EL DECLINE Y CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO

Por Edward Gibbon

Capítulo XV

 

-- El progreso de la religión cristiana, y los sentimientos, costumbres, números y condiciones de los primeros cristianos  --

 

Debemos preguntarnos de una manera sincera y racional acerca del progreso existente en el establecimiento del cristianismo considerándolo como una parte muy esencial de la historia del imperio Romano.

En tanto que el gran conjunto era invadido por la violencia destapada, minando lentamente su decadencia, una humilde y pura religión gentilmente se insinuaba a la mentes de los hombres, creciendo en silencio y oscuridad, otorgando un nuevo vigor a la oposición y finalmente irguiendo triunfante el símbolo de la Cruz sobre las ruinas del Capitolio.

No fue la influencia del cristianismo confinada al final del período ni a los límites del imperio Romano. Después de una revolución de trece o catorce siglos, esa religión aún es profesada por las naciones de Europa, la parte más sobresaliente de la humanidad en artes y conocimiento a la vez que en poderío militar. Por el empeño y celo de los europeos, la religión ha sido difundida profusamente hasta los más distantes lugares de Asia y África; y con el establecimiento de las colonias, ha sido establecida firmemente desde Canadá hasta Chile, en un mundo desconocido para los antiguos.

Pero esta pregunta, no obstante útil e interesante, se hace con dos dificultades muy peculiares. La escasa y sospechosa documentación de la historia eclesiástica, difícilmente nos ayuda a disipar las negras nubes que cubren sobre los primeros días de la iglesia. La gran ley de la imparcialidad nos obliga, muy a menudo, a revelar las inexactitudes de los no inspirados maestros y creyentes del Evangelio; y, a un observador descuidado, sus faltas parecerán arrojar sombra sobre la fe que profesaban. Pero el escándalo del pío cristiano y ignominioso triunfo del infiel cesará tan pronto se den cuenta de, no solamente por quién, sino de igual forma a quién, le fue dada la Inspiración Divina.

Los teólogos podrán holgadamente descansar en la agradable labor de describir la Religión como bajada de los Cielos, investida de su nativa pureza. Pero una obligación no tan agradable se le impone al historiador.  Él tiene la obligación de descubrir la inevitable mezcla de error y corrupción que ella contrajo como consecuencia de haber habitado en la tierra entre medio de una raza de seres débiles y degenerados.

[Sir James Mackintosh, en su obra “Life”, hablando sobre estos famosos capítulos 15 y 16, dice que estos pueden ser aceptados por un escritor Cristiano y las causas dadas por la expansión del Cristianismo, pueden ser igualmente aceptadas cómodamente, quizá siendo presentadas de otra manera o cambiando un poco las palabras. Milman dice que el arte de Gibbon, o al menos la injusta impresión producida por estos dos memorables capítulos, consiste en confundir o juntar en una masa que hace indistinguible el origen de la propagación apostólica de la religión Cristiana, con su posterior expansión y progreso. La pregunta clave, el origen divino de la religión, es hábilmente eludida o falsamente aceptada en su planteamiento permitiéndole comenzar su narración en tiempo de los apóstoles y es solamente por medio de la fuerza que otorga a la oscura narrativa lo que le permite traer los errores y caídas de las eras siguientes, las que, a su vez, arrojan una sombra de duda y decepción a ese primitivo período del incipiente cristianismo. Si, de estos pasajes, extraemos y dejamos a un lado el sarcasmo latente en su presentación y comenzamos con la historia del Cristianismo, podemos decir que esta está llevada a cabo con un candor y espíritu Cristianos. O.S. ]

Nuestra curiosidad está pronta a preguntar ¿de qué medios la fe cristiana logra una victoria tan importante sobre el resto de las religiones ya establecidas en la tierra? A esta pregunta se nos va a dar una contestación obvia y no satisfactoria; y es que se debe a la convincente evidencia de la doctrina y a la providencia reinante de su gran Autor. Pero en la medida que la verdad y la razón en pocas ocasiones encuentran una tan favorable recepción en el mundo, y en la medida que la Providencia frecuentemente condesciende a utilizar las pasiones del corazón humano y las condiciones generales del ser humano, como instrumentos para ejecutar su propósito, aún se nos puede permitir, con la debida sumisión, preguntar, no necesariamente lo que hubo en el principio, sin ¿cuáles fueron las causas secundarias para el rápido crecimiento de la iglesia Cristiana? Aparecerá, quizá, que esta se debió a la asistencia recibida por las cinco causas siguientes:

I.                   El inflexible y, si puedo utilizar la expresión, el intolerante celo de los cristianos, derivada, es cierto, de la religión Judía, pero purificada por un poco sociable y estrecho espíritu que, en lugar de invitar, desalentaba a los gentiles a abrazar la ley de Moisés.

II.                 La doctrina de la vida futura, mejorada por cada circunstancia que podía dar peso y eficacia a tan importante verdad.

III.              Los poderes milagrosos otorgados a la iglesia primitiva.

IV.               La moral pura y austera de los cristianos

V.                 La unión y disciplina de la república cristiana, que gradualmente formó un estado creciente e independiente en medio del corazón del imperio Romano.

 

I. El celo de los cristianos

Ya hemos descrito la armonía religiosa del mundo antiguo y la facilidad con que las más diferentes y hasta hostiles naciones abrazaban, o al menos respetaban, las supersticiones de cada uno.

Solamente un pueblo rehusó unirse a ese común interacción de la humanidad. Los judíos, quienes, bajo las monarquías persa y asiría habían sido por muchos años la porción de esclavos más despreciados,

Dum Assiryos penes, Medosque et Persas Orines fruti, despectissima pars servientium” Tácito, Historia v. 8. Herodoto, quien visitó Asia obedeciendo el último de esos dos imperios, toca muy por encima los Sirios de Palestina, quienes, de acuerdo a su propia confesión, habían recibido de Egipto el rito de la circuncisión.

...surgieron de la oscuridad bajo el sucesor de Alejandro y en la medida que se multiplicaron en grandes cantidades en el Este, y luego en el Oeste, pronto atrajeron la curiosidad de otras naciones.

La celosa obstinación con que ellos mantenían sus peculiares ritos y sus maneras antisociales, parecían marcarlos como una especie distinta de hombres, quienes profesaban abiertamente o que escasamente ocultaban su odio implacable por el resto de la humanidad.

                            Tradidit arcano quaecunque volumine Moses:

                            Non mostrare vias eadem nisi sacra colenti,

                            Quaesitum ad fontem solos deducere verpos.

                                                                            Juvenal. Sat., xiv, 102

Esta ley no se encuentra en un volumen actual de Moisés. Pero el inteligente y humano Maimónides abiertamente enseña que si un idólatra cae al agua, un judío no debe salvarle de su muerte. Ver Basnage, Histoire des Juifs.

Es diametralmente opuesto al espíritu de la letra. Ver, entre otros pasajes Deuteronomio 10:18-19 “Que hace justicia al huérfano y á la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido. Amaréis pues al extranjero: porque extranjeros fuisteis vosotros en tierra de Egipto.” Juvenal es un satírico, cuya mas seria expresión, difícilmente puede tomarse como una evidencia histórica. Él escribió después de las horribles crueldades llevadas a cabo por los romanos quienes, durante y después de la guerra, puedan haber dado suficientes razones para el aislamiento de los judíos del resto del mundo. Los judíos eran dogmáticos, pero la religión no era la única fuente de su dogmatismo. ¿Después de cuántos siglos de equivocaciones y errores mutuos escribió Maimónides, que han seguido apartando al Judío del resto de la humanidad? O.S.

Ni la violencia de Antíoco, ni las artes de Herodes, ni el ejemplo de las naciones circundantes, pudieron persuadir a los judíos asociar, con las instituciones de Moisés, la elegante mitología de los Griegos.

Una secta judía que se acogían a un tipo de conformismo ocasional, derivó de Herodes, seducidos por su ejemplo y autoridad y tomaron el nombre de Herodianos. Pero fueron tan escasos en número que ni siquiera Josefo pensó que fueran dignos de ser mencionados.

De acuerdo a las máximas de tolerancia mundial, los romanos llegaban a proteger supersticiones que, por otro lado, despreciaban. El educado Augusto condescendió a dar órdenes para que fueran ofrecidos sacrificios en el templo de Jerusalén solicitando su prosperidad; en tanto que el último de los hijos de Abraham hubiera considerado una aberración, tanto par él como sus hermanos, el que un sacrificio por ellos hubiera sido ofrecido en el templo de Júpiter del Capitolio romano. Pero la moderación de los conquistadores fue insuficiente para apaliar los celosos principios de sus ciudadanos, que se alarmaban y escandalizaban ante las muestras de paganismo que naturalmente introducían en las provincias romanas.

La locura de Calígula de colocar su propia estatua en el templo de Jerusalén fue derrotada por la decisión unánime del pueblo que no tenían miedo a morir antes que llegar a hacer tamaña profanación.

Jussi a Caio Cesare, effigiem ejus in templo locare, arma potius sumpsere.”  Tácito His., v.9 Filo y Josefo dan un recuento circunstancial de este hecho que dejó perplejo al gobernador de Siria. A la simple mención de esta sacrílega propuesta, el rey Agripa se desmayó. Y tal fue su desmayo que no volvió en sí hasta después del tercer día. 

Su apego a la religión de Moisés era tan fuerte como su rechazo hacia las religiones de los demás países. La corriente de celo y devoción, como conducida por un estrecho canal, corría con fuerza y a veces con la furia de un torrente.

Esta inflexible perseverancia, que aparecía tan odioso o tan ridículo al mundo antiguo, tomaba carácter aún peor, cuando la Providencia designó revelarnos la misteriosa historia del pueblo elegido. Pero la devota y hasta escrupulosa sujeción a la religión mosaica, tan conspicua entre los judíos que vivieron bajo el segundo templo, se convierte en algo más sorprendente si la comparamos con la obstinada incredulidad de sus antepasados.

Cuando la ley fue dada bajo el trueno en el monte Sinaí; cuando las mareas de los océanos y el desplazamiento de los planetas fueron detenidos para beneficio de los israelitas; y cuando los premios y castigos temporales fueron la consecuencia inmediata de su piedad o desobediencia, ellos constantemente caían en rebelión contra la visible majestad de su Rey Divino, colocando los ídolos de las naciones en el santuario de Jehová e imitando cada fantástica ceremonia practicada en las tiendas de los árabes o en las ciudades de Fenicia.

Cuando la protección de los cielos desaparecía de la desagradecida raza, la fe adquiría un valor proporcional de fuerza y pureza. Los contemporáneos de Moisés y Josué observaban con descuidada indiferencia los más increíbles milagros. Bajo la presión de cada calamidad la creencia de esos milagros preservó a los judíos de épocas posteriores del contagio universal de la idolatría; y en contradicción con todo principio conocido por la mente humana, este pueblo tan singular parece haberse mantenido más fuerte y más alejado de las tradiciones de sus antecesores que ante la evidencia de sus propios sentidos.

“Números 14:11  Y Jehová dijo á Moisés: ¿Hasta cuándo me ha de irritar este pueblo? ¿hasta cuándo no me ha de creer con todas las señales que he hecho en medio de ellos?”.  Sería fácil pero inadecuado justificar la queja de la Deidad del total resultado de la historia mosaica.

Milman dice acerca de esto que entre los pueblos bárbaros, las impresiones religiosas se hacen fácilmente y de igual manera desaparecen. La ignorancia, que multiplica las maravillas de la imaginación, debilitarán o destruirán el efecto del verdadero milagro. En el período de la historia del pueblo judío a que se refiere el pasaje de Números, el temor estaba por encima de la fe. Eran los miedos de un pueblo tranquilo, recién rescatado de una devastadora esclavitud y conminados a atacar a un fiero ejército, gigantesco y bien armado además de mucho más numeroso – los habitantes de Canaán. En cuanto a la frecuente apostasía de los judíos, por muchos siglos, después de la salida de Egipto su religión estuvo más allá de su estado de civilización. No es anormal que un pueblo apasionadamente se afierre a algo que en primera instancia no podía comprender su valor. El patriotismo y el orgullo nacional se enfrentará a la muerte por sus derechos políticos los cuales, en un principio fueron impuestos por fuerza a un pueblo renuente. El cristiano puede con justicia afirmar que el gran signo de su religión, la Resurrección de Jesús, era ardientemente creída y absolutamente afirmada por aquellos que fueron testigos del hecho. – O.S.

La religión judía estaba dotada admirablemente para su defensa, pero nunca fue diseñada para la conquista. Y parece muy posible que el número de prosélitos nunca fue mucho más grande que el de los apostatas. Las divinas promesas y el distintivo rito de la circuncisión, fueron originalmente hechas a una sola familia. Cuando la prosperidad de Abraham fue multiplicada como la arena del mar, la Deidad, de cuya boca habían recibido un sistema de leyes y ceremonias, fue declarada como rey y Dios de Israel; y con el más cuidadoso celo separó a su pueblo favorito del resto de la humanidad.

La conquista de la tierra de Canaán fue llevada a cabo en maravillosas y sangrientas circunstancias, que dejó a los victoriosos judíos en un estado de irreconciliable hostilidad con su vecinos. Les había sido ordenado extirpar a algunas de las tribus más idólatras y la ejecución de la voluntad divina rara vez fue detenida por las debilidades de sus enemigos. Se les prohibió contraer matrimonio ni hacer alianzas con otros pueblos; como también existía la prohibición de acogerlos en la congregación, que en algunos casos fue perpetuo, y esta prohibición llegaba hasta la tercera generación, o hasta la séptima o en algunos casos hasta la décima. Tampoco se les inculcó la predicación de la ley de Moisés a los gentiles; como tampoco los Judíos tomaban la imposición de la ley sobre ellos como cosa voluntaria.

En cuanto a la admisión de nuevos ciudadanos este pueblo, tan insociable, actuaba más con la egoísta suficiencia de los griegos que con la generosa política de los romanos.  Los descendientes de Abraham se sentían orgullosos de su opinión de ser los únicos herederos de la alianza, y se preocupaban de no disminuir el valor de su herencia compartiéndola con mucha facilidad con el resto de los seres de esta tierra.

Un mayor conocimiento con la humanidad extendió su conocimiento si no sus perjuicios; y tan pronto que el Dios de Israel adquiría nuevos adeptos, se envolvía más en el inconstante absurdo del politeísmo que el celo activo de sus propios misioneros. La religión de Moisés parecía haberse instituido para un país en particular a la vez de una sola nación y si una estricta obediencia se hubiera puesto en práctica, en la que cada hombre, tres veces al año, debería presentarse ante el Señor Jehová, hubiera sido imposible que los judíos nunca hubieran sido capaces de extenderse más allá de las estrechas fronteras de la tierra prometida.

Este obstáculo fue eliminado con la destrucción del templo de Jerusalén; pero la mayor parte de la religión fue la causante de su propia destrucción; y los paganos, que por largo tiempo se habían preguntado el extraño informe de un santuario vacío, se asombraron al descubrir lo que era el objeto, o lo que podían ser los instrumentos, de una adoración carente de templos o de altares, de sacerdotes o sacrificios.

Cuando Pompeyo, utilizando, o mejor, abusando de su derecho de conquistador, entró en el Lugar Santísimo, dijo atónito “Nulla intus Deum efigie, vacua sedem et inania  arcana” Tácito. (Hist. V 9) Era un dicho popular acerca de los judíos, “Nil praeter nubes et coeli numen adorant”.

A pesar de todo, hasta derrotados, los judíos aún afirmando sus grandes y exclusivos privilegios, condenaron, en lugar de cortejar, la sociedad de extranjeros. Insistían con rigor inflexible sobre aquellas partes de la ley que podían practicar. Su peculiar distinción de los días, las carnes y una variada, trivial y no por ello poco penosas observancias, eran consideradas objeto de disgusto y aversión por las demás naciones, cuyos hábitos y prejuicios eran diametralmente opuestos. El doloroso y hasta peligroso rito de la circuncisión era solamente digno de causar rechazo al más decidido prosélito en la misma puerta de la sinagoga.

Una segunda clase de circuncisión era aplicada a los prosélitos de Samaria o Egipto. La severa indiferencia de los Talmudistas, con respecto a la conversión de extranjeros puede ser leída en el libro de Basagne, Historie des Juifs.

Bajo estas circunstancias, el cristianismo se ofreció al mundo, armado con la fuerza de la ley mosaica y liberada del peso de sus cadenas. Un celo exclusivo por la verdad de la religión y la unidad de Dios fue cuidadosamente inculcada en el nuevo tanto como en el antiguo sistema. Cualquier cosa no revelada a la humanidad, concerniente a la naturaleza y designios del Ser Supremo, estaba lista para aumentar su reverencia de tan misteriosa doctrina. Era admitida la divina autoridad de Moisés y los profetas y hasta establecida, como las bases firmes del cristianismo. Desde el comienzo del mundo una ininterrumpida serie de predicciones han anunciado y preparado la tan esperada venida del Mesías, quién, cumpliendo la gran mayoría de las aprensiones judías, había sido más frecuentemente representado como Rey y Conquistador que como un simple profeta, un Mártir o el Hijo de Dios.

Por medio de su sacrificio de expiación, los imperfectos sacrificios del tempo fueron inmediatamente terminados y abolidos. La ley ceremonial, que consistía solamente de figuras, fue remplazada por una adoración pura y espiritual, igualmente adaptable a todos los climas, al igual que a cualquier condición de la humanidad y la iniciación por sangre fue sustituida por una más inofensiva iniciación por agua.

La promesa del favor divino, en lugar de ser parcialmente confinado a la descendencia de Abraham, fue propuesta universalmente tanto al libre como al esclavo, al griego como el bárbaro, al judío y al gentil. Todo privilegio que pudiera levantar al prosélito de la tierra hacia el cielo, que pudiera exaltar su devoción, asegurar su felicidad, y hasta gratificar ese secreto orgullo el cual, ante la apariencia de devoción se insinúa al corazón humano, estaba reservada a los miembros de la fe cristiana; pero al mismo tiempo toda la humanidad era permitida y hasta se le pedía, aceptar esta gloriosa distinción, que no solamente era presentada como un favor, sino impuesta como una obligación. Se convirtió en la labor más sagrada de un nuevo converso, el difundir entre sus amigos y relativos la inestimable bendición que había recibido, y prevenirlos contra rehusar a ella pues les traería como consecuencia castigos severos, como si de una desobediencia criminal se tratara hacia la voluntad de un benevolente pero todopoderoso Dios.

El despegue de la iglesia de las ataduras de la sinagoga fue, no obstante, un trabajo que tomó tiempo y dificultades. El judío converso, que reconoció en Jesús el carácter del Mesías profetizado en sus antiguas oráculos, le respetó como un maestro de profecía, virtud y religión; pero obstinadamente seguían adhiriéndose a las ceremonias de sus antepasados y de igual manera trataban de imponerlas a los gentiles, que continuamente aumentaban el número de creyentes. Estos cristianos judaizantes parecían haber discutido con algún nivel de credibilidad, acerca del origen divino de la ley de Moisés y las inmutables perfecciones de su gran Creador. Ellos afirmaban que, si el Ser Supremo que es el mismo por toda la eternidad, hubiera designado abolir aquellos sagrados ritos que habían servido para distinguir a Su pueblo elegido, su rechazo hubiera sido no menos claro y solemne que el momento en que fueron promulgados: que en lugar de aquellas frecuentes declaraciones que suponen o afirman la perpetuidad de la religión mosaica, hubiera sido representada como un esquema provisorio destinado a durar solamente hasta la venida del Mesías, quién debería instruir a la humanidad en una forma más perfecta de fe y adoración...

Estos argumentos fueron enarbolados, con gran ingenuidad, por el judío Orobio, y refutados, con igual ingenuidad por el cristiano Limborch. Ver, Amica Collatio (merecido nombre), que narra esta disputa.

...que el Mesías en persona y sus discípulos que con él conversaron en la tierra, en lugar de autorizar con su ejemplo las más pequeñas observaciones de la ley mosaica, deberían haber publicado al mundo la abolición de esas inútiles y obsoletas ceremonias, sin que la cristiandad sufriera permaneciendo por tantos años oscuramente confundida den­tro de las sectas de la iglesia judía.   

“Jesús... circumcisus erat; cibis utebatur Judaicis; vestitu simili; purgatos scabie mittebat ad sacerdotes; Paschata et alios dies festos religiose observabat: si quos sanavit sabbatho, ostendit non tantum ex lege, sed et ex receptis sententiis, talia opera sabbatho non interdicta.” Grotius de Veritate Religionis Cristianae. Después de esto, se extiende acerca de la condescendencia de los apóstoles.

Argumentos como este parecían haber sido utilizados  en defensa de la caducidad de la ley mesiánica, pero nuestro aprendizaje acerca de Dios, nos ha explicado con abundancia el leguaje ambiguo del Antiguo Testamento y la conducta ambigua de los padres apostólicos. Era apropiado desarrollar el sistema del Evangelio, y pronunciar con suma cautela y cuidado una frase de condenación, tan repugnante a la inclinación y prejuicios de los creyentes judíos.

La historia de la iglesia de Jerusalén muestra una viviente prueba de lo necesario de estas precauciones y de la profunda impresión que la religión judía había hecho en las mentes de sus sectarios. Los quince primeros obispos de Jerusalén eran judíos circuncisos y la congregación sobre la que presidían unían la ley de Moisés con las doctrinas de Cristo.

