EL BÚHO QUE NO PODIA ULULAR

 

De Robert Fisher y Beth Kelly


Ediciones Obelisco Barcelona España
1' edición: febrero de 1999 9' edición: abril de 2000
Título original: The owl who didn't give a hoot
Traducción: Verónica d'Ornellas Diseño portada: Ricard Magrané


Análisis del cuento desde la mirada de la disfluencia

Se recomienda leer el cuento.
El cuento comienza con la desilusión de mamá y papá ante un hijo que no puede expresarse como ellos. La mamá dice a otra mamá, que le pregunta como es su hijo: “Bueno...es diferente”.
Trata de no poner en evidencia sus dificultades:
“No..eh...todavía no está preparado”
Además ambos padres hacen grandes esfuerzos para resolver y disimular esa situación que los avergüenza y preocupa. Negación y evitación.
Después se observa la discriminación, la sanción social ya que al ser percibido como distinto es separado de sus pares.
El sentirse identificado con el pato, que ha pasado por lo mismo. Y la importancia de los grupos de auto-ayuda, que permiten al disfluente no sentirse solo o raro . Se lee:
“Eres como un hermano, a mí también me echaron” “qué casualidad que nos hayamos conocido, ninguno de los dos es capaz de decir lo que se supone que debe decir”. Lease: hablar como se supone que debe hablar.
Objetivos irreales y relación entre las demandas y las capacidades ante todo lo que deciden hacer:
Inscribirse en la facultad de medicina, trabajar, ganar dinero, ser estrellas de cine, divertirse. La idea es: “Hacer algo para convertirnos en alguien”. Todo en medio de una gran confusión.
La resistencia al cambio como obstáculo para el cambio y el aprendizaje:
Miedo al ataque de lo nuevo y a la pérdida de lo conocido E. Pichón Riviere.
“Cada vez que les preguntaba porqué no cambiaban de trabajo continuó bebé buho las personas me contestaban que siempre habían estado haciendo eso o que no sabían hacer otra cosa.”
Setecientas treinta personas, dijo el pato, dijeron que las deba miedo cambiar porque se sentían seguras haciendo lo de siempre...incluso aunque no les gustara.
Esfuerzo, como obstáculo en las difluencias:
“ ¡Lo has dicho, casi lo has dicho! Dijo bebé buho emocionado”
“Me ha costado mucho trabajo, cada vez que lo intento estoy a punto de ahogarme”
Aumentar la autoestima como objetivo del tratamiento de la disfluencia:
“Aprendiendo a amarte a ti mismo, el conocimiento y el amor vencen al miedo”
Termina con una apelación a atreverse a ser diferentes y libres, A SER QUIENES SON.

María Cristina Peyrone
Fonoaudióloga y Psicóloga Social
22 de octubre de 1999 Día Internacional de la Tartamudez

 

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EL BÚHO QUE NO PODIA ULULAR

Mamá Búho descansaba sobre la rama de un árbol en el bosque. Junto a ella, se encontraba Bebé Búho. Era su primer hijo; hacía cuatro semanas que había salido del cascarón, y ahora ella lo con­templaba con orgullo.

Papá Búho estaba sentado sobre una rama cercana y miraba a su hijo con el mismo orgullo. Era un gran momento en las vidas de los tres búhos, porque Mamá Búho y Papá Búho se dis­ponían a enseñar a su hijo a ulular.

Mamá Búho se aclaró la garganta para atraer la atención de su pequeño hijo y dijo: «Who».*

Bebé Búho se dio un buen susto pero no contes­to nada. Mamá Búho volvió a aclarar su garganta y repitió, «Who». Bebé Búho la miró con ojos interrogadores.

Papá Búho sacudió las alas impaciente y dijo: «Repite con tu madre, hijo; di 'Who'».

Bebé Búho miró desconcertado a su padre, primero, y a su madre, después. Mamá Búho y Papá Búho dijeron juntos: «Who».

Bebé Búho abrió la boca e inspiró profunda­mente, mientras Mamá y Papá escuchaban expec­tantes. Bebé Búho dijo: «Why?».*

Mamá Búho y Papá Búho miraron desconcer­tados a Bebé Búho y repitieron: «¿Por qué?». Bebé Búho asintió: «Sí, ¿por qué?».

Mamá Búho replicó: «Porque eso es lo que dice un búho... Who».

Bebé Búho dijo: «¿Por qué?».

Papá Búho, un tanto pasmado por esta con­versación, farfulló: «Porque... eh... eso es lo que han venido diciendo los búhos desde hace cientos de años».

Bebé Búho dijo: «¿Por qué?».

