La enfermedad del pacifismo
Guillaume Faye
El conflicto: la base del orden del mundo. La filosofía présocratica, básicamente
organizada en torno a la aceptación de la vida, de sus leyes, y más
generalmente en torno a la idea de armonía con la naturaleza y el cosmos,
consideraba el conflicto como principio creativo y lo constituía como polo de
toda una concepción-del-mundo. Así hicieron también todas las civilizaciones
paganas, en primer lugar la de la India: allí, como lo mostraron Jean Varenne,
Alain Daniélou y Louis Dumont, el concepto de conflicto impregna la filosofía
de la vida.
Tales intuiciones son corroboradas con resplandor por el conjunto de las
ciencias contemporáneas: la astrofísica explica el mundo por el concepto de
"lucha energética", la biología se organiza en torno a la
confrontación selectiva entre los organismos, la etología y la genética hacen
hincapié en la agresividad inter -e intraespecífica como elemento capital de
la filogenesis, la sociología ve en el conflicto uno de los motores de la
organización social, la polemología reconoce a la guerra un estatuto
fundamental en la dinámica de las civilizaciones.
Ahora bien, la gran característica de la concepción cristiana del mundo es la
negación del conflicto y como lo vio Nietzsche, la negación de la vida en
general y su calificación de participante perverso y provisional frente a la
"verdadera" esencia del hombre. En la medida en que la civilización
occidental, en tanto que secularización del cristianismo, desea en su proyecto
global evitar el conflicto en todas sus formas, se puede decir que combate uno
de los primeros principios de toda vida. Fin de las guerras, fin de la lucha de
clases (el marxismo solo concibe la suya como la "última" antes de la
implantacion de la sociedad sin clases), fin de las tensiones sociales y
selecciones: el proyecto occidental parece mortífero. Organizar la pacificación
general de la humanidad, o solo reconocer como única forma legítima del
conflicto la competencia comercial del liberalismo es, por otra parte, predicar
para las sociedades humanas una "supranaturaleza" de carácter
antivital, es querer construir un hombre "prometeico" que escaparía a
la ley biológica y "cósmica" del conflicto, es pues negar la
humanidad del hombre.
Y de hecho, en nuestra sociedad, el concepto de conflicto tiene mala prensa.
Evoca, además de los tormentos de la guerra, las crisis sociales,
huelgas, discusiones domésticas, manifestaciones, resumidamente la
"violencia", esa realidad odiada por nuestros contemporáneos. El
conflicto cristaliza todos los rechazos del tiempo presente hacia todo lo que
perturba un ideal social de armonía feliz.
Una observación incluso superficial de las sociedades occidentales actuales nos
dice que estan dominadas por una ideología de la seguridad. Ésta
ocupa un gran lugar en las preocupaciones del Estado benefactor; que ha
abandonando sus prerrogativas coercitivas, su autoridad política y soberana
directa, sus métodos tradicionales de "soberanía", el Estado moderno
dirige a la sociedad, como lo vieron Max Weber, Jürgen Habermas o Michel
Maffelosi, por medio de tecnoestructuras policéntricas y al parecer no
directivas que proceden de la racionalización de lo social. Esta tendencia está
obviamente vinculada al proyecto global de homogeneización e individualización
de las sociedades.
Ahora bien, en este proceso, la seguridad desempeña un gran papel, a
la vez ideológico y práctico. La tecnoestructura oficial, no solamente ya no
es vista como autoritaria y represiva, sino que funda su legitimidad sobre la
protección; es ella que ordena y globaliza las peticiones sociales
estructurandolas a su cuenta, como lo vio Lucien Sfez; es ella que programa las
redes de protección económica y sociales, pero sobre todo es ella que produce
una muy potente normativa de la seguridad en la sociedad; esta normativa está
tan presente que no percibimos a menudo ya su extraordinario autoritarismo.
