Capítulo 1

¿Es esta la forma de entender el Nuevo Testamento?

 

E

ste libro lanza un salvavidas a aquellos de vosotros que estáis  sufriendo las consecuencias del concepto actual acerca del oficio de los ancianos.

 

Pero lo que es más, este libro te presenta una forma completamente nueva y diferente de estudiar tu Nuevo Testamento.

La presente manera de ver a los ancianos es uno de los ejemplos de las tradiciones que hemos heredado del período de gran influencia de Constantino (317 – 500 D.C.)

¿Cuán lejos la práctica del anciano de estos días está de la del siglo primero? Tan lejos como lo están las enseñanzas católicas acerca de las reliquias, sacerdote, monjas, papa, confesionario y cualquier otro concepto que envuelve al sistema clerical.

¿Tan lejos? Si, tan alejados.

¿Cómo pudimos alejarnos tanto? ¡Tenemos gran cantidad de ayuda! Veamos en primer lugar lo que Lutero nos hizo. (Él también recibió bastante ayuda para alejarnos del debido camino)

Es interesante notar que, antes que Lutero fuera un reformista, él pertenecía a la más intelectual y filosófica rama de la iglesia Católica: era estudiante de Tomás de Aquino y Agustín. ¡Lutero era un monje agustino! Agustín era un estudioso de Aristóteles, el filósofo pagano. (Se ha llegado a decir que Aristóteles llegó a convertirse en católico, montado en las enseñanzas de tres teólogos, Agustín, Tomás de Aquino y Lutero. ¡Un grupo muy lógico estos cuatro!)

Tomás de Aquino estaba tan enamorado de las enseñanzas de Aristóteles que surgió un antiguo comentario diciendo: “Aquino bautizó a Aristóteles”.

Para nosotros los protestantes, fue Lutero quién estableció el camino para obtener la “verdad” del Nuevo Testamento. Esta manera, es aún el camino que los protestantes utilizamos para descubrir las enseñanzas del Nuevo Testamento. Es enseñado en todas las escuelas bíblicas y seminarios en el día de hoy. Nuestra forma presente de ver a los ancianos es un caso más de ello.

El punto de vista tradicional protestante de ver a los ancianos, no viene tanto de la Escritura por sí misma, si no por la forma que nosotros, los Protestantes, nos acercamos a la Escritura. Una vez que descubres lo que en realidad estamos haciendo, nos choca descubrir como nos hemos podido alejar tanto. Esencialmente, es algo como esto: Probamos nuestro punto – cualquier punto sobre cualquier asunto – con el Nuevo Testamento en la mano, con fragmentadas sentencias en nuestras bocas.

Virtualmente todo lo que hemos probado como del Nuevo Testamento, proviene de la forma en que utilizamos la Biblia, en lugar de la Biblia.

Esta metodología es referida en algunas ocasiones, como una enseñanza por medio de un texto probado. Sin embargo, este método, prueba muy poco, y no obstante puede “probar” cualquier cosa.

Esta manera de establecer una enseñanza como proviniendo de la Escritura es tan prevaleciente y aceptado en mundo evangélico que se ha constituido en la sangre y médula del Protestantismo. Sin él, las salas de los seminarios y las escuelas bíblicas podrían solamente transmitir silencio. El método es, cuando menos, peligroso. Este método de mirar al Nuevo Testamento nos previene de verdaderamente buscar a los cristianos del siglo primero, pues ni siquiera podemos ver el siglo primero. Además, hace de la Biblia algo que no es – un montón de piezas a la espera de que descubras su lugar en el rompecabezas. Para ilustrar esto diré:

En primer lugar, seleccionas el tema. Luego recoges una serie de versículos procedentes de todos los lugares de la Escritura, de Génesis a Apocalipsis. Luego tomas los versos seleccionados y los arreglas en un cierto orden... probablemente en un orden que apoya el punto de vista del tema elegido. Luego saltas al plano lógico, das el sabor a tu conclusión con cierto racionalismo y lo aderezas con algunas prácticas tradicionales. ¡Voila! Este remendado ensamblaje de fragmentadas sentencias, se juntan y luego emergen de forma tal, que es solemnemente anunciado como “la absoluta palabra de Dios”.

Casi sin darnos cuenta, hemos agregado cierta lógica, lógica y una racional raciocinación a sentencias fragmentadas, para más tarde invocar nuestras conclusiones como la más “clara Palabra de Dios”. Actualmente y de hecho, lo que sale como resultado es raramente procedente de las Escrituras. Este método es utilizado en su totalidad, para amedrentar a casi todos los laicos presentes, creyendo lo que acaban de oír.

