13

El misionero turista americano

Nosotros, los americanos, vivimos en una nación aislada. Hielo arriba, desierto al lado y dos grandes océanos a cada lado. Llegamos en avión, volamos a Europa del Este y nos maravillamos que tengan baño dentro de sus casas.

Tampoco entendemos geografía. No la necesitamos porque simplemente no tenemos países cerca de nosotros. Muchos de nosotros no sabemos lo que es Canadá o dónde se encuentra, o México. ¡O Maine!

¡Pregunte a cualquiera de nosotros dónde queda Uruguay! Vivimos en hermosas casas con aire acondicionado, dos equipos de televisión, un gran jardín (quizá piscina), y conducimos dos automóviles. ¿Para qué necesitamos saber dónde queda Uganda?

Pero los americanos somos religiosos. Y sí, hasta ahora, hasta ahora, aún debemos estar en la nación más cristiana de la tierra, por habitante.

Todos los años tenemos esas enormes conferencias misioneras a las que asisten decenas de miles de jóvenes. Nos sentamos en ellas y escuchamos conmovedores mensajes acerca de cuán pobre y necesitado tú estás. Luego los que hablan hacen la pregunta de cuántos jóvenes americanos irán como obreros cristianos a tu país para conduciros. Los pasillos se llenan de jóvenes voluntarios que quieren ser misioneros. ¡Y el Señor sabe que ardientemente lo deseamos! Somos sinceros, Dios nos bendiga. Somos americanos. Y muchos de nosotros verdaderamente amamos al Señor.

Y damos nuestro dinero. Damos más que cualquier otro pueblo (por supuesto que tenemos más) en la historia del cristianismo.  Nunca desestimes nuestro amor por Cristo ni nuestra sinceridad, ni nuestra devoción. Pero cada uno de nosotros en la medida que damos un paso al frente para convertirnos en misioneros, nos vemos como vuestros líderes. Y vamos a vuestros países a dirigiros.

Obsérvanos llegando al campo misionero, (ese eres tú). Somos algo de tenerse en cuenta.

Quiero compartir aquí algunas observaciones acerca de nosotros. Pero cuando leas estas historias, ten presente que estos son puntos muy importantes de ser hechos.

Mi primera experiencia de “estar en el campo misionero” llegó cuando tenía diecinueve años. ¡Fue en Israel! El primer matrimonio americano con el que hice amistad llevaban “en terreno” seis semanas. La esposa era... grande. Fácilmente hubiera matado por una Coca Cola. La recuerdo implorándome, “cuando regreses a América, por favor, envíame un galón de concentrado de Coca Cola”. La recuerdo implorando a su esposo ir a Jaifa o Joppa para poder acercarse a muelle donde atracaban los barcos para encontrar uno, cualquiera, que pudiera tener una Coca Cola a bordo.

Nadie en este mundo puede llegar a una depresión tan grande como consecuencia del choque cultural, como los americanos.

Yo no se si tu puedes considerar España un país atrasado y penoso para los misioneros (yo no). Bien, de cada 100 misioneros americanos que van a España, noventa y cinco no quieren regresar por segunda vez.

¿Por qué? ¡choque cultural! La mayor parte de los misioneros americanos no regresan al campo misionero después de cinco años.  El adaptarnos a tu país nos destruye totalmente. Interesantemente, también experimentamos un reverso choque cultural cuando regresamos. Es decir, pasamos por profundos problemas físicos y sicológicos cuando regresamos a casa en América.

Un misionero, amigo mío, me dijo que después de regresar, el doctor le mantuvo por dos semanas sedado con inyecciones de morfina. Ese fue el grado de tensión que trajo a casa. Algunas organizaciones misioneras reportan depresiones nerviosas de hasta un veinte por ciento entre los misioneros, durante su primer salida al extranjero.