Paene omnes Cristum Deum sub legis observatione credebant. Sulpicius Severus II, 31. Ver Eusebio, Historia Eclesiatica IV, c 5.

Era natural que la tradición primitiva de una iglesia que fue fundada solamente 40 días después de la muerte de Cristo y que fue gobernada por otros tantos años bajo la supervisión directa de los apóstoles, recibiera tales estándares de ortodoxia.

Mosheim de Rebus Cristianis ante Constantinum Mágnum. P 153. En esta obra maestra de la que continuaré extrayendo citas, el autor profundiza mayormente en el estado de la iglesia primitiva que cuando tiene la oportunidad de hacerlo en su Historia General.

Las distantes iglesias a menudo solicitaban la ayuda del venerable pariente y recibía alivio mediante la generosa contribución de almas (contribuciones hechas por otro miembros de la iglesia en ayuda de sus hermanos N. del T.). Pero cuando se establecieron sociedades en numerosas y opulentas ciudades del imperio, Antioquia, Alejandría, Éfeso, Corintio y Roma, la reverencia que Jerusalén había inspirado a todas las colonias de cristianos, insensiblemente disminuyó. Los judíos conversos, o como fueron llamados más tarde, los nazarenos, que habían trazado los cimientos de la iglesia, pronto se vieron abrumados por multitudes que no cesaban de crecer y que, proviniendo de diferentes religiones politeístas se enlistaban bajo el estandarte de Cristo. Por otro lado, los gentiles, quieres con la aprobación de su propio apóstol, habían rechazado el peso intolerable de las ceremonias mosaicas, ahora se oponían con mayor fuerza a los hermanos más escrupulosos la misma tolerancia que, en un principio ellos mismos habían humildemente solicitado para su propia práctica.

La ruina del Templo, de la ciudad y de la religión pública de los judíos, fue severamente sentida por los Nazarenos; pues en sus costumbres, aunque no en la fe, ellos mantenían una conexión muy íntima con sus impíos compatriotas, cuyas desgracias eran, por los paganos, atribuidas a su condescendencia y por los cristianos, a la ira de la Deidad Suprema.

Los nazarenos se retiraron de las ruinas de Jerusalén a la ciudad de Pella, al otro lado del Jordán, donde esta anciana iglesia languideció por más de sesenta años en soledad y oscuridad.

Eusebio, I, iii, c. 5. Le Clerc, Historia Eclesiástica, p. 605. Durante esta ausencia ocasional, el obispo y la ciudad de Pella aún retenían el título de Jerusalén. De la misma manera, los pontífices romanos residieron por setenta años en Avignon, y los patriarcas de Alejandría transfirieron, por mucho tiempo, su sitio episcopal a el Cairo.

Aún disfrutaban del confort de hacer frecuentes y devotas visitas a la Ciudad Santa, con la esperanza de, algún día, ser restaurados a aquellos lugares que tanto natural como religiosamente les enseñaron a amar a la vez de reverenciar. Pero, con mucho, bajo el reino de Adriano el fanatismo desesperado de los judíos fue la gota que colmó el vaso de sus calamidades, y, los romanos, exasperados por sus continuas rebeliones, ejercieron su derecho de victoria con inusitado rigor. El emperador fundó, bajo el nombre de Aelia Capitolina, una nueva ciudad en el monte Sión, la cual recibió los privilegios de colonia.

Dion Cassius. El exilio de la nación judía de Jerusalén es atestiguada por Aristo de Pella y es mencionada varias veces por distintos escritores eclesiásticos, aunque alguno de ellos son muy rápidos al enviar esta extradición a todo el área de Palestina.

Anunciando severas consecuencias para todos aquellos judíos que se atrevieran a entrar al recinto, el emperador colocó una guarnición de soldados romanos para vigilar y llevar a efecto sus órdenes. Los nazarenos tenían solamente un camino para escapar a esta prohibición y en honor a la verdad, la ocasión se presentó asistida por ciertas ventajas temporales.

Ellos eligieron a Marco como su obispo. Este era un prelado de la raza de los gentiles y más probablemente nativo de Italia o alguna de las provincias romanas. Él persuadió a la mayor parte de la congregación a renunciar a la ley de Moisés, practica en la que habían perdurado por unos cien años. Por medio de este sacrificio de sus costumbres y prejuicios, adquirieron libre acceso a la colonia de Adriano y cementaron más firmemente su unión con la iglesia Católica.

Eusebio l. IV c. 6. Sulpicius Severus, ii, 31. Comparando nos narraciones poco satisfactorias, Mosheim llega a una diferente representación de las circunstancias y motivos de esta revolución. 

Cuando el nombre y honores de la iglesia de Jerusalén fueron restaurados en el monte Sión, los crímenes de herejía y cisma fueron imputados a los al oscuro remanente de nazarenos que rehusaron acompañar al obispo latino. Conservaron sus antiguas casas de Pella  y se esparcieron por los pueblos alrededor de Damasco formando una in considerable iglesia en lo que hoy se conoce como Alepo, en Siria.

Le Clerc (Historia Eclesiástica p. 477) parece haber recogido de Eusebio, Jerónimo, Epifanio y otros autores, todas las circunstancias relativas a los nazarenos y ebionitas. La naturaleza de sus opiniones pronto les dividieron en una estricta y otra liviana sectas y hay razones para conjeturar que los restantes miembros de la familia de Jesucristo permanecieron en la última más moderada.

El nombre de nazarenos estaba considerado como muy noble para aquellos judíos cristianos y pronto recibieron, de la supuesta pobreza de su entendimiento, al igual que por su condición, el peyorativo epíteto de ebionitas.

Algunos escritores se han contentado creando un Ebión, el imaginario autor de la secta. Pero nosotros podemos mejor y más seguros confiar en el erudito Eusebio que en el vehemente Tertuliano o el crédulo Epifanio. De acuerdo a le Clerc la palabra hebrea “ebjonim” puede ser traducida al latín como “pauperes”. Ver la Historia Eclesiástica p. 477.

Unos cuantos años después del retorno de la iglesia a Jerusalén, se convirtió en tema de duda y controversia si un hombre, que sinceramente aceptaba a Jesús como el Mesías, pero que aún continuaba observando la ley de Moisés, podría tener esperanza de salvación. El humano carácter de Justino el Mártir le inclinó a contestar esta pregunta afirmativamente; y a pesar que se expresaba con una cuidada timidez, él se aventuró a opinar positivamente de tan imperfecto cristiano, si se contentaban a practicar las ceremonias mosaicas sin pretender afirmar su uso generalizado ni hacerlo necesario. Pero cuando Justino fue presionado a declarar el sentimiento de la iglesia, él confesó que había muchos entre los cristianos ortodoxos que no solamente excluían a sus hermanos judaizantes de la esperanza de salvación, sino que declinaban tener ningún tipo de relación con ellos en el sentido de hermandad, hospitalidad y vida social.

Ver el curioso diálogo de Justino Mártir con el judío Trifón. La conferencia entre ellos se llevó a cabo en Éfeso durante el reinado de Antonino Pío y alrededor de veinte años del retorno de la iglesia de Pella a Jerusalén.

Justino Mártir hace una importante distinción que Gibbon ha pasado por alto. Me refiero a que había algunos que no solamente se contentaban con observar las leyes judías, sino que además trataban de imponérsela a sus hermanos conversos como requisito imprescindible de su salvación y ellos mismos rehusaban tener todo contacto social con ellos si no marchaban de acuerdo a la ley. Justino Mártir admite con toda libertad aquellos que guardaban la ley para ellos de la comunión cristiana, no obstante admite que algunos, pero no la totalidad de la iglesia, pensaban de otra manera. Los primeros eran considerados los nazarenos, los últimos los ebionitas. O.S.

Prevaleció la opinión más rigurosa, como era de esperar, sobre la más tibia y una eterna línea divisoria se trazó entre los discípulos de Moisés y los de Cristo.

Los desafortunados ebionitas, rechazados de una religión como apóstatas y de otra como herejes, se vieron obligados a asumir un carácter más decidido y a pesar que algunos restos de esta secta obsoleta pueden encontrarse hasta el siglo cuarto, poco a poco estos fueron diluyéndose hacia la iglesia o hacia la sinagoga.

De todos los sistemas de cristianismo, los de Abisinia son los únicos que aún se adhieren a los ritos Mosaicos. El eunuco de la reina Candace puede sugerir algunas suspicacias; pero somos asegurados (Sócrates, Sozomen, Ludolfo) que los etíopes no fueron convertidos hasta el siglo cuarto, es más razonable creer que ellos respetaban el sábado y distinguían los alimentos prohibidos, imitando a los judíos, quienes, en una época muy temprana, se asentaban a ambos lados del Mar Rojo. La circuncisión era practicada por los ancianos etíopes por motivos de limpieza y salud, lo cual parece ser explicado en “Recherches Philosophiques sur les Americains”.

En tanto la iglesia ortodoxa preservaba un punto medio entre la excesiva veneración y una impropia confrontación por la ley de Moisés, los diferentes herejes se desviaban en igual pero opuestos extremos de error y extravagancia. Desde la reconocida verdad de la religión judía, los ebionitas habían concluido que esta no podría ser nunca abolida. Desde sus supuestas imperfecciones, los gnósticos rápidamente concluían que nunca había sido instituida por la sabiduría de la Deidad.  Había algunas objeciones contra la autoridad de Moisés y los profetas que rápidamente aparecían a la mente escéptica; a pesar de estas solamente podían ser consecuencia de nuestra ignorancia sobre la lejana antigüedad y por nuestra incapacidad de formar un adecuado juicio del orden divino. Estas objeciones fueron petulantemente abrazadas por los gnósticos dentro de su vana ciencia.

Beausobre, Historia del Maniqueísmo, enumeró sus objeciones, con erudita imparcialidad, principalmente aquellas de Fausto, el adversario de Agustín.

Como todos esos herejes estaban, en su mayoría, contrarios a los placeres de los sentidos, airosamente denunciaban la poligamia de los patriarcas, las galanterías de David y las debilidades de Salomón. En cuanto a la conquista de la tierra de Canaán extirpando a los descuidados nativos, no tenían claro como reconciliar tales acciones con las nociones comunes de humanidad y justicia.  Pero cuando recogían la lista sanguinaria de crímenes, ejecuciones y masacres que cubren cada una de las páginas de los anales judíos, reconocieron que los bárbaros de Palestina habían ejercitado la misma compasión hacia sus idólatras enemigos que siempre habían mostrado hacia sus amigos y compatriotas.

Apud pisos fides  obstinata, misericordia in promptu: adversus omnes alios hostile odium. Tácito, Historia. Sin duda Tácito veía a los judíos muy favorablemente. El examen de Josefo debía haber destruido la antítesis.

Pocos escritores hubieran sospechado la parcialidad de Tácito hacia los judíos. El resto de la historia de los judíos ilustra sus fuertes lazos de humanidad hacia sus hermanos y su hostilidad hacia el resto de la humanidad. O.S.

Pasando del sectarismo a la ley misma, afirmaban que era completamente imposible que una religión basada en sacrificios sangrientos y ceremonias triviales y cuyos castigos y premios eran todos de naturaleza carnal y temporal, podrían llegar a inspirar el amor y la virtud o llegar a controlar la impetuosidad de la pasión.

La narración mosaica de la creación y caída del hombre era tratada con profano desdén por los gnósticos quienes no podían escuchar con paciencia el reposo de la Deidad después de seis días de labor, la costilla de Adán, el jardín del Edén, los árboles del bien y del mal, la serpiente parlante, la fruta prohibida y la condenación pronunciada contra la humanidad por la ofensa venial de los primeros progenitores.

El Dios de Israel era impíamente representado por los gnósticos como un ser que podía caer en la pasión y el error, caprichoso en sus deseos, implacable en su resentimiento, maliciosamente celoso de su supersticiosa adoración, dedicando su providencia parcializada hacia una sola clase de gente y a esta vida transitoria.

Bajo este retrato no podíamos descubrir las características del sabio y omnipotente Padre del universo.

Los gnósticos más suaves consideraban a Jehová, el creador, como un ser de una naturaleza mixta entre Dios y demonio. Otros le confundían con el principio del mal. En la Historia General de Mosheim, consultar el siglo segundo, donde nos da una muy clara, si bien concisa, descripción de sus extrañas opiniones acerca de este asunto.

Aceptaban que la religión de los judíos era un poco menos criminal que la idolatría de los gentiles; pero era su doctrina fundamental que el Cristo, a quien adoraban como la primera y más brillante emanación de la Deidad, apareciera sobre la tierra para rescatar a la humanidad de sus varios errores y revelar un nuevo sistema de verdad y perfección.

Los más estudiosos de los padres, en una condescendencia singular, habían imprudentemente admitido la falta de imaginación de los gnósticos. Reconociendo que el sentido literal repugna a todo principio de fe al igual que de la razón, se declaran seguros e invulnerables detrás de un amplio velo de alegoría, que, con mucho cuidado, extendían sobre cada parte delicada de la dispensación mosaica.

Ha sido remarcado, con más ingenuidad que verdad, que la pureza de la virgen nunca fue violada por cisma o herejía antes del reino de Trajano o Adriano, unos cien años después de la muerte de Cristo. Tenemos que observar, con mucha más propiedad que, durante ese período, los discípulos del Mesías se desenvolvieron en un ambiente más libre y relajado de fe y práctica que jamás volvió a ocurrir en épocas posteriores.

A medida que las bases de comunión fueron estrechándose y la autoridad espiritual del partido en poder se iba implementando con creciente severidad, muchos de sus más respetables miembros, a quienes se había pedido renunciar, fueron provocados a exponer sus opiniones privadas para sufrir las consecuencias de sus principios equivocados y así abiertamente erigir el estándar de rebelión contra la unidad de la iglesia.

Los gnósticos se distinguían por ser los más conocedores y mejor educados y los más ricos entre los portadores del nombre de cristianos. Y esa forma general de ser llamados, que expresaba superioridad y conocimiento, era asumida o como orgullo, o irónicamente impuesta por la envidia de sus adversarios. Casi sin excepción provenían todos de la raza de los gentiles y sus fundadores principales provenían de Siria y Egipto, donde el clima templado prepara el alma y el cuerpo a la indolencia de la devoción contemplativa.

Los gnósticos mezclaron con la fe de Cristo muchas sublimes y oscuras creencias, derivadas de filosofías orientales y de la misma religión de Zoroastro, referentes a la eternidad de la materia, la existencia de los dos principios y las misteriosas jerarquías del mundo invisible.

Acerca de los gnósticos del segundo y tercer siglo, podemos comentar acerca de los que hablaron de ellos, que Mosheim es ingenioso y cándido; Le Clerc aburrido, pero exacto; Beausobre casi siempre un apologista y tenemos que temer que los padres primitivos eran, muy frecuentemente, calumniadores.

Tan pronto se lanzaban al profundo abismo, los gnósticos se presentaban como guiados por una imaginación maníaca y sus caminos de error eran variados e infinitos, los gnósticos se dividían, imperfectiblemente en más de cincuenta sectas.

Ver la catalogación y listados hechos por Ireneo y Epifanio. Aunque podemos inclinarnos a pensar que estos autores pudieran haber multiplicado el número de sectas que se oponían a la unidad de la iglesia.

De todas ellas, las más celebradas eran las Basilidianas, las Valentinianas, los Marcionitas y luego en un período posterior, los Maniqueos.  Cada una de esas sectas alardeaba de sus obispos y congregaciones, de sus doctores y sus mártires y, en lugar de los cuatro Evangelios adoptados por la iglesia, los herejes producían multitud de historias, en las que las acciones y discursos de Cristo y los apóstoles eran adaptadas a sus respectivas doctrinas.

El éxito de los gnósticos fue rápido y efectivo. Cubrían Asia y Egipto, llegando a establecerse en Roma y algunas veces penetrando en las provincias del oeste. En su mayoría, el crecimiento ocurrió en el siglo segundo, floreció en el tercero y fueron eliminados durante los siglos cuarto y quinto debido a la aparición de controversias más de moda y por el creciente poder de los gobernantes. A pesar de que siempre disturbaban la paz y frecuentemente dejaban en descrédito el nombre de la religión, ellos contribuyeron más a hacer crecer que a retardar la expansión del cristianismo. Los gentiles conversos, cuyas principales objeciones eran en contra de la ley de Moisés, podían encontrar entrada en muchas congregaciones cristianas, que no requería de ellos conocimientos previos o una creencia acerca de una revelación previa. Su fe fue fortalecida y aumentada y la iglesia fue últimamente beneficiada por las conquistas de sus más acérrimos enemigos.

Agustín es un caso memorable de esto, progresando de la razón a la fe pues por muchos años antes, el anduvo en la secta de los maniqueos.

Pero, cualquier diferencia existente entre los ortodoxos, los ebionitas y los gnósticos, referentes a la divinidad o la obligación de la ley mosaica, todos eran movidos por el mismo celo exclusivo, por la misma aversión contra la idolatría que anteriormente habían distinguido a los judíos del resto de las naciones.

El filósofo, quien consideraba el sistema politeísta como una composición de fraude y error humanos, podía disfrazar una sonrisa de complacencia bajo su máscara de devoción y, sin hacerse solidario de la mofa o aceptación, le expondría al resentimiento de algún invisible, o como interiormente concebía, poder imaginario.

Pero las establecidas religiones del paganismo eran vistas por los cristianos primitivos de una forma más presente y odiosa. Era un sentimiento universal para ambos, la iglesia y los herejes, que los demonios eran los autores, patrocinadores y los objetos de idolatría. Aquellos espíritus rebeldes que habían sido relegados del rango de ángeles y arrojados al pozo infernal, aún se les permitía deambular por la tierra, para atormentar los cuerpos y seducir las mentes de los hombres pecadores. Los demonios pronto descubrieron y abusaron de la tendencia natural del corazón humano hacia la devoción y hábilmente substraer a la humanidad de la adoración a su Creador para usurpar Su lugar y honores de la Suprema Deidad. 

Por el éxito de sus maliciosas maquinaciones, inmediatamente satisficieron su propia vanidad y revancha y obtuvieron y obtuvieron el único descanso del les era posible, la esperanza de envolver a la especie humana en la participación de su culpabilidad y miseria.

Era confesado o al menos imaginado, que se habían distribuido, entre ellos, los caracteres más importantes del politeísmo, un demonio tomando el papel de Júpiter, otro el de Esculapio, un tercero el de Venus y un cuarto, quizá, el de Apolo.

Tertuliano (Apologética c.23) alega de la confesión de los demonios en persona siempre que eran atormentados por el exorcista cristiano.

Y debido a la ventaja por la larga experiencia de su naturaleza etérea, podían llegar a ejecutar con habilidad y convicción los trabajos a que se habían comprometido. 

Deambulaban por los templos, instituían festivales y sacrificios, inventaban fábulas, pronunciaban oráculos y frecuentemente hacían milagros.

Los cristianos, quienes, por medio de la interposición de los espíritus malignos, podían tan fácilmente explicar toda aparición fuera de lo natural, estaban dispuestos y hasta deseosos de admitir las fábulas más extravagantes pertenecientes a la mitología pagana.

Pero la creencia cristiana era acompañada del horror. La más insignificante marca de respeto hacia la creencia nacional era considerada como un homenaje dirigido al demonio y como un acto de rebelión contra la majestad de Dios.

En consecuencia a esta opinión, era la primera y más ardua misión de un cristiano, el preservarse puro y sin mancha de la práctica de la idolatría.

La religión de las naciones no era simplemente una especulativa doctrina profesada en las escuelas y predicada en los templos. Las innumerables deidades y ritos del politeísmo eran firmemente entrelazadas con cada circunstancia de los negocios y el placer, de la vida privada o pública y parecía imposible escapar de su cumplimiento, sin, al mismo tiempo, renunciar a la relación del contacto humano de todos los oficios y entretenciones de la sociedad.

Todas las decisiones importantes concernientes a la guerra y la paz eran preparadas y concluían con solemnes sacrificios en los que el magistrado, el senador y el soldado era obligado a presidir o a participar.

El senado romano siempre era celebrado en un templo o en un lugar consagrado. Antes de comenzar su trabajo, cada senador derramaba un poco de vino y echaba incienso sobre el altar. Sueton.

Los espectáculos públicos eran una parte esencial de la jubilosa devoción de los paganos y se suponía que los dioses aceptarían, como la ofrenda más preciada, los juegos que el príncipe y el pueblo celebraban en honor de los festivales dedicados a ellos.

Los cristianos, que con pío horror evitaban las abominaciones del circo o el teatro, se encontraron metidos con las infernales miradas en cada entretenimiento de convivencia, tan pronto como sus amigos, invocando las deidades de la hospitalidad, derramaban sus libaciones para la felicidad de cada uno.

La anciana práctica de concluir un acto de entretenimiento con libaciones, puede ser encontrado en cualquier clásico. Sócrates y Séneca, en sus últimos momentos llevaron a cabo una noble aplicación de esta costumbre. “Postremo stagnum calidae aquae entroit, respergens proximus sevorum, hadita voce, libare se liquorem illum Jovi Liveratori” Tácito, Anales xv, 64.

Cuando la novia, luchando por su objeción, era forzada con la poma del himeneo en la entrada de su nueva casa, o cuando la triste procesión de los muertos lentamente se movía hacia la pila funeraria, los cristianos que asistían a estas ocasiones se sentían obligadas a abandonar a personas queridas por ellos, antes que contraer la culpabilidad inherente de esas impías ceremonias.