Percibimos mal que una de sus funciones es recuperar en favor de las autoridades
públicas una soberanía que en su ejercicio directo sería considerada
antidemocrática. Códigos de carreteras, seguros obligatorios en todos los ámbitos
de la vida, normativas en el trabajo o en el deporte, racionalización de la
vida urbana, normas de higiene pública de carácter profiláctico: no se
terminaría de mencionar todas las prohibiciones y los incentivos legales que
tienen por objeto maximizar la seguridad, que sea biológica, física, etc. Una
"economía" de la seguridad, a menudo muy rentable, cuyo centro está
constituido por los seguros, pero en la cual es necesario incluir los
Reglamentos bancarios (seguridad financiera), hace así parte integral de la
economía general.
Sin embargo, esta búsqueda reglamentaria de la seguridad, tentativa de
construcción de una "sociedad segura", choca con dos contradicciones.
La primera afecta la seguridad pública y la criminalidad: aquí, el
humanitarismo dominante intenta difícilmente coexistir con un crecimiento de
las demandas de protección contra la criminalidad y con el peso cada vez más
importante de las policías en las sociedades occidentales. Se asiste, de hecho,
a una doble dinamica contradictoria: debilitamiento de las represiones de la
criminalidad ordinaria, por la influencia creciente de la ideología de los
Derechos humanos, e incremento de la sensibilidad pública frente a la
inseguridad física y a la protección contra el robo (concepto de importancia
particular en la sociedad de consumo donde la propiedad de objetos como automóviles,
equipos electrónicos, etc se convirtio en un valor social básico). La segunda
contradicción es más general: frente a la sociedad asegurada aparece el fenómeno
de una subida de la agresividad individual; el comportamiento cada vez mas
condenable de los automovilistas, la involución de las relaciones humanas en
las empresas y las administraciones, la pequeña criminalidad urbana en
desarrollo, constituyen algunos ejemplos que permiten certificarlo.
Esta contradicción se explica fácilmente: la sociedad asegurada, en efecto, es
un producto de la sociedad individualizada establecida desde hace tiempo por el
Estado igualitario y racionalizador y por los teóricos del Contrato Social.
Este Estado y esta sociedad individualistas, si quieren ser protectores, si
centran en torno al bienestar y la seguridad total su legitimidad social, si
fundan su legitimidad institucional y política sobre la garantía de la no
violencia ("sociedad organizada"), separan al mismo tiempo al
individuo de sus comunidades de pertenencia que tenían precisamente por función
canalizar la agresividad individual y protegerle contra la violencia. El
individuo experimenta entonces un sentimiento de inseguridad puesto que se
encuentra solo ante los poderes públicos anónimos y una "sociedad"
que le amenaza, que es enorme, masiva, la de las calles de la gran ciudad, la de
la burocracia, el banco, los transportes públicos, del hospital, etc de ahí
viene la esquizofrenia que, como lo ha descrito Arnold Gehlen, caracteristica de
nuestro tiempo: por un lado, una ideología social protectora donde la idea de
seguridad y la no violencia se convirtió en un valor obligatorio, un leitmotiv
constante; por otro, una agresividad individual y un sentimiento de inseguridad
que incrementa a causa de la atomización social de una civilización con
determinación antiorgánica. Es en las grandes naciones industriales, los
Estados Unidos, Francia, Italia, Alemania, Gran Bretaña, etc, que la mezcla de
miedo y agresividad, de pacifismo social y conflictos diarios, de armonicismo y
de antiarmonicismo concreto es más aguda.
Nuestra sociedad asegurada reconstituye sin embargo de manera salvaje,
subrepticia, ilegítima, el conflicto y la violencia, a través de las múltiples
porosidades que permanecen en la vida programada como espacio de paz social.