Papá Búho se volvió hacia Mamá Búho y dijo bruscamente: «¿Cómo has podido darme un hijo así?».

•  * Who, en inglés, significa «quien» y se pronuncia U u».

•  * Why, en inglés, significa «¿por qué?» y se pronuncia U ai».

«¿De qué te quejas? Yo estuve empollando ese huevo durante tres semanas», respondió Mamá Búho impaciente. Se volvió hacia Bebé Búho: «A ver, quiero oírte decir who».

Bebé Búho miró primero a Mamá Búho y luego a un ceñudo Papá Búho, y decidió inten­tarlo una vez más. Inspiró profundamente, frun­ció el pico de diferentes maneras y se esforzó por emitir el sonido «who», pero no le salía. Todo lo que era capaz de decir se limitaba a «why».

Papá Búho se estaba poniendo cada vez más nervioso. «Mira, niño, no puedes ir volando por este bosque y diciendo `por qué'».

Bebé Búho dijo: «¿Por qué?».

Mamá Búho parpadeó: Porque tienes que decir «who». «Who» significa « quien tú eres » .

Todo lo que Bebé Búho fue capaz de pronun­ciar fue «¿Por qué?». Papá Búho contestó brus­camente: «Porque soy tu padre y yo digo «who» y tú vas a decir «who» ahora mismo.

Bebé Búho contempló el amenazador bulto de plumas que era su padre, inspiró profundamente y se esforzó una vez más por emitir el sonido, pero todo lo que salió fue: «Why?». Mamá Búho y Papá Búho se miraron horrorizados.

Una vez a la semana, los búhos celebraban un encuentro. Esa noche, todos los búhos se habían reunido para decir cosas sabias. El miembro más anciano del grupo encrespó sus plumas, inspiró profundamente y dijo la primera cosa sabia de la noche: «Arriba esta alto, abajo está bajo; por tanto, el medio está entre los dos».

Todos los demás búhos susurraron, murmu­raron e hicieron exclamaciones de asombro ante la profundidad de esta sabiduría. Luego batieron las alas en un aplauso.

El búho veterano inclinó la cabeza con humil­dad. Entonces, todos los búhos, uno a uno, fue­ron diciendo algo sabio.

«Más vale búho en mano que dos en un arbus­to», «Búho que está bien, acaba bien». Y así suce­sivamente.

Cuando acabó la reunión, algunas de las seño­ras búho, vestidas con sus mejores plumas, vola­ron hacia Mamá Búho. Una de las damas dijo: «Felicidades por tu recién nacido, Mamá Búho».

Otra señora preguntó, «¿Cómo es?».

Mamá Búho vaciló. «Bueno, es... diferente». Otra señora búho se unió a ellas y dijo, «Tenía la esperanza de que lo traerías a la reunión».

«No... eh... todavía no está preparado», re­plicó Mamá Búho nerviosa.

«Why?», dijo una de las señoras búho. Ma­má Búho casi se despluma. «Por favor, no pronun­cie esa palabra» dijo y se alejó volando mientras las demás señoras búho la miraban perplejas.

Las dos semanas siguientes fueron muy duras para Mamá Búho y Papá Búho. Se pasaron todas las noches diciendo «Who» para Bebé Búho. Pero, por mucho que el pobre Bebé Búho lo intentara, todos sus «who» acababan siendo un «why».

Transcurridas estas dos semanas, Mamá Búho y Papá Búho estaban tan roncos que a ellos mis­mos les costaba decir «who».

Mamá Búho miró a Bebé Búho con cansancio. «La ceremonia mensual de bienvenida a todos los nuevos bebés búho tendrá lugar esta noche y tú sólo eres capaz de decir «why». Papá Búho asin­tió: «Tienes que decir «who», como todos noso­tros».

«Why?», preguntó Bebé Búho.

Esa noche, con gran turbación, Mamá Búho y Papá Búho llevaron a Bebé Búho a la reunión de la comunidad. Se sentaron sobre una rama con los demás pájaros y escucharon las palabras del líder, el Viejo Búho Sabio. «Y ahora es el momen­to de daros la bienvenida en la comunidad a to­dos vosotros, pequeñines. Todos tenéis edad suficiente ya para hablar como búhos, de modo que vamos a oíros».

Todos los búhos bebés inspiraron profunda­mente, batieron las alas y, ante la orgullosa mira­da de sus padres, dijeron: «Who». Todos excepto Bebé Búho, que pronunció: «Why?».

El búho veterano no se creía lo que acababa de oír. Mamá y Papá Búho agacharon la cabeza, avergonzados.

El búho veterano miró detenidamente a todos los pequeños. «Bueno, todos sabemos que un búho tiene que decir 'who'. ¿Quién está diciendo `why'?».