Los antiguos funerales no son menos exactamente descritos por Virgilio, que son ilustrados por su comentarista Servio. La pila en sí, era un altar, las llamas se alimentaban con la sangre de las víctimas y todos los asistentes eran rociados con agua. 

Cada arte y cada oficio estaba en el menor caso de adoración, se veía machado por la idolatría; una severa sentencia que enviaba a la miseria a la mayor parte de la comunidad dedicada a las profesiones liberales o manuales.

Si echamos una mirada sobre los numerosos restos de la antigüedad, nos daremos cuenta que además de las inmediatas representaciones de los dioses y los instrumentos sagrados de su adoración, los griegos introdujeron a ricos ornamentos de las casas, los vestidos y los puebles paganos.

Hasta los reversos de las monedas griegas y romanas tenían, frecuentemente, una naturaleza idólatra. Aquí los escrúpulos de los cristianos se enfrentaban a una pasión más fuerte.

Hasta las artes, la música y pintura, la elocuencia y poesía, corrían por el mismo e impuro origen. En el estilo de los padres, Apolo y las Musas eran los órganos del espíritu infernal; Homero y Virgilio eran los más eminentes de sus sirvientes y la bella mitología llena de animaciones y composiciones de sus genios, está destinada a celebrar la gloria de los demonios. Hasta en el lenguaje más común de la Grecia y Roma está llena de expresiones impías que el imprudente cristiano puede pronunciarlas sin darse cuenta o está obligado a escuchar con paciencia.

Sin un amigo pagano, como ocasión de un estornudo, utilizaba la familiar expresión de “Júpiter te bendiga”, el cristiano estaba obligado a objetar contra la divinidad de Júpiter.

Las peligrosas tentaciones se emboscaban a ambos lados para sorprender al creyente poco preparado, le asaltaban con inusitada violencia durante los días de los solemnes festivales. Tan extraordinariamente estaba bien pensada su distribución por todo el año, que la superstición siempre se vistió con la apariencia del placer y a menudo de virtud.

Algunos de los más sagrados festivales del festival romano, estaban destinados a saludar las nuevas calendas de enero dedicadas a la felicidad, pública y privada; envolverse en el pío recuerdo de la vida y la muerte; asegurar los inviolables límites de la propiedad; saludar el retorno de la primavera y los geniales poderes de la fecundidad; perpetuar las dos eras de Roma: la fundación de la ciudad y la república y restaurar durante la licenciosas Saturnalias la primitiva igualdad de la raza humana.

Algunas ideas pueden ser concebidas del horror de los cristianos por tan impías ceremonias, por la escrupulosa delicadeza que mostraban en unas menos alarmantes ocasiones. En los días de festividad general, era la costumbre de los ancianos, el adornar sus puertas con lámparas y ramos de laurel y coronar sus cabezas con ramilletes de flores. Estas prácticas elegantes e inocentes, pueden haber sido toleradas como simples instituciones de carácter cívico. Pero difícilmente hubiera ocurrido si hubieran considerado que las puertas estuvieran bajo la protección de un dios del hogar, que el laurel estaba consagrado al amante de Dafne y que los ramilletes de flores, frecuentemente llevados como símbolos de muerte o de alegría, hubieran sido dedicados a su destino original: servicio a la superstición.

Los temblorosos cristianos, en esta instancia persuadidos a cumplir con la moda de su país y los mandados del magistrado, se debatían bajo las más tenebrosas aprehensiones, desde los reproches de su conciencia, las censuras de la iglesia y las denuncias de la venganza divina.

Esta era la forma que era requerida para guardar la castidad del Evangelio del infeccioso aliento de la idolatría. Las prácticas supersticiosas de los ritos, tanto privados como públicos, eran practicadas con toda normalidad, desde la educación al hábito, por los seguidores de la religión establecida. Pero, tan pronto como ocurrían, daban la oportunidad a los cristianos para declarar y confirmar su celosa oposición. Por medio de esas continuadas protestas su apego a la fe era continuamente fortificada y en la medida que su celo aumentaba, combatían con más ardor y éxito en la guerra santa a la que ellos se habían comprometido contra el endemoniado imperio.

 

II. La doctrina de la vida futura.

Los escritos de Cicerón representan con vibrante colorido, la ignorancia, los errores y la inseguridad de los filósofos antiguos con referencia a la inmortalidad del alma. Cuando ellos se sienten deseosos de armar a sus discípulos con­tra el miedo a la muerte, les inculcaban, como algo obvio aunque bajo una posición de melancolía, que el golpe fatal de nuestras desilusiones, nos libera de las calamidades de esta vida, y en consecuencia, no pueden sufrir lo que no existe.

No obstante, hubo algunos sabios en Grecia y Roma que concibieron un más exaltado y, en ciertos casos, una idea más justa acerca de la naturaleza humana, a pesar de que, tenemos que decir que si hurgamos profundamente, sus razones han sido guiadas por su imaginación y esta imaginación ha sacado a relucir su vanidad. Cuando vieron con complacencia la importancia de sus poderes mentales, cuando ejercitaron sus variadas facultades, tales como la memoria, interpretación y juicio, en lo más profundo de sus especulaciones o de sus labores y cuando ellas se reflejaron en el espejo de la fama, transportándoles a épocas futuras, más allá de los límites de la muerte y la tumba, declinaron confundirse con la bestias del campo, o suponer que un ser, por cuya dignidad mantenían en sincera admiración, podía limitarse a ser un punto sobre la tierra y a unos pocos años de duración.

Con esta favorable posesión ellos convocaron la ayuda de la ciencia, o mejor, el leguaje o metafísica. Ellos pronto descubrieron que ninguna de las propiedades de la materia aplicaban a las operaciones de la mente y por tanto el alma humana tenía que ser de una sustancia diferente a la del cuerpo, puro, simple y espiritual, incapaz de disolución, y susceptible a un más alto grado de virtud y felicidad después de abandonar su prisión corporal. Desde esos erróneos y nobles principios, los filósofos que siguieron en los pasos de Platón dedujeron una muy poco confiable conclusión, ya que afirmaron, no solamente la inmortalidad futura, sino también la pasada eternidad del alma humana, que estaban muy inclinados a considerarla como una parte del infinito espíritu que existe por sí mismo y que prevalece y sostiene el universo.

La pre-existencia del alma humana, al menos como una doctrina compatible con la religión, fue adoptada por muchos de los padres de la iglesia griegos y romanos. Ver Beausobre, Historia del Maniqueísmo.

Una doctrina de estas características situada más allá de los límites de los sentidos y la experiencia humana parecía haber servido para entretener y hacer divagar a la mente del filósofo; o, en el silencio de la soledad, puede de alguna forma impartir un rayo de tranquilidad a otrora desesperado sentimiento; pero la débil impresión recibida en las escuelas pronto desaparecía por el abrumante ajetreo de la vida activa.

Conocemos perfectamente a las personas de eminencia, que florecieron en la época de Cicerón y de los primeros césares, sus acciones, caracteres y motivos,  para estar seguros que, su conducta en esta vida, nunca estuvo regulada por una seria convicción de los castigos o premios a ser recibidos en una forma de estado futura. En sus reuniones y en el senado de Roma, los más hábiles oradores no tenían prejuicio alguno en ofender a sus oyentes exponiendo esa doctrina como una opinión inoperativa y extravagante que era rechazada rápidamente por cada hombre que poseyera una educación liberal y progresista.

Y como, en consecuencia, los esfuerzos más sublimes de la filosofía no pueden extenderse más allá que débilmente apuntar a un deseo, una esperanza o, como mucho, a la probabilidad de un estado futuro, no quedaba nada, si no es la revelación divina para asegurar la existencia y describir la condición del país invisible que está destinado a recibir las almas de los hombres una vez que se han separado de sus cuerpos humanos.

Pero podemos darnos cuenta de varios defectos innatos a las religiones de Grecia y Roma que las colocaban en serias desventajas para cumplir esta difícil tarea.

1.      El sistema general de su mitología no estaba apoyado en pruebas sólidas; y el más listo entre los paganos ya había denunciado la usurpación de la autoridad por este sistema.

2.      La descripción de las regiones infernales habían sido abandonadas al deleite de los pintores y poetas quienes las poblaban con enormes cantidades de fantasmas y monstruos, encargados de dispensar los premios y los castigos, con tan poca equidad, que la verdad, lo más cercano al corazón humano, era oprimida y desgraciada por la más absurda mezcla de ficciones.
En el libro 11 de la Odisea se narra un horrible e incoherente lugar infernal. Pindar y Virgilio adornaron más el cuadro; pero estos poetas, aunque más correctos que su gran modelo, son culpables de inconsistencias muy extrañas.

3.      La doctrina de un estado futuro del ser humano como un artículo fundamental de la fe, era rara vez considerada por los devotos politeístas de Grecia y Roma. La providencia de los dioses era, generalmente, dirigida hacia las comunidades públicas en lugar de los individuos privados y era principalmente exhibida en el escenario del mundo real. La expresiones de petición llevadas a cabo ante los altares de Júpiter y Apolo, expresaban la ansiedad de sus adoradores en espera de una felicidad temporal y mostraban  ignorancia y despreocupación por la vida futura. La importante verdad de la inmortalidad del alma era inculcada con más profusión y éxito en la India, Asiria, Egipto y las Galias; y aunque no podamos atribuir esta diferencia al mayor conocimiento de los bárbaros, tenemos que atribuirlo a la influencia de un establecido cuerpo sacerdotal que empleaba motivos de virtud como instrumento de ambición.
Si nos concentramos en los galos, podemos observar como ellos entregaban su confianza de no solamente sus vidas, sino su dinero también, a la seguridad de otro mundo. “Vetus ille mos Galorum occurrit – dice Valerio Máximo – quos, memoria proditum est, pecunias mutuas, quae apud inferos redentur, dare solitos”. La misma costumbre es más obscuramente insinuada por Mela. Es innecesario agregar que las ganancias del negocio tienen una justa proporción con el crédito del mercader y que los druídas derivaban de su santa posición un carácter o responsabilidad que difícilmente puede encontrarse en otro grupo de hombres.           

Nosotros naturalmente esperamos que un principio tan esencial a la religión – inmortalidad del alma – debería haber sido revelado en los términos más claros y precisos al pueblo elegido en Palestina y que a su vez hubiera sido confiado al sacerdocio hereditario de Aarón. Para nosotros es normal adorar las misteriosas dispensaciones de la Providencia...

El correcto y reverendo autor de “El Legado Divino de Moisés” da una, muy curiosa, razón por esta omisión e ingeniosamente contesta a los incrédulos.

La hipótesis de Warburton acerca de este importante hecho, referente al silencio de Moisés, es que éste deliberadamente excluyó la inmortalidad de su sistema para no permitir que los israelitas se creyeran dioses. Sin lugar a dudas es imaginativo y difícilmente puede considerase otra cosa que un ejercicio de fuerza intelectual. Escritores más modernos se han atrevido a dar varias razones por este silencio de Moisés acerca de la inmortalidad del alma. Michaelis dice “Moisés escribió como un historiador y como un portador de la ley; él regulaba la disciplina eclesiástica en lugar de las creencias religiosas de su pueblo y al ser las sanciones de la ley temporales, no tenía ocasión, como un legislador civil, el amenazar con propiedad con castigos en otro mundo”. M. Guizot considera que  el estado de civilización en el tiempo del legislador, esta doctrina, si hubiera llegado a hacerse popular entre los judíos, hubiera dado lugar a un sinnúmero de idólatras supersticiones que él deseaba prevenir.

Su objetivo primario era el de establecer una firme teocracia, hacer a su pueblo los conservadores de la doctrina de la Unidad Divina, las bases sobre las que el Cristianismo florecería más tarde. Él cuidadosamente excluyó todo lo que pudiera oscurecer o debilitar  esta doctrina. Otras naciones habían extrañamente abusado de sus conocimientos acerca del la inmortalidad del alma; Moisés deseaba prevenir este abuso, por esto el prohibió a los israelitas consultar a la nigromancia  (los que evocan a los espíritus de los muertos – Deuteronomio 18:2). Aquellos que meditan acerca de los paganos y los judíos y con la facilidad que la idolatría penetraba por todos los lados, no se asombrarán ante el hecho de que Moisés no haya desarrollado una doctrina, cuya influencia podía haber sido más perniciosa que beneficiosa para sus pueblo.

Moisés, tomando en consideración diferentes aspectos encontrados en sus escritos, como el pasaje relativo a la translación de Enoch (Génesis v. 24), la prohibición de nigromancia (Michaelis cree que él es el escritor del Libro de Job, a pesar de que esta teoría está generalmente rechazada. Otros eruditos consideran este libro era conocido por Moisés), a la vez de considerar su larga residencia en Egipto y su conocimiento acerca de la sabiduría egipcia, no podía ser ignorante a la doctrina de la inmortalidad del alma. Pero esta doctrina, si bien podía haber sido popular entre los judíos, era considerada puramente egipcia y, total e íntimamente conectada con todo el sistema religioso de aquel país. Sin lugar a dudas esta doctrina estaba diseñada principalmente hacia la trasmigración de las almas, quizá con nociones análogas al sistema de las “emanaciones” de la India en las que el alma humana era un efluente, y e consecuencia parte, de la deidad.

La religión mosaica trazó un amplio e insalvable trecho entre el creador y lo creado, tanto seres como cosas: esto los hace diferentes a todas las religiones orientales y la egipcia. Como entonces la inmortalidad del alma estaba así inseparablemente mezclada con aquellas religiones extranjeras que deberían ser erradicadas de las mentes del pueblo, y de ninguna manera necesarias para el establecimiento de la teocracia, Moisés mantuvo un silencio al respecto y dejó que, en un futuro más favorable de la historia de la humanidad, se desarrollara una noción más pura de este concepto. O.S.

...cuando descubrimos que se omite la doctrina de la inmortalidad del alma, de la ley de Moisés; esta es oscuramente insinuada por los profetas; y durante los largos períodos que ocurrieron entre los cautiverios egipcio y babilónico, los miedos y las esperanzas de los judíos, parecían haber sido relegados al estrecho momento de la presente vida.

Después que Ciro permitió a la exilada nación regresar a la tierra prometida, y después que Ezra re-estableciera los antiguos ritos de la religión, dos conocidas sectas, los Saduceos y los Fariseos, surgieron en Jerusalén. La primera, surgida de los sectores más opulentos y distinguidos de la sociedad, estaba fijamente atada al sentido literal de la ley mosaica y rechazaban la inmortalidad del alma como una opinión que no recibía apoyo alguno por parte de los libros sagrados quienes ellos reverenciaban como única regla de su fe.

A la autoridad de las Escrituras, los fariseos le agregaban la tradición y ellos aceptaban, bajo el nombre de tradiciones, varias doctrinas  provenientes de la filosofía o religiones de naciones orientales. Las doctrinas de la predestinación o el destino, las de los ángeles y espíritus y las de un estado futuro del alma con objeto de recibir los premios o los castigos, eran, entre otras, algunas de sus creencias; y como los fariseos, por su vivir austero, habían arrastrado a su partido la mayoría del cuerpo de los judíos, la inmortalidad del alma se convirtió en un sentimiento prevalente en la sinagoga durante el reinado de los príncipes y pontífices Asmoneos. 

El temperamento de los judíos era incapaz de contentarse con una afirmación tan lánguida y fría como la que satisfacía a las mentes politeístas y tan pronto como admitieron la idea de un estado futuro del alma humana, la abrazaron con el celo que siempre fue característico de esta nación.  Su celo, sin embargo, no agregaba cosa alguna a su evidencia o ni siquiera a su probabilidad y era aún necesario que la doctrina de la vida y la inmortalidad, que había sido dictada por la naturaleza, aprobada por la razón y aceptada por la superstición, pudiera obtener la sanción como verdad divina por medio de la autoridad y el ejemplo de Cristo.

Cuando le fue propuesto a la humanidad la promesa de la felicidad eterna con la condición de adoptar la fe y la observación de los preceptos del Evangelio, no es ninguna maravilla el hecho que tan favorable oferta hubiera sido aceptada por tan gran número de seres de todas la religiones, todos los rangos y en todas las provincias del imperio romano.

A los antiguos cristianos les movía la aceptación de su presente existencia y la justa confianza de su inmortalidad, a la cual, la dudosa e imperfecta fe de nuestra época, es incapaz  de darnos la noción adecuada.

En la iglesia primitiva la influencia de la verdad era poderosamente reforzada por la opinión de que, a pesar de haber merecido el respeto por su utilidad y antigüedad, no había llegado a estar de acuerdo con la experiencia.

Era creído universalmente que el fin del mundo y el reino de los cielos estaba por llegar. Su proximidad había sido predicado por los apóstoles; la tradición había guardado esto por medio de sus primeros discípulos y aquellos que entendieron los discursos de Cristo en su sentido literal, estaban obligados a esperar la segunda y gloriosa venida del Hijo del Hombre en las nubes, antes del fin de la presente generación que había conservado su humilde condición sobre esta tierra y habían sido testigos de las calamidades sufridas por los judíos bajo los reinados de Vespasiano y Adriano.

El desarrollo de los diecisiete últimos siglos nos ha enseñado a no ceñirnos muy fuerte al misterioso lenguaje de la profecía y la revelación; pero tan pronto que, por sabias decisiones, este error era permitido en la iglesia, era provechoso con efectos saludables para la fe y práctica de los cristianos, los cuales vivían bajo la tremenda espera de ese momento, cuando el mundo entero y todas las razas de la humanidad temblarían ante la aparición del Juez Divino.

Esta espera era generada por el capítulo 24 de S. Mateo y la primera epístola de Pablo a los Tesalonicenses. Eramo elimina la dificultad por medio de la alegoría y la metáfora y el estudioso Grotius se aventura a insinuar que la pía decepción era permitida por muy sabios motivos.

Algunos teólogos – dice Guizot – lo explican sin el uso de la alegoría ni de la pía decepción. Ellos dicen que, Jesucristo, después de proclamar la ruina de Jerusalén y la destrucción del templo, habla de su segunda venida y de los signos que la precederían; pero aquellos que  entendieron que el momento estaba cerca se engañaron a sí mismo por el sentido de dos palabras, un error que aún existe en nuestras versiones del Evangelio según S. Mateo 24:29, 34.

En el verso 29 leemos, “inmediatamente después de la tribulación de esos días...” La palabra griega “eutheos” significa “al mismo tiempo” “de repente”, pero no “inmediatamente”, así pues quiere decir la repentina aparición de los signos anunciados por Jesucristo y no lo corto del intervalo que lo separaba de los días de la tribulación de que estaba hablando.

De igual manera en el versículo 24 leemos “no pasará de esta generación sin que esto sea cumplido”.

Jesús, hablando a sus discípulos utiliza la palabra “genea”, que ha sido traducida por “esta generación” y que en realidad quiere decir “esta raza de mis discípulos” o que la raza de Cristianos permanecerán hasta su venida. – O.S.

La antigua y popular doctrina del Milenio estaba íntimamente conectada con la segunda venida de Cristo. En la medida que la obra de la Creación había sido completada en seis días, su duración en este momento, de acuerdo a la tradición que se atribuía la profeta Elías, había sido hecha en seis mil años.

Ver el libro de Burnet, Teoría Sacra, parte III, cap. 5. Esta tradición se remonta hasta el autor de la Epístola a Bernabé, quien la escribió en el siglo primero y que aparenta tener mitad de sangre judía. 

Por la misma analogía se llegaba a la conclusión que este largo período de trabajos y labores, que ahora estaba casi concluido, sería seguido por un alegre Sábado de mil años.

La iglesia primitiva de Antioquia calcula casi 6.000 años desde la creación del mundo hasta el nacimiento de Cristo. Africano, Lactantius y la iglesia de Grecia redujeron el número a 5.500 y Eusebio contaba 5.200. Estos cálculos eran tomados del Septuaginto el cual fue universalmente recibido durante esos 6.000 años. La autoridad de la Vulgata y de los textos hebreos han determinado que Protestantes y Católicos modernos se inclinen por 4.000 años; aunque en el estudio de la antigüedad profana, ellos se encuentran con poco margen de operación en tan estrechos límites. 

También que Cristo, con su triunfante grupo de santos y los electos que escaparon a la muerte o los que han sido resucitados milagrosamente, reinarían en la tierra por mil años, tiempo señalado para la resurrección general.

Era tan agradable esta esperanza en la mente de los creyentes, que la Nueva Jerusalén, lugar de la silla del resplandeciente trono, fue inmediatamente adornada con todos los colores más increíbles que la imaginación podía pensar.

Una felicidad consistente en solamente un placer puro y espiritual parecería altamente refinado para sus habitantes que aún se suponía poseyeran su naturaleza y sentidos humanos. Un jardín del Edén enmarcado dentro de una vida pastoral, no era considerado por la avanzada vida de la sociedad prevaleciente en el imperio romano. Por tanto se construiría una ciudad de oro y piedras preciosas y una sobrenatural plenitud de grano y vino en su territorio adyacente; en tan libre y alegre ambiente el pueblo feliz jamás sería oprimido por celosas leyes que regularan la propiedad privada.

La mayor parte de estas imágenes eran sacadas de una falsa interpretación de Isaías, Daniel y Revelación. Una de las más toscas imágenes se puede encontrarse en Ireneo, el discípulo de Papías, quién había visto al apóstol S. Juan.

