Tres críticas a la edición italiana de «L'Archéofuturisme», de Guillaume Faye

A. Zuliani, A. Mellone y C. Gualdana

[traducción de «Infoeuropa»]


¿Desarraigo o Arqueofuturismo? [Augusto Zuliani]

Guillaume Faye, uno de los más importantes teóricos de la "nueva derecha" francesa de los años 70-80, publicó su libro más importante, Le système à tuer les peuples, en 1981. Dicho ensayo fue inmediatamente traducido al italiano por la editorial L’Uomo Libero y, en 1997, reeditado por la Società Editrice Barbarossa de Milán. Faye vuelve a la batalla cultural y política con un ensayo vitriólico que describe escenarios potenciales y da pistas a aquellos que se sienten insatisfechos con el pensamiento único impuesto por el mundialismo. El sentido general y profundo de su libro bien podría resumirse con esta frase: "La modernidad tiende a definir al pueblo como laios, como masa desarraigada de individuos procedentes de cualquier parte. Pero el futuro que avanza, inexorable, da vida al etnismo y al tribalismo, tanto a escala local, como planetaria".
Comprender la complejidad de este gran fenómeno, rico en contradicciones, pero también y fundamentalmente en fermentos positivos, sería hoy la tarea primordial de la política si ésta no estuviese secuestrada por los grupos de presión ocultos que han usurpado el poder de lo que nos resta de los Estados nacionales y por las grandes organizaciones y agencias supranacionales. El objetivo de éstos consiste en imponer al mundo una sociedad multiétnica y multirracial, fundamentalmente en los países de la Unión Europea, contra la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, favoreciendo así una conflictividad interétnica que muy pronto se va a convertir en un factor de debilidad en el marco de una Europa invertebrada, fruto de los tratados de Mastrique y Amsterdam. Pero ese proyecto muestra ya sus primeras fisuras, como demuestran los efectos contraproducentes suscitados por el "caso Haider". Y todo ello pese a las mentiras mediáticas y las opinion leaders que agitan el fantasma del pasado para barrer del mapa aquellos sentimientos compartidos por los pueblos de Europa.


Si la cuestión étnica es la cuestión decisiva para el destino de Europa, ésta no es para Faye, sin embargo, la única. Cuestiones como la ecología o la sanidad planean sobre el horizonte. La salud se precariza ante la aparición de nuevos y más resistentes virus. Los problemas militares y económicos (surgidos de un crecimiento desmesurado de la burbuja financiero-especulativa) están igualmente sobre el tapete. Todos estos problemas se acumulan y amenazan con provocar un hundimiento de la civilización occidental entre 2010 y 2020. Vemos ya signos premonitorios en numerosos aspectos, sobre todo a nivel social en el que la pobreza está acompañada de un aumento de la criminalidad organizada, el tráfico planetario de las drogas, el desastre de los sistemas educativos, la programada confusión de los roles sexuales, la crisis de la familia y la caída en picado de la natalidad. Estos fenómenos son particularmente graves en Europa y amenazan el sustrato étnico y cultural de nuestros pueblos.
Faye esboza, pues, un escenario apocalíptico, pero que no conduce en absoluto al pesimismo, en la medida en que nos ayuda a preparar la post-catástrofe y nos exhorta a adoptar una nueva escala de valores, adaptada a los años de hierro y fuego que nos esperan. Se trata de encontrar una síntesis "alquímica" entre, de una parte, el mundo hipertecnológico —que Faye no demoniza, pero propugna su limitación a determinadas áreas geográficas y su subordinación a una suerte de casta sacerdotal, que impediría las derivas que hemos padecido a lo largo de los últimos siglos— y, por otro lado, el mundo de los valores arcaicos basado en comunidades que marginan el individualismo disolvente disimulado tras la máscara de falsas libertades. La refundación de las comunidades etno-culturales en su propias tierras: esta es la gran tarea que espera al hombre político en la post-catástrofe, justo en el momento en el que habrá que sentar las bases de un nacionalismo europeo, democrático y federal, primer paso hacia la construcción de un gran Imperio Eurosiberiano, del Atlántico al Pacífico, que Faye considera el gran proyecto del nuevo milenio. "Ello constituirá para la historia humana —escribe— una revolución más importante que las que dieron vida a la efímera Unión Soviética y a los Estados Unidos de América. Un acontecimiento de envergadura mundial que sólo podrá ser comparado a la construcción del Imperio chino o el Imperio romano".