Bebé Búho levantó el ala. El búho veterano voló a su lado. Se volvió hacia Mamá Búho y Papá Búho, y les preguntó ¿Por qué está dicien­do «why?».

«Por favor, perdónele, oh, sabio. Es muy joven y le está costando trabajo decir «who», dijo Mamá Búho temblorosa. El Búho Sabio miró sorprendido a Bebé Búho. «¿Cómo puede ser que te cueste decir 'who', cuando eso significa ¿quien eres?».

Bebé Búho repitió: «Why?».

El Viejo Búho Sabio miró a Bebé Búho, cada vez más irritado. Se volvió hacia Mamá Búho y Papá Búho: «Siento mucho tener que darles esta mala noticia, pero no podemos admitir en el grupo a un búho que diga 'why' porque todos los búhos han de decir 'who' ».

Mamá Búho y Papá Búho parpadearon, mirándose desesperados. Sabían lo que el sabio diría a continuación: «Me temo que tendrá que abandonar el bosque».

«¿No podría darle más tiempo?», dijo Mamá Búho con gran aflicción. «¿Un mes más?», dijo Papá Búho.

El búho veterano negó con la cabeza: «Me temo que no. Cuando yo digo algo sabio, me pone muy nervioso oír a alguien que pregunta 'why?'». Dicho esto, se alejó volando; dejaba a una Mamá Búho, un Papá Búho y un Bebé Búho destrozados. Mamá Búho dijo: «Por favor, hijo, sé que permitiría que te quedaras si fueras capaz de decir who».

Papá Búho se unió a ella: «Vamos, hijo... dilo. No queremos perderte».

Bebé Búho estaba muy triste. Inspiró profun­damente y se esforzó por conseguir un «who», pero sólo consiguió un «why?».

A Bebé Búho no le quedaba otra alternativa. Tenía que abandonar a Mamá, a Papá, a los otros búhos y el bosque que tanto amaba para salir a ese extraño y aterrador lugar llamado... el mundo.

Las lágrimas brotaron de los enormes ojos de los tres búhos mientras se despedían. El Bebé Búho echó andar por un sendero que conducía a quién sabe qué lugar.

Miró atrás y vio que Mamá y Papá Búho le decían adiós con tristeza desde los lindes del bos­que. Una sensación de soledad se apoderó de su pequeño corazón emplumado.

Extendió las alas y se elevó al cielo para iniciar una nueva vida. Aunque Bebé Búho no sabía decir «who», era muy búho en sus otras costum­bres. Dormía durante el día y volaba de noche.

Su viaje lo llevó hasta una granja. Aterrizó sobre la cerca de un corral. Estaba hambriento, por lo que pensó que quizás podría comerse un lindo pollito como tentempié. Lo sobresaltó la voz de alguien que estaba detrás de él. «Yo no in­tentaría atrapar un pollo para cenar aquí». Se vol­vió y vio a un precioso y joven pato. El pato lle­vaba una pequeña maleta bajo un ala. «El granjero tiene mucha puntería con la escopeta», añadió.

«Muchas gracias», dijo Bebé Búho. «Me has salvado la vida».

El joven pato suspiró: «Bueno, me alegro de que por fin alguien me aprecie».

Bebé Búho señaló la maleta del pato. «¿Te vas de viaje?».

«Sí», replicó el joven pato con tristeza: «Me voy para siempre».

«Why?», dijo Bebé Búho.

«¿No deberías decir «who?», dijo el pato.

Bebé Búho asintió. «No sé decir...». Se esforzó desesperadamente por conseguir la palabra, pero no lo logró. «Por mucho que lo intento, siempre me sale 'why'. No te imaginas el problema tan grande que eso me ha supuesto».

El pato contempló a Bebé Búho con interés.

«Tenemos algo en común. Yo no soy capaz de pronunciar lo que se supone que un pato ha de decir».

«¿No sabes decir 'cuac'?»,* dijo Bebé Búho cada vez más sorprendido.

El pato asintió: «Así es. Por mucho que me esfuerzo, no me sale». Inspiró profundamente y, con un gran esfuerzo, dijo: «cuic».

Bebé Búho estaba muy emocionado. «Qué ca­sualidad que nos hayamos conocido. Ninguno de los dos es capaz de decir lo que se supone que debe decir».

El pato meneó la cabeza, contrariado: «Es una lata, ¿verdad?».

Bebé Búho asintió. «Los demás búhos me echaron».

Esta vez fue el pato el que empezó a emocio­narse: «Eres como un hermano. A mí también me echaron. Nadie más en la comunidad quería a un pato que decía «cuic» en lugar de...». Se esforzó por decir la palabra, pero no lo consiguió.

