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Dos secretos muy bien guardados

Permíteme contarte dos secretos

Secreto número uno

La mayor parte de los líderes de las organizaciones para-eclesiásticas odian ir a la iglesia.

Repito: La mayor parte de los hombre y mujeres que trabajan en la organización están dedicados al mundo del evangelismo, sin embargo encuentran penoso, si no imposible, asistir a los servicios matinales del domingo aquí en América. Tienen que asistir a los servicios, pero los mayores, en la medida que tienen más edad, más les disgusta ir a la iglesia.

Esas gentes viven una paradoja: por un lado, ganar gente para Cristo, por millones, utilizando métodos innovativos y originales y por otro, ignorando el hecho de que no les gusta ir a la iglesia. Ellos están plenamente convencidos que sus conversos encontrarán el servicio del Domingo tan muerto y aburrido como ellos lo encuentran.

Tus amigos en las organizaciones para-eclesiásticas y tus amigos misioneros encuentran la iglesia tan aburrida como tú ¡si ellos son los que tienen que estar sentados! Solamente les gusta la iglesia si son ellos mismos los ministros. Su necesidad de funcionar solamente se encuentra siendo ellos los líderes. Por tanto, tú tienes que permanecer eternamente inmaduro, al no poder compartir y mucho menos ser el ministro. ¡El domingo tú te sientas!

Hace mucho tiempo Pablo supo algo que simplemente nunca les ha pasado por las mentes de esos ministerios para-eclesiásticos. La iglesia del siglo primero era, por sí misma, la más poderosa y magnética herramienta de evangelismo jamás conocida.

Cuando se reunían todos bajo el liderazgo directo de Nuestro Señor Jesucristo, sin tener ningún ser humano presente actuando como líder, ella es la más hermosa, la más convincente joven en el mundo. Ella es evangelismo.

Pablo de Tarso no levantaba iglesias para evangelizar a los perdidos. ¡Pablo no levantaba iglesias para salvar almas. Pablo predicó el Evangelio, evangelizó y ganó almas para poder levantar la iglesia!

El la única manera que debe ser.

Pero esto no se encuentra en las mentes de los americanos. ¡Nosotros evangelizamos!

Las organizaciones para-eclesiásticas no levantan la iglesia viva, y la mayor parte de los conversos no permanecen en la iglesia. La mayor parte de los conversos que se quedan en la fe cristiana son los que se unen para trabajar en las organizaciones.

Si las organizaciones para-eclesiásticas, mantienen sus conversos,  si hubiere un aumento genuino del reino de Dios, se refiere a que las organizaciones aumentan el número de empleados. Ellos no plantan iglesias. Ellos no evangelizan. Ahí es donde todo se detiene. Pablo siembra iglesias con sus conversos. Él fue allá no para salvarlos del infierno y sería el fin de todo. Pablo estaba allí, principalmente, para ver a una muchacha llamada ecclesia nacer en esta vida.

¡Hay un mundo de diferencia entre estos dos mundos!  Un mundo es personalizado por los evangelistas de hoy, los misioneros y las organizaciones para-eclesiásticas. El otro es el mundo de Pablo. En el análisis final,  ¿nos encontramos en este mundo para simplemente salvar a la gente del infierno?, o ¿estamos en este mundo para ver el nacimiento de una expresión orgánica de Cristo en medio de todas las tribus y lenguas? Estos dos conceptos son diametralmente opuestos. Un de ellos es moderno, el otro anciano y viejo. Uno no funciona muy bien. El otro, cuando existe, no solamente es bello, sino que es el cumplimiento del propósito de Dios al crear el universo.

Las organizaciones para-eclesiásticas son un concepto inventado por el hombre que tiene solamente 100 años. Las reuniones del pueblo de Dios estaba en el corazón de Dios desde antes de la creación. Y con toda seguridad, antes de su caída. Mucho antes de que el hombre necesitara ser salvado.

