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PRIMERA PARTE
CAPITULO I
"Nuestro Viaje a Janlitpur"
En mi libro anterior, "YO VISITE GANIMEDES...", explicaba cómo fui aleccionado por nuestro Muy Amado Hermano "Pepe" sobre la forma en que él podría continuar instruyéndonos desde ese lejano satélite del planeta Júpiter, a través del receptor–transmisor que trajera de allá y que dejó en mi poder, con instrucciones específicas y concluyentes. Ante todo, quiero explicar el porqué del apelativo de "Muy Amado Hermano" empleado por mí en varios pasajes de esta obra: es el título que acostumbramos darnos los miembros de la Antigua y Soberana Orden a la que pertenecemos todo el grupo que trabaja, abnegada y firmemente, en la misión de hacer conocer a la humanidad los trascendentales mensajes de estas horas cruciales para nuestro mundo. Y quienes leyeron "YO VISITE GANIMEDES..." estarán enterados de que esa pequeña y maravillosa máquina, del tamaño de una simple y muy chica máquina fotográfica moderna o de una radio a transistores, me ha servido para seguir comunicándome, a través de más de setecientos sesenta millones de kilómetros, con nuestro Hermano, desde los días en que dejó la Tierra para siempre.
De tal manera, cumpliendo estrictamente sus instrucciones, fui arreglando mis asuntos profanos para estar en condiciones de alejarme, lo más pronto posible, de mis ocupaciones y compromisos diarios de todo orden, a fin de conseguir que mi familia pudiese cambiar de vida y de domicilio en el momento oportuno. Al escribir estas líneas han transcurrido algo más de dos años de la fecha en que "Pepe" abandonara definitivamente la Tierra, como se narra con lujo de detalles en mi anterior libro. En ese lapso, me preparé con todo esmero a fin de estar listo a viajar con mi esposa y mis hijos, a un lejano lugar de Asia a donde seríamos conducidos en cuanto estuviéramos en condiciones de olvidamos, para siempre, de la vida que, hasta entonces, habíamos llevado. Esto fue lo que motivó nuestro paulatino alejamiento del ambiente que nos rodeara, y la consigna dada a nuestros Amados Hermanos mencionados en el prólogo, a fin de no ser molestados ni interrumpidos en el adiestramiento previo a nuestro viaje.
Así llegó el momento ansiado, y también, por qué no decirlo, confusamente temido –temido por nuestra aún débil contextura psíquica, y la poderosa influencia de este mundo al que tantos años de experiencia terrena todavía nos unía– de salir de nuestra América Latina, de nuestra patria peruana, para alojarnos en un desconocido y misterioso monasterio perdido entre las nevadas cumbres de los Himalayas. Ya lo expliqué, muchas veces, al escribir "YO VISITE GANIMEDES...", cómo me sentía, a cada paso, enormemente confuso, profundamente aturdido por culpa de mi atraso mental y psíquico en comparación con nuestro Hermano "Pepe"... y todo lo que Él nos enseñara, a manera de base elemental de nuestra futura preparación, sólo era un leve prólogo de lo mucho que teníamos que aprender si queríamos estar en condiciones de aspirar a conocer Ganímedes. Pero nuestra ignorancia y temor fueron dominándose, poco a poco gracias a la amorosa ayuda de Pepe, que todas las semanas, sin faltar una sola y en dos días cada una, se comunicaba con nosotros a través del mencionado aparatito. De tal suerte, seis meses después de su partida, estábamos listos para dejar nuestro hogar, nuestras ocupaciones acostumbradas y nuestras amistades, para emprender la marcha hacia el enigmático lugar en donde sería realizada la profunda transformación de todo el grupo.