Bebé Búho acabó la frase por él: «Cuac».

El pato asintió, feliz de encontrar a alguien que había pasado por una experiencia similar a la suya.

«Ayer, todos los patos me expulsaron».

«Supongo que somos aves de una sola plu­ma», dijo Bebé Búho. Se rió con ganas de su pro­pio chiste.

El pato lo miró fijamente: «Te lo advierto: no soporto esos chistes de mal gusto».

Bebé Búho sonrió: «Lo siento. Es que no he podido evitarlo... Bueno, si no puedes vivir aquí, ¿a dónde irás?».

«A la ciudad. Te voy a confesar algo que no le dicho nunca a nadie. Quiero ser médico», replicó el pato.

Los ojos de Bebé Búho se hicieron más gran­des: «Entonces, es mejor que no puedas decir cuac». Soltó una risita.

El pato lo miró fijamente. «Ya te lo he adver­tido: no me gustan esos chistes de mal gusto».

Bebé Búho no deseaba perder al único amigo que tenía, de modo que se disculpó rápidamente: «Lo siento, esta vez tampoco he podido conte­nerme, pero te prometo que no volverá a pasar en el futuro».

«¿Crees que tenemos futuro?», inquirió el pato.

«Perdona que lo repita, pero somos aves de una sola pluma. Y ahora que nos hemos encon­trado, sería una pena que nos separásemos», replicó Bebé Búho.

El pato asintió. Señaló su maleta: «Me marcho a la ciudad, Bebé Búho». Dicho esto, echó a andar por la carretera.

Bebé Búho corrió trás él. «No se qué hacer con mi vida... ¿No podría ser también yo mé­dico?».

De modo que partieron juntos, ala con ala. El pato le dijo a Bebé Búho que había oído al hijo del granjero contar emocionado a sus padres cuánto le gustaba estudiar medicina en la Universidad. Bebé Búho dijo que él nunca había estudiado nada, así que podría ser una buena experiencia.

* Quack, en inglés, significa «matasanos» y se pro­nuncia «cuac».

Aunque tanto Bebé Búho como el pato tenían en mente la misma carrera, se encontraron con el problema de que ninguno de los dos sabía cómo llegar hasta la Universidad. Pronto se cansaron de andar.

El pato quería ir a la ciudad nadando por el río, mientras que el búho bebé quería volar, pero únicamente por la noche. De modo que se pusie­ron de acuerdo: el pato nadaría durante el día y el búho bebé lo alcanzaría por la noche. Así llega­ron hasta la Universidad.

«Ahora que ya estamos aquí, ¿qué hacemos?», preguntó Bebé Búho.

«El hijo del granjero dijo que lo primero que hay que hacer es inscribirse», replicó el pato.

De modo que subieron por la escalinata del edificio de la administración y entraron.

En el vestíbulo vieron a una mujer de aspecto severo sentada detrás de un mostrador en el que se leía el rótulo INSCRIPCIONES. Se acercaron al mostrador y bebé búho le dijo que el pato y él querían ser médicos.

La mujer se sobresaltó: «¡ Médicos! ».

«Sí», replicó Bebé Búho y, señalando al pato, añadió: «Y, por favor, no le pida que pronuncie cuac porque no sabe decirlo».

La mujer parecía desconcertada.

«Debo decir que nunca hemos tenido un búho y un pato como alumnos en la Facultad de Medicina».

«¿Significa eso que no nos aceptará?», pre­guntó Bebé Búho.

La mujer reflexionó durante un momento y luego dijo: «Que yo recuerde, no hay ninguna regla en la Universidad que diga que un búho y un pato no pueden ser médicos. No obstante, antes de matricularos he de comprobar vuestros certificados».

«¿Eso qué es?», preguntó el pato.

«Es un papel en el que pone en qué escuelas habéis estudiado», replicó la mujer.

«¿Tenemos que ir a otras escuelas antes de venir a ésta?», preguntó Bebé Búho.

La mujer asintió. «Sí. Tenéis que ir a preesco­lar: luego a la escuela primaria, y después a la escuela secundaria».

Bebé Búho dijo: «Why?».

«Porque eso es lo que hace todo el mundo», contestó la mujer.

Una vez más, Bebé Búho preguntó: «Why?».

La mujer se estaba empezando a exasperar. «Porque esas son las reglas».

Bebé Búho insistió: «¿Why?»

La mujer se estaba poniendo cada vez más nerviosa.

«Porque todos tenemos que vivir según cier­tas reglas».

