FLOR
DE UN DÍA
En una de las fotografías que se publicaron
en la prensa local, acerca de la estancia
de Roberto Madazo en Chihuahua, se colocó
el siguiente pie de foto: “Entre empugones
y abentones”.
Así es. Para que ardan los ojos. Pero
esto no es una excepción, lo cual es
bastante lamentable. Sin embargo, es también
un buen pretexto para leer el artículo
“Periodismo Cultural”, de don
Gabriel Zaid, que se publica en la revista
Letras Libres de febrero:
Gabriel Zaid
Periodismo cultural
¿Qué pasa cuando Salamanca ya
non presta? Gabriel Zaid anota las
razones del lamentable estado de nuestro periodismo
cultural y propone una solución pragmática
que cimiente la lenta solución que
pide el problema: el ejercicio de la verificación
de datos, regular en otras tradiciones.
No faltaron burlas cuando el presidente Fox
se detuvo al leer Borges, y pronunció
Borgues. Era evidente que jamás había
visto ni oído el nombre del escritor.
Pero lo escandaloso no es tener esa ignorancia
(que comparten millones de mexicanos), sino
tenerla después de haber pasado por
la educación pomposamente llamada superior.
Lo mismo hay que decir del periodismo cultural.
Lo escandaloso no es que se escriban reportajes,
comentarios, titulares o pies de fotos con
tropezones parecidos, sino que lleguen hasta
el público avalados por sus editores.
O no ven la diferencia o no les importa. Así
como los títulos profesionales avalan
la supuesta educación de personas que
ni siquiera saben que no saben (aunque ejercen
y hasta dan clases), los editores avalan la
incultura como si fuera cultura, y la difunden,
multiplicando el daño. El daño
empieza por la orientación del medio
(qué cubre y qué no cubre, qué
destaca, bajo qué ángulo) y
continúa en el descuido de los textos,
los errores, falsedades, erratas y faltas
de ortografía.
Paradójicamente, la cultura, que ahora
está como arrimada en la casa del periodismo,
construyó la casa. La prensa nace en
el mundo letrado para el mundo letrado. Es
el ágora de una república
de lectores, que fue creciendo a partir de
la imprenta y se volvió cada vez más
importante. Nació, naturalmente, elitista,
porque pocos leían. Sus redactores
y lectores eran gente de libros. Por lo mismo,
era más literaria y reflexiva que noticiosa,
de pocas páginas, baja circulación
y escasos anuncios. Pasaron siglos, antes
de que apareciera el gran público lector
y se produjera una combinación notable:
grandes escritores y críticos (como
Dickens o Sainte-Beuve) publicando en los
diarios y leídos como nunca. Pero el
telégrafo, la fotografía, el
color, la industria orientada a los mercados
masivos, la publicidad, hicieron del periódico
un producto como los anunciados en sus páginas.
Lo cual, no sólo transformó
su diseño y manufactura, sino su contenido.
Aparecieron el amarillismo, las fotos y los
textos para el lector que tiene capacidad
de compra, pero lee poco, y únicamente
lo fácil y llamativo. El lector exigente
se volvió prescindible.
En las reuniones amistosas, por cortesía,
el nivel de la conversación desciende
hasta donde sea necesario para no excluir
a nadie. Una sola persona puede hacer que
las demás cambien de tema o de idioma.
No es fácil que suceda lo contrario.
Cuando la mayoría no tiene interés
más que en chismes y chistes, una persona
interesada en algo más, difícilmente
puede hacer que suba el nivel de la conversación,
y hasta se expone a parecer pedante.
Si a la cortesía se suman el mercado,
los intereses de los anunciantes y la lógica
financiera, el peso hacia abajo puede arrastrarlo
todo. La televisión y hasta la prensa
(que ahora imita a la televisión) descienden
al más bajo interés del respetable
público, aunque así descienda
el nivel de la conversación y se degrade
la vida pública.
Las ediciones de los primeros siglos de la
imprenta (libros, panfletos, gacetas, almanaques
literarios) se pagaban con unos cuantos miles
de lectores dispuestos a comprar su ejemplar.
Pero la prensa y la televisión no viven
del público, que paga parte o nada
del costo. Viven de la publicidad, con un
problema de segmentación del mercado.
El anuncio de un producto que |interesa a
pocos compradores ocupa el mismo espacio y
paga la misma tarifa que el de un producto
que interesa a muchos. Esto lleva, finalmente,
a que los productos minoritarios no se anuncien
en los medios masivos, y a que éstos
se orienten a los temas, enfoques y tratamientos
de interés para el público buscado
por los anunciantes de productos masivos.