[La Padania, 24-II-2000]



Guillaume Faye o las raíces arcaicas del futuro [Angelo Mellone]

Los años han pasado. Pero Guillaume Faye, en otro tiempo de uno de los jefes de fila de la nueva derecha francesa, no ha perdido sus artes de polemista ni su talento como visionario, lo que le ha permitido escribir L'archéofuturisme —publicado en italiano por la editorial Barbarossa en su colección "Synergies"— que, por encima de cualquier consideración, constituye una de las obras más innovadoras, más desprovistas de prejuicios y más irreverentes de estos últimos años, una obra que reaviva un ambiente cultural que había entrado en fase de esclerosis. Para Faye, hoy, nada, o casi nada, de nuestro mundo está destinado a durar mucho. Peor aún: los factores de desagregación están combinándose para desembocar en lo que él denomina "convergencia de catástrofes": catástrofes económicas, financieras, ecológicas, demográficas, raciales. Imaginar el post-caos, la post-catástrofe es urgente. Pero, ¿qué imaginar? ¿Cómo pensarlo? "La juventud posee el sentido suficiente para hincarle el diente", pues es poseedora de una alma europea —histórica y creadora de imágenes capaces de movilizar—.
Así es como llegará el arqueofuturismo fayiano y su pensamiento radical, conducido por un "constructivismo vitalista" en "un marco de pensamiento global que une la conciencia orgánica y la audacia de la vida con visiones del mundo complementarias y concretas, creadoras de orden". El arqueofuturismo es la reconciliación entre Evola y Marinetti, es pensar el hombre europeo como el deinotatos (el más audaz), el futurista y el hombre de memoria. Es necesario pensar, escribe Faye, "para la sociedad del futuro, del progreso, de la tecnociencia, pero también del retorno a soluciones tradicionales que se remontan a la noche de los tiempos (...) El futuro debe ser ‘arcaico’; es decir, ni moderno ni pasadista". Partiendo de un razonamiento así, Faye es capaz de pasar sin titubeos del elogio de las biotecnologías a la rehabilitación de los principios aristocráticos, con los que "liquidar el espíritu enfermo del humanitarismo", y la exaltación de la alianza entre lo apolíneo y lo dinonisíaco, alianza que Giorgio Colli ya había considerado indisociable, al definir el principio orgiástico del placer no reducido a puros instintos "plebeyos".


Entre las claves del pensamiento de Faye más apreciables, está la idea de un "nacionalismo europeo" que haría de la "Eurosiberia" un gran espacio autárquico o aquella otra de un mundo donde cohabitan pequeñas comunidades hipertecnológicas y vastos espacios rurales y neotribales, en el marco de una economía que será "planetaria en sus redes pero en modo alguno universal". Ni qué decir tiene, que este texto no hace sino provocar continuas descargas eléctricas en el lector, sobre todo por lo que respecta a su oposición frontal al mundo islámico y sus denuncias hasta la saciedad de la sociedad "multirracial", que a veces se convierten en pura fobia. Sea como fuere, L'archéofuturisme es una contribución muy original al debate ideológico y es, sobre todo, un excelente breviario capaz de espolear las conciencias.

[Area, III-2000]



Arqueofuturismo: esta civilización no llegará a la noche [Claudia Gualdana]

Vitalista, irónico y a contracorriente, Guillaume Faye nos avisa del próximo hundimiento de Europa. Al tiempo que lanza la hipótesis de un probable renacimiento.


No es fácil ocuparse de determinados pensadores. Es más fácil encontrar un espacio en el tablero para los intelectuales convencionales que para aquellos otros que se obstinan en generar pensamientos de orden radical y revolucionario. Los revolucionarios dan miedo. Se les teme porque no tienen miedo. No tienen miedo a las burlas del público ni a desafiar la moral establecida. De pagar el precio de la soledad, de no beneficiarse de su propio prestigio. El siglo XX ha evacuado un pensamiento herético enarbolado por señores de dicha guisa y bueno será no ignorarlos.
Pensamos en Cioran (1911-1995) o en Caraco (1919-1971), cuyas obras han sido publicadas por Adelphi en Italia. Caraco, judío natural de Constantinopla, se suicidó después de denunciar los mecanismos asesinos del mundo moderno, responsable de la barbarie civil y de una explosión demográfica incontrolable. La modernidad ha producido, pues, ilustres víctimas y otros disidentes que parecen tener mejor salud.


El largo silencio de Faye había llegado a ser inquietante. Este escritor francés es el autor de Système à tuer les peuples, un alegato acusador contra los mecanismos impávidos del mundo contemporáneo, que publicó allá por 1981 (y que fue traducido al italiano por la Società Editrice Barbarossa en 1997). Faye tiene una bien ganada reputación de ser un pensador antagonista y radical, está "en contra", siempre "en contra". Sus referentes intelectuales son siempre elásticos y el acercamiento a su obra no permite una lectura superficial. Más allá de Nietzsche y Spengler, por sólo citar dos ejemplos, Faye se ha inspirado en la Escuela de Francfort y los situacionistas y, finalmente, en uno de los espíritus más brillantes del PCF, Henry Lefèbre.
Le système à tuer les peuples fue una crítica global del mundo moderno equidistante de los polos de oposición tradicionales; esto es, las ideologías marxista y liberal. Después de casi veinte años nuestro autor reaparece con L'Archéofuturisme, publicado en Francia en 1998 y recientemente editado en Italia. Como era de esperar, no nos enfrentamos a una tranquila lectura sino a la sensación del dedo en la llaga y a los escalofríos que sin duda recorrerán al lector dubitativo. Faye nos señala que ya ha concluido el tiempo para el pensamiento débil y que el tiempo de la implosión está cercano. El sistema está en sus últimos estertores: la situación se ha hecho insoportable.