Pero esa violencia "reconstituida" no aparece en el campo político,
el cual parece definitivamente dedicado al espectáculo y la superficialidad,
definitivamente privado de su esencia polémica y perfectamente ajustado a la
exigencia de paz social y neutralización de las peleas. La recurrencia del
conflicto se manifiesta por ejemplo en los holocaustos automóvilisticos de fin
de semana o en el retorno de una violencia urbana ritual, la de las bandas de
adolescentes. Pero vivido de tal manera, el conflicto no se integra, pierde todo
"sentido" social y se convierte obviamente en pura violencia; ya no es
creativo de socialidad: el miedo manifestado ante la pequeña criminalidad
urbana por los ciudadanos medios refuerza su aislamiento y no genera
solidaridad. La ideología social dominante, aunque acepta de manera turbia y
avergonzada estas fuerzas ilegítimas de violencia como un exutorio psicológico,
intenta sin embargo darles una explicación que se organiza en torno al concepto
de accidente. El conflicto, cuando aparece, se considera como accidental, como
dependiente de una patología social o de una "fatalidad": así el
paradigma de una sociedad naturalmente transparente, serena, pacífica,
racional, es preservado, y el hombre social conserva su calidad afirmada de ser
pacífico, no agresivo. No es la agresividad lo que explica la delincuencia
urbana, sino "el accidente", siempre reparable, de "desórdenes
sociales" debidos al entorno, al paro, a la ausencia de asistencia social,
etc; así mismo no es la agresividad de los conductores lo que explica las
numerosas muertes durante las temporadas de vacaciones, sino en primer lugar el
alcohol, el mal estado de los vehículos, el incumplimiento de los Reglamentos,
etc. No se trata de impugnar esta clase de explicaciones; que cubren obviamente
"causas" observables o "desencadenantes" en el origen de los
fenómenos en cuestión; pero hay que señalar que los hechos conflictuales se
interpretan como simples consecuencias patológicas, anormales, de incidentes y
de la imperfección técnica de la maquinaria social, y a este respecto,
susceptibles de ser reparados, rectificados.
La sociedad industrial occidental se caracteriza pues, en su conciencia
esquizofrénica, por tres características principales sobre el problema de la
violencia y el conflicto: en la ideología, se les censura, ilegitimados;
reaparecen en lo cotidiano bajo formas "desintegradas" en tanto que
individuales; en tercer lugar, los "límites máximos de percepción"
de la violencia y el conflicto se reducen: aunque más intensos que hace una
veintena de años, la criminalidad pública y los ataques a la seguridad urbana
son mucho menos notables que en las sociedades preindustriales, pero sin embargo
no se integran psicológicamente, se perciben como insoportables. La insuperable
contradicción entre una moral no conflictual y la persistencia del conflicto, y
además, del conflicto individualizado, se rechaza al margen de toda instancia
comunitaria, constituye la característica patológica que una psicología
social podría calificar de "rechazo o negación del síntoma".
Es necesario observar de más cerca la naturaleza y el origen de este rechazo
del conflicto, rechazo que da lugar, como acabamos de verlo, a la
"violencia", resultado perverso de esa filosofía que pretende
eliminar toda "fuerza" en las relaciones humanas. El rechazo del
conflicto se manifiesta en primer lugar a través de la ideología común de la
vida garantizada: en una sociedad determinista y racional, controlada por la
economía, las previsiones y las estadísticas, el riesgo, es decir, el
conflicto con las "cosas", es decir, la confrontación de los
riesgos, se considera perverso. La figura del Jugador no domina ya desde hace
tiempo nuestra civilización; el Jugador, el buscador de riesgos, que nos
regresa al espíritu rechazado de Dionysos, el tentador, el Diablo que se atreve
a poner en juego su seguridad y la de los otros, no es más que un
"aventurero", se opone radicalmente al humanitarismo determinista de
nuestro tiempo.
Hace algunas décadas, en los medios de comunicación, ecos de toda sociedad,
que se han convertido en lugares de prosa o imágenes grises a pesar de la
violencia cromática de las ilustraciones, la confrontación se redujo
considerablemente. La sátira virulenta se hace rara y nula; la critica y el
ataque no forman ya parte de las costumbres admitidas. La amonestación mas
pequeña es objeto de denuncias por difamación. La esfera donde se ejercen los
discursos públicos quiere ser, a imagen del universo de la publicidad
comercial, "agradable", "humana", etc. La desaparición de
la legitimidad del conflicto en los medios de comunicación corresponde a la
hegemonia de un academicismo humanitario que dicta todos los discursos. Este
psiquismo traiciona un deseo de un consenso negado. El miedo a todo conflicto,
el sueño de fraternalismo no corresponden por otra parte a sentimientos
"comunitarios", sino a un profundo egoísmo. Se trata
"efectivamente" de ser como todo el mundo, pero al mismo tiempo de
preservar su hedonismo individual. Se substituyó al polo altruismo/combate,
característica del psiquismo comunitario, con el polo egotismo/universalismo
pacífico. Mientras que una mentalidad agonal se realiza al mismo tiempo,
generalmente, porque el verdadero altruismo hacia el prójimo es siempre poco
numeroso, los pacifismos y los fraternalismos humanitarios modernos son
caracteristica de individuos profundamente "aburguesados", es decir,
muy penetrados de la mentalidad del consumidor y el homo economicus
calculador. La moral comercial del interés justifica por otra parte el temor al
conflicto y un fraternalismo general cuyo verdadero fundamento no es ético,
sino económico, es decir, en tanto se cree que el conflicto perturba el curso
normal de la comodidad individual y del "bienestar" garantizados por
la tecnocracia.