Se me dijo que nos llevarían a un apartado valle enclavado entre las imponentes cumbres de los Himalayas, y que ese lugar era conocido solamente por muy pocos, vale decir por aquellos que han tenido el privilegio de recibir una adecuada educación iniciática espiritual, mental y psíquica, dentro de una cerrada Escuela u Orden que no figura ni en la Historia ni en los mapas... Pepe me aleccionó en el sentido de no preocuparnos, mayormente, por el equipaje que sería menester, pues nuestra vida en ese sitio habría de cambiar, íntegramente, de todo lo conocido hasta entonces. Y nos previno que el viaje se efectuaría en una de las astronaves que el vulgo llama "platillos voladores"...
Quienes han leído mi libro anterior, repito, estarán familiarizados con la casa de Monterrico, en la zona residencial de la capital peruana, Lima, conocida con ese nombre. Esta casa, que fuera de Pepe y desde la cual fue transportado en un OVNI cuando viajó a Ganímedes, casa que me legara y en donde viví hasta el día de nuestra partida para el Asia, ha servido, otra vez, como aeropuerto de salida en nuestro viaje al Oriente. Debo pedir perdón a mis lectores por las continuas alusiones a ese libro, pues ha de tenerse en cuenta hechos importantes que fueron referidos en tal obra y que resultarían incomprensibles a quienes leyeran estas líneas sin haber conocido los hechos narrados en el anterior trabajo. Y uno de esos hechos es el referente al jardín de nuestra casa de Monterrico, en el cual, por su amplitud, pudo descender, varias veces, una de aquellas astronaves conocidas vulgarmente como OVNI.
Los que en el Perú, más concretamente en Lima, conocen aquella hermosa zona residencial, todavía no poblada totalmente, y en la que existen amplias áreas cubiertas de frondosos prados y magníficos jardines, sabrán, también, que ese lugar de la periferia urbana de la Gran Lima es visitado frecuentemente por las máquinas extraterrestres mencionadas, y tal conocimiento es común, en particular, a los miembros de nuestra Orden que, en varias oportunidades también, han llegado a realizar contactos directos con OVNIS en esa zona. Por tanto, no debe extrañar a nadie que la máquina encargada de conducirnos al Oriente descendiera por nosotros en nuestro propio jardín.
Nuestro amigo y Hermano Pepe nos había comunicado, con antelación, la fecha en que vendría a llevarnos. Y lo mismo que en el caso anterior, cuando él se fue, tuvimos el tiempo suficiente para preparar nuestra partida, sin dejar en esa parte del mundo nada que pudiera ser motivo de preocupación posterior. Todos mis asuntos personales, económicos y sociales, fueron liquidados, a fin de no dejar atrás nada que pudiese ocasionar ulteriores preocupaciones o molestias a nadie. Y la educación y experiencias recibidas por los míos y por mí durante esos seis meses que mediaron entre la partida de Pepe y nuestro viaje de adiestramiento al Oriente, fueron suficientes para que, llegado el momento, ya no sintiéramos la tremenda impresión que nos causó, en otro tiempo, la presencia de un OVNI y su descenso en nuestro propio jardín.
Se nos había prevenido, como dije, la fecha exacta en que bajarían por nosotros. Como de costumbre, la hora sería en la madrugada, cuando todo el vecindario duerme y no hay posibilidad en esa extensa zona para intromisión de curiosos. Listos nosotros y dos Hermanos nuestros que quedarían a cargo de la casa y de algunas últimas diligencias de Nuestra Orden, nos reunimos esa noche en una cena fraternal de despedida. Para ninguno del grupo iba a ser una novedad aquello. Tanto nuestros en territorio del Nepal; pero me dijo que nadie, en el exterior, conoce aquel sitio, pues está enclavado entre altas montañas nevadas en una zona verdaderamente inaccesible, a la que únicamente se puede llegar por el aire, con helicópteros, porque no tiene absolutamente pistas de aterrizaje, o por un pasaje secreto, a través de la montaña, que es sólo conocido por los monjes que allí viven.
Rosciano guardó silencio. Se paseó un rato por el salón, como si se concentrara en algún pensamiento muy íntimo, y de pronto, mirándome con fijeza, me dijo:
–Eso está vinculado a lo "Nuestro", ¿verdad?
