(artículo publicado en el diario "Gara" 22-12-2001
De la Rúa se debe haber acordado en estos días de su colega venezolano Carlos Andrés Pérez, cuando en 1989 ignoró las claras señales que llegaban desde lo más profundo del pobrerío de su país y, servicial como De la Rúa ahora- con la política fondomonetarista, se esmeró en aplicar lo que le dictaban desde Washington. Las calles se llenaron de gente desesperada por el hambre, que desbordaron los cordones policiales y expropiaron todo lo que encontraron a su paso. Los pobres no saquean, eso es precisamente lo que a diario hacen los poderosos, los políticos corruptos, los directivos de las multinacionales, los gerentes de Repsol, BBV, Telefónica o el Chase Manhatan Bank, sabiendo que además recibirán todos los plácemes de los virreyes locales. Aquellos hechos de Venezuela que terminaron con miles de muertos se conocieron como el «Caracazo» y significaron el punto de inflexión para que nueve años después un militar revolucionario llamado Hugo Chávez reventara las urnas de votos populares y pusiera en marcha un auténtico proceso de cambios.
En Argentina no hay un Chávez a la vista (los militares rioplatenses a pesar de estar también golpeados por la crisis económica siguen siendo fieles a su clase burguesa de origen) y lamentablemente ni siquiera puede decirse que exista por ahora- una expresión política popular y unitaria que canalice todo lo que está ocurriendo.
¿Pero entonces quiénes son los protagonistas de este levantamiento popular que mezcla hambre, bronca, desesperación, espontaneísmo y ganas de un cambio profundo?
Una gran franja de la población que en estos días pelearon cuerpo a cuerpo contra la policía y la Gendarmería, son los mismos que desde hace tiempo venían ganando las calles para impugnar la política nefasta del ahora renunciante gobierno de la Alianza. Y sobre todo, dejando al descubierto su relación carnal con EEUU, al igual que ocurriera con su antecesor Menem. Son los desocupados (que se cuentan por millones), que viven en chabolas, hacinados, sin derecho a asistencia sanitaria o educacional. De todo el espectro de la protesta argentina, quizás sea éste el más necesitado pero también el que cuenta con ciertos niveles de organización, aunque sea incipiente. Para muchos de ellos, la lucha por comer es parte de su cotidianeidad y por ello han convertido en estos días el país entero en una sola barricada de protesta.
A esta franja se le sumaron obreros del Gran Buenos Aires y del interior, cuyas fábricas o talleres están en peligro de extinción por la política neoliberal, grupos juveniles que dan vida a diversos movimientos vecinales muchos de ellos ligados a comedores populares para dar de comer a quienes no poseen ni un mísero plato de arroz y sectores combativos que no fallan jamás a la hora de denunciar a los poderosos, como son las Madres de Plaza de Mayo, quienes el jueves fueron salvajemente golpeadas por la policía en la Capital.
Pero, esta vez, lo más llamativo ha sido la incorporación espontánea a la repulsa de enormes columnas de la empobrecida clase media que golpeando sus cacerolas quiso demostrar que la miseria abarca a todos los sectores y que ellos también estaban hartos de políticos y sindicalistas corruptos. Esto no ocurría en el país prácticamente desde las manifestaciones de lucha de los 70 y demuestra hasta qué punto esta política económica ha mancillado las expectativas de la gente.
En realidad, Argentina aparece hoy como el ejemplo más claro del fracaso de la política neoliberal impuesta por los EEUU en América Latina. El delfín de Washington, Cavallo, había arribado en tiempos de Menem con la misión de» instalar al país en el primer mundo». Posteriormente fue llamado de urgencia por De la Rúa y ahora, el «salvador», en el declive de su carrera, estuvo a punto de ser linchado por los manifestantes bonaerenses. Sin embargo, el FMI no es de dar el brazo a torcer e intentará un recambio con la colaboración de los seguidores de Menem, lo que augura más de lo mismo a corto plazo. Basta decir que al posible futuro presidente Ramón Puerta se lo conoce como «el Pablo Escobar argentino» y su nombre ganó publicidad cuando desde su cargo de gobernador de Misiones protegió al prófugo general golpista paraguayo Lino Oviedo.
De todas maneras, el entusiasmo de un pueblo que por casi 48 horas se hizo dueño de la calle, que ignoró con valentía el estado de sitio y puso el cuerpo contra las «policías bravas» es muy probable que no permita un nuevo engaño. Y que esta vigilancia latente del proceso que se abre ahora sirva para ir creando las bases de una alternativa real de poder popular, que una al país a las expectativas latinoamericanas de enfrentamiento al FMI y se descuelgue definitivamente del pago de una deuda externa letal que el pueblo nunca adquirió.