La seguridad del Milenio fue cuidadosamente inculcada por una sucesión de padres de la Iglesia a partir de Justino Mártir e Ireneo quienes conversaron con los inmediatos discípulos de los apóstoles hasta Lactancio, preceptor del hijo de Constantino.

Ver el segundo diálogo de Justino con Tryfón y el libro séptimo de Lactancio. No es necesario discutir para llegar a la conclusión que el resto de los padres de la iglesia están de acuerdo y no disputan la doctrina del milenio. No obstante un curioso lector debería consultar “Daille de Usu Patrum” (L 2, C 4).

La doctrina del Milenio es presentada por Justino Mártir como su propia creencia y la de sus hermanos ortodoxos, de forma clara y solemne en “Diálogo con Tryfonte” páginas 177 y 178 de la edición Benedictina. Si al principio de este importante pasaje hay algunas inconsistencias, las podemos achacar o bien al autor o bien a sus transcriptores.

El Milenio es descrito en lo que en su tiempo fue el 41° Artículo de Fe de la Iglesia de Inglaterra, como “una fábula de herencia judía”. O.S.  

A pesar de que esta doctrina puede no ser recibida universalmente, parece ser de la creencia de la mayoría de los creyentes ortodoxos; y parece estar bien adaptada a los deseos y aprensiones de la humanidad que ha contribuido, en gran parte, al progreso de la fe cristiana. Pero cuando el edificio de la iglesia fue casi terminado, el apoyo temporal fue dejado de lado.

La doctrina del reino de Cristo sobre la tierra fue, en un principio, como una profunda alegoría, fue considerado bajo diferentes grados de opinión dudosa y fútil y con mucho, rechazada como una absurda invención de herejía y fanatismo.

Una misteriosa profecía que aún forma parte del Canon Sagrado, pero que se pensó tomaba ventaja de un sentimiento, había escapado, por poco margen, a la crítica de la iglesia.

En el concilio de Laodicea (alrededor del año 360) el libro de las Revelaciones de S. Juan fue excluido del Canon Sagrado por las mismas iglesias de Asia a quién había sido escrito; y también sabemos, debido a la ratificación hecha por Sulpicio Severo que esta sentencia había sido ratificada por la mayor parte de los cristianos de la época. ¿Cuál es la causa, entonces, de la razón por la que, en el momento presente, es acogido tan efusivamente por el mundo romano, griego y protestante? Las razones, pueden ser alguna de estas:

1.      Los griegos fueron sometidos a la autoridad de un impostor, quién, en el siglo sexto, asumió el carácter de Dionisio el Aeropagita.

2.      Una justa aprensión de que los eruditos podrían convertirse en más importantes que los teólogos envueltos en el concilio de Trento reunidos para poner el sello de su infalibilidad sobre todos los libros de la Escritura contenidos en la Vulgata latina, entre los cuales, afortunadamente se encuentra el libro de la Apocalipsis. (Fr. Paolo, Historia del Concilio de Trento, libro 2).

3.      La ventaja que ofrece este libro de volverse contra la Sede de Roma, inspiró positivamente a los protestantes hacia tan útil e insigne aliado. Ver los ingeniosos y elegantes discursos del obispo de Lichfield en tan prometedor asunto.

La exclusión de la Apocalipsis, dice Milman, no es improbablemente asignada a su poca posibilidad de ser leída en las iglesias. Al respecto, Lactancio creía que este libro profetizaba que un gran imperio asiático surgiría de las ruinas de Roma. O.S.  

En tanto la felicidad y la gloria de un reino temporal eran prometidos a los discípulos de Cristo, las más terribles calamidades eran denunciadas contra el mundo no creyente. La construcción de la Nueva Jerusalén avanzaría a la misma velocidad que la destrucción de la mística Babilonia; y en tanto que los emperadores que reinaron antes de Constantino persistieron en profesar la idolatría, el epíteto de Babilonia era aplicado a la ciudad y al imperio de Roma.

Se hizo un listado de todos los males físicos y morales que podrían afligir a la incipiente nación: discordia interna y la invasión de fieros bárbaros procedentes de las desconocidas regiones del Norte, pestilencia y hambre, cometas y eclipses, terremotos e inundaciones.

Todas estas cosas no eran más que las alarmantes señales preparatorios de la gran catástrofe de Roma, cuando el país de los Escipiones y los Césares sería consumido por el fuego proveniente de los cielos y la ciudad de las siete colinas, con sus palacios, sus templos y sus arcos triunfales, se hundirían en un enorme lago de fuego y azufre. Sin embargo, podría haber algún consuelo para la vanidad romana, en el que el período del imperio sería igual al del mundo el cual, de la misma manera que en otro tiempo pereció bajo las aguas, su destino, ahora, era experimentar una segunda y rápida destrucción, esta vez bajo el fuego.

En la opinión de un consenso general de la fe cristiana, estos felizmente coincidían con la tradición del Este, la filosofía de los estoicos y la analogía con la Naturaleza; y hasta el mismo país el cual, por motivos religiosos, había sido el elegido como la escena principal de destrucción por fuego, estaba adaptada para ese propósito por razones naturales y físicas – por sus profundas cavernas, lechos sulfurosos y numerosos volcanes, de los cuales el Etna,  el Vesubio y el Lípari imperfectamente representaban lo que sucedería. El más calmado y el más escéptico no podía rehusar reconocer que la destrucción del sistema de mundo presente, por medio del fuego era, en sí mismo, bastante probable.  El cristiano, que fundaba sus creencias en la autoridad tradicional de la interpretación de las Escrituras y no en los equívocos argumentos de la razón, lo esperaba con terror y seguridad de ser un evento que ciertamente se aproximaba; y su mente estaba constantemente llena con la solemne idea, por lo que cada desastre que ocurría en el imperio lo consideraba como un síntoma infalible de un mundo que agonizaba.

Respecto a esto, cualquier lector que guste de profundizar, gozará con la lectura de la tercera parte de la Historia Sagrada de Burnet. Él hace de una mezcla entre filosofía, Escritura y tradición, un sistema maravilloso que en su descripción, muestra una fuerza e imaginación que no tienen nada que envidiar a Milton.

 La condena del más inteligente y virtuoso de los paganos, por causa de su ignorancia o incredulidad acerca de las verdades divinas, parece ofender la razón y la humanidad de la época presente.

Y no obstante, cualquiera que sea el lenguaje de los individuos, es aún doctrina pública de todas las iglesias cristianas; de igual manera no podemos rehusar a admitir las conclusiones que son extraídas de los Artículos ocho y dieciocho. Los Jansenitas, que con gran diligencia han estudiado las obras de los padres de la iglesia, mantienen este sentimiento con gran celo y el estudioso Tillemont nunca cita a un emperador virtuoso sin pronunciarle su condenación. Zuinglius es quizá es el único dirigente de un grupo que nunca ha adoptado un sentimiento más suave y no le quita culpabilidad a los Protestantes ni a los Católicos. Ver Historia de las diferentes Iglesias Protestantes de Bossuet, l. 2 c. 19-22 

Pero la iglesia primitiva, cuya fe tenía una consistencia mucho mayor, sin duda alguna, envió al eterno castigo a la mayor parte de la raza humana. Una esperanza un poco mas caritativa podemos permitirnos a favor de Sócrates, o alguna otra parte de las épocas antiguas, que consultaron la luz de la razón antes del advenimiento del Evangelio.

Justino y Clemente de Alejandría permiten que alguno de los filósofos antiguos fueran educados por el Logos, confundiendo el doble significado de la razón y la Divina Palabra.

Pero era afirmado unánimemente que todos aquellos que nacieron después de la muerte de Cristo y que habían persistentemente participado en la adoración de demonios, ni merecían, ni podrían jamás esperar el perdón de la ofendida justicia divina.

Estos sentimientos rígidos, desconocidos en el mundo antiguo, habían, aparentemente, introducido un sentimiento de amargura dentro un sistema donde abundaba el amor y la armonía. Los lazos de unión de sangre y amistad, eran frecuentemente rotos como consecuencia de la diferencia de creencias religiosas; y los cristianos, que en este mundo se encontraron oprimidos por el poder de los paganos, eran algunas veces seducidos por el resentimiento y el orgullo espiritual, a deleitarse sobre la realidad de su prometida victoria futura.

“Estás lleno de expectativas” decía Tertuliano “espera la mayor de las esperanzas, el último y eterno juicio del universo. ¡Cómo admiraré! ¡Cómo me reiré! ¡Cómo me alegrare! Cuando observe a tantos monarcas orgullosos y tantos engalanados dioses, gruñendo en las más obscuras profundidades del abismo; tantos magistrados, que persiguieron el nombre del Señor, derritiéndose en un arrasador fuego mucho más fuerte que los que ellos prendieron contra los cristianos; tantos filósofos ardiendo entre las fuertes llamas con sus engañados seguidores; tantos famosos poetas temblando ante el tribunal, no de Minos, sino de Cristo; tantos dramaturgos hundidos en la expresión de su propio sufrimiento; tantos bailarines...” La humanidad del lector me permitirá poner un velo sobre el resto de esta descripción infernal que el celoso africano prosigue enumerando.

Sin lugar a dudas había muchos, entre los primitivos cristianos, con un temple más próximo a la humildad y la caridad dentro de sus actitudes. Había muchos que sentían una sincera compasión por el peligro que corrían sus amigos y vecinos y que expresaban su celo más benevolente para salvarlos de la próxima destrucción. El descuidado politeísta, asaltado por nuevos e inesperados terrores, de los que ni sus sacerdotes ni filósofos podían ofrecerle protección alguna, frecuentemente se aterrorizaban y se deprimían por la amenaza de las torturas eternas. Estos miedos podían ayudarles en el progreso de su fe y razonamiento y si lograba persuadirse a pensar que la religión cristiana podía ser la verdadera, sería luego una tarea mucho más fácil convencerse que era el mejor y más prudente grupo al que debía unirse.

 

III. Los poderes milagrosos otorgados a la iglesia primitiva.

Los poderes sobrenaturales que, hasta en esta vida eran dados a los cristianos, sobre el resto de la humanidad, tienen que haberles dado una cierta tranquilidad hasta haber llegado a convencer a los infieles.

Aparte de los prodigios ocasionales, que pueden, algunas veces, puestos en efecto por la inmediata interposición de la deidad, cuando él suspendía las leyes de la naturaleza para el servicio de la religión, la iglesia cristiana, desde el tiempo de los apóstoles y sus primeros discípulos, ha reclamado para sí una ininterrumpida sucesión de poderes milagrosos, el don de lenguas, de visión y profecía, el poder de arrojar demonios, de sanar a los enfermos y resucitar a los muertos.

El conocimiento de lenguas extranjeras era frecuentemente comunicado por los contemporáneos de Ireneo, a pesar de que, Ireneo en persona, se encontraba con bastantes dificultades frente a los dialectos bárbaros cuando predicaba el Evangelio a los nativos de las Galias.

La inspiración divina, tanto si fue traída en forma de visión, caminando  o en sueños, se describe como un favor investido liberalmente sobre todos los rangos de los fieles, en mujeres y ancianos, en niños como también en los obispos. Cuando sus devotas mentes estaban lo suficientemente preparadas por medio de la oración, el ayuno y la vigilias, para recibir el impulso extraordinario, eran transportados fuera de sus sentidos y llevados en éxtasis que lo había inspirado, convirtiéndose en simples órganos del Espíritu Santo, en la misma forma que lo es una flauta para que él pueda soplar en ella. Tenemos que agregar que el diseño de esas visiones estaba dirigido, en la mayor parte de los casos, a describir el futuro de la iglesia, o para ayudar a su presente administración.

La expulsión de los demonios de los cuerpos de aquellos infelices que les había sido permitido atormentar, era considerada como una señal del triunfo de la religión y es constantemente repetida por los antiguos apologistas como la evidencia más convincente de la verdad del Cristianismo.

La terrible ceremonia se llevaba a cabo en una forma pública y en presencia de un gran número de espectadores donde el paciente, era sanado por medio del poder o habilidad del exorcista y donde, el derrotado demonio, confesaba que era uno de los dioses de fábula de la antigüedad que de forma impía había usurpado la adoración de la humanidad. 

Pero la milagrosa cura de enfermedades, las más extrañas y hasta las más fuera de lo normal, no puede dar ocasión a sorprendernos cuando encontramos que en los tiempos de Ireneo, a finales del siglo segundo, la resurrección de los muertos estaba lejos de considerarse como un evento fuera de lo común; pues el milagro era frecuentemente llevado a cabo en muchas ocasiones por la iglesia del lugar, la cual se unía en largos ayunos y súplicas y donde las personas resucitadas vivían luego por largos años entre los miembros de su iglesia.

En ese período en que la fe podía alardear de tantas y tan maravillosas victorias sobre la muerte, parece difícil encontrar el escepticismo de aquellos filósofos que aún rechazaban la despreciada doctrina de la resurrección de los muertos.

Un griego, perteneciente a la nobleza, se apoyó en este punto de controversia y prometió a Teófilo, obispo de Antioquía que abrazaría la fe cristiana si veía la resurrección de una sola persona. Es interesante saber que el prelado de la primera iglesia oriental, a pesar de estar ansioso por la conversión de su amigo, pensó ser adecuado declinar este razonable desafío.

Los milagros de la iglesia primitiva, después de ser sancionados en el tiempo, últimamente han sido atacados de una manera muy abierta, la cual, a pesar de haber tenido una muy favorable recepción por parte del público, aparentemente ha llevado a un escándalo general entre los divinos que andan entre nosotros como también a otras iglesias protestantes de Europa.

Los diversos sentimientos que albergamos sobre este asunto serán mucho menos influenciados por un argumento en particular que por nuestros hábitos de estudio y reflexión y, sobre todo,  por el grado de evidencia a que nos hemos acostumbrado a requerir como prueba del evento milagroso. El deber de un historiador no le llama a interponerse en este juicio privado de importante controversia; pues él no debe desarticular la dificultad de adoptar dicha teoría permitiendo la reconciliación del interés de la religión con la razón, haciendo la adecuada aplicación de esa teoría y definiendo, con precisión, los límites de aquél período feliz, libre de errores y engaños al que estamos dispuestos a otorgar los dones de los poderes sobrenaturales.

Desde el primero de los padres hasta el último de los papas, una sucesión de obispos, de santos, de mártires y de milagros, ha continuado sin interrupción; y el progresivo avance de la superstición ha sido tan gradual y casi imperceptible que desconocemos en qué particular anillo debemos romper la cadena de la tradición.

Cada época porta el testimonio de los maravillosos eventos por los que ha sido distinguida y estos testimonios aparecen no sin menos peso y respetabilidad que las generaciones precedentes, hasta que insensiblemente somos conducidos a darnos cuenta de nuestra propia inconsistencia si, en el siglo ocho o en el doce, negamos al venerable Bede, o al santo Bernardo, el mismo grado de confianza que en el siglo segundo otorgamos a Justino e Ireneo.

Si la verdad de cualquiera de esos milagros es apreciada por su aparente uso y propiedad, cada época tiene no creyentes que convencer, heréticos que refutar y naciones herejes que convertir; y por tanto existen los suficientes motivos para la intervención de los Cielos. Y como cada amigo de la revelación es persuadido por la realidad y cada hombre razonable es convencido del cese de los poderes milagrosos, es evidente que tiene que haber habido un periodo en el que, o bien de repente, o bien poco a poco, estos fueron desapareciendo de la iglesia cristiana.

No importa la era que escojamos, la muerte de los apóstoles, la conversión del imperio romano, la extinción de la herejía de Ariano, la insensibilidad de los cristianos que vivieron en esas épocas podrán igualmente enfrentarse a un justo asunto de sorpresa.  Ellos seguían apoyando sus pretensiones después de haber perdido su poder. La credulidad llevaba a cabo la obra de la fe; se permitía al fanatismo utilizar el lenguaje de la inspiración y a los efectos del accidente o las maquinaciones se les otorgaban causas sobrenaturales.

La reciente experiencia de los genuinos milagros deberían haber instruido al mundo cristiano en los caminos de la Providencia y habituar su ojo (si nos es permitido utilizar una muy inadecuada expresión) al estilo del Divino Artista.

Si el más habilidoso de los pintores de la Italia moderna presume con decorar sus vanas imitaciones con el nombre de Rafael o Correggio, el insolente fraude sería prontamente descubierto y rechazado con indignación.

Cualquiera sea la opinión que tengamos acerca de los milagros de la iglesia primitiva desde el tiempo de los apóstoles, esta irresistible suavidad de temperamento, tan conspicuo entre los creyentes de los siglos segundo y tercero, demuestra traer un beneficio accidental a la causa de la verdad y la religión. En tiempos modernos, un latente y hasta involuntario escepticismo se adhiere a cualquiera disposición pía. Sus admisiones de verdades sobrenaturales es mucho menos un consentimiento activo que una aceptación fría y pasiva. Por mucho tiempo acostumbrados a observar y respetar el invariable orden de la naturaleza, nuestra razón, o al menos nuestra imaginación, no está lo suficientemente preparada para sustentar una acción visible de la Deidad. Pero en los primeros tiempos del Cristianismo, la situación de la humanidad era completamente diferente. El más curioso o el más crédulo entre los paganos, era frecuentemente persuadido a entrar en una sociedad que afirmativamente reclamaba ser portadores de poderes milagrosos. Los Cristianos primitivos constantemente deambulaban por terrenos místicos y sus mentes estaban ejercitadas en creer los eventos más extraordinarios. Ellos sentían o se gozaban que por todos lados eran incesantemente atacados por demonios, confortados por visiones, instruidos por profecía y sorprendentemente salvados del peligro, enfermedades y hasta de la muerte misma, por medio de las plegarias de la iglesia.

Los verdaderos peligros imaginarios de los que frecuentemente se consideraban ser objeto, bien como instrumentos, bien como espectadores, felizmente les predisponía a adoptar con la misma facilidad, pero con mucha mayor justicia, las auténticas maravillas de la historia evangélica; y estos milagros que no excedían la medida de su propia experiencia, les inspiraba con la más viva seguridad de misterios que fueron reconocidos el sobrepasar los límites de su entendimiento.

Es esta profunda impresión de las verdades sobrenaturales las que fueron tan celebradas bajo el nombre de la fe; un estado mental descrito como la más segura dádiva del favor Divino para una futura felicidad que reclamaba ser el primero o quizá el único mérito de un Cristiano.

De acuerdo a los doctores más rígidos, las virtudes morales, que podían ser igualmente practicadas por los infieles, estaban destituidas de cualquier valor o eficacia en el trabajo de nuestra justificación.

 

VI.           La moral pura y austera de los cristianos

 

Pero los Cristianos primitivos mostraban su fe con sus virtudes; y era justamente supuesto, que la persuasión Divina que iluminaba o sometía el entendimiento, tenía a la vez, a purificar el corazón y a dirigir las acciones del creyente. Los primeros apologistas del Cristianismo quienes justificaban la inocencia de sus hermanos en la fe, y los escritores de ese último período quienes celebraban la santidad de sus primogenitotes, desplegaban con los colores más vivos, la reforma en el comportamiento que fueron introducidos al mundo por medio de la predicación del Evangelio.

A la vez que es mi intención señalar  solamente las causas humanas que permitían ayudar la influencia de la revelación, también mencionaré brevemente dos motivos que naturalmente puedan mostrar la vida de los Cristianos primitivos como más austera que la de aquellos Paganos contemporáneos  o sus degenerados sucesores – arrepentimiento por sus pasados pecados y el laudable deseo de apoyar la reputación de la sociedad en la que ellos se encontraban. 

Es un antiguo reproche, sugerido por la ignorancia o la malicia de la infidelidad, que los Cristianos integraban en sus filas a los más atroces criminales quienes, tan pronto eran tocados por un soplo de remordimiento, fácilmente eran persuadidos a limpiar, en las aguas del bautismo, la culpabilidad de sus pasadas conductas, de la que los templos de los dioses rehusaban otorgarles ningún tipo de expiación.

Pero este reproche, una vez limpiado de falsas interpretaciones, contribuía en mucho al honor como también al aumento de la iglesia. Los amigos del cristianismo pueden reconocer, sin sonrojarse, que muchos de sus más eminentes santos habían sido, antes de su bautismo, pecadores empedernidos.

Después del ejemplo del Divino Maestro, los misionarios del Evangelio no eludían asociarse con hombres ni mujeres especialmente, oprimidos por su remordimiento y a menudo por los efectos de sus vicios. A medida que salían del pecado y las supersticiones hacia la gloriosa esperanza de la inmortalidad, ellos decidían dedicarse a una vida, no solamente de virtud sino también de penitencia. Su deseo de perfección se convirtió una pasión que dominaba sus almas y es bien sabido que, en tanto la razón abraza un frío balance, nuestras pasiones nos urgen con violencia sobre el especio que se encuentra entre los extremos más apartados.

Cuando los nuevos conversos se encontraban dentro del número de los fieles y eran admitidos a los sacramentos de la iglesia, se encontraban restringidos a recaer a sus pasados desórdenes por otra razón no tan espiritual sino de una naturaleza más inocente y respetable. Cualquier grupo social que ha abandonado el gran grupo nacional, o la religión a la que pertenecían, inmediatamente se convierte en el foco de observación de todo el mundo.

En proporción a lo pequeño del número, el carácter de la sociedad puede ser afectada por las virtudes y los vicios de las personas que lo componen y cada miembro está encargado de vigilar con suma atención sobre su comportamiento y el de sus hermanos ya que en la misma forma que su mal comportamiento puede traer una desgracia común, su buen comportamiento le da la esperanza de incluirse y formar parte y partícipe de una buena reputación común.