–Sí; es una rama de Nuestra Orden...
–Ya... comprendo que no se puede hablar en público...
Miramos a los demás. Mi esposa daba algunas instrucciones a la criada. Mis hijos estaban en el jardín, oteando el cielo en su afán por ver llegar al OVNI, y nuestro Hermano Pedro hojeaba una revista, cómodamente arrellanado en un sillón.
El reloj de pared marcaba tres minutos para las dos de la madrugada. Mi inquietud se iba acentuando. Rosciano, dando vueltas en tomo mío, volvió a sonreírse y me guiñó un ojo.
–Ya falta poco –me dijo.
En aquel momento mis hijos nos llamaron a gritos.
–¡Hay luz en el cielo! ¡Parece un OVNI!
Todos corrimos al jardín. Efectivamente, una luz como un gran lucero se movía en el firmamento, como si viniera en dirección a nosotros. Yo sentí como un ligero escalofrío que me recorría la espalda. Me volví hacia Rosciano, que me tomó el brazo presionándolo como para darme aliento. El corazón me palpitaba con fuerza. Mi esposa se acercó a mí y me tomó de la mano. Todos habíamos formado un grupo junto a la puerta del comedor. La luz se acercaba a gran velocidad. Ya podía percibirse una circunferencia luminosa que parecía girar sobre sí misma y que en pocos segundos llegó a colocarse exactamente sobre nosotros. Estaría más o menos a unos quinientos metros de altura, y podíamos apreciar con claridad que se trataba de una gran máquina redonda rodeada por un círculo de luces parpadeantes... Comenzó a descender, suavemente, y de su centro brotó un poderoso haz de luz blanca–amarillenta que iluminó el jardín.
Nos miramos todos en silencio. Mi esposa me apretó la mano. Rosciano y Pedro me sonreían, como deseando confortarme. Yo sentía un ligero estremecimiento... La astronave estaba ya a punto de tocar tierra, y los chicos gritaron:
–¡Qué grande es el "platillo...!
Les hice una seña de que guardaran silencio y esperamos.
El OVNI acababa de posarse, lentamente, sobre el grass. Vimos que se abría como un mamparo en la cúpula central y una escalerilla mecánica se compañeros como mi esposa, mis hijos y yo, habíamos estado prevenidos y no era la primera vez que pudiéramos ver de cerca un OVNI.
Pero nunca habíamos viajado en una de esas máquinas, y esto no dejaba de causarnos cierto desasosiego. Mi esposa y los chicos, a quienes yo había dado intervención en todas las sesiones en que recibíamos instrucción comunicándonos con Pepe por intermedio del receptor–transmisor, estaban ya acostumbrados a cuanto se relacionaba con los OVNIS, y, aparentemente, lo que demostraban era una marcada curiosidad por conocer la astronave y a sus tripulantes. Yo –debo confesarlo–, sintiendo esa misma curiosidad, no dejaba de experimentar un ligero temor, algo imperioso, pero que se manifestaba en una nerviosidad que, a duras penas logré disimular.
Mi Hermano Rosciano me observaba en silencio. Varias veces lo vi sonreír; al fin, en un aparte, me dijo:
–Te noto excitado... ¿qué te pasa, Yosip?
–No sé... quizá sea que anoche no pude dormir bien... Tú comprendes... Tantas cosas...
–Es natural; para Uds. representa un cambio de vida total.
–Y, no quiero que ellos se den cuenta, ¿entiendes?... Pero ¿cómo será la vida en ese sitio?... ¿dónde quedará Janlitpur?
–¿Pepe no te ha dicho dónde queda?
–Claramente, no. Sólo me ha explicado que es un lugar muy apartado proyectó hasta el suelo. Una figura humana, vestida con un ajustado "buzo" de aspecto metálico resplandeciente bajó por ella y se dirigió hacia nosotros.
– ¡Pepe! –gritamos al unísono.