Nuestra total pre-establecida forma de pensar protestante tiene como soporte el método del “texto probado” para acercarse a las Escrituras. Esto da miedo. Mucho miedo.

¿Qué es lo que queda del método del “texto probado” en nuestra forma de aproximarnos a la Biblia? Nada, ha olvidado prácticamente todo.

Palabras del Nuevo Testamento tomadas absolutamente fuera de contexto, fuera de lugar y fuera de un orden cronológico para luego ser cosidas juntas, usando la lógica como maestro – esto, mi querido lector, no constituye la Palabra de Dios. Y lo que es más, ni siquiera se le acerca.

Hasta que no llegas a ver enteramente el siglo primero en un entramado contextual, hasta que en primer lugar no ves el paisaje en su totalidad, hasta que no logras tener la línea del tiempo y, viéndola en su totalidad, la sitúas en su matiz histórica, tus “textos probados” no te han probado nada. Hasta que la Escritura no sea tratada en un amplio cuadro, hasta que los versos no sean vistos en su situación actual, hasta que el contexto cronológico esté presente, los versos fragmentados no son mucho más que una opinión. Hay muy poco de certeza cuando nos acercamos al Nuevo Testamento con el sistema del “texto probado”. Este método está totalmente abierto para el abuso de las Escrituras, con el resultado final en que los amados hermanos y hermanas son lastimados, por esas enseñanzas disfrazadas como instrucción, para obedecer “la Palabra de Dios”.

Sin, en primer lugar, haber visto la historia completa, extendida en un amplio cuadro, acabamos con una entremezclada vista de todo lo que tiene que ver con el Cristiano.

Si da miedo utilizar el método del “texto probado” para acercarnos al Nuevo Testamento ¡consideremos sus orígenes! Este método es originalmente pagano, no es cristiano.

Este método de acercarse a la “verdad” comenzó siendo un sirviente y herramienta de los filósofos paganos y antecede cronológicamente al cristianismo por más de 400 años. Este método de búsqueda de la verdad es la mera personificación del racionalismo, lógica y manipulación mental. Este método de búsqueda de la verdad es de origen griego. Su santo patrón es, en efecto, Aristóteles. Él y otros filósofos griegos, elevaron al método del “texto probado” a una forma de arte.

Esta forma de arte dio a luz otra práctica pagana en la que todos, hasta el día de hoy, caemos. Los filósofos griegos necesitaban encontrar rápidamente la página del libro que estaban discutiendo, para utilizarla como “texto probado”. Así pues comenzaron a dividir sus libros favoritos en capítulos dando un número a cada frase.

Sí, hasta el uso de dividir la Biblia en capítulos y versos es una práctica pagana que precede al cristianismo en varios cientos de años y que fue traída dentro de la fe cristiana alrededor de 500 años después de Cristo. Siguiendo el ejemplo de los filósofos paganos, dividimos el Nuevo Testamento en capítulos ¡para que pudiéramos discutir mejor sobre ellos! (De igual manera ellos aislaban frases e ideas sacándolas de contexto, para, de esta manera, discutir unos con otros más convincentemente.)

¡Recuerden esto la próxima vez que discutan sobre un capítulo y sobre un verso!

Esto, lo que ha sido llamado la “mente del occidental” tiene como médula el uso de la lógica (sobre cualquier otra cosa) para llegar a sus conclusiones.

Tengan cuidado con el método del “texto probado”. Pues todo esto, entre los años 200 al 500 D.C., se constituyó en la leche de la madre que alimentaba la mente del cristianismo.

En primer lugar, define el tópico, después síguelo con una organización de pensamiento o de ideas. Esto era enseñado en el tercer grado. Aristóteles era el padre de “comienza con una definición y síguela con un pensamiento o ideas organizado”.

Es necesario señalar que nuestro método de acercarnos al Nuevo Testamento, virtualmente siempre comienza con una definición y luego prosigue con una serie de versos organizados en forma continua. Lo que sigue es el soporte de nuestras ideas, o lo que estamos diciendo, en forma lógica. Sería inteligente por parte de ustedes leer el libro de Aristóteles acerca de la retórica para encontrar cómo nosotros los cristianos estudiamos la Biblia. Este entero proceso no es mucho más teológico que lo es filosófico; sin embargo, es generalmente conocido como ser: buena teología del Nuevo Testamento.