La democracia tecnócratica quiere ser entonces "consensual" y
pretende substituir los antagonismos ideológicos y las luchas políticas con
una homogeneidad, basada no en la "persuasión" (es decir, sobre la
victoria de una opinión sobre otra luego de una confrontación), sino sobre la
neutralidad de la administración técnica de las cosas. La filosofía antipolémica
del mundo, que observa este último como gobernado por una mecánica, sin
riesgos y sin historia, se reproduce en la transparencia tecnócrata; para esta
última, la sociedad debe tomar la forma de una "maquinaria
eficiente"; no son ya el conflicto o el riesgo generadores de ideas, vida,
innovaciones, en la perspectiva de la democracia tecnócrata, sino, muy al
contrario, el orden tranquilo y programado de una inmutable naturaleza de las
cosas. El orden, es por supuesto, reproducir el orden eternamente. Pensamos por
nuestra parte que el orden, en ese sentido no conflictual, es un concepto quimérico.
El orden no es más que una consecuencia dinámica de los desórdenes, cada uno
los cuales generan un orden que pronto es destruido. La evolución biológica
como la historia de las sociedades siguen tal proceso: el conflicto crea un
orden; al fin de otro conflicto, un nuevo orden aparece, a su vez es desafiado
de nuevo. La coherencia global del conjunto nace de equilibrios conflictuales,
conflicto-cooperacion retomando la expresión aplicada a la vida económica por
François Perroux. Al no hacer caso de este "principio de orden" y al
descuidar la fecundidad del desorden conflictual, la democracia tecnócrata no
hará cesar el conflicto (así como el igualitarismo no pondra término a las
desigualdades), sino que, al contrario se prepara a convertirse en su víctima.
Para dominar el hecho conflictual, es necesario no solamente admitirlo, sino
integrarlo. Los dos conceptos relacionados de la evolución y el conflicto, al
contrario, son disociados por las ideologías del progreso y el desarrollo. La
entropía, característica del mundo actual y su civilización mundial, es la
consecuencia de ese progresismo cuyas principales finalidades es eliminar de la
escena de la historia las competiciones entre los pueblos, las confrontaciones
políticas y geopolíticas, las divergencias culturales. Pero aparece también
una demagogia diferencialista que solo preve las pluralidades bajo el ángulo
popular de la cohabitación no competitiva, de la suma igualitaria de sectores
yuxtapuestos. La pluralidad verdadera, viva, es, al contrario, un campo de
oposiciones, estrategias contrarias, antagonismos.
Más allá de las causas directamente sociales, el rechazo del conflicto se
explica por la base judeocristiana sobre la cual se construyeron las
mentalidades y las ideologías modernas. En la perspectiva bíblica, el carácter
combativo de la vida se considera como una desdicha frente a la cual la salvación
(individual) promete liberarnos. La existencia pecaminosa, este valle de lágrimas
que es el mundo terrenal, fue iniciado por un conflicto: el asesinato de Abel
por Caïn que vino a destruir la armonía pacífica de la edad de oro. La
historia humana se confunde entonces con la busqueda de la unidad de la
humanidad original, condenada desde entonces a la diferencia competitiva y a la
confrontación entre los pueblos, y también en el trabajo, visto como lucha
contra una naturaleza que oculta sus beneficios. Los valores guerreros, de la
victoria y del poder, etc, son confundidos con manifestaciones ridículas de
orgullo, retos a un Dios radicalmente separado del mundo terrestre, es decir,
leyes polémicas de la vida. El único conflicto legitimo es el de la guerra
apocalíptica, el último combate, el conflicto destinado a exterminar al
enemigo de Dios, al enemigo absoluto.