«¿Pero no sería más divertido que viviéramos sin normas?».

La mujer estaba un tanto desconcertada. «¿Divertido? ¡Nadie hace las cosas porque sean divertidas! ».

El pato tapó rápidamente la boca de Bebé Búho con su ala antes de que éste volviera pre­guntar por qué. «Si fuésemos primero a todas esas escuelas, ¿cuánto tiempo tardaríamos en convertirnos en médicos?»

La mujer pensó un momento. «¡Oh!, Unos... treinta y dos años».

Bebé Búho y el pato se quedaron pasmados. «No puedo ser médico. No creo que un pato viva tantos años», dijo tristemente.

Bebé Búho y el pato descendieron bastante perplejos por la escalinata de la Universidad, pensando qué podían hacer con sus vidas tras este cambio de planes.

Ninguno de los dos había estado antes en la gran ciudad, de modo que decidieron ir a verla. Quizá ahí podrían encontrar alguna pista que les indicara por dónde seguir.

Quedaron boquiabiertos cuando se hallaron ante los innumerables rascacielos y los ruidosos automóviles, cuyas bocinas no paraban de sonar. Se detuvieron para observar a las multitudes que marchaban calle arriba y calle abajo apresurada­mente.

«Me gustaría saber a dónde van todas estas personas», exclamó Bebé Búho.

«Vamos a preguntárselo», dijo el pato.

Bebé Búho asintió, expresando su conformi­dad. Detuvo a una mujer que pasó cerca de él. «Perdone, señora, ¿a dónde va?».

«A trabajar», replicó la mujer.

«Why?»

La mujer se quedó un tanto perpleja ante la pregunta. «¿Que por qué?... Para ganar dinero, por eso».

«Why?», volvió a preguntar Bebé Búho.

«Para ganar suficiente dinero y así dejar de trabajar», replicó la mujer con impaciencia.

La mujer se alejó con prisas. «Esto no tiene mucho sentido», dijo Bebé Búho.

El pato estuvo de acuerdo: «Tampoco tiene sentido ir a la escuela durante treinta y dos años para convertirse en médico».

Bebé Búho se quedó pensativo: «Bueno, tene­mos que hacer algo para convertirnos en alguien... quizás, si habláramos con algunas de estas personas, ellas podrían estar haciendo algo que a nosotros nos podría gustar hacer».

El pato estuvo de acuerdo, de modo que para­ron a un hombre que no parecía tener tanta prisa como los demás.

«Perdone, señor, ¿a qué dedica su tiempo?», preguntó Bebé Búho.

«A evitar a mi mujer», replicó el hombre.

El hombre continuó su camino. «No creo que podamos hacer una carrera de eso», dijo el pato.

Se volvió para dirigirse a una mujer atractiva y bien vestida que venía hacia ellos: «Perdone, señora, ¿qué clase de trabajo hace usted?».

«Soy secretaria», replicó la mujer.

«¿Y eso resulta divertido?», preguntó Bebé Búho.

«Sólo cuando estoy de vacaciones», contestó la mujer. Y se marchó con mucha prisa.

«Bueno», dijo el pato, «por fin hemos averi­guado una cosa: las vacaciones son más divertidas que el trabajo».

El pato movió la cabeza de lado a lado: «Me temo que uno ha de trabajar para poder irse de vacaciones».

«Why?», dijo Bebé Búho.

«Según la primera mujer, tenemos que ganar dinero».

«Pero si ganar dinero no es divertido, ¿por qué hemos de hacerlo?», volvió a preguntar Bebé Búho.

El pato movió la cabeza, confundido, y contestó: «Pues no lo sé muy bien».

Pararon a Otra mujer que bajaba por la calle.

«Perdone, señora, ¿usted trabaja?», preguntó Bebé Búho.

«Constantemente. Soy madre», respondió la mujer.

«¿Y se divierte?», preguntó el pato.

«Ahora no, pero ya verás cuando mis hijos hayan crecido», contestó la mujer.

Bebé Búho y el pato miraron a la mujer con extrañeza; no entendían nada. Se dirigieron a un parque cercano, se sentaron y repasaron lo que habían aprendido hasta el momento. El pato, que era muy organizado, extrajo un pequeño cuader­no de su maleta, se puso las gafas y empezó a tomar nota.

Bebé Búho dijo: «Todo es muy confuso. Nadie parece divertirse trabajando a menos que estén de vacaciones».

El pato escribía rápidamente, asentía y volvía a escribir en su cuaderno. «Y las madres no se divierten hasta que sus hijos han crecido».

«Apuesto a que los médicos no se divierten mucho. Cuando por fin empiezan a trabajar ya se les ha pasado media vida», añadió Bebé Búho.