La teología del “texto probado” es una mezcla de lógica aristotélica y mente protestante, aderezada con fragmentos y sentencias tomadas de toda la Biblia, esto es, el corte hecho a la medida para poder probar cualquier cosa (incluyendo las enseñanzas y prácticas de hoy día sobre los ancianos.)

Cuando religiosos cosieron juntas docenas de Escrituras – tomadas de docenas de libros del Nuevo Testamento – y luego mezclaron esa colección de cosas en algo único, lo que surge no es menos que doctrina, es “la doctrina bíblica verdaderamente fundada en la Palabra de Dios”. Bien, la verdad es que no es nada de eso.

No creo que esta antigua y reverenciada práctica vaya algún día a desaparecer. De igual manera nunca nos permitirá descubrir la vida cristiana  tal como era practicada en el siglo primero.

La mente protestante y nuestra mente evangélica en la cual crecimos, no tiene forma ni medio de dejarnos ver la gran historia del cristianismo del siglo primero. Nunca podrá descubrir esta época.

De hecho, el centro de la mente protestante y evangélica nos prohíbe ver la historia de ese glorioso tiempo. No se nos es permitido ver en plenitud ese glorioso cuadro.

La historia de la iglesia del siglo primero es desconocida para nosotros.

Lutero agregó a esta penosa mezcolanza un ingrediente más. Este ingrediente, garantizó a nuestra mente protestante quedar permanentemente confuso y de seguro, garantizó que nunca conoceríamos la historia de la iglesia del siglo primero: Lutero nos entregó el primer Nuevo Testamento.

¿Por qué es esto tan trágico? Por la forma que arregló el orden de los libros del Nuevo Testamento.

En primer lugar, Lutero continuó la práctica sacrosanta de hacer de la Escritura una serie de sentencias y fragmentos numerados (Tomó la idea y del capítulo y el versículo que había sido utilizado por la Biblia católica.)

Pero esto no es nada comparado con el siguiente golpe – la forma en que ordenó las epístolas de Pablo. Este fue un desastre del que nunca nos pudimos recuperar.

Sin su orden cronológico, no podemos encontrar la verdadera historia. Pablo no escribió esas cartas en el orden que encontramos en nuestro Nuevo Testamento. Re-arreglen las cartas de Pablo en su orden cronológico y verán emerger la historia del Nuevo Testamento. ¡Y de igual manera verán hundirse nuestras prácticas protestantes!

A este punto nos debemos preguntar: “¿Cuándo comenzó a surgir la mente evangélica de la mente protestante?” La primera mirada a los comienzos de la mente evangélica ocurrió alrededor del año 1760, pero no entró en nuestro torrente circulatorio hasta los primeros años del 1800. Conozcan a John Darby. Este hombre nos dio la sinopsis del cerebro evangélico.

¡Aquí encontramos a un verdadero maestro en al arreglo de versículos desperdigados ordenándolos en una gran y lógica enseñanza! Darvy nos dio (a los evangélicos) las hoy día aceptadas enseñanzas de... bien, prácticamente todo aquello que enseñamos y practicamos. Incluyendo los ancianos.

Raramente, nosotros los evangélicos, podemos ver las cosas en su totalidad. Se nos sirven platos conteniendo pensamientos entrecortados, traídos juntos por medio de otros versos y lógica. En consecuencia, el producto terminado que recibimos está alejado, muy alejado, de la realidad de la iglesia del siglo primero.

(Desafortunadamente, el concepto que Darvy nos da sobre el anciano, no es necesariamente la peor cosa que él nos ha dado. Entre todas las ideas individuales que nos dio, él se las arregló para ser el padre del esquema total que hoy día es conocido como la mente fundamentalista)

Tan duro de entender, como lo es para nosotros, no existe sabiduría alguna en extraer un verso y aislarlo de una epístola. Por ejemplo: Colosenses 1:7 o Efesios 2:4.

Colosenses y Efesios son... cartas. Esas cartas fueron escritas por un hombre apasionado. Pero lo que es más, esas dos cartas son parte de, y se ajustan a, una gran y apasionante historia.

¿Quieren que nos aventuremos más en este revelador camino? Si están de acuerdo, contengan su aliento en la medida que les llevamos por una poco frecuentada senda. Esos dos libros no solamente pertenecen a una apasionante historia; esas dos cartas también fueron escritas por un plantador de iglesias.

¿Un plantador de iglesias?