Tal estructura mental prepara los espíritus a dos tipos de sentimientos, que
encontramos en toda la historia occidental. El primero, es la mala conciencia ;
en efecto, así invalidado, el conflicto, cualquiera que sea su naturaleza,
guerra o lucha, no va a ser aceptado. Los impulsos agresivos en tanto que
necesidades de defensa y seguridad van a entrar en contradicción con la moral.
Paradójicamente, las fuerzas conflictuales no van inhibirse sino a percibirse
como pecados, y a este respecto, se encontrarán enloquecidas, puesto que ningún
orden social las integrará, ni les proporcionará normas. Y esto sucede en
tanto que el conflicto no es reconocido como cruzada, guerra santa; lo que tendrá
como efecto la ruptura de toda codificación moral y fomentar el fanatismo. Se
lucha por la verdad y no "por juego" o "por práctica",
los hombres presos de tal mentalidad practican una agresividad propulsiva; y así
paradójicamente, el conflicto se vuelve "inhumano".
Es interesante constatar que nuestra civilización vivió los conflictos más
fatales cuando éstos eran causados por las religiones o las ideologías
universalistas, humanitarias, pacifistas, etc. Los monoteísmos del Amor
absoluto o del fraternalismo dogmático han dado lugar, clasicamente, al
fanatismo belico. Cuando el enemigo es el enemigo absoluto, el no hombre, el
"promotor de guerra", el último culpable a eliminar antes de alcanzar
la paz universal, un esquema comun por ejemplo al cristianismo y al comunismo,
el conflicto se convierte en una cruzada fatal. Las guerras de religiones y los
genocidios del siglo XX fueron frutos del cristianismo o las ideologías que
derivan de él. Dieron lugar en la historia a más guerras y destrucciones de
poblaciones que los sistemas políticos y religiosos que ignoraban el humanismo
igualitario y que reconocían todo conflicto como legítimo. Como la esclavitud
que duró hasta el siglo XIX en la gran democracia puritana y bíblica del otro
lado del Atlántico, las guerras más ásperas de nuestro tiempo son fruto
directamente de la conjunción de los monoteísmos, de visiones del mundo que
proponen como finalidad la realización de un mundo de fraternidad absoluta, de
Resolución definitiva de antagonismos, y que colocan a la felicidad
individual en la cumbre de su escala de valores. Una mayor tolerancia
se observa, al contrario, en las ideologías que colocan en la cumbre de su
escala de valores al grupo y su voluntad de poder. La tolerancia y el realismo
controlan en efecto sus estrategias, que algunos califican de
"cinismo"; las relaciones de fuerza son menos fatales que las leyes
morales. ¿Y hoy día, no sabe que solo "el equilibrio del terror", es
decir, la creencia en la posibilidad del conflicto y la determinación de
llevarlo, pudo, hasta ahora, preservarnos del holocausto nuclear?
Contra los tabúes filosóficos y las creencias políticas de nuestro tiempo,
según la evolución científica más reciente, desde la polémologia a la
etología, es mejor a nuestro modo de ver intentar integrar el conflicto en las
relaciones sociales y políticas, sin acariciar la esperanza irreal de hacerlo
cesar algun día.
Es necesario reconocer que el conflicto es creador de socialidad, que en el
mismo se tejen los vínculos comunitarios por las reagrupaciones y las
polaridades que crea. Que sea agonal, como en la rivalidad, la competencia o la
pelea, o polemiza y es susceptible de llegar hasta lo que está en juego de la
vida, como en la lucha política, militar o religiosa, el conflicto moviliza los
sentimientos e intensifica las pertenencias. La sociología de las empresas, por
no citar más que este ejemplo, mostró bien el papel regulador de los
conflictos y competencias internas, e incluso su función de estímulo del
trabajo cuando un equipo está en competencia o en desacuerdo con otro sobre un
objetivo. El conflicto permanece positivo y de "estructuración"
mientras una autoridad sepa arbitrarlo y mantenerlo bajo el límite máximo que
desintegraría el vinculo social.
