previno el Lama–; voy a inspeccionar si no hay víboras...
Y con precaución alumbró todos los contornos de ese espacio abierto y las piedras que en él habían.
–Podemos vestirnos con tranquilidad –comentó sentándose en una roca y abriendo la mochila.
Mi mujer y yo seguimos su ejemplo. Nos despojamos de las prendas mojadas y nos vestimos de nuevo. Por indicación de él, esta vez nos pusimos toda la ropa que traíamos y dos pares de medias gruesas bajo las botas.
–Ahora tenemos que caminar con mucho cuidado –nos dijo– porque vamos a entrar al último tramo, y antes de salir hemos de pasar por una zona llena de víboras.
Mi mujer hizo un gesto. Yo le apreté suavemente la mano. Rahmojan se rió.
–Hay que dominar el miedo. Recuérdenlo bien. Por eso hemos traído estas botas especiales...
Volvimos a cargar con las mochilas y nos metimos otra vez en el cauce del riachuelo. Caminábamos despacio y alumbrando el suelo con los faroles. El –Lama inspeccionaba detenidamente los contornos y hurgaba con la vara antes de avanzar. Así continuamos un rato hasta que una lejana luz nos anunció la cercanía de la salida. Pero a medida que nos aproximábamos al término del túnel, vimos qué a ambos lados del curso de agua brillaban en la oscuridad puntitos luminosos que aparecían y desaparecían. Comprendí que eran los ojillos de un regular número de ofidios que, entre las peñas, huían asustados por la luz de las linternas. Estábamos cerca ya, a un boquerón por donde penetraban los rayos del sol y a la luz del atardecer pudimos ver que por las orillas del riachuelo y entre las peñas de la ribera, se deslizaban numerosas serpientes.
Mi mujer no pudo contener un grito ahogado. Yo la abracé. Dumpbahar nos miró en silencio y prosiguió su marcha impertérrito. –¡No se detengan!
Haciendo un esfuerzo, obligué a Rosita a seguir, abrazándola. En efecto, había que salir de ese lugar lo antes posible. Y mirando dónde poníamos los pies, dentro siempre del agua, que ahora corría tumultuosamente, llegamos hasta la salida del boquerón. Allí, en ambos lados, crecían matas que bien podían ocultar alguna víbora. En el momento de trasponer los últimos peñascos de la entrada, vi que un objeto, con la rapidez del rayo, saltó sobre la pierna del Lama. Una serpiente como de medio metro de largo había clavado sus dientes en la gruesa bota, quedando unos segundos, como prendida del duro material. Sin embargo fue tiempo suficiente para que el Maestro, con un rápido golpe de vara la arrojase contra una piedra, aplastándole la cabeza con otros dos golpes más...
Corrimos fuera. Estábamos en una quebrada descendente, en las estribaciones de una majestuosa cumbre nevada, y por ella se despeñaban las aguas del riachuelo hasta perderse en la distancia. Más o menos a unos trescientos metros abajo del sitio donde nos habíamos detenido, se divisaba una cabaña en la soledad de aquel paraje. Fuera de ese detalle, no se advertía la menor señal de vida humana o animal en todos los contornos.
–Vamos para allá –nos explicó nuestro guía–. Ya está cayendo la tarde y en ese sitio podemos pasar la noche para regresar mañana temprano.
Por el trayecto nos contó que se trataba de un albergue construido por los monjes, muchos años atrás, cuando aún no disponían del helicóptero; y que allí reposaban, a la ida y al regreso, cada vez que tenían que viajar por algún motivo de importancia.
–Después, ya nadie le ha dedicado mayor atención. Este lugar está alejado de todas las rutas conocidas, y si alguien hubiera venido hasta aquí habría supuesto que se tratara de un albergue de "sherpas" o guías de los montañistas.
Al llegar a la cabaña la encontramos con huellas inconfundibles de no haber sido utilizada en mucho tiempo. Pero se hallaba en buen estado de conservación. Las paredes de piedra resistieron bien el paso de los años, y las maderas que sostenían el techo de paja aún cumplían su cometido. Por lo demás, en un páramo desierto como ése, no dejaríamos de contar con cierta relativa comodidad. Adosados a las paredes vimos hasta cinco toscos lechos de piedras cubiertos con pieles de cabra, y en el centro de la estancia se apreciaba, aún, los restos de un hogar en el que se había encendido fuego muchas veces, a juzgar por las cenizas. Lo único que faltaba era la puerta. Al parecer, nunca la tuvo.
–No importa –comentó el Lama– Aquí sólo han pasado, siempre, una noche... y con nuestros modernos sacones de dormir no nos irá del todo mal.
Eran las cinco de la tarde y sentíamos hambre. Teníamos una cocinilla portátil de kerosene y dos ollas, amén de los alimentos que portáramos en las tres mochilas. Rosita se dispuso a preparar la cena y, mientras tanto, yo me puse a conversar con Dumpbahar. El estaba satisfecho de cómo nos habíamos comportado. Esta experiencia iba a sernos muy útil para retemplar el carácter y acentuar nuestro sentido de la obediencia y afirmar la disciplina encaminada al mejor logro de nuevas pruebas, en el proceso de afianzamiento del YO superior interno. Nos explicó muchas de las pruebas que, en todos los tiempos, han tenido que cumplir los aspirantes a la Iniciación, y nos adelantó que, dentro de poco, pensaba prepararme para un primer ensayo de ingreso voluntario y consciente en la Cuarta Dimensión.
–Pero eso no es posible intentarlo mientras no se haya vencido totalmente el fantasma del miedo. Tenemos que ser absolutamente serenos. Evitar toda forma de temor, como ya les he dicho. Si no logramos alcanzar una calma absoluta, una serenidad a toda prueba, no podemos pensar en enfrentarnos a los peligros morales, mentales, intelectuales, psíquicos y físicos de la Cuarta Dimensión. Una cosa es que en ella actuemos, todos los días y todas las noches, de manera inconsciente, y otra, que pretendamos hacerlo a plena consciencia. Todas las noches, al dormir, penetramos en la Cuarta Dimensión. Pero lo hacemos sin conciencia de lo que está sucediendo. O sea que no nos damos cuenta cabal del fenómeno que estamos viviendo. Y así, pasamos por ella, o actuamos en ella sin que nuestro cerebro capte directamente nada, porque, en cierta forma, está desconectado de nuestro YO interno. Se encuentra reposando, como lodo el organismo físico, para el trabajo de recuperación que hace, entonces, nuestro Doble Etérico o Cuerpo Vital. Pero al mantener el contacto con el cerebro, en el pase consciente, las manifestaciones de este plano de la Naturaleza pueden atacar, directamente, a nuestro organismo psíquico y físico. Debe recordarse que la Cuarta Dimensión es el asiento de todos los diferentes aspectos de la vida emocional, y que en ese mundo o plano de la Naturaleza, habitan multitud de seres, desde los más elementales, como este mismo nombre da a entender, hasta los más puros y bellos exponentes de la superación humana y suprahumana. Pero no están juntos, por lo regular. Los superiores se encuentran en los subplanos más elevados y, aun cuando pueden pasar o ingresar en los niveles inferiores, no lo hacen de continuo sino en casos especiales, o en cumplimiento de misiones específicas. En cambio, los seres más atrasados, los múltiples exponentes de la degradación humana y de las fuerzas inferiores de la Naturaleza, no pueden subir a los subplanos superiores y se encuentran pululando en los bajos niveles que, precisamente, son a los que de manera forzosa han de entrar quienes estudian todo esto...
Cuando se ingresa voluntaria y conscientemente, y eso tiene que ser de forzosidad por los planos inferiores, quienes no han alcanzado los niveles superiores de la evolución –y así está la mayoría de nuestra humanidad– se ven rodeados por una multitud de seres de las más grotescas, repugnantes y horribles formas que sea dable imaginar. Engendros verdaderamente diabólicos acosan al visitante, se burlan de él y lo amenazan. Porque las entidades que. pueblan esos subplanos constituyen las más bajas y atrasadas formas de vida entre los espíritus de la Naturaleza, y junto a ellas se encuentran en esos niveles las almas de los más atrasados especimenes de nuestra humanidad.