Cuando los Cristianos de Bitinia fueron traídos frente al tribunal del joven Plinio, aseguraron al procónsul que no solamente estaban muy lejos de haberse envuelto en conspiración alguna puesto que estaban atados a una obligación solemne de mantenerse alejados de aquellos crímenes que podían perturbar la paz, tanto pública como privada, de la sociedad, tales como el robo, adulterio, perjurio y fraude.

Casi un siglo después, Tertuliano con sincero orgullo se enorgullecía de que pocos Cristianos habían sido castigados por manos de la ley excepto aquellos que fueron perseguidos por la creencia de su religión.

Su vida seria y obscura, contraria al lujo y boato de la época, les inculcaba castidad, temperancia, austeridad y todas aquellas virtudes domésticas.

Como la mayoría de ellos se dedicaba al comercio o eran profesionales, se les imponía la necesidad de la más estricta integridad y seriedad en su trato, la que los profanos estaban prontos a enfrentarse como una apariencia de santidad.

El mundo en que vivían les ejercitaba en los hábitos de humildad, temperancia y paciencia. Cuanto más eran perseguidos más se arrimaban los unos a los otros. El servicio mutuo y su confianza carente de sospecha, fue observada por los infieles y, a menudo, abusada por sus amigos deshonestos.

Es una memorable circunstancia para la moral de los primitivos Cristianos, que hasta sus faltas, o mejor dicho: sus errores, eran generalmente generados como una consecuencia de su virtud. Los obispos y doctores de la iglesia, como demuestra la evidencia y hasta la práctica de sus contemporáneos,  habían estudiado las escrituras con menos habilidad que devoción; pues a menudo recibían los preceptos más rígidos de Cristo y los apóstoles, en su forma literal, los que la prudencia de comentaristas posteriores han aplicado una interpretación menos rígida y figurativa.

Ansiosos por exaltar la perfección del Evangelio sobre la sabiduría de la filosofía, los celosos padres se habían hecho cargo de la auto-mortificación, pureza y paciencia para llegar a la altura de lo que difícilmente es posible llegar y mucho menos mantener y preservar en nuestro presente estado de debilidad y corrupción. Una tan extraordinaria doctrina y tan sublime tiene inevitablemente que traer consigo la admiración del pueblo; pero no fue bien calculado para obtener el sufragio de los aquellos poetas mundiales quienes, en el comportamiento de esta vida transitoria, solamente cubrían sus sentimientos naturales  y los intereses de la sociedad.

Existen dos muy naturales tendencias que pueden distinguir a la más virtuosa y la más liberal de las disposiciones, el amor a los placeres y el amor a la acción. Si el primero es refinado por el arte de aprender, mejorado por la elegancia del trato social y corregido un poco por la economía, la salud y la reputación, este será el productor de la mayor parte de la felicidad de la vida privada. El amor por la acción es un principio de una naturaleza mucho más fuerte y dudosa. A menudo lleva hacia la furia, ambición y venganza, pero cuando es conducido por un sentido de propiedad y benevolencia, se convierte en el padre de todas las virtudes y si esas virtudes vienen acompañadas con iguales habilidades, una familia, una propiedad o un imperio, pueden llegar a estar en deuda con el indomable coraje de un solo hombre por su seguridad y prosperidad. Por tanto podemos estar de acuerdo que el amor por los placeres es el más aceptable y que el amor por la acción habrá que darle las calificaciones de más útil y respetables.

El carácter en el que ambos, el uno y el otro, debe unirse y armonizarse, parecería constituir la idea más perfecta de la naturaleza humana.

Una disposición insensible e inactiva, que pueden considerarse similares para destruir a ambos, debe ser rechazada unánimemente por el ser humano, como totalmente incapaces de procurar felicidad alguna para el individuo, ni beneficio alguno para el resto del mundo.  Pero no era en este mundo en el que los primitivos cristianos tenían deseos de que se estuviera de acuerdo con ellos ni tampoco de ser útiles.

El adquirir conocimiento, ejercitar nuestro razonamiento o el agradable fluir de una conversación amena y relajada, pueden emplear el abandono de una mente liberal. Tales esparcimientos, sin embargo, eran rechazados con horror o admitidos con muchísimo cuidado, por la severidad de los padres de la iglesia, quienes desechaban todo conocimiento que no era útil para la salvación y quienes consideraban el peso del discurso como un abuso criminal del don de la palabra. En nuestro presente estado de existencia el cuerpo está tan inseparablemente conectado con el alma que parece ser nuestro interés probar, con inocencia y moderación, las alegrías a las que es susceptible nuestro fiel compañero. Muy diferente era el razonamiento de nuestros devotos predecesores, vanamente tratando de imitar la perfección de los ángeles, ellos despreciaban, o aparentaban despreciar, cualquier placer bien fuera terrenal o corporal. Algunos de nuestros sentidos son necesarios para nuestra conservación, otros para nuestra subsistencia y otros para nuestra información; por esta razón era imposible rechazar su uso.

La primera sensación de placer era marcada como el primer momento de su abuso. El insensible candidato al cielo era enseñado, no solamente a resistir los groseros ataques del gusto o del olfato, sino hasta cerrar sus oídos ante la profana armonía de los sonidos, y ver con indiferencia el más elaborado producto de arte humano.

Elegantes vestidos, casas magníficas y muebles elegantes eran supuestos unir una doble pena de orgullo y sensualidad: una simple y mortificada apariencia era más adecuada para el Cristiano que estaba seguro de sus pecados y dudoso de su salvación. Al censurar el lujo, los padres eran extremadamente meticulosos y circunstanciales.

Ver el trabajo de Clemente de Alejandría titulado El Pedagogo, el cual contiene los rudimentos  de la ética tal como era enseñada en las escuelas cristianas más importantes.

 Entre los variados artículos que levantaban la pía indignación se encontraban: las pelucas o pelo falso, piezas de vestir de otro color que no fuera el blanco, instrumentos de música, vasijas de oro o plata, elegantes cojines (ya que Jacob posó su cabeza sobre una piedra), pan blanco, vinos extranjeros, saludos públicos, el uso de baños con agua templada, la práctica de afeitarse la barba, que, de acuerdo a la expresión de Tertuliano, es una mentira contra nuestra cara y un impío intento de mejorar la obra del Creador.

Cuando el cristianismo fue introducido entre los ricos y los educados, se abandonaron esas leyes para aquellos que ambicionaban una santidad mayor. Pero para los rangos inferiores de la humanidad, siempre es fácil, a la vez de agradable, reclamar el mérito de alejarse de la pompa  y el placer que la fortuna había puesto fuera de su alcance.

La virtud del cristiano primitivo, como la de los primeros romanos, era casi siempre guardad por la pobreza y la ignorancia.

La casta severidad de los padres de la iglesia, en todo lo concerniente a los dos sexos, fluía siempre por el mismo conducto: su horror por cualquier tipo de gozo que pudiera gratificar lo sensual y degradar la naturaleza espiritual del hombre. Era de su favorita opinión que si Adán hubiera preservado su obediencia hacia Dios, él hubiera vivido para siempre en un estado de pureza virginal y que algún tipo de inocente modo de vegetación hubiera poblado el paraíso con una raza de inocentes y eternos seres humanos. El uso del matrimonio fue solamente permitido a su caída descendencia como una necesidad para continuar la especie humana, y como un control, un tanto imperfecto, para la licenciosa naturaleza del deseo.

La indecisión de la casuística ortodoxa en este asunto interesante traiciona la perplejidad del hombre poco inclinado a aprobar una institución que estaban obligados a tolerar.

Algunos herejes gnósticos eran más consistentes: rechazaban el matrimonio.

Listar las leyes caprichosas que circunstancialmente impusieron sobre el matrimonio, forzaría una sonrisa de nuestros jóvenes y sonrojaría al pálido.

Era de consenso unánime que un primer matrimonio era adecuado para todos los propósitos de la naturaleza y la sociedad. La conexión sexual fue refinada en una semejanza a la mística unión de Cristo con su iglesia y fue pronunciada indisoluble ni por divorcio ni muerte. La práctica de un segundo matrimonio era catalogado como un adulterio legal y las personas que eran culpables de tan escandalosa ofensa contra la pureza Cristiana, eran inmediatamente excluidos de todos los honores y hasta de los brazos de la iglesia.

Como el deseo era imputado como un crimen, el matrimonio era tolerado como un defecto, esto era consistente y dentro de los mismos principios el considerar un estado de celibato como una cercana aproximación a la perfección Divina.

Era con gran dificultad que la antigua Roma pudiera soportar la institución de las seis vestales; pero la iglesia primitiva estaba llena con un gran número de personas de ambos sexos que se habían dedicado a la profesión de perpetua castidad.

Ver una curiosa Disertación sobre las Vestales, en las Memoires de l’Academie des Inscriptions. A pesar de los honores y premios que eran otorgados a esas vírgenes, era siempre difícil encontrar un número suficiente; como tampoco podían las penas más horribles detener su incontinencia.

Unos pocos, entre los que podemos nombrar el instruido Orígenes, juzgaba ser lo más prudente desarmar el temperamento. Algunos eran insensibles y otros invencibles contra los ataques de la carne. Desdeñando la ignominiosa lucha las vírgenes de clima caliente de Africa, encontraron al enemigo en su lugar más próximo; permitieron a los ministros y diáconos compartir su lecho y gloriarse entre las llamas de su inmaculada pureza. Pero insultaron a la naturaleza en algunos casos reclamando sus derechos, y esta nueva especie de martirio solamente sirvió para introducir en la iglesia un nuevo escándalo.

Sin embargo, entre los ascetas cristianos, muchos, cuanto menos presuntuosos, resultaban probablemente los más exitosos. La pérdida de placer sexual fue sustituido y compensado por un orgullo espiritual. Hasta la gran mayoría de los paganos se inclinaban a valorar el mérito del sacrificio debido a su aparente dificultad, y fue en la alabanza de estas castas esposas de Cristo que los padres de la iglesia derramaron todo el poder de su elocuencia.

Estos fueron los primeros trazos de los principios monásticos y las instituciones que, en una época posterior, hicieron el contrapeso a todos los avances temporales de la Cristiandad.

Los ascetas (tan temprano como en el siglo segundo) hicieron cosa propia el mortificar sus cuerpos, absteniéndose de la carne y el vino. Mosheim p. 310

Para los Cristianos no les era menos adverso a sus negocios que los placeres de este mundo. La defensa de sus personas y propiedad no sabían cómo conciliar con la paciente doctrina que abrazaba un perdón ilimitado a las injurias pasadas y que además les invitaba a la recepción de nuevos insultos.

Su simplicidad se ofendía por el uso de juramentos, por la pompa de los magistrados y la exclusión de participar en la vida pública; tampoco podía su ignorancia humana convencerse que era legal, en ninguna ocasión,  derramar sangre de sus semejantes, ni por justicia ni por guerra, inclusive si intentos hostiles o criminales amenazaban la seguridad y la paz de toda la comunidad.

Ver Morale des Peres. Los mismos pacientes principios han sido resucitados por la Reforma por los Socinians, los modernos Anabautistas y los Quaqueros. Barklay el defensor de los quaqueros, ha protegido a sus hermanos por la autoridad de los primeros cristianos.

Era reconocido que, bajo una ley menos perfecta, los poderes de la constitución judía habían sido ejercidos con la aprobación celestial por inspirados profetas y ungidos reyes. Los Cristianos creían y así anunciaban que tales instituciones podían ser necesarias para el sistema presente del mundo y de agrado se sometían a la autoridad de sus gobernantes paganos. Pero si bien, por un lado inculcaban al máximo su pasiva obediencia, por otro rehusaban tomar parte activa en la administración civil o en la defensa militar del imperio. Alguna indulgencia podía permitirse a aquellas personas que, antes de su conversión, se dedicaban a tan violentas y sanguinarias ocupaciones; pero era imposible que los Cristianos, sin renunciar a una más sagrada obligación, pudieran tomar el papel de soldados, magistrados o príncipes.

Tertuliano, en De Corona Militis, sugiere la conveniencia de desertar; un consejo que, si hubiera sido de conocimiento general, no era muy adecuado para obtener el favor de los emperadores hacia la secta de los Cristianos.

No existe algo que deba asombrarnos, dice Guizot, en el rechazo de los Cristianos primitivos a tomar parte en la vida pública. Como Cristianos no podían entrar en el Senado, que, de acuerdo al propio Gibbon, siempre se reunía en un templo o lugar consagrado y donde cada senador, antes de tomar su asiento, hacía las libaciones de unas gotas de vino y quemaba incienso en el altar. Como Cristianos, no podían asistir a fiestas y banquetes, los cuales siempre terminaban en libaciones, las que al fin y al cabo, debido a la innumerable cantidad de deidades, estaban íntimamente entretejidas con cada circunstancia, tanto de la vida privada como la pública y a las que los Cristianos no podían participar sin caer en culpa o impiedad.

Este indolente y hasta criminal desdeño por el servicio público, les exponía ante los reproches de los paganos, quienes frecuentemente preguntaban ¿Cuál sería el destino del imperio, atacado por los bárbaros en sus cuatro costados, si toda la humanidad tomara la pusilánime actitud de la nueva secta?

A esta insultante pregunta, los apologistas Cristianos daban contestaciones oscuras y ambiguas  puesto que no podían  revelar el secreto de su seguridad: la esperanza de que antes de que la conversión de la humanidad se llevara a cabo, el gobierno, las guerras, el imperio Romano, y hasta el mismo mundo, dejarían de existir.

Debemos observar que de igual manera, la situación de los primeros cristianos muy felices con sus escrúpulos religiosos y su aversión hacia la vida pública contribuía en lugar de excusarlos del servicio en y no de su exclusión de los honores del estado y el ejército.    

 

V. La unión y disciplina de la república cristiana

Pero el carácter humano, aunque pueda ser exaltado o deprimido por una emoción temporal, regresará, poco a poco, a sus niveles normales y resumirá aquellas pasiones que parecen las más adecuadas para las condiciones del momento. Los Cristianos primitivos estaban ciegos y sordos a los placeres del mundo; pero su amor por la acción, que no podía ser extinguida de ninguna manera, pronto revivió, encontrado un nuevo quehacer en el gobierno de la iglesia.

Una sociedad separada que atacara la religión del imperio, estaba obligada a adoptar alguna forma de política interna y nombrar el suficiente número de ministros envestidos con el poder, no sólo de las funciones espirituales, sino hasta de la temporal dirección de las riquezas comunitarias de los Cristianos. La seguridad de la sociedad, su honor, su aumento, eran productivos hasta en las mentes más pías, como un espíritu de patriotismo tal como el que los Romanos habían sentido por su primera república y en algunas ocasiones, de igual manera actuaban con la misma indiferencia al utilizar cualquier medio que se encontraba a su alcance para llegar al deseado final.

La ambición de elevarse, ellos o sus amigos, a los honores y puestos dentro de la iglesia,  se distinguía por la plausible intención de dedicarse al beneficio público; y no solamente por esta razón solicitaban el poder y la consideración, sino que además, hacerlo, era tomado como una obligación.

En el ejercicio de sus funciones, frecuentemente eran llamados a detectar errores provocados por herejías en la forma de actuar de algunos y oponerse a las decisiones de miembros portadores de perfidia,  destinada a estigmatizar el carácter del grupo con especial infamia, para arrojarlos del centro de una sociedad cuya paz y felicidad habían intentado disturbar.

Los gobernantes eclesiásticos de los Cristianos habían sido enseñados a unir la sabiduría de la serpiente con la inocencia de la paloma; pero en la medida que la primera era refinada, sin percibirse corrompían la segunda por la forma de llevar a cabo su gobierno. En la iglesia, igual que en el mundo, las personas que eran colocadas en un lugar público se consideraban por su elocuencia y firmeza, por su conocimiento de la humanidad y por su destreza en los negocios; y en tanto ocultaban de los demás, e inclusive hasta de sí mismos, los motivos secretos de su conducta, frecuentemente, ellos también se denigraban dentro de las turbulentas pasiones de su vida activa, la cual tiznaban con un grado adicional de amargura y obstinación influenciado por su celo espiritual.

El gobierno de la iglesia, a la vez que su valor, a menudo ha sido objeto de disputas religiosas. Los hostiles adversarios de Roma, París, Oxford y de Ginebra, han luchado por igual para destruir y someter el primitivo modelo apostólico a la política de cada uno de sus respectivos grupos.

Los aristócratas franceses al igual que los ingleses, han mantenido incansablemente el divino origen de los obispos. Pero los presbíteros Calvinistas, se sentían incómodos con un superior y el pontífice Romano rehúsa reconocer a otro igual. (ver Fra Paolo)

Los pocos que han seguido estudiando este asunto con más candor e imparcialidad, son de la opinión que los apóstoles declinaron el cargo de legislar y en su lugar el sufrir en carne propia algunos escándalos y divisiones, que el excluir a los Cristianos de una época futura de la libertad de tener una variada forma de gobierno eclesiástico de acuerdo al cambio de los tiempos y de las circunstancias.

En la historia de la jerarquía Cristiana, he seguido, en la mayor parte, al erudito y cándido Mosheim.

El esquema del sistema utilizado, bajo su aprobación, fue, en el siglo primero, los practicados en Jerusalén, Efeso o Corinto. Las sociedades instituidas en esas ciudades del Imperio Romano, estaban solamente unidas por lazos de fe y caridad. La independencia e igualdad formaban las bases de su constitución interna. El deseo de la disciplina y el conocimiento humano era proveído por la ocasional asistencia de los profetas, quienes eran llamados a ese puesto sin distinción de edad, sexo o habilidades naturales y quienes, en la medida que sentían el divino impulso, derramaban las afluencias del Espíritu sobre la asamblea de los fieles.

Pero esos dones extraordinarios eran frecuentemente abusados o mal aplicados por los maestros proféticos. Los desplegaban en desapropiados momentos, presuntuosamente disturbando el servicio de la asamblea y por su orgullo o errado celo introducían, particularmente en la iglesia de Corinto, una larga y melancólica lista de desordenes. En la medida que la institución de los profetas se convirtió en algo de poca utilidad y hasta pernicioso, sus poderes les fueron siendo retirados y eventualmente su puesto fue abolido.

Las funciones públicas de la religión fueron solamente confiadas a establecidos ministros de la iglesia, los obispos y los presbíteros; dos nombres que, en sus orígenes, aparentaban haber ocupado el mismo puesto y con las mismas funciones. El nombre presbítero era un reflejo de su edad, o mejor de aplomo y sabiduría. El título de obispo denota su inspección sobre la fe y comportamiento de los Cristianos que estaban asignados a su cuidado pastoral. Proporcionalmente al respectivo número de  fieles, un número mayor o menor de esos presbíteros episcopales guiaban a cada infante de la congregación con igual autoridad y unidad de instrucción.

Pero las más perfecta igualdad de libertad requiere la mano directora de un magistrado superior;  y el orden de las deliberaciones públicas pronto introduce el puesto de presidente, al menos investido con la autoridad de recoger los sentimientos y ejecutar las resoluciones de la asamblea.

En consideración a la tranquilidad pública que sería frecuentemente interrumpida por sus anuales o sus ocasionales elecciones, indujo a los primeros cristianos a introducir una honorable y perpetua magistratura y escoger a uno de los más sabios y uno de los más queridos de entre los presbíteros, para ejecutar, durante toda su vida, las obligaciones de su gobierno eclesiástico.

Fue bajo esas circunstancias donde el pomposo título de Obispo comenzó a elevarse por sobre el más humilde nombre de Presbítero; y en tanto que este último permanecía como la más natural distinción para los miembros del senado Cristiano, el primero era más apropiado para la dignidad de un nuevo presidente.

Ver Jerónimo y Tito y la Epístola 85 edición benedictina 101, y la elaborada apología de Blodel “pro sentencia Hieronymi”. El estado antiguo, tal como es descrito por Jerónimo, de los obispos y presbíteros de Alejandría, recibe una firme confirmación por parte del patriarca Eustaquio (Anales, tom. i, versi. Pocock) cuyo testimonio no puedo rechazar, a pesar de las objeciones del erudito Pearson en su Vindiciae Ignatiae.

Las ventajas de esta forma de gobierno episcopal, que parece fue introducida antes del fin del siglo primero, fueron tan obvias y tan importantes para su futura grandeza a la vez de la presente paz del Cristianismo, que fue adoptada sin demoras por todas las sociedades esparcidas a lo largo de todo el imperio Romano y que ya contaban con un cierto tipo de antigüedad y es aún reverenciada por las iglesias más poderosas, tanto del Este como del Oeste como si fuera esto un primitivo y hasta divino establecimiento.

Ver la introducción a la Apocalipsis. Los obispos, bajo el nombre de ángeles, ya estaban instituidos en las siete ciudades de Asia y sin embargo, la epístola de Clemente, que probablemente es tan antigua, ni si quiera nos indica la posibilidad de la existencia del episcopado ni en Corinto ni en Roma.

Nulla ecclesia sine Episcopo” ha sido una máxima desde tiempo de Tertuliano e Ireneo.

Una vez pasadas las dificultades del siglo primero, encontramos el gobierno episcopal universalmente establecido hasta que fue interrumpido por los genios suizos y alemanes que llevaron a cabo la Reforma.

No es necesario observar que los píos y humildes presbíteros que fueron primeramente dignificados con los títulos episcopales, no podían poseer y de seguro hubieran  rechazado, el poder y la pompa que ahora acompaña la tiara del pontífice romano, o la mitra del prelado alemán.