Por favor dense cuenta que, al llegar, nos sentimos muy contentos de estar en vuestro país. Somos todo ojos, tomamos fotos, hacemos películas, interesados en este nuevo mundo en el cual acabamos de entrar. ¡Es una aventura! Y en la noche, cuando regresamos a nuestro apartamento (cuando nadie de vosotros, extranjeros, se encuentra presente), conversamos acerca de lo pintorescos que son ustedes, lo interesante que es vuestra cultura. Nos pueden escuchar decir “Amamos este lugar y toda esta gente. Quisiera trabajar aquí por siempre y para siempre”.

¡Esto es lo que decimos durante nuestras primeras dos semanas!

Pero míranos después de seis meses. Odiamos el sistema de teléfonos, no soportamos tu forma de conducir, odiamos vuestra comida y alegremente mataríamos por una hamburguesa americana. Traicionaríamos a cualquiera por un plátano cubierto con helados y crema chantilly. Robaríamos a nuestra abuelitas por un batido de leche y nuestra alma sería vendida sin escrúpulos un sábado en la tarde, por un buen partido de fútbol americano.

En la medida que nos van conociendo ¿pueden detectar nuestro sentido de superioridad? Nosotros no podemos.  Por favor, sepan que nosotros los americanos no nos damos cuenta que nos sentimos superiores a ti. No lo sabemos.

Observen que si caemos enfermos, no vamos a un médico que es nativo de tu país. Como tampoco vamos a vuestros hospitales. Regresamos a casa. ¡A un médico americano! ¡A un hospital americano! Para nosotros, vuestros doctores son como científicos locos dando vueltas en batas sucias y manos sin lavar. Literalmente a nosotros “ni muertos nos va a llevar” a uno de sus hospitales.

De igual manera, observa con quién andamos, con quién tomamos nuestras vacaciones y quienes son nuestros amigos más cercanos. ¿Qué es lo que hacemos cuanto no estamos en nuestro servicio cristiano? Siempre andamos con nuestros compañeros americanos. Nunca llegamos a ser amigos muy cercanos – fuera del servicio cristiano – ni contigo ni con cualquier otro cristiano nativo. (Tú no serás invitado a acompañarnos en nuestras vacaciones; estas solamente las llevamos a cabo con americanos).

En una palabra, somos los ¡consumados misioneros – turistas!

Después de unos meses en el campo misionero, la mayor parte de nosotros estaríamos contentos de conseguir una transferencia a lugares tales como Suiza, Hawai o París. O mejor... “Por favor, que alguien me ofrezca un trabajo de escritorio en casa”.

Irónicamente, cuando regresamos para nunca más regresar a verte ni a tu país, nos pasamos dos años paseándonos por las iglesias americanas, contando a los cristianos americanos todo tipo de sensitivas y emocionales historias acerca de ti y de tu maravilloso país. Y, ¡asómbrate!, hasta hablamos y alentamos a nuestros jóvenes a convertirse en misioneros para ir a tu país.  Tu sabes... el mismo país que acabamos de dejar porque tuvimos una depresión nerviosa por habitar en él. 

¿Cuál es el propósito de este capítulo?

El que nunca se nos ocurrió quedarnos en casa.

Nunca pensamos que tú, nativo, harías un misionero mucho mejor para tu propia gente que nosotros. Después de todo, no tienes que ir a tomar clases de idiomas para aprender tu propia lengua. No te tienes que adaptar a una extraña cultura. Nunca vas a tener una depresión cultural por vivir en tu propio país. Además de ser mucho más barato mantenerte a ti en el campo misionero, que cuesta llevar y mantener a un americano. Casi diez veces menos.

Nosotros no entendemos ni nunca pensamos en términos de – iglesias orgánicas, reuniones culturalmente compatibles, ni siquiera misiones indígenas. ¡Nosotros enviamos americanos! Nuestra forma de pensar se detiene ahí.

¿Por qué?

Porque...

 

Hosted by www.Geocities.ws

1