Levantaron la mirada al ver que una mujer con un carrito lleno de todo tipo de trastos se sentaba junto a ellos. Parecía una persona diferente a las que habían visto hasta el momento, así que pen­saron que quizá ella les daría unas respuestas dis­tintas.

«Perdone, señora, ¿qué tipo de trabajo hace usted?», preguntó Bebé Búho.

La mujer extrajo una manzana de su carrito, la mordió, masticó un rato y luego dijo: «Soy men­diga».

El pato pareció intrigado. «¿Hace falta ir a la escuela para ser mendiga o cualquier persona puede hacerlo?».

La mendiga los miró fríamente: «¿Vosotros qué sois? ¿Unos listillos?».

«No, yo soy un búho bebé», dijo Bebé Búho.

«Y yo soy un pato», dijo el pato.

«Eso es evidente... incluso para una vieja como yo.» Se ablandó un poco: «No era mi intención ser desagradable, es que estoy disgusta­da... me han retirado la asistencia social».

«¿Qué es la asistencia social?», preguntó Bebé Búho.

«Es un dinero que te dan por no trabajar», replicó la mendiga.

El pato y Bebé Búho parecían estar aún más confundidos. El pato se volvió hacia la mujer de las bolsas y le preguntó: «¿Le pagan a uno por no trabajar?». La mujer asintió.

«Quizá ésa debería ser nuestra carrera», dijo Bebé Búho.

«No os lo recomiendo», dijo la mendiga. El Gobierno os puede quitar la asistencia social en cualquier momento».

«¿Por qué se la quitaron a usted?», preguntó el pato.

La mendiga encendió un cigarrillo y dijo: «Porque mentí acerca del número de hijos que tengo».

«¿Cuántos hijos tiene?», preguntó Bebé Búho.

«Ninguno», replicó la mendiga. Se puso de pie y se alejó.

El pato realizó más anotaciones en su cuader­no: «Es un mundo extraño. Consigues dinero por trabajar pero también consigues dinero por no trabajar».

El pato cerró su cuaderno bruscamente y se lo puso debajo del ala. «Quizás lo divertido sea gas­tar el dinero. Busquemos algo que hacer que nos dé mucho dinero para gastar».

El rostro de Bebé Búho se iluminó. «Eso me parece una idea brillante».

El pato ahuecó sus plumas: «Es una idea bri­llante... porque yo soy un pato brillante».

Una adolescente muy mona apareció por el camino, paseando a su perro. El pato la detuvo: «Perdona, jovencita, ¿quién dirías tú que gana más dinero?».

«Las estrellas de cine», replico la adolescente sin pensárselo dos veces, y siguió su camino.

«¿Adonde hay que ir para ser una estrella de cine?», grito Bebé Búho para que lo oyera.

La chica miro por encima de su hombro hacia atrás y contesto, también a voz en grito: « ¡A Ho­llywood! ».

Y así fue como el búho bebé y el pato acaba­ron entrando en la recepción de un importante estudio de Hollywood. Ambos estaban decidi­dos a convertirse en estrellas de cine. El vigilante que había detrás del mostrador levanto la vista y les pregunto: «¿En qué puedo ayudarles?».

«Queremos ser estrellas de cine», contesto el pato.

El vigilante rió entre dientes. «Estáis bro­meando».

Bebé Búho movió la cabeza muy serio: No, no es una broma, al parecer, se gana mucho más dinero con esto que siendo mendigo.

El vigilante rió. «Desde luego, no os falta sen­tido del humor. Os diré lo que tenéis que hacer, chicos: tenéis que encontrar un representante».

«¿Qué es un representante?», pregunto el pato.

«Un representante es una persona que te con­sigue trabajo en las películas», aclaro el vigilante.

«¿Como conseguimos un representante?», pregunto Bebé Búho.

«Primero hay que conseguir un trabajo en el cine. Cuando el agente os vea trabajando, estará dispuesto, a su vez, a trabajar para vosotros».

Bebé Búho y el pato parecían desconcertados:

¿Tenemos que conseguir un trabajo para conse­guir que una persona nos consiga un trabajo?».

El oficial se encogió de hombros: «Así es el negocio».

Bebé Búho se volvió hacia el pato y le dijo. «Creo que estamos siguiendo la carrera equivo­cada».

Durante las semanas siguientes, Bebé Búho y el pato conversaron con todos aquellos que estuvie­ron dispuestos a hablar con ellos. Preguntaron a la gente acerca de como vivían, pero cuantas más res­puestas recibían, más confundidos se quedaban. Llegaron a la conclusión de que la gente trabajaba muchísimo... que casi nadie se divertía, excepto los días en que no trabajaban. Y todos estaban traba­jando para poder tener coches, casas y piscinas en California. Al búho bebé y al pato les pareció que debía de ser agradable disfrutar de esas cosas.