Es necesario recordar a este respecto toda la contribución de la etologia
moderna sobre la función de la agresividad y el conflicto que constituye, en
nuestra filogenesis, el principal factor de organización social. La agresividad
intraespecífica, la enemistad (y la amistad que resulta como contrapartida), la
oposición polémica entre grupos, etc, caracterizan el comportamiento de los
primates y fundan sus vínculos sociales. Los hombres no poseen a este respecto
ninguna diferencia, y nuestra herencia genética nos impulsa a entrar en
conflicto con nuestros congéneres, tanto para definirnos como para actuar. Un
grupo humano se define en primer lugar contra un vecino que lo amenaza, que debe
amenazarlo, y tiende incluso a polémisar de manera antropomórfica los retos
del entorno y los obstáculos elaborados por la naturaleza. El hombre busca las
agresiones a las que debe responder con una contraagresión y organiza su amor o
su amistad en función de una "defensa" de los objetos contra la
enemistad o la amenaza de un tercero. La dimensión agonal (conflicto contenido)
de las relaciones humanas estructura la vida interior de los grupos, mientras
que su dimensión polémica (amenaza de legitimidad de la muerte) determina las
pertenencias "políticas". A este respecto, la polaridad amigo-
enemigo encuentra sus raíces inmediatas en la antropología y la biología
etologica. La sociología del conflicto o la ciencia política nos parecen
incomprensibles si no se basan en el estudio filogenético del comportamiento
conflictual y sus funciones. Así como la competencia intraespecífica es el
factor central de la evolución, así mismo el conflicto permanece como un
comportamiento sin el cual no se entender ni los hechos sociales, ni de los
hechos políticos, ni de la historia. Konrad Lorenz concuerda con Héraclito al
reconocer que el conflicto era la materia de la vida, su principio déterminador.
La concordancia de las concepciones del mundo no cristianas, de la India a
Grecia, que admiten el conflicto como parte de la estructura real y lo integran
en las cosmogonías, hoy es validada completamente por las ciencias de la vida.
La filosofía y la antropología anti-conflictual del cristianismo y las ideologías
occidentales se ven invalidadas, y las visiones del mundo "paganas" se
revelan paradójicamente más adaptadas al nuevo espíritu científico que la
racionalidad armonicista del igualitarismo.
Así pues, una sociedad organizada en torno a la negación del conflicto, que
proyecta erradicarlo definitivamente de la raza humana, la civilización
occidental, prolongación del cristianismo, se instaura como figura central de
la Decadencia. La Jerusalén celestial, la decadencia, el ocaso de la vida, está
descendiendo sobre la tierra.
Libros principales de Guillaume Faye:
Le Système à tuer les peuples. Copernic 1981. 189 pags.
Contre l'économisme. Le Labyrinthe 1983. 67 pags. (brochure)
La nouvelle société de consommation. Le Labyrinthe 1984. 59 pags. (brochure)
L'Occident comme déclin. Agir 1985. 85 pages. (brochure)
Nouveau discours à la nation européenne. Albatros 1985, 164 pags. Préface de Michel Jobert. Deuxième édition complétée : l'Aencre 1999.
Les Nouveaux enjeux idéologiques. Le Labyrinthe 1986.
L'Archéofuturisme. L'Aencre 1998. 260 pags.
La colonisation de l'Europe. L'Aencre 2000. 350 pags.
Pourquoi nous combattons. L'Aencre 2001. 236 pags.
Guillaume Faye nació en 1949. Fue, con Alain de Benoist, uno de los principales animadores del GRECE (Groupement de Recherche et d'Etude sur la Civilisation Européenne/ Grupo de Investigación y Estudio de la Civilización Europea) y de la Nueva Derecha, que dejó en 1986, prefiriendo seguir su propia vía de "provocador nietzscheano. Su libro La colonisation de l'Europe (2000), que denuncia el peligro mortal de la inmigración afro-magrebina y del Islam, le valió un juicio, en el que se acuso de "peligro a la seguridad del Estado". Es que el Sistema, que conduce al pueblo europeo a la catástrofe, le no gusta ser criticado...
[Este texto fue extraido del ensayo de Guillaume Faye, L'Occident comme déclin, 1985.]