En el mejor de los casos, la cultura se incluye
como redondeo del paquete de soft news,
frente a las verdaderas noticias: desastres,
guerra, política, deportes, crimen,
economía. Se añade como una
salsa un tanto exótica, porque de todo
hay que tener en las grandes tiendas. Así,
la cultura, que dio origen al periodismo,
vuelve al periodismo por la puerta de atrás:
como fuente de noticias de interés
secundario, del mismo tipo que los espectáculos,
bodas, viajes, salud, gastronomía.
Lo cual resulta una negación de la
cultura; una perspectiva que distorsiona la
realidad, ignora lo esencial, prefiere las
tonterías y convierte en noticia lo
que poco o nada tiene que ver con la cultura,
como los actos sociales que organizan los
departamentos de relaciones públicas
(precisamente para que los cubra la prensa),
los chismes sobre las estrellas del Olimpo,
las declaraciones amarillistas.
¿Qué es un acontecimiento cultural?
¿Dé qué debería
informar el periodismo cultural? Lo dijo Ezra
Pound: La noticia está en el poema,
en lo que sucede en el poema. Poetry is
news that stays news. Pero informar sobre
este acontecer requiere un reportero capaz
de entender lo que sucede en un poema, en
un cuadro, en una sonata; de igual manera
que informar sobre un acto político
requiere un reportero capaz de entender el
juego político: qué está
pasando, que sentido tiene, a qué juegan
Fulano y Mengano, por qué hacen esto
y no aquello. Los mejores periódicos
tienen reporteros y analistas capaces de relatar
y analizar estos acontecimientos, situándolos
en su contexto político, legal, histórico.
Pero sus periodistas culturales no informan
sobre lo que dijo el piano maravillosamente
(o no): el acontecimiento central de un recital,
que hay que saber escuchar, situar en su contexto,
analizar. Informan sobre los calcetines del
pianista.
La verdadera vida literaria sucede en los
textos maravillosamente escritos. Pero dar
noticia de ese acontecer requiere periodistas
que lo vivan, que sepan leer y escribir en
ese nivel, con esa animación. Los hubo
en los orígenes del periodismo, y los
sigue habiendo. Los artículos dignos
de ser leídos y releídos han
tenido en México una gran tradición,
desde Manuel Gutiérrez Nájera
y Amado Nervo hasta José de la Colina
y José Emilio Pacheco, pasando por
Alfonso Reyes, Octavio Paz y tantos otros
que han escrito una prosa admirable en los
periódicos. Pero hoy la prensa se interesa
en los actos sociales o chismosos de la vida
literaria, como si fueran la vida literaria.
Es perfectamente posible que un gran libro
sea un bestseller, que una gran película
sea taquillera, que un buen programa de televisión
sea muy visto, que un semanario del nivel
de The Economist o The New Yorker
consigan suficientes anuncios de productos
minoritarios para ser negocio. También
es posible que otra lógica financiera,
menos dispuesta a aceptar la degradación
de la sociedad, encuentre fórmulas
para que lo masivo subsidie la calidad, en
vez de aplicar la guillotina, renglón
por renglón, a todo lo que no es negocio.
O que intervengan los subsidios del Estado,
porque elevar el nivel de la conversación
pública es de interés social.
Pero todo esto requiere personas con visión,
cultura, competencia y sentido práctico.
Se diría que los graduados de una educación
supuestamente superior reúnen esas
cualidades. Pero las instituciones educativas
son un fraude. El graduado promedio tiene
el nivel del presidente Fox. El periodista
cultural promedio no destaca por su cultura,
aunque su especialidad sea la cultura.
Cuando se organizó un coctel en la
Galería Ponce para presentar el proyecto
de la revista Vuelta y buscar patrocinios,
llegaron periodistas y fotógrafos;
y uno de ellos, que veía atentamente
los cuadros, o más bien las firmas,
sin encontrar la que buscaba, preguntó
por fin: ¿Cuáles son los de
Octavio Paz? Claro que, en 1976, los periodistas
no eran todavía graduados universitarios.
Ahora lo son. Hay decenas de miles de mexicanos
que han estudiado, están estudiando
o enseñan comunicación. Hasta
se ha pensado en exigir el título para
trabajar en la prensa, excluyendo a los que
practican el periodismo sin la licenciatura
correspondiente. Y el avance se nota. En el
centenario de Óscar Wilde, entrevistan
a José Emilio Pacheco y le preguntan:
¿Qué es lo que recuerda de su
trato con él? Al entrevistado le parece
absurdo aclarar que están conmemorando
los cien años de su muerte, y se pone
a contar que, cuando se vieron en París,
visitaron juntos la gran Exposición
Universal, donde Wilde se interesó
muchísimo en el pabellón de
México. La entrevista salió
tal cual. Ni el reportero ni su editor se
dieron cuenta del pitorreo.