Todos los criminales, viciosos y pecaminosos seres que han fallecido en tal estado en nuestro mundo físico, habitan en esos subplanos hasta que su gradual adelanto moral y espiritual les permita subir a niveles superiores.
De tal suerte es lógico suponer el sufrimiento, las mortificaciones y terribles impresiones que esperan en tales lugares del Cosmos a quienes penetren en ellos sin la debida preparación. Cuando este ingreso es involuntario e inconsciente, como puede suceder, durante el sueño,– esas reacciones no afectan directamente al ser integral, porque su parte física, incluyendo el cerebro y el sistema nervioso están separados del alma, que es la que penetra en aquellos sitios. Esta es la razón de algunos sueños terribles que suelen tener determinadas personas. Pero la impresión es pasajera al no llegar, de lleno al organismo físico. Sin embargo, muchos tendrán recuerdo de las impresionantes experiencias y hasta del malestar físico experimentado en tales ocasiones. Además, en esos casos, nuestros protectores invisibles, aquellos seres que las religiones denominan "el ángel guardián" protegen al durmiente que involuntariamente se ha puesto en contacto con aquellos subplanos... Pero, cuan–do en uso del libre albedrío, se ingresa voluntariamente en ellos, tal protección queda anulada y es de toda responsabilidad para el sujeto sus acciones y, por tanto, las correspondientes reacciones o efectos que ha de tener, como ya lo viéramos al tratar de la Ley de Causas y Efectos. Y el que no está preparado adecuadamente, ha de sufrir, con toda justicia y lógica, las con–secuencias de su irresponsable conducta. De ahí los nocivos y variados resultados que tal incursión pueda ocasionar al ignorante y al imprudente. Las consecuencias, dentro de la gran variedad de casos que se puede presentar, llegan a una infinidad de fenómenos psíquicos, mentales y físicos que van desde pequeños trastornos en el sistema nervioso y cerebral, hasta tremendas conmociones de todo el organismo, graves enfermedades mentales, desequilibrios orgánicos y hasta la misma muerte violenta por súbitas reacciones sobre el sistema cardio–vascular. Muchos ejemplos de todo esto los tenemos en las diversas manifestaciones que presentan algunos viciosos, como los alcohólicos en los casos de delirium tremens, y el de los drogadictos que, mediante una u otra pócima alucinógena de las que hoy se emplean, desgraciadamente, en muchos sitios, pueden, momentáneamente, romper la barrera del mundo astral, con toda la secuela de terribles consecuencias que ello ocasiona y que tos médicos psiquiatras conocen perfectamente en sus tristes resultados.
Pero a los que su preparación adecuada les ha permitido un previo
desenvolvimiento de todas sus facultades, una transformación gradual y positiva de todo su ser, alcanzando la pureza moral y la fortaleza integral de sus respectivos vehículos fluídicos superiores, aquella experiencia no entraña el menor peligro ni molestia, pues al haber logrado tal adelanto de su YO interno, poseen ya un aura resplandeciente y el poder luminoso de esa aura ahuyenta, pone en fuga a todos esos engendros, porque es muy cierto el aforismo antiguo y popular de que "la luz vence a las tinieblas"...  Los rayos de diversa coloración y de diferente energía luminosa de las auras, según las condiciones en que se encuentren sus poseedores, atraen o repelen a las entidades del astral o Cuarta Dimensión, por lo mismo que hemos explicado al tratar sobre las leyes de atracción y repulsión, de afinidad y semejanza... Y un aura sucia, débil y poco luminosa, con rayos emitidos por las bajas pasiones y la imperfección del ser, atraen a los elementos semejantes; como el esplendor y hermosa luminosidad de las auras fuertes y puras repelen, dominan y hacen huir á sus contrarios... Por todo esto, quien penetra en esos planos de la vida en tales condiciones es como si estuviera protegido por una invulnerable armadura, y puede discurrir por esos subplanos sin verse afectado por ellos y pasar a los subplanos superiores sin la menor molestia, en la misma forma en que lo hacen todas las almas y espíritus elevados y puros.
Mi mujer terminaba de preparar la comida. Las últimas luces del Crepúsculo alumbraban tenuemente la cabaña, y nos sentamos en los toscos lechos de piedra para repartirnos, fraterna y alegremente, la frugal cena, consistente en una sopa de legumbres y un guisado a base de carne vegetal, mezcla de pasta de soya y gluten, con arroz, y una porción de pan integral preparado con harina de camote y soya, amén de las correspondientes porciones de requesón con miel de abejas.                         ,
Terminada la cena, sin desvestimos, nos metimos en nuestras bolsas de dormir, cada uno en su camastro, y nos dispusimos al reposo que buena falta nos hacía...
                                                                                          .
***