En efecto, era nuestro Hermano "Pepe". Corrimos a su encuentro y lágrimas de alegría nos abrazamos todos. Estaba igual a como lo viéramos la noche de nuestra despedida, en ese mismo lugar, dos años y meses atrás. Entramos con él al comedor y allí pudimos apreciar mejor la vestimenta que llevaba. Era, como ya dije, una especie de mameluco ajustado, algo así como el traje que usan nuestros hombres–rana para sumergirse. El material parecía metálico; pero demostraba una flexibilidad comparable a la más fina tela, y sumamente brillante. Le cubría todo su cuerpo, dejando solamente el rostro descubierto, pues las manos llevaban algo así como guantes del mismo tipo.
–Veo que todo está igual –comentó, paseando su vista por los contornos de la que fuera su casa–. Y ahora, se empieza a cumplir mi promesa–de llevarlos a Ganímedes... Mejor dicho, a "nuestro" "REINO DE MUNT"...
–¿Has dicho "NUESTRO" Reino? –le preguntó Rosciano.
–Sí, Hermano; ya soy de aquel mundo... Y espero que ustedes, algún día, también lo serán... Pero no perdamos tiempo. Nuestros Hermanos esperan en la nave y después de llevarlos a ustedes a Janlitpur tienen que cumplir otras misiones importantes en lugares diferentes de nuestro sistema solar. Yo he venido con ellos para acompañarlos en el viaje y darles mayor fuerza, porque todavía no están lo suficientemente preparados para desechar el infantil temor que veo en todos... Pero una vez que los hayamos instalado allá, deberé regresar a Ganímedes a continuar mi labor diaria.
–¿Ya estás trabajando allá?
–Naturalmente; en ese mundo, como ya te había explicado, no se conoce la ociosidad. Todos desempeñan algún tipo de labor...
–Y ¿cuál es la tuya?
–Junto con varios de nuestros hermanos de la Tierra, trasladados en otros tiempos trabajamos en un instituto que se dedica a readaptar a los que van llegando de este planeta y que necesitan un régimen de vida especial para su completa adaptación a ese mundo.
–¿Son muchos los que están llevando de acá?
–Un número regular... pero serán más a medida que transcurra el tiempo y se acerquen las fechas de los grandes cambios terrestres.
Todos nos miramos en silencio. Pepe nos pidió ser breves. Salimos al jardín y nos aproximamos a la máquina. Era una gigantesca lenteja metálica, refulgente. Tendría irnos veinte metros de diámetro, y a través de las ventanillas de la cúpula central vimos a varias personas que nos observaban, sonrientes.
Con un emocionado abrazo y el Beso Sagrado de Nuestra Orden, me despedí de mis dos Hermanos, que quedaban a cargo de la casa y de mis últimos asuntos en el Perú, y subiendo la escalerilla tras de Pepe ingresamos en la astronave. El interior era una estancia circular, amplia, Ilota de tableros de control, botones y llaves, y una serie de pantallas parecidas a nuestros televisores. Allí nos esperaban tres personas, vestidas en forma igual a nuestro amigo. No parecía existir gran diferencia entre aquellos seres y nosotros. Solamente los ojos, un poco rasgados y de un brillo extraordinario. Lo que más me sorprendió fue que nos hablaron en perfecto castellano. No necesité expresar mi sorpresa: me leyeron, seguramente, el pensamiento, y el que parecía el jefe me respondió:
–Podemos hablar cualquier idioma... .
En seguida, se colocaron cada uno frente a un tablero de controles. No vi que movieran ninguna llave con las manos. Pero los mamparos de entrada se cerraron y se escuchó un leve silbido en la máquina, y noté un ligero movimiento vibratorio. Pepe me indicó que nos acercáramos a una ventanilla y me quedé pasmado al ver que ya nos estábamos remontando con creciente rapidez. El jardín de nuestra casa y nuestros dos Hermanos aparecían como un pequeño tablero de ajedrez y dos piezas del mismo juego, y a los pocos segundos se habían confundido entre las lejanas luces de la Gran Lima, que se iban perdiendo en la distancia...