 

Secreto número dos

La mayor parte de los americanos que vienen a tu tierra es porque ven muy poca esperanza en la iglesia americana. Quieren llegar a tu país para levantar una iglesia mejor que la que tienen los americanos. La ironía es esta: nosotros os seguimos entregando nuestras formas. (Solamente puedes dar a otro lo que posees. Y como no tienes algo mejor, no te podemos dar nada mejor).

Nosotros vemos a la iglesia americana muerta sin remisión ni esperanza; por eso decimos, “Iré a una tierra virgen y derramaré mi vida en ella, levantando una iglesia mejor un cristianismo superior que el que tenemos en América”. Después de decir esto partimos hacia tu país y levantamos una iglesia americana en él.

El misionero que llega a ti, al final, acaba dándote lo mismo que tenemos en América. Un miserable servicio dominical que te fuerza a ser espectador silente, un mudo, un no participante, no funcional, zombi irresponsable que canta cuando le indican moviendo las manos sobre sus cabezas.

Estos no son tierras fértiles. Tiene que haber algo mejor. Tiene que haber un tercer secreto. Hemos obviado lo obvio. El secreto de la iglesia del siglo primero era la iglesia misma. Una hermosísima criatura era su secreto.

¿Qué fue lo que la paganizó?

El pagano de aquella época era traído a Cristo por solamente una cosa: Eran abrumados por la ecclesia misma y por su amor hacia Él.

El mundo jamás había visto nada igual. El mundo estaba sumamente curioso al observar la comunidad de creyentes. Muchos venían a las reuniones y quedaban atónitos en estas reuniones. Y estas reuniones calzaban la expresión cultural de aquellos que se aventuraban a visitarlas.

Los incrédulos eran incentivados por esas reuniones. Jamás habían visto nada igual que se le pareciera. Estaban asombrados. Se sentían a gusto. Cómodos, como si estuvieran en sus casas. A pesar de que eran paganos en una reunión cristiana, había algo en estas reuniones que les hacía darse cuenta que esto era producto de su propia fértil tierra, de sus costumbres, una parte de su cultura.

Esto no ocurre cuando alguien asiste a un servicio actual en el día domingo. Ni aquí, ni en tu país ni en ningún sitio. Estas reuniones son inorgánicas en general. Es algo extraño en cualquier parte, ¡extranjero en cualquier parte del planeta! En nuestros días, lo inconversos se aburren en nuestras reuniones. Y si no lo son en la primera no tardan mucho en aburrirse. Una audiencia que no participa, eventualmente se aburrirá, sin importar quién se sube al púlpito.

¡En aquellos días quedaban atónitos ante la reunión! Y algunos se quedaban para la oración. Esto – solamente – es el gran secreto de la iglesia del primer siglo. El mayor método de evangelismo que jamás haya sido visto o que jamás será visto, era la belleza de aquellas reuniones de creyentes. ¡Era una gran dama, una dama muy hermosa!

Nosotros, por otro lado, mercadeamos un servicio funerario. Bueno, los servicios funerarios no son fáciles de vender a los vivos. ( Y los a los muertos no les preocupan nada).

El daño hecho por los misioneros y sus asociados es incalculable, y no obstante, lo estamos haciendo a escala mundial. La influencia de inculcar la versión americana del cristianismo en otras culturas – con una total falta de respeto por esos pueblos, su cultura, su forma de vida y su folklore – es un daño que tomará siglos de reparación. ¡Es una tragedia de inconmensurables dimensiones!

Hombres llevan por más de 100 años gritando que se detenga este imperialismo del cristianismo americano. Pero los únicos que pueden hacerlo son los nativos de esos países.

Tres secretos:

(1)    Los cristianos americanos odian ir a los servicios a no ser que ellos mismos estén en el púlpito.

(2)   Venimos a tu país porque nos cansamos de nuestra iglesia americana; venimos a hacerlo mejor, pero siempre terminamos haciendo lo mismo o peor.

(3)   La iglesia del primer siglo tenía un secreto que nunca hemos aprendido: Ella es el mayor instrumento de evangelismo que esta tierra pueda conocer.

 

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