Pero podemos definir en unas pocas palabras los estrechos límites de su jurisdicción, que era principalmente espiritual, aunque en algunas ocasiones era de naturaleza temporal.

Esta consistía en la administración de los sacramentos y las disciplinas de la iglesia, la supervisión de las ceremonias religiosas, que imperceptiblemente aumentaban en número y variedad, la consagración de los ministros a quienes el obispo les asignaba sus respectivas funciones, la administración de los fondos públicos y la determinación de aquellas diferencias existentes entre los fieles no deseosos de exponerlas ante un tribunal donde el juez era un idólatra.

Esos poderes, durante un corto período de tiempo, fueron ejercidos de acuerdo al consejo de los presbíteros y con el consentimiento y aprobación de la asamblea de Cristianos.

Los primeros obispos fueron considerados los primeros de sus iguales y los honorables siervos del pueblo libre. Siempre que la silla episcopal quedaba vacante como consecuencia de la muerte, un nuevo presidente era elegido entre los presbíteros por medio del sufragio de toda la congregación, donde cada miembro se consideraba investido con un sagrado carácter sacerdotal.

“¿Nonne et Laici sacerdotes sumus? – Tertuliano.

Los sínodos no fueron los primeros medios tomados por las aisladas iglesias para entrar en comunión y tomar un carácter corporativo. Las diócesis fueron primeramente formadas por la unión de varias iglesias dentro de una misma ciudad; muchas iglesias unidas entre ellas o la unión de varias iglesias dentro de una metrópolis. Las diócesis no fueron formadas antes del comienzo del siglo segundo, antes de esa época los Cristianos no tenían suficientes iglesias que necesitaran de una unión. Los sínodos provinciales no comenzaron hasta la mitad del siglo tercero. O.S.

Esta era la benevolente constitución plena de igualdad, por la que los Cristianos fueron gobernados por más de cien años después de la muerte de los apóstoles. Cada sociedad formaba dentro de ellos mismos, una república separada e independiente; y, a pesar de que hasta los más distantes de esos pequeños estados mantenían un constante comunicado de cartas y visitas, el mundo Cristiano aún no se encontraba unido por una autoridad suprema o asamblea legislativa. En la medida que el número de los fieles aumentaba gradualmente, estos fueron descubriendo las ventajas que una más cercana unión les traería para sus intereses y designios.

Hacia el fin del siglo segundo, las iglesias de Grecia y Asia adoptaron institucionalizar los sínodos provinciales y podemos justamente pensar que el modelo había sido tomado de los concilios representativos que con éxito se llevaban a cabo en sus países, los Amfictions, la liga Acaya, o las asambleas de las ciudades ionas.

Pronto quedó establecido, como costumbre y como ley, que los obispos de las iglesias independientes, deberían juntarse en la capital de la provincia en ciertas y determinadas fechas de la primavera y el otoño. Sus deliberaciones eran asistidas por el consejo de unos cuantos distinguidos presbíteros y moderados por la presencia de una multitud que asistía a escuchar.

Sus decretos que eran llamados Canons, regulaban toda importante controversia de fe y disciplina; y era natural el creer que una liberal efusión del Espíritu Santo sería derramado sobre la unida asamblea de delegados del pueblo Cristiano. La institución de los sínodos estaban idealmente preparados para la ambición privada y el interés público que en un corto espacio de tiempo, muy pocos años, fueron celebrados a través de todo el imperio.

Es establecía una correspondencia regular entre los concejos provinciales, que mutuamente comunicaba y aprobaba sus respectivas decisiones; y la iglesia católica pronto tomó forma y adquirió la fuerza de una grande y federativa república.

En la medida que la autoridad legislativa de estas iglesias era insensiblemente desoída por el uso de los concilios, los obispos obtenían una mayor participación del ejecutivo y arbitrario poder; tan pronto fueron conectados por un sentido de interés común, pudieron atacar, con inusitado vigor, los derechos originales del clero y el pueblo.

Los prelados del siglo tercero imperceptiblemente cambiaron el lenguaje de exhortación hacia el de mandato, desparramando las semillas de futuras usurpaciones, y proveyeron, por medio de alegorías de la Escritura y retórica reclamativa,  sus deficiencias de fuerza y razón. Exaltaron la unión y la fuerza de la iglesia, tal como era representada en la oficina episcopal, de la que cada obispo disfrutaba de una igual e indivisible porción.

A menudo era repetido que los príncipes y magistrados, podían vanagloriarse de sus mundanos poderes y poderes transitorios, mas era la autoridad episcopal y ella solamente, la que era derivada de Dios extendiendo su autoridad sobre este y el otro mundo. Los obispos eran los vice-regentes de Cristo, los sucesores de los apóstoles y los místicos sucesores del Sumo Sacerdote de la ley Mosaica.  Su privilegio exclusivo de conferir el carácter sacerdotal, invadía la libertad de ambos los clérigos y las de las elecciones populares: y si, en la administración de la iglesia, consultaban aún el juicio de los presbíteros o el deseo del pueblo, cuidadosamente dejaban saber el mérito de tan voluntaria condescendencia. Los obispos reconocían la autoridad suprema que residía en la asamblea de los hermanos; pero en el gobierno de su diócesis en particular, cada uno pedía de su rebaño la misma implícita obediencia como si fuera literalmente justo y como si el pastor hubiere sido de una naturaleza más prominente que aquella de la de sus ovejas.

Su obediencia, sin embargo, no fue impuesta sin esfuerzo por un lado o resistencia por el otro. La parte democrática de la constitución era, en muchos lugares, fuertemente soportada por los celosos o la interesada oposición de los clérigos inferiores. Pero su patriotismo recibía ignominiosos epítetos de partidistas y separatistas y la causa episcopal se vio envuelta, debido a su rápido progreso, en las obras de muchos prelados activos, quienes, como Cipriano de Cartago, podían conciliar en ellos las artes del político más ambicioso, con las virtudes Cristianas que serían propias de una santo y mártir.

Las mismas causas que en un principio destruyeron la igualdad de los presbíteros introdujo, entre los obispos, la importancia de los rangos y por tanto una superioridad de jurisdicción. Tan a menudo que se reunían en los sínodos provinciales de primavera y otoño, las diferencias de los méritos y reputación personales eran fáciles de detectar entre los miembros de la asamblea y la multitud era gobernada por la sabiduría y la elocuencia de unos pocos.

Pero el orden de las sesiones públicas requería de más regular y menos envidiosas distinciones; el puesto de los perpetuos presidentes del concilio de cada provincia, era conferido sobre los obispos de las ciudades principales; y aquellos aspirantes prelados que pronto adquirieron el pomposo título de Metropolitanos y Primados, se preparaban en secreto para usurpar de sus hermanos los obispos la misma autoridad que anteriormente estos habían asumido por sobre le colegio de Presbíteros.

No tardó mucho tiempo para que la manifestación de la preeminencia y poder se hiciera manifiesta entre los Metropolitanos, mostrada en cada uno por términos pomposos, los honores temporales y ventajas sobre la ciudad  que presidían; los números y opulencia de los Cristianos sujetos a su cuidado pastoral; los santos y mártires que habían surgido entre ellos; y la pureza con la que ellos preservaban la tradición de la fe en la forma que había sido transmitida por una serie de obispos ortodoxos desde el apóstol o el discípulo apostólico a quien se atribuía la fundación de esta iglesia.

Desde cualquier causa, bien fuera civil o eclesiástica, era fácil ver que a Roma, se le debía respeto y pronto reclamaría para sí la obediencia de las provincias. La sociedad de los fieles tenía en número su justa proporción por ser la capital del imperio y la iglesia de Roma era la más grande, la más numerosa y considerando el Oeste, la más antigua de todas las establecidas iglesias Cristianas, muchas de las cuales recibieron su religión por medio de las pías obras de sus misioneros. En lugar de un fundador apostólico.

En lugar de un fundador apostólico, lo máximo que podían enorgullecerse Antioquia, Éfeso o Corinto, las riveras del Tiber se suponían haber sido honradas por las predicaciones y martirio de dos de los más eminentes entre todos los apóstoles y los obispos de Roma muy prudentemente reclamaban ser los herederos de cualquiera de las prerrogativas que eran atribuídas a sus personas o al puesto de San Pablo.

El viaje de San Pedro a Roma es mencionado por la mayor parte de los antiguos (ver Eusebio II, 25), mantenido por todos los católicos, permitido por algunos protestantes (ver Pearson y Dodwell “El éxito del Episcopado de Roma), pero ha sido vigorosamente atacado por Spanheim (Miscelanea Sacra, III, 3). De acuerdo al padre Hardouin, los monjes del siglo XIII, compositores de la Eneida, representaban a San Pedro bajo el carácter alegórico del héroe troyano.

Los obispos de Italia y de las provincias estaban preparados para permitir la primacía de orden y asociación (esta fue la expresión exacta con que se expresaban) dentro de la aristocracia Cristiana.

Pero el poder de un monarca era rechazado con horror y el esperanzado genio romano experimentaba de parte de las naciones de Asia y África una más vigorosa resistencia al poder espiritual que anteriormente lo había hecho a su temporal dominio territorial.

El patriota Cipriano, que había gobernado con absoluto poder la iglesia de Cartago y los sínodos provinciales, con éxito se oponía tenazmente a la ambición del pontífice romano conectando su causa, con gran habilidad, con la de los obispos del Este y, al igual que Aníbal, buscó nuevos aliados en el corazón de Asia.

Si bien esta guerra Púnica se llevó a cabo sin derramamiento de sangre, se debía mucho menos a la moderación que a la debilidad de los prelados contendientes. Nombramientos y excomuniones eran sus únicas armas y estas, durante el proceso de la controversia, las enarbolaban unos contra otros con igual furia y devoción.

La dura necesidad de censurar a un papa o a un santo y mártir,  disturba al católico moderno, siempre que se ven obligados a relatar los particulares de la disputa en la que los campeones de la religión nadaban en tal pasión que más parecía adaptada a un debate en el senado que a una disputa en el campo de batalla.

El progreso de la autoridad eclesiástica dio a luz a la memorable distinción entre el clero y los laicos, que fue totalmente desconocida para los griegos y los romanos.

Los laicos comprendían el cuerpo del pueblo Cristiano; el clero, de acuerdo al significado de la palabra, era dado a aquella porción de elegidos que habían sido separados y sacados aparte, para el servicio de la religión; un celebrado grupo de hombres que han proporcionado los más importantes, aunque no siempre los más edificantes,  temas para la historia moderna.

Sus mutuas hostilidades, con frecuencia disturbaban la paz de la joven iglesia, pero su celo y actos se unían en una causa común y la ambición de poder que podía percibirse habitando dentro de los pechos de los obispos y mártires, era para agrandar los límites del imperio Cristiano.

Estaban destituidos de cualquier fuerza temporal y por mucho tiempo fueron desalentados y oprimidos, en lugar de asistidos, por la magistratura civil, pero ellos habían adquirido y empleado dentro de su propia sociedad, los dos más eficaces instrumentos de gobierno: recompensa y castigo; el primero derivado de la pía libertad y el segundo de las devotas aprehensiones de los fieles. 

I. Los bienes comunitarios, que tanto habían gustado a la imaginación de Platón y que de alguna manera aún subsistían entre la secta de los esenios, por un corto espacio de tiempo fue adoptada por la primitiva iglesia cristiana. El fervor de los primeros prosélitos les empujó a vender todos sus bienes terrenales, que detestaban, para poner su valor a los pies de los apóstoles, contentándose con recibir una la misma equitativa porción que salía de la distribución general.

El crecimiento de la religión Cristiana se estabilizó y poco a poco se fue aboliendo esta generosa institución que, en manos menos puras que los apóstoles, enseguida fue abusada y corrompida por el regreso del egoísmo encerrado en la naturaleza humana; y así a los converso que se unían a la nueva religión les era permitido retener la posesión de su patrimonio, recibir legados y herencias y aumentar su propiedad por todos los medios legales en el comercio o la industria.

En lugar de un sacrificio absoluto fue aceptado una moderada proporción por los ministros del Evangelio; y en sus asambleas semanales o dominicales,  cada creyente, de acuerdo a las exigencias de la ocasión y en la medida de sus posesiones y piedad, presentaban sus ofrendas voluntariamente para ser utilizadas en el fondo común.

Nada por inconsiderable, era rehusado, pero fue rápidamente inculcado que, con referencia a los diezmos, la ley Mosaica era aún una obligación divina y que, como los judíos, bajo una disciplina menos perfecta, habían sido ordenados pagar un diezmo de todo lo que poseían,  serían los discípulos de Cristo los que se distinguirían con superior grado de liberalidad, y para lograr el mérito, resignarían un tesoro superfluo, que pronto sería destruido con el mismo mundo.

Ireneo, Orígenes y Cipriano escriben sobre el tema de los diezmos. Las Constituciones, introducen este divino precepto declarando que los sacerdotes están por encima de los reyes en la misma medida que el alma está por encima del cuerpo. Entre los artículos que se podían dar como diezmo están el maíz, vino, aceite y algodón. Sobre este interesante tema se puede consultar la Historia de los Diezmos de Prideaux y la Materia Benefidiarie de Fray Paolo, dos escritores de un carácter muy diferentes.

Esta misma opinión que prevaleció en el año mil vino como consecuencia de los mismos efectos. La mayor parte de las donaciones expresaban el motivo del fin del mundo “apropinquante mundi fine”

Era innecesario observar que las ganancias de cada iglesia en particular, poseedoras de una naturaleza  incierta y fluctuante, variaban con la pobreza u opulencia de los fieles, tanto si se encontraban en las pequeñas aldeas o en las grandes ciudades del imperio. En tiempos del emperador Decio, la opinión de los magistrados era los Cristianos de Roma, eran poseedores de una gran riqueza, que vasos de oro y plata eran utilizados en sus servicios religiosos y que muchos de los prosélitos habían vendido sus tierras y casas para incrementar las públicas riquezas de la secta, a costas de sus desafortunados hijos que se encontraban en el lugar de los pobres por haber sido santos sus padres.

Tum summa cura est fratribus

(Ut sermo testatur locuax)

Offerre fundis venditis,

Sestertiorun militia.

Addicta avorum praedia

Foedis sub auctionibus,

Sucesor exheres gemit,

Santis egens parentibus

Haec occuluntur abditis

Ecclesiarium in angulis

Et summa pietas creditor

Nudare dulces liberos

                    Prudencio, Himno II

La consecuente conducta del diácono Lawrence solamente prueba el debido uso dado a las riquezas de la iglesia de Roma. Sin lugar a dudas muy considerable. Pero Fray Paolo parece exagerar cuando supone que los sucesores de Commodus se les incitaba a perseguir a los Cristianos para su propia avaricia o la de sus perfectos pretorianos.

Debemos escuchar con precaución las suspicacias de extranjeros y enemigos, sin embargo, en esta ocasión se les da un especial colorido probablemente por las dos circunstancias siguientes, las únicas que han llegado a nuestro conocimiento las cuales definen cantidades precisas o transmiten una idea distinta.

Casi al mismo tiempo, el obispo de Cartago, una sociedad menos opulenta que la de Roma, recolectaba cien mil sextercios (más de ochocientas cincuenta libras esterlinas), con una simple llamada de caridad para redimir a los hermanos de Numidia, quienes habían sido hechos cautivos por los bárbaros del desierto. (Cipriano, Epístola 62).

Aproximadamente cien años antes, antes del reinado de Decio, la iglesia de Roma había recibido, en una sola donación, la suma de doscientos mil sextercios de un desconocido de Ponto, el cual pretendía fijar su residencia en la capital. (Las prescripciones de Tertuliano, c 30).

Estas donaciones, en su mayor parte, eran hechas en dinero; y la sociedad de Cristianos, no tenían ni interés ni estaban en posición de adquirir con mucha facilidad,  la posesión de tierras.

Existían varias leyes que actuaban sobre los títulos de propiedad al igual que algunas de las nuestras, por las que los terrenos no podían ser dados en propiedad o adquiridos a un cuerpo corporativo a no ser que fueran otorgados como un especial privilegio por el emperador o el senado; los cuales rara vez estaban dispuestos a conceder este favor a una secta, en primer lugar por su significación, y en segundo por miedo a los celos que esto podría traer.

Diocleciano transcribe lo que es solamente una declaración de la antigua ley: “Collegium, si nullo speciali privilegio subnixum sit, haereditatem capere non posse, dubium non est.” Fra Paolo (c. 4) cree que muchas de esas regulaciones fueron dejadas sin consideración desde el reinado de Valerio.

Sin embargo, una transacción de este tipo se registra en el reinado de Alejando Severo,  lo que da a entender que esta restricción era eludida o suspendida en algunas ocasiones y que, en algunas ocasiones, era permitido a los Cristianos ser dueños de terrenos dentro de los límites mismos de Roma.

El terreno había sido público; ahora era disputado por la sociedad de Cristianos y la de los carniceros. (Historia Augusta p. 131)

El progreso de la cristiandad y la confusión civil del imperio, contribuían a relajar la severidad de las leyes y antes de fines del siglo tercero, muchos y considerable número de propiedades eran entregadas a las opulentas iglesias de Roma, Milán, Cartago, Antioquia, Alejandría y de otras grandes ciudades de Italia y sus provincias.

El obispo era el guardián principal de la iglesia, el grueso del público le era confiado para su cuidado sin control alguno del que tuviera que dar cuentas; Los presbíteros estaban confinados a sus funciones espirituales y la orden de diáconos, más dependientes, estaban solamente encargados de la administración y distribución de las ganancias de la iglesia.

Si tenemos que dar crédito a una vehemente exclamación de Cipriano, había demasiados entre los hermanos de África quienes, en la ejecución de su cargo, violaban todos los preceptos, no sólo los que conllevaban una perfección evangélica sino también los que afectaban a las virtudes morales. Debido a esos infieles sirvientes,  las riquezas de la iglesia eran despilfarradas en placeres sensuales, para otros se habían pervertido  con el propósito de ganancias privadas, de compras fraudulentas y de una predatoria usura.

Este cargo está confirmado en los cánones 19 y 20 del concilio de Illiberis. (Cipriano de Lapsis p. 89, Epístola 65)

Pero en tanto que las contribuciones de los cristianos fueran libres y sin restricciones, estos abusos de confianza no podían haber sido muy frecuentes y los términos generales sobre los que la libertad era aplicada reflejaban honorabilidad sobre la sociedad religiosa. Una generosa porción era reservada para el obispo y sus cleros, suficiente cantidad se destinaban para los gastos de la adoración pública de las que las fiestas de amor, el ágape, como ellos las llamaban, constituían una parte muy agradable.

El resto era el sagrado patrimonio de los pobres. De acuerdo a la discreción del obispo, era distribuido para ayudar a las viudas, los huérfanos, los incapacitados, los enfermos y los ancianos de la comunidad; para confortar a los extranjeros y los peregrinos y para aliviar los sinsabores de los presos y cautivos, principalmente cuando la causa de sus tribulaciones era como consecuencia de su firme apego a la causa religiosa.

Una generosa relación de caridad unía a las congregaciones de las más distantes provincias y las iglesias más pequeñas eran cariñosamente asistidas con las donaciones de los hermanos más opulentos.

Esta institución que prestaba menos atención a los méritos que a los problemas de los individuos fue lo que condujo al progreso material de la cristiandad.

Los paganos, quienes eran movidos por un sentido de humanidad de donde derivaban sus doctrinas, reconocieron la benevolencia de la nueva secta.

La propuesta de un remedio inmediato y de una protección futura, atraía hacia este hospitalario centro a muchas de las infelices personas dejadas a un lado por un mundo que las abandonaba a sus miserias, principalmente las enfermedades y ancianidad.

De igual manera también hay razones para creer que gran número de niños, de acuerdo a las inhumanas prácticas de la época abandonados por sus padres, eran frecuentemente rescatados de la muerte, bautizados, educados y mantenidos por la piedad de los cristianos a costas del tesoro público.

Esto, al menos, bajo las mismas circunstancias, ha sido la laudable conducta de la mayoría de los modernos misioneros. Más de tres mil recién nacidos son anualmente abandonados por sus padres en las calles de Pequín. Ver Memorias sobre la China e investigación sobre la China y Egipto. Le Comté.

 

 

Es un derecho indudable de cada sociedad, el excluir de su comunión y beneficios a aquellos miembros que rechazan o violan las regulaciones establecidas por consentimiento general. En el ejercicio de este poder, las censuras de la iglesia cristiana estaban principalmente dirigidas hacia los escandalosos pecadores, en particular, aquellos condenados por crimen, fraude o incontinencia; contra los autores o los seguidores de una opinión herética condenada por el juicio de la orden episcopal; y contra aquellos infelices que tanto por su propia elección o por compulsión, después del bautismo, se habían corrompido por  algún acto o adoración idólatra.

Las consecuencias de la excomunión eran de naturaleza temporal y espiritual y el cristiano contra quién había sido esta pronunciada era alejado de las ofrendas de los fieles, se disolvían  los lazos de amistad, tanto religiosos como privados; se encontraba siendo un objeto de abominación por parte de las personas que más estimaba o por las que más tiernamente amaba y en tanto que la expulsión de tan respetable sociedad pudiera imprimir en su carácter una marca de desgracia, él era ignorado o sospechado por la mayoría de la humanidad.