No es tan difícil encontrar lectores
con buena información y buen juicio
que se ríen (o se enojan) por lo que
publica la prensa cultural. Aunque no se dediquen
a la crítica, ni pretendan competir
con quienes la hacen, tienen los pelos en
la mano para señalar erratas, equivocaciones,
omisiones, falsedades, incongruencias, injusticias,
ridiculeces y demás gracias que pasan
impunemente por las manos de los editores.
Y ¿por qué pasan? Porque no
leen lo que publican, sino después
de que lo publican, y a veces ni después.
Porque, en muchos casos, ni leyendo se dan
cuenta de los goles que les meten la ignorancia,
el descuido, el maquinazo, el plagio, la mala
leche, los intereses creados. Y porque, muchas
veces, aunque se den cuenta, no están
dispuestos a dar la pelea por la cultura y
el lector.
A nadie le gusta ser el malo de la película,
rechazando cosas. Menos aún tomarse
el trabajo de corregirlas, que toma mucho
tiempo y puede terminar en que el autor se
ofenda, en vez de agradecerlo. Ya no se diga
exponerse a los peligros de la grilla. Y,
cuando no se va a dar la pelea, ¿qué
caso tiene leer exigentemente lo que se pretende
publicar? Lo importante no es defender al
lector de la errata, el gazapo, la ignorancia,
la vacuidad, el abuso, sino cuidar el control
político y diplomático de tan
difícil situación. Todos quieren
publicar, nadie leer, menos aún cuidar
el interés del lector. Lo pragmático
no es poner el ojo en la calidad de los textos,
sino el oído en los nombres que suenan,
el olfato en los temas malolientes, de interés
chismoso.
Hace ochenta años, Harold Ross inventó
The New Yorker y un concepto de periodismo
que llamó "literature of fact",
frente a la ficción y la poesía.
Lo literario no se limita a los géneros
consabidos. Puede darse en cualquier texto
maravillosamente escrito y bien fundamentado,
sobre lo que sea. Esto exige trabajo y valor
civil frente a los infinitos textos que se
reciben. Requiere no limitarse pasivamente
a lo que llega, sino tomar la iniciativa:
buscar a los que tienen algo importante que
decir, pensar en el lector, en los temas y
el nivel que debería tomar la conversación.
Requiere no publicar reportajes ni comentarios
que no hayan sido leídos críticamente
por dos o tres editores. Incluye hablar con
el autor, que así vive la experiencia
(y se pone a la altura) de la interlocución
con lectores inteligentes y conocedores, como
los hay entre el público. No se limita
a la corrección de erratas, de estilo,
de razonamiento: lleva a tener un departamento
de "fact checking". ¿Es verdad
que esta frase está en Shakespeare,
que Adís Abeba es la capital de Etiopía,
que Rembrandt murió en 1699, que Sofía
Gubaidulina vive en Alemania? Además,
Ross personalmente escribía una lista
de observaciones sobre cada artículo
(query sheet), donde cuestionaba la exactitud,
claridad, lógica, gramática,
elegancia o simple necesidad de una frase
o adjetivo.
Hace medio siglo, cuando no había computadoras,
ni correo electrónico, un eminente
autor extranjero podía recibir observaciones
semejantes de sus traductores y editores en
el Fondo de Cultura Económica, para
mejorar el libro publicado en México.
Lo cual requiere conocimientos, valor civil,
mucho trabajo y, sobre todo, una actitud opuesta
al "Ahí se va". Actitud justificada,
no por lo que ganaban (ni la décima
parte de lo que pagaba The New Yorker), sino
por su amor al oficio, respeto a los lectores
exigentes y respeto a sí mismos.
Desgraciadamente, multiplicar el gasto en
educación superior multiplicó
el "Ahí se va". La manga
ancha en la educación superior y el
mundo editorial dañó a millones
de personas que ni siquiera están conscientes
de su ignorancia, porque los dejaron pasar
de noche hasta graduarse, ejercer, dar clases
y publicar. La ignorancia que sube hasta la
presidencia no es una novedad en México.
La novedad es la ignorancia, la indiferencia,
la irresponsabilidad, de los que avalan el
trabajo mal hecho y lo dejan pasar tranquilamente.
Nunca es tarde para volver a respetar a los
lectores y subir el nivel de la vida pública,
por el simple recurso a la buena información,
el buen juicio y el buen gusto. Habría
que empezar por lo mínimo: un departamento
de verificación de afirmaciones, para
no publicar tantas cosas infundadas, vacuas
o francamente cómicas. Parece insignificante,
pero es algo cargado de significación.
El mensaje implícito daría un
giro de 180 grados: no publicamos basura.
Los grandes editores son lectores exigentes
que respetan al lector como a sí mismos.
- (Tomado de la revista Letras Libres)
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