
Me siento como un ser unicelular. Este dolor me
ocupa por completo.
En eso pensaba mientras el viento castigaba su
rostro.
No
me busques, no me llames, no me escribas nada, no quiero verte ni saber de ti,
para mí haz muerto, ya no te amo, ya no te quiero, no, no, no me ruegues, no
voy a regresar contigo porque no tengo nada para darte , todo lo mandaste a la
mierda, mi castillo de ilusiones se fue a la mierda contigo.
Sus lágrimas ascendían y el viento las enviaba
la nada.
Por
qué ahora vienes a decirme que me amas, por qué hora me traes un peluche y un
poema, una carta de amor, por qué ahora que ya no te quiero.
El dolor se hizo tan grande que se poderó
incluso de sus cabellos. El viento golpeaba su cuerpo con la misma fuerza con
que las olas revientan en las rocas.
Me
arrepiento de haberte querido, me arrepiento de haberme acostado contigo, de
haberte regalado mi vida y mis sueños, de haber hecho el amor contigo en mi
cama, donde nunca nadie había estado. Sólo tengo cólera y rabia porque te
enamoraste de mí cuando ya no te amaba.
Ochocientos
cuarenta y tres días con sus noches, había sido mucho tiempo. Repasó las
veces que le rogó para que volviera a su lado, pero ella, escudada en es
mi decisión,
lo desterró de su vida para siempre.
La
imaginó entonces derramando una lágrima al oír una canción; culpándose por
su ausencia; sintiendo tal vez, el feroz hormigueo que invadía su vientre.
Comenzaba a revivir sus cabalgatas entre la caña brava, pero ya no pudo. La
fuerza del viento lo ahogaba. La gravedad cumplía su función. Y el asfalto
estaba demasiado cerca.
Ó gabriel rimachi sialer / todos los derechos reservados