La situación de esos infortunados exilios era por sí mismo muy doloroso y de profunda melancolía; pero como generalmente ocurre las aprensiones exceden con mucho a los sufrimientos.

Los beneficios de la comunión cristiana eran los de la vida eterna, no pudiendo ellos borrar de sus mentes la terrible opinión grabada en las mentes de aquellos gobernantes eclesiásticos, a quienes la Deidad había otorgado las llaves del infierno y el paraíso.

Los herejes, que podían haber encontrado apoyo en el conocimiento de sus intenciones y la aduladora esperanza de haber descubierto, en solitario, el verdadero camino de salvación, luchaban por reconquistar, en sus particulares asambleas,  el descanso, tanto temporal como espiritual, que ya no podían obtener de la gran sociedad de cristianos.

Y casi todos aquellos que se habían luchado por rendirse al poder del vicio o idolatría, estaban sensiblemente conscientes de su situación de caídos y ansiosamente deseosos de ser restaurados a los beneficios de la comunión cristiana.

Referente al tratamiento de estos penitentes, habían dos opiniones opuestas, una de justicia y otra de piedad, las que dividían a la iglesia primitiva.

La más rígida e inflexible rechazaba otorgarles, para siempre y sin excepción, ni siquiera el peor lugar en la santa comunidad de la que desgraciadamente habían desertado; dejándoles con el remordimiento de una conciencia pecadora, les permitían solamente el débil rayo de esperanza de que, su vida y muerte de contrición, pudiera ser posiblemente aceptada por el Ser Supremo.    

Los Montañista y Novacianos, que con rigor y obstinación se adherían a esta opinión, llegaron ellos mismos a encontrase entre el número de excomulgados herejes. (Mosheim, Secul, i y ii)

Un sentimiento un poco más suave era abrazado, tanto en la teoría como en la práctica, por las más puras y más respetables de las iglesias cristianas.

Las puertas de reconciliación de los cielos, rara vez le eran cerradas a un penitente que regresaba, pero una severa y solemne forma de disciplina era instituida, la cual, en tanto servía para expiar el crimen cometido,  podía poderosamente detener a los espectadores de imitar su funesto ejemplo.

Humillados ante una confesión pública, famélicos y demacrados por el ayuno y vestidos de tela de saco, el penitente se postraba a la puerta de la asamblea,  con lágrimas implorando el perdón de sus ofensas, solicitando las oraciones de los fieles.

 

 

 

Si la falta era de aterradora naturaleza, años enteros de penitencia eran considerados inadecuados para satisfacer a la justicia divina; y siempre era por medio de un lento y doloroso proceso que el pecador, el hereje o el apóstata eran gradualmente aceptados dentro del centro de la iglesia.

Una sentencia de excomunión perpetua era, sin embargo, reservada para ciertos crímenes de extraordinaria magnitud y, particularmente para los inexcusables recaídas de aquellos penitentes que ya habían experimentado y abusado de la clemencia de sus superiores eclesiásticos.

De acuerdo a las circunstancias o el número de los pecadores, era variado el uso de la disciplina, estando esta sujeta a la discreción del obispo.

Los concilios de Ancira  e Illiberis se llevaron a cabo casi simultáneamente, la primera en Galacia y la segunda en España; pero sus respectivos cánones, aún en nuestro poder, se respira un espíritu diferente.

Los gálatas que después de su bautismo habían, en repetidas ocasiones ofrecido sacrificios a los ídolos, podían obtener el perdón después de siete años de penitencia; y si hubiera llegado a seducir a otros a seguir su ejemplo, solamente tres años más eran agregados al término de su exilio.

Pero el infeliz español que hubiera cometido la misma ofensa, era desposeído de la esperanza de reconciliación aunque estuviera próximo a la muerte; su idolatría era colocada por encima de otros diecisiete crímenes, contra los que una sentencia, no menos terrible, era pronunciada.

Entre ellos podemos distinguir la imperdonable falta de calumniar a un obispo, un presbítero o hasta un diácono.

La bien templada mezcla de liberalidad y rigor, la dispensación juiciosa de premios y castigos, de acuerdo a las máximas de política tan bien como de justicia, constituían la fuerza humana de la iglesia.

Los obispos, cuyo cuidado paternal se extendía al gobierno de los dos mundos, eran sensibles a la importancia de estas prerrogativas; y cubriendo su ambición con una cierta medida de amor y orden, eran muy celosos de cualquier rival ejerciendo una disciplina necesaria para prevenir la deserción de aquellas tropas que se habían alistado bajo la bandera de la Cruz y cuyos números se hacían, cada día, más considerables.

Por las imperiosas declamaciones de Cipriano, naturalmente podemos concluir que las doctrinas de excomunión y penas formaban una parte importante de la religión y que era mucho menos peligroso para los discípulos de Cristo del dejar pasar por alto el cumplimiento de ciertas obligaciones morales que desoír las censuras contra la autoridad de sus ministros.

En algunas ocasiones podemos imaginar escuchar la voz de Moisés, cuando ordenó a la tierra abrirse y tragar bajo un fuego consumidor, a la raza rebelde que rehusaba dar obediencia al sacerdocio de Aarón; y en algunas ocasiones podemos suponer escuchar al cónsul Romano afirmado la majestad de la república y declarando su inflexible resolución de aplicar todo el rigor de la ley.

“Si tales irregularidades son sufridas con impunidad” (es tal que el obispo de Cartago reprueba la clemencia de su colega), “si tales irregularidades son sufridas, habrá un fin al VIGOR EPISCOPAL” (Cipriano Epístola 69).

Cipriano había renunciado aquellos honores temporales que quizá nunca hubiera obtenido; pero al obtener un mando tan absoluto sobre las conciencias y entendimiento de una congregación, aunque por pocos, conocida y despreciada, era más gratificante para el corazón humano que la posesión del poder más despótico impuesto por las armas o la conquista sobre un pueblo reacio a someterse.

En el curso de esta importante, aunque tediosa, encuesta, he intentado mostrar las causas secundarias que tan eficientemente ayudaron a la verdad de la religión Cristiana. Si entre esas causas hubiéramos descubierto algún artificial ornato, circunstancias accidentales o alguna mezcla de error y pasión, no sería sorprendente si la humanidad hubiera sido la más sensiblemente afectada por tales motivos, como resultado de su imperfecta naturaleza.

Fue por la ayuda de esas causas, – celo exclusivo, la inmediata espera de otro mundo, los milagros, la práctica de una virtud rígida y la constitución de la primera iglesia – que el cristianismo se extendió con tanto éxito por todo el imperio Romano.

Hasta el primero de aquellos Cristianos se sentía agradecido por su invencible valor, que desdeñaban el capitular ante un enemigo al que habían decidido eliminar.

Las tres siguientes causas reesforzaron su valor con las armas más formidables.

La última de esas causas unieron su coraje, dirigieron sus armas y puso su fuerza en ese irresistible peso que hasta una pequeña banda de intrépidos y bien entrenados voluntarios tan a menudo poseen sobre la indisciplinada multitud,  ignorantes del asunto y despreocupados de los eventos de la guerra.

En las varias religiones del Politeísmo, algunas formadas por deambulantes fanáticos de Egipto y Siria, que se dirigían a la crédula superstición del pueblo, eran quizá la única orden de sacerdotes que traían completo apoyo y credibilidad a su profesión sacerdotal, siendo muy profundamente afectados por una preocupación personal acerca de la seguridad y prosperidad de sus deidades tutelares.

Las artes, maneras y vicios de los sacerdotes de la diosa Siria, fueron humorísticamente descritos por Apuleo en su octavo libro de su Metamorfosis.

Los ministros del Politeísmo, tanto en Roma como en provincias, eran en su mayoría hombres de noble cuna y generosa fortuna, quienes recibían, como honorable distinción, el cuidado de un conocido templo o un lugar sacrificio público. Estos mostraban, frecuentemente a sus propias expensas, los juegos sagrados y con fría indiferencia ejecutaban sus ritos ancestrales de acuerdo a las leyes y modas de su país.

Cuando se encontraban ejecutando sus ocupaciones normales de trabajo diario, su celo y devoción no eran influenciadas ni existía interés alguno en mostrar un carácter religioso.

Dedicados a sus respectivos templos y ciudades ellos permanecían sin conexión alguna de disciplina o gobierno; y en tanto reconocían la suprema jurisdicción del senado, del cuerpo de pontífices y el emperador, estos magistrados civiles se contentaban con mantener en paz y con dignidad la general adoración de los creyentes.

Ya hemos observado cuán sueltos e inciertos eran los sentimientos religiosos de los politeístas. Eran abandonados, casi sin control a las artes y supersticiones de sus obras.

Las accidentales circunstancias de su vida y situación determinaban el objeto a la vez que el grado de su devoción; y en tanto que su adoración estaba prostituida por miles de deidades, era poco probable que sus corazones pudieran estar susceptibles de una muy sincera y viva pasión por alguno de ellos.

Cuando el cristianismo apareció en el mundo, hasta esas débiles e imperfectas expresiones habían perdido mucho de su poder original.

La razón humana, que por sí misma es incapaz de percibir los misterios de la fe, había ya obtenido un fácil triunfo sobre el loco paganismo y cuando Tertuliano y Lactancio hicieron el trabajo de exponer su falsedad y extravagancia, se vieron obligados a transcribir la elocuencia de Cicerón o la chispeante inteligencia de Luciano.

El contagio de estos escritos escépticos fue difundido más allá del número de sus lectores.

La moda de la incredulidad se transmitió desde el filósofo hacia el hombre de mundo o de los negocios, del noble al plebeyo y del dueño al esclavo que servía a su mesa y que ávidamente escuchaba la libre conversación.

En públicas ocasiones, la parte filosófica de la gente, predispuesta a tratar con respeto y decencia las instituciones religiosas del país, su secreta contención traspasaba el delgado y extraño disfraz y entonces, el pueblo, cuando descubría que sus deidades eran rechazadas por aquellos rangos del entendimientos a los que ellos acostumbraban a admirar, se llenaron con dudas y aprensiones concernientes a las verdades que emanaban de aquellas doctrinas a las que se habían sometido en la más implícita de las creencias.

La decadencia de los antiguos prejuicios expuso a una porción muy numerosa de la humanidad al peligro de una situación sin consuelo. Una situación de escepticismo y suspenso puede admirar a las mentes más inquisitivas. Pero la práctica de la superstición era tan aceptada por la multitud que, aunque fueran despertados por la fuerza, aún lamentaban la pérdida de la agradable visión o creencia.

Su amor hacia lo maravilloso y sobrenatural, su curiosidad acerca de los acontecimientos futuros y su fuerte propensión de extender sus esperanzas y miedos más allá de los límites del mundo visible, eran las causas principales que favorecían el establecimiento del politeísmo.

Tan urgente en lo vulgar es la necesidad de la creencia, que la caída de cualquier sistema mitológico será, con toda seguridad, seguido por la introducción de cualquier otra manera de superstición.

Alguna de las deidades, de un más moderno y glamoroso reparto, pronto habrán ocupado los desiertos templos de Júpiter y Apolo, si, en el momento decisivo, la sabiduría de la Providencia no hubiese interpuesto una genuina revelación preparada a inspirar la más racional estima y convicción, a la vez adornada con todo lo que pudiera atraer la curiosidad, la maravilla y la veneración de las gentes.

En su actual disposición, en tanto muchos habían sido casi despojados de sus perjuicios artificiales, pero quedando igualmente susceptibles y deseosos hacia una unión de devoción, algo mucho menos merecido hubiera sido suficiente para llenar el espacio vacío de sus corazones y con ello gratificar la incierta ansiedad de sus pasiones.

Algunos que están inclinados a seguir esta reflexión, a la vez de ver atónitos el rápido progreso del Cristianismo, quizá se sorprendan que su éxito no haya sido aún más rápido y universal.

Ha sido observado, con verdad a la vez de propiedad, que la conquista de Roma preparó y facilitó la de la Cristiandad.

En el segundo capítulo de esta obra, hemos tratado de explicar de qué manera, las más civilizadas provincias de Europa, Asia y África, fueron unidas bajo el dominio de un soberano y gradualmente conectadas por medio de un más íntimo lazo de leyes, procedimientos y lenguaje.

Los judíos de Palestina que tan gustosos esperaban a su temporal libertador, dieron una tan fría recepción a los milagros del profeta divino que se encuentra innecesario publicar, ni siquiera preservar, evangelio hebreo alguno.

Las auténticas historias sobre los hechos de Cristo, fueron compuestos en el idioma griego, a una considerable distancia de Jerusalén y después que los gentiles conversos fueron extremadamente numerosos.

Los críticos modernos no están dispuestos a creer lo que los padres unánimemente afirman, que S. Mateo compuso su evangelio en hebreo, del que solamente se conserva su traducción griega. No obstante es peligroso rechazar su testimonio.

Tan pronto esas historias fueron traducidas al latín, fueron perfectamente inteligibles para todos los habitantes del imperio romano, excepto los campesinos de Siria y Egipto, para cuyo beneficio, versiones más particulares se llevaron a cabo más tarde.

Las carreteras públicas, construidas para el uso de las legiones, abrieron un fácil camino para los misioneros cristianos desde Damasco hasta Corinto y desde Italia hasta los extremos de España e Inglaterra. Tampoco esos conquistadores espirituales encontraron alguno de los obstáculos que usualmente retrasan o previenen la introducción de una religión extranjera en un distante país.

Existe una fuerte razón para creer que antes de los reinos de Diocleciano y Constantino la fe de Cristo había sido predicada en todas las provincias y en todas las grandes ciudades del imperio; pero la fundación de congregaciones y el número de fieles que las constituían, al igual que su comparación con la multitud de infieles, se encuentran ahora perdidos en la oscuridad o desteñidas por la ficción.

No obstante las imperfectas circunstancias de como han llegado a nuestro conocimiento el crecimiento del número de cristianos en Asia y Grecia, en Egipto, en Italia y en el Oeste, nos prepararemos ahora a relatar, sin rechazar los datos recogidos, tanto reales como imaginarios que encontramos más allá de las fronteras del imperio Romano.   

Las ricas provincias que se extienden desde el Eufrates hasta el mar Jónico, fueron el escenario principal donde el Apóstol de los Gentiles llevó a cabo su muestra de celo y piedad. Las semillas del Evangelio, las que él hubo esparcido por suelo fértil, fueron diligentemente cultivadas por sus discípulos y pareciera que durante los primeros dos siglos, el más considerable grupo de cristianos se encontraba dentro de estos límites geográficos.

Entre las sociedades instituidas en Siria, ninguna era más antigua o más industriosa que aquellas de Damasco, Berea o Alepo e inclusive Antioquia.

La profética introducción del libro de las Revelaciones de S. Juan, describió e inmortalizó las siete iglesias del Asia – Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Laodicea y Filadelfia – y sus colonias pronto fueron difundidas sobre aquel populoso país.

En un período temprano, las islas de Chipre y Creta, las provincias de Tracia y Macedonia, dieron una favorable recepción a la nueva religión y las repúblicas cristianas pronto fueron fundadas en las ciudades de Corintio, Esparta y Atenas. La antigüedad de las iglesias griegas y asiáticas permitió un suficiente espacio de tiempo para su aumento y multiplicación y hasta un grupo bastante grande de gnósticos y otros herejes sirvió para mostrar la floreciente condición de la iglesia ortodoxa, no obstante, los llamados herejes siempre fueron dados a un grupo de seguidores menos numeroso.

A esos testimonios podemos añadir la confesión, las protestas y las aprensiones de los propios gentiles. Desde los escritos de Luciano, un filósofo que estudió a la humanidad y que describe sus actos con los más vívidos colores, sabemos que bajo el reinado de Cómodo, su país de origen, el Ponto, estuvo lleno de epicúreos y cristianos.

Luciano en Alexandro, c. 25. Sin embargo el cristianismo debía haber estado muy desigualmente disuelto por el Ponto; a mediados del siglo tercero, no había más de diecisiete creyentes en la gran diócesis de NeoCesárea. Ver M de Tillemont, Memoirs Ecclesiast Tom. Iv p. 675, tomado de Basil y Gregorio de Nissa, quienes eran natives de Cesárea.

Después de ochenta años de la muerte de Cristo, el humano Plinio lamenta la magnitud del mal que él, en vano, trata de erradicar.

De acuerdo a los antiguos, Jesucristo sufrió bajo el consulado de los dos Géminis, en el año 29 de nuestra era. De acuerdo a Pagi, Plinio fue enviado a Bitinia el año 110.

En esta curiosa epístola al emperador Trajano, afirma que los templos estaban casi desiertos, que las sagradas víctimas apenas podían ser encontradas y que la superstición no solamente había infectado las ciudades, sino que también había llegado a las villas y al campo de Ponto y Bitinia. (Crisóstomo, tomo vii p. 658)

Sin dedicar un minucioso escrutinio a las expresiones y motivos de estos escritores que, o celebraban o lamentaban el progreso del cristianismo en el Este, en general podemos observar, que ninguno de ellos nos dejó una base desde donde podamos formar un justo estimado de la real cantidad de fieles habitando en estas provincias. Sin embargo una circunstancia ha sido afortunadamente preservada, la cual parece arrojar una luz un tanto diferente a tan oscuro e interesante asunto.

Bajo el reinado de Teodosio, después que el cristianismo disfrutó por más de sesenta años del favor imperial,  la antigua e industriosa iglesia de Antioquia estaba formada por cien mil personas, tres mil de los cuales eran ayudadas por la generosidad pública.

El esplendor y dignidad de la reina del Este, el reconocimiento de las poblaciones de Cesarea, Seleucia y Alejandría,  y la destrucción de doscientas cincuenta mil almas en el terremoto que sacudió Antioquia bajo el reinado de Justino el Viejo,  son también pruebas muy convincentes que la totalidad de sus habitantes era de no menos medio millón y que los cristianos, a pesar de multiplicarse con celo y poder, no podían exceder  a una quinta parte de la población que habitaba en la gran ciudad.

¡Que diferente proporción debemos adoptar cuando comparamos a los perseguidos, con la triunfante iglesia, el Oeste con el Este, remotas aldeas con populosas ciudades,  y países, recién convertidos a la fe, con el lugar donde los creyentes por primera vez recibieron el nombre de Cristianos!

No podemos, sin embargo, desentendernos que en otro pasaje, Crisóstomo, a quién debemos esta útil información, enumera la multitud de fieles de ser superior a la de los judíos y los paganos.

Pero la solución a esta aparente dificultad es fácil y obvia. El elocuente predicador traza un paralelo entre las constituciones, civil y eclesiástica de Antioquia; entre los cristianos que han alcanzado el cielo por bautismo y los ciudadanos que tienen el derecho de compartir la libertad pública. Esclavos, extranjeros y niños, eran incluidos en el primero y estaban excluidos del último.

Acerca de esto, Milman dice que los escritos de Crisóstomo acerca de la población de Antioquia, cualesquiera fuera su veracidad, son consistentes.  En un pasaje cifra esta en 200.000. En otra dice que los cristianos eran 100.000. En una tercera afirma que los cristianos conformaban más de la mitad de la población. Gibbon ha desconocido el primer pasaje y ha sacado su estimado de población de Antioquia de otras fuentes. Los 3.000 que eran asistidos por las dádivas, estaban compuestos solamente de viudas y vírgenes. O.S.

El amplio comercio de Alejandría y su proximidad con Palestina, permitió una fácil entrada a la religión. Al principio fue abrazada por gran número de Terapeutas, o Esenios, del lago Mareotis, una secta judía que había perdido su reverencia por las ceremonias mosaicas. La vida austera de los esenios, sus ayunos y retiros, la comunidad de bienes, su amor por el celibato, su celo por el martirio y su cálida aunque no pureza de fe, ya ofrecían una vívida imagen de la disciplina de esos primero tiempos.

Basagne, en su Historia de los Judíos, ha examinado con un detallado ojo crítico el curioso tratado de Filo de Alejandría en el que describe a los Terapeutas. Al probar que estuvo compuesto tan antiguo como en tiempo de Augusto, Basagne demuestra, a pesar de Eusebio y de un grupo de católicos modernos, que los Terapeutas no eran ni cristianos ni monjes. Aún queda la posibilidad que cambiaran de nombre, conservando sus actividades, adoptando algunos nuevos artículos de fe y gradualmente convirtiéndose en los padres de los ascéticos egipcios.

Fue en la escuela de Alejandría que la teología cristiana aparece haber tomado una forma regular y científica; y cuando Adriano visitó Egipto, fundó una iglesia compuesta por judíos y griegos lo suficiente importante como para traer la atención de tan inquisitivo príncipe.

Pero el progreso del cristianismo fue, por mucho tiempo, confinado a los límites de una sola ciudad, que de hecho era una colonia extranjera, y hasta finales del siglo segundo los predecesores de Demetrio eran los únicos prelados de la iglesia egipcia.

Tres obispos fueron consagrados a manos de Demetrio y este número fue aumentado a veinte por su sucesor Heraclas.

El grupo de nativos, un pueblo que se distinguía por su exagerada inflexibilidad de temperamento, recogía la nueva doctrina con frialdad y reticencia, e inclusive hasta tiempos de Orígenes, era raro conocer un egipcio que hubiera podido superar los tempranos prejuicios a favor de los animales sagrados de su país. Tan pronto como el cristianismo ascendió al trono, el celo de aquellos bárbaros obedeció al impulso prevalente y las ciudades de Egipto se llenaron de obispos y los desiertos de Tebas surgieron ermitas por doquier.

