"Let me sleep all night in your soul kitchen / warm my mind near your gentle stove,

turn me out and  i´ll wander baby /  stumbling  in the neon groves."

(Jim Morrison)

Se despertó de pronto, casi sin quererlo, cogió su morralito verde y salió a la calle rumbo a la universidad. Era así desde que tenía seis años: estudió la primaria, estudió la secundaria y ahora tenía que seguir estudiando para poder ser alguien en la vida y ganar un sueldo respetable que le permitiera darse algunos lujos como comer en un restaurante italiano o de repente gastar en más de dos cervezas y una entrada al cine El Pacífico alguna vez. Su cabello largo hasta casi media espalda y sus jeans apretados lo hacían ver más bien como una persona libre, con una sonrisa siempre lista para quien se la pidiera, contrariamente a la imagen que él quería proyectar; pero bueno, así era él. Y lo extraño, era que a pesar de la felicidad grabada como un sello en su rostro cobrizo, sentía que algo le faltaba, pero esa  sensación desapareció con el tiempo debido a la costumbre, mas nó se borró de su recuerdo pues era algo que  tenía que ver con la vida misma, algo que aún no descubría y que no sabía cómo explicar. Llegó a la universidad, se encontró con Giovanna y entraron juntos a clase. ¿Qué tal fin de semana?; él la miró, sonrió y le dijo: más o menos, me la pasé tirado en la cama leyendo, además hacía un frío terrible y ya pues... ¿Y tú, qué tal la pasaste?; como siempre -dijo ella- limpiando la casa, matando cucarachas, lavando mi ropa, jodiendo al perro... nada nuevo... Esbozaron una sonrisa entrecortada por la complicidad que los unía. Las horas de clase pasaron lentamente, como pasan las horas de todas las clases; de pronto, Sandro se encogió en su sitio; Giovanna lo miró de costado y vio cuando él se cogía el pecho. Me duele un poco el pecho, es como un hincón... Giovanna lo abrazó y le preguntó: ¿Vamos al médico? Anda, vamos de una vez, la clase ya va a terminar y no nos perdemos de nada nuevo, después nos ponemos al día ¿ah? Vamos... No, le dijo Sandro, ya está pasando, pero qué raro, nunca me ha dolido el pecho, creo que sólo necesito respirar, ¿me acompañas al patio?. Por toda respuesta Giovanna cogió su bolso y el morralito verde, se pusieron de pie y salieron del salón. El Profesor los miró y alcanzó a oír que ella decía: es que se siente mal. Cerró la puerta del salón y se dirigieron a la parte final del patio del tercer piso, donde no había nunca nadie en invierno pues corría un fuerte viento húmedo y frío. Se sentaron, él se frotó el pecho, respiró profundamente y de pronto se quedó como estático, inmóvil; su rostro se transformó y adquirió un brillo extraño. Giovanna lo miró y aunque nunca había presenciado nada igual, su instinto de mujer le hizo sentir como que ya sabía qué estaba pasando. De repente, el pecho dejó de dolerle y sintió un calor repentino, un calor agradable, miró a Giovanna y le dijo: me llegó la hora, maldita sea... estoy enamorado. Ella lo abrazó con todo el cariño del mundo, sabía que era el inicio de una búsqueda, que su gran amigo Sandro, con quien ella había soñado desde que lo conoció, estaba enamorado de alguien que no era ella. Y es que el amor se presentaba así, sin más ni más, como si fuera una onda telepática que te une a otra persona y entonces empiezas a sufrir, pues el amor te marca dulcemente con momentos que se vuelven recuerdos, y si el amor termina mal, entonces se convierten en heridas y, en realidad, era cosa seria, pues podías estar sentado en una cafetería conversando con los amigos o estar en la ducha haciendo el amor bajo el agua caliente, cuando de pronto te cogía una sensación de dolor que oprimía el pecho y listo. Estabas enamorado. Lo problemático venía luego, al pasar los días, pues si bien tenías la certeza de estar perdidamente enamorado, no sabías de quién. No conocías a la persona que ya era dueña de tus sentimientos, y esa persona había tenido la misma sensación en el lugar donde se encontrara, por más lejos que estuviera, y mientras no se hallaran, la felicidad se convertía cada vez más en tan sólo buenos momentos en la imaginación. Era cuando la desesperación te invadía. Sandro salió de casa una mañana para dedicarse a buscar a esa otra persona, caminar sin rumbo, sabía que con su sola cercanía, su corazón lo iba a sentir, que sentiría esa señal que le indicaría que “ella” se encontraba cerca. Como si poseyera un radar. Pasaron varios meses y habiendo recorrido casi todo el país no la había encontrado. Llamó a Giovanna una noche y le dijo: me rindo, si tiene que venir vendrá. Colgó el teléfono y ella sonrió en su cama, le envió un beso volado y se durmió pensando en él para poder soñarlo. Al día siguiente se vieron, ella lo trató como siempre y él le contó de todas las cosas que había visto mientras viajaba buscando al amor. Ella estaba muy contenta, pues sabía que mientras no llegara esa otra persona a la vida de él, lo tendría a su lado como siempre, como cuando eran niños y jugaban a los novios, aunque eso a Sandro no le hiciera ninguna gracia ya que los indios contra los vaqueros o Combate eran sus juegos preferidos, siempre y cuando fuera él del bando de los malos, pues siendo el malo se disfruta más cuando se es niño. Salieron durante algún tiempo juntos; Giovanna esperaba que su corazón se estrujara de pronto para poder sentir lo que era verdaderamente el amor. No sabía que ese momento no llegaría nunca. Él la abrazó mientras paseaban por la avenida Angamos. Eran cerca de las seis de la tarde. Vieron el cemento fresco en uno de los cuadrados de la vereda recién resanada, Sandro se puso en cuclillas y escribió con el dedo "S y G siempre juntos. 14 de Febrero. 1986". Ella lo miró y le dio un beso en los labios; él le correspondió con otro beso, se miraron a los ojos y descubrieron que mientras les llegara el momento, podrían engañar al tiempo. Ella lo abrazó y le hizo cosquillas en el torso. Se rieron mucho y después de tantas lunas, él se sintió feliz.

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