¿Y qué tiene que ver eso con lo demás? Esto: el hecho de que esas dos cartas fueron escritas por un plantador de iglesias lo cambia todo. Este género de hombres pertenece a una casta casi extinta. Al menos lo es al estilo del primer siglo. Pero sin un plantador de iglesias fuera de la ecuación, todo lo que toquemos se deshace.

Las cartas de Pablo son, cada una de ellas, una unidad. No una serie de sentencias fragmentadas. Pero lo que es más: El plantador de iglesias forma parte de la historia. Él pertenece y forma parte de la ecuación. Saquen al plantador de iglesias y habrán eliminado a un ingrediente irremplazable en el cristianismo del Nuevo Testamento y de la iglesia del Nuevo Testamento. Sáquenle a él y habrán eliminado la esperanza de llegar a saber y entender algo – incluyendo la doctrina y la práctica – acerca de la versión del siglo primero en la práctica de la fe cristiana.

Las cartas de Pablo están llenas de historia, y él – el plantador de iglesias viajero – forma parte de un gran pedazo de la historia del cristianismo del siglo primero.

Repito: La cartas de Pablo fueron escritas a las iglesias. (Nueve fueron escritas a iglesias, tres a otros plantadores de iglesias y solamente una carta a un individuo... que tenía esclavos.)

Coloquen esas cartas en el Nuevo Testamento en otro orden que no sea cronológico, luego dividan esas inspiradas cartas en versos, espulguen fragmentos de sentencias en el mejor orden que les parezca – permitiéndonos dibujar nuestros puntos de vista desde nuestro puesto de ventaja. De esta manera terminamos acabando con cualquier posibilidad de ver la realidad de la forma en las cosas en el siglo primero.

El uso del “texto probado” (numerar versos, numerar capítulos, tomados de las caóticamente ordenadas epístolas, con poco conocimiento de la historia del siglo primero y luego mezclarlo liberalmente con filosofía lógica) es la fórmula para el desastre. De ninguna manera podemos aprender a Cristo... ni a la iglesia... ni alguna otra cosa que llamemos cristiano, si seguimos con este curso de acción en nuestro acercamiento para aprender la Biblia.

La lógica aristotélica, “texto probado”, racionalización occidental, no son buenas herramientas en mucho o en nada que tenga que ver con el Nuevo Testamento.

No obstante, una vez que un hombre ha completado su “tapiz de versos”, deberás ser lo suficiente inteligente como para no estar en desacuerdo con él. Pues puede reaccionar torpemente:

“¿Acaso no crees la clara enseñanza de la Palabra de Dios?”, puede ser una de sus contestaciones y... ¿quién quiere llevar el lazo de esta acusación colgado del cuello?

Una vez que un hombre – o su maestro – abraza cierta enseñanza llegada por este método, es extremadamente difícil para él deshacerse de ella. Quince siglos con este método le han convencido de que esta forma está de acuerdo a las Escrituras. Y este método del rompecabezas es la fuente donde proceden las prácticas cristianas que hoy día ponemos en práctica.

Este libro, por tanto, cubre algo más que los ancianos. Se refiere a una mejor forma de encontrar lo que ocurrió en el siglo primero.

Los ancianos no son más que un ejemplo.

Quizá, si hubiéramos utilizado el método de este libro para todas nuestras enseñanzas y prácticas, hubiéramos visto un cambio en el cristianismo que aplastó la Reforma.

Por ahora, tratemos de rescatar al anciano de su antigua e insidiosa trampa.

Si, en el curso de este libro, se desliza por sus mentes la idea de que los hombres llamados “ancianos” utilizan en sus vidas tácticas de amedrantamiento, amenazas, “textos probados” y “la clara enseñanza de la Palabra de Dios” a la vez de la amenaza de excomunicación – por supuesto “para ayudarte” o “para preservar la pureza doctrinal” o “el comportamiento de Cristo” – entonces otro pensamiento deberá destellar por su mente: “¿Acaso estos hombres son de verdad reales ancianos?”

A través de 500 años de historia, la iglesia protestante nunca dio valor alguno al amplio cuadro, a la total contextualidad, a la historia y su gran continuidad.  Pero cuando usamos ese gran cuadro, el concepto y la práctica del día de hoy de la mayoría del protestantismo, se cae por sí solo, incluyendo el anciano, como veremos.

En la medida que avance en su lectura, emergerá una nueva visión del siglo primero y será esta tan clara, que podrá llegar a convertirse en algo muy liberador. 

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