A poco, sólo vimos la obscuridad de la noche tachonada de estrellas. La astronave volaba sin el menor ruido y daba la impresión de que estuviera estática en el espacio. Nos apartamos de la ventana y me puse a observar el ambiente que nos rodeaba. Era una cabina redonda, con techo enteramente abovedado y circular, como una semiesfera de una altura máxima de 2,80 a 3.00 metros, en la que estábamos cómodamente instaladas las ocho personas. Repartidos en la estancia había cuatro sillones de aspecto metálico y rígido; pero al sentarse uno en ellos resultaban tan suaves y mullidos cual él más confortable de nuestros mejores muebles de la Tierra. Los tableros y pantallas de control estaban ubicados equilibrada y armónicamente entre los espacios ocupados por las ventanillas, desde las que podía apreciarse la forma y extensión exterior de la máquina, que a nuestra vista aparecía como una plataforma circular ligeramente convexa, en todo el contorno de la cúpula central en la que nosotros íbamos. Todo el aparato despedía una extraña luminiscencia que nos destacaba de la oscuridad reinante en torno nuestro. Los tres tripulantes seguían atentos a los mecanismos de control; pero, de rato en rato volteaban a mirarnos, sonrientes y amables,' con una expresión que me pareció algo paternal, como cuando los adultos, en la Tierra, observamos a los niños que juegan...
–No te extrañe –me dijo Pepe, sin que yo le hubiera preguntado–– para ellos somos como niños... Nos separa un millón de años de adelanto...
Lo miré en silencio. Me había adivinado el pensamiento y así se lo dije. '' Sonrió, y en sus ojos observé un brillo inusitado.
–Tú también, y los tuyos, alcanzarán a conocer el pensamiento ajeno una vez que hayan ingresado a esa sociedad maravillosa, porque allá no hay egoísmos ni hipocresías... Desde que lleguen a Ganímedes se les irá preparando para que, un día, logren ser como ellos..–. Sólo así podrá cumplirse el prodigioso destino de quienes, más tarde, serán los padres de la nueva raza que pueble una nueva Tierra, ya regenerada y lista a cumplir las promesas Crísticas...
Nos miramos en silencio y de aquel fugaz aparte nos distrajo un lejano resplandor que aparecía a través de las ventanas.
–Es el Sol del nuevo día.
–¿Qué... si apenas son las dos y media de la madrugada? –Eso crees tú, Yosip... Pero la hora que marca tu reloj es la del Perú, en estos momentos, y te has olvidado que volamos rumbo al Oriente y a una velocidad que nos permite hacer en minutos lo que los más veloces aviones de la Tierra tendrían que emplear muchas horas. Y estamos acercándonos a las costas de África y en Asia es ahora de día.
Nos asomamos todos a los ventanales. Los tripulantes sonreían y mi mujer, mis hijos y yo contemplamos, absortos, cómo se iba iluminando el horizonte. Pero no veíamos tierra, sino un lejano mar de nubes. –Viajamos a más de veinte mil metros de altura –nos explicó Pepe–. Así no nos exponemos a interferir ninguna línea de vuelo terrestre y no nos pueden ver desde abajo.
En esos pocos segundos ya era de día. Pero aún nos resultaba imposible ver sobre qué región volábamos. Quise reajustar mi reloj, y mi amigo volvió a sonreír.
–Espera; ya lo harás cuando lleguen a Janlitpur. Todavía falta un poco, pero la diferencia en horas sería no obstante de importancia...
Nos sentamos un rato. No era que estuviésemos cansados. Era, más bien, la impresión penosa de nuestra inferioridad. Pepe nos reanimó de nuevo. Nos habló cariñosamente, diciéndonos que debíamos tratar de acostumbrarnos con rapidez a los muchos cambios que habríamos de experimentar en estos tiempos de arduo adiestramiento. Miró las pantallas de control y nos llamó a las ventanillas.