Entonces descubrieron que no todas las per­sonas las tenían. Los bancos eran los dueños de las casas y las piscinas mientras que las compa­ñías financieras eran dueñas de los coches. Y la mayoría de las personas estaban constantemente preocupadas por no tener dinero suficiente para realizar los pagos y perder todas esas cosas que no poseían.

Además, cuando el pato y el bebé búho pre­guntaban a las personas acerca del propósito de este peculiar estilo de vida, éstas se disgustaban mucho y querían saber por qué un búho estúpi­do y un pato tonto se creían con derecho a inte­rrogarlas.

Un día, exhaustos tras las largas encuestas, el búho bebé y el pato se sentaron en un banco del parque.

El pato masticaba las palomitas de maíz que sacaba de una bolsa y el búho bebé comía una salchicha que tenía pinchada en un palo. El pato, con las gafas puestas, hizo unas últimas anotacio­nes en su cuaderno. Levantó la vista. «En cuatro días, me han llamado pato tonto ciento cincuen­ta y tres veces».

«A mí, la gente me dice que deje de hacer esas preguntas estúpidas y que me limite a ser un búho como todos los demás».

«Veo que te estás acostumbrando a las salchi­chas», dijo el pato.

Bebé Búho asintió. «Preferiría comerme un buen ratón, pero la salchicha es lo más parecido que he encontrado. Reconozcámoslo: un ratón también es comida basura».

El pato volvió a examinar sus notas: «Hasta el momento, hemos hablado con novecientas cua­renta y siete personas. Todas trabajan para conse­guir dinero y ninguna se divierte».

«Excepto cuando lo gastan», añadió Bebé Búho.

«Así es», dijo el pato.

«Cada vez que les preguntaba por qué no cam­biaban de trabajo», continuó Bebé Búho, «las per­sonas me contestaban que siempre habían estado haciendo eso o que no sabían hacer otra cosa».

El pato volvió a mirar sus anotaciones: «Dos­cientas veintitrés personas dijeron que trabajaban con ordenadores. Todavía no sé muy bien qué es un ordenador».

«Imagino que debe tratarse de una máquina que piensa para que las personas no tengan que hacerlo», dijo el búho bebé.

El pato se quedó pensativo: «Estos ordenado­res parecen casi humanos. Me pregunto si acaba­rán teniendo automóviles, casas y piscinas».

Después, volvió a leer su cuaderno: «Sete­cientas treinta personas dijeron que les daba miedo de cambiar porque se sentían seguras haciendo lo de siempre... incluso aunque no les gustaba».

«Supongo que si todas estas personas fuesen patos graznarían en lugar de dejar que las echaran del corral», gruñó Bebé Búho.

El pato asintió. «Y si fuesen búhos, hubiesen dicho 'who', incluso aunque hubieran querido decir 'why'».

«Debo admitir que sin los demás búhos a menudo me siento solo», confesó Bebé Búho. Luego añadió apresuradamente: «No me malinterpretes: no estoy diciendo que tú no seas un buen amigo».

«Lo comprendo», replicó el pato. «Yo tam­bién me siento solo sin los otros patos de mi corral.»

Bebé Búho suspiró: «A veces siento deseos de dejar de decir «why» y de aprender, de alguna manera, a decir... (se ahoga cuando intenta pro­nunciar la palabra «who») para regresar y vivir en paz con los demás búhos».

Ahora le tocó suspirar al pato. «Durante la última semana he estado intentando pronunciar «cuic». Cuando lo dijo, le salió casi como un «cuac..» Pero nunca había pronunciado un «cuic» tan cercano a un «cuac».

«Lo has dicho... ¡casi lo has dicho!», dijo Bebé Búho emocionado.

«Me ha costado mucho trabajo; cada vez que lo, intento estoy a punto de ahogarme», replicó el pato.

Bebé Búho comentó, un poco deprimido: «te das cuenta de lo que estamos diciendo?»

«Sí», contesto el pato, «que deberíamos volver a ser como todo el mundo».

Entonces, repentinamente, se oyó la voz de un hombre, que parecía venir de todas partes... y de ninguna. La voz les dijo: «¡No lo hagáis!». Miraron a su alrededor, pero no vieron a nadie. Era escalofriante. El pato habló tímidamente: «Tú, el que no podemos ver, ¿sigues ahí?».