Un perpetuo río de extranjeros y provincianos fluía por el espacioso centro de Roma. Todo aquello que era extraño y odioso, aquel que era culpable o sospechoso, podía esperar eludir la vigilancia de la ley en la oscuridad de tan inmensa capital.

En tan variada confluencia de naciones, cada maestro, de verdad o falsedad, cada fundador, de asociación virtuosa o criminal, podía fácilmente multiplicar sus discípulos o cómplices.

En el tiempo de la persecución de Nerón, según Tácito, los cristianos de Roma ya eran representados por una gran multitud y el lenguaje del gran historiador es parecido al empleado por Livy cuando relata la introducción y la supresión de los ritos de Baco.

Después que las Bacanales despertaron al senado por su severidad, de igual forma fue comprendido que una gran multitud, como otra clase de gente, habían sido iniciados en esos horrorosos ritos.

Una investigación más cuidadosa nos demuestra que los ofensores no eran más de siete mil, un número, en verdad lo suficiente alarmante cuando consideramos que son sujetos de la justicia pública.

T. Liv. Nada puede haber excedido el horror y consternación del senado, cuando descubrió acerca de las Bacanales, cuya depravación es descrita y probablemente exagerada por Livy.

Es con la misma cándida permisividad que debemos expresar las vagas expresiones de Tácito y en última instancia, las de Plino cuando exageran las multitudes de confundidos fanáticos que han abandonado la establecida adoración a los dioses.

La iglesia de Roma era sin duda la primera y más numerosa del imperio y tenemos documentos auténticos que demuestran el estado de la religión en esta ciudad a mediados del siglo tercero y después de una paz de treinta y ocho años.

En aquel tiempo, el clero estaba constituido por un obispo, cuarenta y seis presbíteros, siete diáconos y otros tantos sub-diáconos, cuarenta y dos acólitos y cincuenta más entre lectores, exorcistas y porteadores.

El número de viudas, enfermos y pobres que eran sustentados por las dádivas de los fieles, alcanzaban a mil quinientos.

Por las mismas razones que adoptamos con Antioquia, debido a su similitud, nos aventuramos a estimar en cincuenta mil a los cristianos de Roma.

La población de la gran ciudad, no podemos estimarla con seguridad, pero un cálculo conservador no creo que podamos hacerlo bajar de un millón de personas, por lo que los cristianos constituirían un 20 % del total.

Los habitantes de las provincias occidentales parecen haber derivado el conocimiento del cristianismo de la misma fuente por donde aprendieron el lenguaje, los sentimientos y las costumbres de Roma. En esta tan importante circunstancia, África, al igual que las Galias, iban gradualmente tomando forma en el proceso de imitar a la capital. Y a pesar las favorables ocasiones que invitaban a los misioneros de Roma a visitar las provincias latinas, estos tardaron en cruzar el mar o ir más allá de los Alpes; ni tampoco podemos encontrar en estos grandes países trazo alguno de persecución o de fe que fuera anterior al reinado de los Antoninos.

El lento progreso del Evangelio en el frío clima de las Galias contrastaba con la avidez con que fue recibido en las cálidas arenas de África. Los cristianos de África pronto se constituyeron en unos de los primeros cristianos de la iglesia primitiva.

La práctica introducida en esta provincia de formar obispos hasta en las ciudades más pequeñas, contribuyó a multiplicar el esplendor e importancia de las sociedades religiosas, las que, durante el curso del siglo tercero fueron alentadas por el celo de Tertuliano, dirigidas por las habilidades de Cipriano y adornadas por la elocuencia de Lactancio. Pero si, por el contrario, volvemos nuestros ojos hacia las Galias, nos tenemos que contentar con descubrir, en el tiempo de Marco Antonio, las débiles y compactas congregaciones de Lion y Viena; y tan tarde como el reinado de Decio se nos asegura que en una cuantas ciudades – Arlés, Narbona, Toulouse, Limoges, Clermont, Tours y París – algunas desparramadas iglesias eran mantenidas por la devoción de un pequeño número de cristianos.

El silencio es, en verdad, muy consistente con la devoción; pero de igual forma que es poco compatible con el celo, podemos percibir y lamentar el lánguido estado del Cristianismo en aquellas provincias que habían cambiado la lengua celta por la latina, ya que no fueron capaces, después de tres siglos, de aportar ni un solo escritor eclesiástico.

Desde las Galias, que clamaba para sí una justa preeminencia de conocimiento y autoridad sobre todos los países a este lado de los Alpes, la luz del Evangelio era más débilmente reflejada en las remotas provincias de España e Inglaterra; y si queremos dar crédito a las vehementes aserciones de Tertuliano, ellos ya habían recibido los primeros rayos de la fe cuando él dirigió su Apología a los magistrados del emperador Severo.

En una disertación de Mosheim, la fecha de esta Apología de Tertuliano es fechada en el año 198.

Pero el difuso e imperfecto origen, de las iglesias occidentales de Europa, ha sido registrada tan negligentemente, que si fuéramos a relatar el año y forma de su fundación, tendríamos que otorgarle la antigüedad del silencio resultado de la avaricia o superstición que, mucho después, fueron dados por los monjes, habitando en la lánguida oscuridad de sus conventos. 

En el siglo XV hubo unos cuantos que osaron, por decisión propia o por coraje de preguntar si José de Arimatea fue el fundador del monasterio de Glastonbury y si Dionisio el Aeropagita prefería su residencia de París a la de Atenas.

De todos esos santos romances, los del apóstol Santiago merecen ser mencionados, por su singular extravagancia.

Del pacífico pescador del lago de Genesareth, fue transformado en un valeroso caballero, cabalgando al frente de la caballería española en sus batallas contra los moros.

Los más serios historiadores han celebrado sus hazañas; la milagrosa capilla de Compostela muestra su poder; y la espada de la orden militar de caballería, asistida por los horrores de la Inquisición, fue suficiente para quitar de en medio cualquier objeción de profano criticismo.

Los progresos del cristianismo no quedaron confinados al imperio Romano y, de acuerdo a los primeros padres que interpretan los hechos de la profecía, la nueva religión, dentro del primer año después de la muerte del Divino Autor, había ya visitado todos los confines del globo. Dice Justino el Mártir:

No existe un pueblo, griego o bárbaro o de cualquier otra raza de hombres, por diverso el nombre que pueda ser conocido, aunque sean ignorantes de la agricultura, aunque vivan en tiendas o recorran las tierras en sus cubiertos carruajes, cuyas oraciones no sean elevadas al Padre y creador de todas las cosas, en el nombre del crucificado Jesús.

Pero esta gran exageración, la cual, hasta en el día de hoy sería extremadamente difícil de conciliar con el estado real de la humanidad, solamente puede ser considerada como una riesgosa ostentación de un devoto pero descuidado escritor, en la medida que sus creencias eran reguladas por aquellas de sus deseos.

Pero no las creencias ni los deseos de los Padres de la Iglesia pueden alterar la verdad histórica.

Aún permanece como un hecho indudable que los bárbaros de Cintia y Alemania, los que más tarde destronaron a la monarquía romana, estaban sumergidos en la oscuridad del paganismo; y que hasta la conversión de Iberia, de Armenia o de Etiopía, la expansión del cristianismo no fue intentado con algún grado de éxito hasta que el cetro estuvo en manos de un emperador ortodoxo.

Antes de esto, varios accidentes de guerra y comercio, podían, ciertamente, haber difundido un conocimiento imperfecto del Evangelio entre las tribus de Caledonia y entre los ribereños del Rin, el Danubio y el Eúfrates.

Según Tertuliano, la fe cristiana había llegado penetrar en ciertos lugares de Inglaterra que eran inaccesibles a las huestes romanas. Un siglo más tarde, Ossio, el hijo de Fingal, se dice que en su senectud llevó a cabo una disputa con un misionero extranjero y que tal disputa aún se conserva en verso, en el leguaje Erse. Ver Macpherson - Disertación acerca de la antigüedad de los poemas de Ossio.

Más allá de aquel último río, Edesa fue distinguida con una firme y temprana adherencia a la fe.

Desde Edesa, los príncipes de la cristiandad eran fácilmente introducidos en las ciudades de Grecia y Siria, quienes obedecían a los herederos de Atajerjes; pero no aparentan haber causado una profunda impresión en las mentes de los persas, cuyo sistema religioso, por el trabajo de un disciplinado grupo de sacerdotes había sido construido con mucho mayor arte y solidez que las inciertas mitologías de Grecia y Roma.

A partir de este estudio imparcial pero imperfecto acerca del progreso del cristianismo, quizá parezca improbable que el número de sus posibilidades haya sido magnificado en exceso, por un lado por miedo y por devoción por el otro lado.

De acuerdo al irreprochable testimonio de Orígenes, la proporción de los fieles era inconsiderable si la comparábamos con el universo del mundo no creyente; pero cuando se nos deja sin una información relevante, es imposible determinar como también es difícil hacer una conjetura, acerca del número real de los primitivos cristianos.

El cálculo más favorable, sin embargo, se puede deducir de los ejemplos de Antioquia y Roma, no nos puede permitir imaginar a más de un 20% de todos los individuos que constituían el imperio, enlistados bajo la bandera de la Cruz antes de la conversión de Constantino. Pero sus hábitos de fe, celo y unión, parecían multiplicar sus números; y las mismas causas que contribuían a su futuro crecimiento, sirvieron para proporcionar la fuerza actual, más aparente que formidable.

Tal es la constitución de la sociedad civil, que, en tanto unas cuantas personas se distinguían por sus riquezas, honores y conocimiento, el cuerpo del pueblo era condenado a la oscuridad, ignorancia y pobreza.

La religión cristiana, la cual se dirigía hacia toda la raza humana, tenía que reunir, en consecuencia, muchos más prosélitos de entre las más bajas que de las más altas clases sociales. Esta inocente y natural circunstancia fue ampliada hacia una odiosa imputación que parece ser menos negada por los apologistas que presentada por los adversarios de la fe: que la nueva secta de cristianos estaba casi enteramente compuesta por lo más bajo del pueblo, de campesinos y mecánicos, de mujeres y niños, de pedigüeños y esclavos y por último podían, en algunas ocasiones, mencionar a los misioneros de familias nobles y ricas a las que pertenecían. Estos oscuros maestros (tal era la malicia de los cargos imputados) eran tan mudos en público como locuaces y dogmáticos en privado. En tanto que cautelosamente evitaban los encuentros con los filósofos, se entremezclaban con la ruda y analfabeta multitud y se insinuaban dentro de las mentes de aquellos que por su edad, sexo o su educación estaban predispuestos a recibir una impresión de terror supersticioso.

Este cuadro tan desfavorable, aunque no dejando de tener un cierto parecido, traiciona, por sus oscuros colores y detalles distorsionados, al lápiz del enemigo.

Tan pronto la humilde fe de Cristo se difundió a través del mundo, fue abrazada por varias personas que habían obtenido resultados de las ventajas naturales o por fortuna.

Arístides, quien presentó una elocuente apología al emperador Adriano, era un filósofo ateniense.

Justino Mártir, había andado tras el divino conocimiento en la escuela de Zenón, Aristóteles, Pitágoras y Platón, antes de ser afortunadamente acosado por el viejo hombre, o el ángel, que le hizo poner su atención en el estudio de los profetas judíos.

Clemente de Alejandría adquirió muchas y variadas lecturas en lengua griega y Tertuliano en latín.

Julio el Africano y Orígenes tenían un profundo conocimiento de los escritos de la época y aunque el estilo de Cipriano es muy distinto del de Lactancia se puede casi descubrir que ambos escritores habían sido profesores públicos de retórica. Hasta el estudio de la filosofía era en gran manera incluida entre los cristianos, aunque no siempre producía el más saludable de los efectos; el conocimiento ha sido siempre el pariente tanto de la herejía como de la devoción y la descripción que fue designada por los seguidores de Artemón puede, con igual propiedad, ser aplicada a las varias sectas que se resistieron a los sucesores de los apóstoles.

Ellos presumen de alterar las Sagradas Escrituras, de abandonar la antigua regla de la fe y de formar sus opiniones de acuerdo a sutiles preceptos de lógica. La ciencia de la iglesia es dejada a un lado por el estudio de la geometría y pierden de vista el cielo en tanto se dedican a medir la tierra. Euclides está perpetuamente en sus manos. Aristóteles y Teofrasto son objetos de su admiración y expresan una reverencia poco común a las obras de Galeno. Sus errores vienen como consecuencia del abuso de las artes y de las ciencias de los infieles y corrompen la simplicidad del Evangelio por medio de los refinamientos de la razón humana.

Eusebio v.28. Debe esperarse que nadie, excepto los herejes, den oportunidad a la queja de Celso: que los cristianos estaban constantemente corrigiendo y alterando los Evangelios.

Tampoco puede asegurarse con veracidad que las ventajas por cuna o fortuna estaban siempre separadas del cristianismo. Algunos ciudadanos romanos fueron llevados ante el tribunal de Plino, tan pronto como este descubrió que un gran número de personas, de todas las clases sociales de Bitinia, habían abandonado la religión de sus ancestros.

Su inesperado testimonio puede, en esta instancia, tener más crédito que el violento desafío de Tertuliano cuando se dirige a los miedos a la vez que a la humanidad del procónsul de África, asegurándole que si persiste en sus crueles intenciones tendrá que destruir Cartago y encontrará culpables a muchas personas de su propio rango, senadores y señoras de noble extracción y a sus amigos y relativos de sus más íntimos amigos.

Parece, sin embargo, que cuarenta años más tarde, el emperador Valerio fue persuadido de esta verdad, cuando en uno de sus escritos evidentemente supone que senadores, caballeros romanos y señoras de alto rango, pertenecían a la secta cristiana.

La iglesia continuaba su aumento y esplendor a costa de su interna pureza; y en el reino de Diocleciano, el palacio, las cortes de justicia y hasta el ejército anidaban en su interior una considerable multitud de cristianos dedicados a reconciliar sus intereses presentes con aquellos de la vida futura.

A pesar de todo, esas excepciones eran o muy pocas, o muy tempranas, para quitar las imputaciones de ignorancia y oscuridad que arrogantemente habían sido arrojadas sobre los primeros prosélitos de la cristiandad.

En lugar de emplear, en nuestra defensa, las ficciones de años pretéritos, sería más prudente convertir la ocasión del escándalo en algo más edificante.

Nuestros serios pensamientos nos sugieren que los apóstoles mismos, fueron elegidos por la Providencia, entre los pescadores de Galilea, y eso, lo menos que consideremos el bajo estado de los primeros cristianos como una condición temporal, mayor razón encontraremos al admirar los méritos de su éxito.

Tenemos que tener presente el recordar diligentemente que el reino de los cielos fue prometido a los pobres de espíritu y a mentes afligidas por calamidades y que para satisfacción de la humanidad alegremente escuchó la divina promesa de felicidad futura; cuando, por el contrario, los afortunados se conformaban con las posesiones de este mundo y los sabios abusaban en su duda y disputa de su vana superioridad de razonamiento y conocimiento.

Tenemos necesidad de estas reflexiones para confortarnos de la pérdida de algunos caracteres ilustres, quienes a nuestros ojos, pueden habernos parecido los más valiosos en nuestro celestial presente.

Los nombres de Séneca, de Plino el joven y el viejo, Tácito, Plutarco, Galeno, Epicúreo el esclavo y del emperador Marco Antonino, adornan la época en la que florecieron y exaltaron la dignidad de la naturaleza humana.

Ellos llenaron con gloria sus respectivos puestos; en sus vidas tanto activas como contemplativas; su excelente entendimiento fue mejorado con el estudio, la filosofía purificó sus mentes de los prejuicios y supersticiones populares y sus días fueron empleados en búsqueda de la verdad y la práctica de la virtud.

Y no obstante, todos estos eruditos, (no es menos con sorpresa que con preocupación), pasaron por alto o rechazaron la perfección del sistema cristiano. Su lenguaje o su silencio igualmente demuestran su desdén hacia la creciente secta que, en aquel tiempo, ya se encontraba diluida por todo el imperio Romano. Aquellos que condescendían a mencionar a los cristianos, los consideraban solamente como unos obstinados y perversos entusiastas, que se apegaban, en una implícita sumisión, a sus misteriosas doctrinas, sin ser capaces de producir un solo argumento que pudiera inclinar a los hombres hacia la atención o un sentido de aprendizaje.

Dr. Lardner, en sus volúmenes primero y segundo acerca de los testimonios sobre judíos y cristianos, recoge e ilustra aquellos de Plino el Joven, de Tácito, de Galeno, de Marco Antonio y quizá de Epiceto, puesto que es dudoso que el filósofo estuviera hablando de los cristianos. La nueva secta pasó totalmente desconocida para Séneca, Plino el Viejo y Plutarco.

Es por tanto dudoso que cualquiera de estos filósofos tuvieran la oportunidad de echar una ojeada a las apologías que los primitivos cristianos repetidamente publicaban en defensa de ellos mismos y de los de su religión, pero es mucho más lamentable que tal causa no hubiera sido defendida por abogados más hábiles. Ellos exponían con superfluo sarcasmo y elocuencia las extravagancias del politeísmo. Interesaban nuestra compasión mostrando la inocencia y sufrimientos de sus heridos hermanos. Pero cuando trataban de de demostrar el origen divino del Cristianismo, reiteradamente insistían en las predicciones que lo anunciaban, que en los milagros que acompañaron la aparición del Mesías.

Su argumento favorito podría haber servido para edificar a un cristiano o convertir a un judío, ya que tanto uno como el otro reconocían la autoridad de esas profecías, y ambos están obligados, con devota reverencia, a buscar su sentido y cumplimiento.

Pero este modo de persuasión pierde mucho de su peso e influencia cuando es dirigida a un grupo de persona que o ni entiende ni respeta la dispensación mosaica y su estilo profético.

En las inexpertas manos de Justino y los apologistas que le sucedieron, el sublime significado de los oráculos hebreos se evapora de diferentes maneras como afectados conceptos y frías alegorías y hasta su autenticidad aparece sospechosa para un gentil inteligente, a causa de la mezcla de piadosas falsificaciones que bajo los nombres de Orfeo, Hermes y las Sibilas le eran lanzados como si tuvieran el mismo valor que las genuina inspiración de los cielos.

Los filósofos, quienes extraían de las Sibilas sus más antiguas predicciones, fácilmente hubieran detectado los plagios de los judíos y cristianos que tan triunfantemente fueron citadas por los padres, desde Justino el Mártir hasta Lactancio. Cuando los versos Sibilinos hubieron cumplido su cometido, estos, al igual que sistema del milenio, fueron calladamente puestos a un lado. La cristiana Sibila, había desafortunadamente fijado la ruina de Roma en el año 195. A.U.C. 948

La adopción del fraude y los sofismas en la defensa de la revelación nos recuerda frecuentemente la poco juiciosa conducta de aquellos poetas que cargan sus invulnerables héroes con el enorme peso de una extravagante y frágil armadura.

Pero ¿cómo podremos excusar la increíble falta de atención del mundo pagano y filosófico hacia esas evidencias que fueron presentadas por manos del Omnipotente, no a su razón, sino a sus sentidos?

Durante la época de Cristo, o de sus apóstoles y de sus discípulos, la doctrina predicada fue confirmada por innumerables prodigios, los inválidos caminaron, los ciegos vieron, los enfermos fueron sanados, los muertos resucitados, los demonios arrojados y las leyes de la naturaleza fueron frecuentemente suspendidas en beneficio de la iglesia. Pero los eruditos de Grecia y Roma los dejaron a un lado y siguiendo en sus ordinarias ocupaciones de la vida y el estudio, se mostraron inconscientes ante las alteraciones de la moral o el gobierno físico del mundo.

Bajo el reino de Tiberio, toda la tierra, o al menos una celebrada provincia del imperio Romano fue envuelta en una, mas allá de lo natural, oscuridad de tres horas de duración.

Hasta este evento milagroso evento que debería haber excitado la maravilla, la curiosidad y la devoción de la humanidad, pasó desapercibido en una época de ciencia e historia.

Ocurrió en tiempos de Séneca y de Plino el viejo, quienes tienen que haber experimentado sus efectos inmediatos, o recibido las más prontas informaciones del prodigio.

Cada uno de estos filósofos, en un trabajo laborioso, han registrado todos los más grandes fenómenos de la naturaleza, terremotos, meteoros, cometas y eclipses, todos los que su infatigable curiosidad pudo recoger.

Ambos, el uno y el otro, han omitido el mencionar el más grande fenómeno al que ojo de mortal ha presenciado y ha sido testigo desde la creación del mundo.

Un claro capítulo de Plino está hecho alrededor de eclipses de una naturaleza extraordinaria o de duración poco usual. Pero se contenta con describir el singular defecto de luz que siguió al asesinato de César, cuando, la mayor parte del año, el halo solar apareció un tanto pálido y sin esplendor.

Esta razón de oscuridad, que de ninguna manera se puede comparar con la, más allá de lo natural oscuridad de la Pasión, fue celebrada por la mayor parte de los poetas e historiadores de aquella memorable época.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Whimsical fair   yield    shun   notwithstanding   relapse   unsullied    incumbrance     incumbent     lofty   oblation   expedient   deputation   fourscore    former     latter     neglected      abate     feeble       exploit     obtrude      sage

chide   Emaciated  extant    folly    heinous   indebted   lenity    Meannest   invectives      surmounted       deluded       sage     contempt     wit

Lazy gloom     rash sally     dregs