Con los primeros resplandores de la aurora estábamos ya listos para emprender el regreso. Después de un desayuno de fruta, pan y requesón con miel, cargamos nuestros bultos y nos dirigimos cuesta arriba hacia el boquerón de las víboras. Al llegar, el Lama recogió tres ramas fuertes y secas y con ellas preparamos unas teas amarrando en los extremos paja embebida en grasa disuelta con kerosene de la hornilla.
–Ahora vas a marchar tú por delante– me dijo.
Comprendí que quería probarme. Y encendiendo las antorchas, penetramos en el boquerón caminando, otra vez, por el centro del curso de agua. Avanzamos con toda prudencia, alumbrándonos con las teas, que proyectaban una fuerte luz, y moviéndolas hasta cerca del suelo para ahuyentar a las serpientes. Esta vez me sentía más seguro de mí mismo y pude ver claramente cómo los ofidios huían al avanzar nosotros, por temor al fuego. Así pudimos caminar más rápido, hasta llegar a la pequeña playa en donde nos habíamos vestido al salir de la laguna. Ahora, el asunto era a la inversa. Con la experiencia anterior, todo fue más fácil. Cruzamos la laguna y nos cambiamos al salir de ella. Pero estábamos frescos, y no hubo necesidad de descansar como la otra vez.
De tal suerte, el viaje de regreso nos pareció mucho más corto, y al promediar el día llegábamos a nuestro Hogar, en donde nos esperaban con un suculento refrigerio vegetariano. Los chicos nos abrumaban a preguntes, y nuestros compañeros de vivienda, guiñando un ojo, nos preguntaban, con sorna, cómo nos había ido. En particular, Maruja, la española, que al servir las viandas, se dio tiempo a comentar:
–No podíamos decirles nada, para que pudieran aprender esas lecciones por cuenta propia...

 

 

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