–Ya estamos llegando –nos dijo–. ¿Ven esos picos nevados hacia los que nos dirigimos?... Son los Himalayas. Dentro de unos minutos estaremos descendiendo en Janlitpur. –
Yo miré mi reloj. Marcaba las dos y treinta y cinco: 35 minutos, solamente, desde nuestra salida del Perú...
Está de más explicar la emoción que nos embargaba. Rosita me miraba, confusa, nerviosa. Mis hijos no se apartaban de la ventana. Los tripulantes tornaban a sonreír y mirarnos paternalmente. Y nuestro Hermano, leyendo, probablemente, nuestros pensamientos, nos acercó de nuevo al ventanal. El paisaje, ahora, se veía con toda claridad. Volábamos suavemente sobre una región montañosa de impresionante belleza: grandes picos nevados contrastaban con negras laderas y profundos valles en los que, entre aterradores precipicios, aparecían algunos verdes prados. Las gigantescas moles de la más allá cordillera de la Tierra, se nos mostraban en toda su majestuosa potencia. Era un paisaje agresivo, imponente, formidable. Los milenarios glaciares y los heleros que se adentraban en el corazón de esa maraña orogénica, alternaban su formidable reciedumbre con los apacibles vallecitos en algunos de los cuales distinguimos, ya, ganados pastando y poblados pequeñitos. Los rayos del Sol matizaban con un concierto de luces doradas, rosas y celestes medias tintas, ese extenso panorama de rocas y de nieve. Y frente a nosotros, que ya viajábamos a marcha lenta, se divisaban las grandes moles de un conglomerado de picos al cual parecía que nos estábamos dirigiendo. –Allá está Janlitpur–nos explicó Pepe.
–La máquina seguía descendiendo lentamente. Llegamos hasta aquel macizo montañoso y, al trasponer las altas cumbres nevadas, nos encontramos sobre un hermoso y profundo valle, rodeado por gigantescos farallones de roca viva, en medio del cual serpenteaba un pequeño río de aguas cristalinas. Una recia construcción, al parecer de piedra, se levantaba no lejos del curso de agua, y un poco más hacia la derecha se veía una moderna mansión, de estilo inglés antiguo. Entre ambas, en un amplio espacio abierto rodeado de jardines, había un grupo de personas vistiendo blancas túnicas, que parecían esperarnos.
–Hemos llegado –fue la lacónica explicación del jefe de tripulantes.
La astronave se posó lentamente sobre el grass de aquella explanada, y el mamparo de salida se abrió. Pepe nos invitó a salir. Nos despedimos respetuosamente de los tres tripulantes, que nos desearon una feliz estadía, y bajamos por la escalerilla metálica. Yo conducía la única valija con el escaso equipaje que lleváramos, pues ya Pepe nos había prevenido que no íbamos a necesitar de nada en ese sitio, porque allí nos proporcionarían todo lo necesario para nuestra nueva vida. Más tarde comprendimos la razón de aquella advertencia.
Cerca al OVNI nos aguardaba el grupo que habíamos visto desde el aire. Pepe nos presentó al que parecía el jefe. Era un hombre de estatura mediana, enjuto, de piel tostada y cabeza rapada íntegramente, como los monjes budistas. Sus facciones, regulares, denotaban su origen indostano y sus ojos, de mirar profundo y suave, despedían un extraño brillo. Nos saludó con una reverencia y, a su vez, nos presentó al resto del grupo con las siguientes palabras, en perfecto español:
–Muy amados Hermanos: Llegan hoy hasta nosotros estos nuevos Hermanos en busca de La Luz y La Verdad... Vienen de un lejano país de Sud América, y han sido previamente recomendados por este Muy Alto y Muy Amado Hermano nuestro –señalando a Pepe– y esperamos que sepan corresponder a la confianza que en ellos hemos puesto, al permitirles llegar hasta nosotros. Que sean bien venidos y que puedan encontrar aquí la Paz, El Amor y La Luz que tanto anhelan y«que tanto faltan en el resto de la Tierra...
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