Vayamos por orden. Lo que llama la atención de esta nueva entrega de Faye es su vitalidad, el tono. No hay trazas de pesimismo en sus análisis. Frente a la desesperación de un Caraco o la toma de conciencia trágica a la que nos conduce La decadencia de Occidente de Oswald Spengler, Faye conserva el gusto por la ironía y la voluntad de rebatir las cartas puestas encima de la mesa por Guy Debord. El situacionista Debord creyó que la revolución estaba próxima. Faye, por el contrario, cree que el castillo de naipes se derrumbará pronto —acontecimiento que sitúa entre 2010 y 2020— y que tras este hecho llegará un tiempo de reconstrucción. En lugar de un declive, Faye prevé una larga y oscura noche para la civilización europea. Sin embargo, tras la noche surgirá el alba. Por otra parte, la fuerte componente nietzscheana de su pensamiento (concepto de voluntad y capacidad de construcción vitalistas) lo libera de cualquier nihilismo: el hombre se revela, al fin, aunque el precio a pagar no tenga precedentes.


Su discurso es metapolítico, incluso si, en el interregno, el "pensamiento único" triunfa y la política agoniza. "Asistimos a la muerte de lo político. Los personajes que vemos combatir en la escena luchan por apariencias de poder en un desierto de proyectos. Las instancias políticas (...) están desprovistas de una voluntad de destino, de visiones históricas para sus propios pueblos (...) El verdadero político es un artista, un realizador de proyectos, un escultor de la historia".


Faye siente cómo el alma de Europa se ha convertido en obtusa, el sentido de su historia ha sido raptado y cómo el hombre ha sido sustituido por un ente de consumo: "La modernidad tiende a definir al pueblo como laios, como masa desarraigada de individuos procedentes de cualquier parte. Pero el futuro que avanza, inexorable, da vida al etnismo y al tribalismo, tanto a escala local, como planetaria". Esta no es la única previsión de su libro. El autor francés denuncia la catástrofe ecológica, resultado de la utopía del progreso y del desarrollo infinitos, inaplicable en la realidad: "Comienzan a advertirse los efectos perversos de la técnica a escala planetaria: existen nuevos virus resistentes, alteración de los alimentos tratados industrialmente, agotamiento de las tierras fértiles, ralentización de la producción agrícola mundial, degradación rápida y general del medio ambiente, invención amenazante de armas de destrucción masiva". Faye prevé una crisis económica más importante que la de los años 30, que será provocada por la desmesura del fenómeno monetarista especulativo, cuyo desarrollo se produce en detrimento de la economía real. Predice la pauperización de la que ya comienzan a verse ejemplos y enfrentamientos interétnicos cuyo privilegiado teatro de operaciones será precisamente la vieja Europa. Anuncia una desagregación social total: "Paradójicamente, es justamente la modernidad ‘emancipadora’ la que destruye las libertades concretas al proclamar una libertad abstracta. En Europa (...) las mafias se ramifican y las bandas criminales gozan de una impunidad creciente, mientras que los ciudadanos que respetan el pacto social son fichados, vigilados, controlados fiscalmente, sancionados y aplastados por la hacienda pública".


No debemos creer en absoluto, que el libro se limita a una crítica violenta o se complace en anunciar viejas y pasadistas utopías. Faye está lejos de prever un retorno global a los modelos tradicionales. Desde su punto de vista: "esta civilización no puede durar; sus fundamentos están en contradicción con la realidad". Faye sostiene que el verdadero conservadurismo que expresa el poder actual, que se perpetúa a costa de sus propias alabanzas, se expresa en forma de seguir unos objetivos incluso si éstos están fracasados: la modernidad ha concluido, estamos en una fase de interregno. Ello no debe conducirnos a abandonar la tecnociencia, sino a adoptar una antropología y una filosofía prospectiva y revolucionaria. Y con pasión revolucionaria, Faye propone la hipótesis de un renacimiento europeo, aunque sobre bases nuevas.


El concepto de "arqueofuturismo" se propone la recuperación de la mentalidad arcaica, premoderna (anterior a las Luces), propia de las raíces biológicas comunes en el sustrato étnico europeo desde Iberia a Siberia. Faye barrunta la armonización democrática desde la perspectiva del crecimiento de la tecnociencia. A lo largo de su obra se destila el espíritu fáustico y la unión entre lo apolíneo y lo dinonisiaco: para Faye, estos dos componentes forman parte del patrimonio genético y cultural de Europa. ¿Estaremos ante una suerte de política fantástica? Probablemente. Pero Faye quiebra las perspectivas consideradas hasta aquí como indefectibles. Faye provoca dolor. Y el dolor arrebata el alma a los sueños.

[Il Sole-24 Ore, 30-I-2000]



(Publicadas con autorización de asociación europeísta Sinergias Europeas)

 

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