Entonces volvieron a oír la voz, que les decía:

«P or supuesto que estoy aquí. Venid al Museo de Arte de la Historia Americana esta noche y hablaremos».

El pato y Bebé Búho se miraron maravillados. ¿Se habían imaginado esa voz? No, ambos la habían oído. El pato fue quien primero se recu­peró: «¿Crees que deberíamos ir esta noche?».

«Esa voz parecía ser capaz de responder a muchas de las cosas que no comprendemos», replicó Bebé Búho, y añadió: «A voz regalada, no le mires el dentado».

El pato estuvo de acuerdo, de modo que, esa noche, fueron al museo de arte y, cuando el guar­dián se dispuso a cerrar todo con llave, se escon­dieron detrás de unas cortinas. Al poco rato, se apagaron las luces. Bebé Búho y el pato salieron de detrás de las cortinas y miraron tímidamente a su alrededor. Todo estaba tan oscuro que se pusieron muy nerviosos.

«En este preciso momento no me muero de ganas por encontrarme con una voz en la oscuri­dad», susurró el pato.

«A mí también me da un poco de miedo», dijo Bebé Búho, «pero no te preocupes. Puedo ver muy bien en la oscuridad, de manera que, si echo a correr, tú haz lo mismo».

El pato iba recuperando lentamente su valor. «Ya que estamos aquí, echemos un vistazo». El Bebé Búho asintió. Se detuvieron ante los retra­tos de Thomas Jefferson, Thomas Paine, Ben­jamin Franklin y Andrew Jackson. El tiempo transcurría, pero no oían la VOZ. Se preguntaron si no se habrían equivocado de museo. De repen­te, Bebé Búho se quedó paralizado.

El pato susurró, aprensivo: «¿Ha llegado la hora de echar a correr?». Miró en la misma dirección que Bebé Búho para ver a qué se debía el repentino pánico de su amigo. Ambos observa­ron incrédulos cómo los cuerpos de Jefferson, Paine, Franklin y Jackson abandonaban las pintase. Avanzaron, cual fantasmas, hasta rodear al pato y a Bebé Búho, que seguían paralizados.

«No temáis», dijo Jefferson amablemente. «Estamos aquí para ayudaros, no para haceros daño».

El pato y Bebé Búho les pareció que ésa era una buena noticia. «¿Fue alguno de ustedes quien nos habló hoy en el parque?», preguntó el pato, tem­bloroso.

«Sí. Fui yo», sonrió Thomas Jefferson. «Os henos pedido que vengáis aquí para daros las gracias».

Bebé Búho y el pato se sorprendieron. « ¡Pero si no hemos hecho nada especial!», exclamó el pato, y añadió: «¿Por qué queréis darnos las gracias?».

«Por atreveros a ser diferentes», replicó Paine.

Franklin aclaró: «Cuando redactamos la Declaración de Independencia, nosotros también nos atrevimos a ser diferentes».

Paine asintió. «Declaramos que todos los hombres son libres e iguales; nadie lo había he­cho nunca hasta entonces».

Jefferson se unió a ellos. «Y escribimos la Constitución para que el país creciese con ella y para que ayudase a las personas a cambiar y a rea­lizarse en esta tierra maravillosa».

«Por desgracia, en la práctica esta idea se con­fundió, en su mayor parte, con conseguir el éxi­to», puntualizó Jackson.

«Sí», dijo Paine. «El éxito pasó a ser la princi­pal motivación... que es ganar dinero».

Jefferson movió la cabeza con tristeza. «De modo que esta nación se ha convertido en un país de personas que no piensan en otra cosa más que en cuánto dinero pueden ganar».

«Y además hemos observado que no parecen divertirse mucho haciéndolo», añadió Bebe Búho.

«Es cierto», dijo Jackson. «Cuando perdieron el sentido de cómo realizarse, perdieron también el sentido del humor con el cual nacieron».

¿Cómo puedo realizarme?», preguntó Bebe Búho.

«Aprendiendo a amarte a ti mismo», sonrió Franklin. «Y en la medida en que te ames a ti mismo, podrás amar a tus vecinos, a tus amigos y a todas las demás personas que hay en esta gran nación».

Bebe Búho se volvió hacia el pato: «Quizá sea ésta la carrera que tantas ganas tenemos de hacer».

«El amor es una carrera muy buena», dijo <Cuando una persona está llena de amor, no hay lugar para el miedo».

«No lo comprendo», dijo el pato.

Jefferson sonrió. «Imagina que eres una bote­lla de leche. Cuando has llenado tu botella con amor, no hay lugar para nada más. Pero si esta botella no está llena de amor, empieza a llenarse de odio y de miedo».

«Y actualmente hay más temor que diversión en el modo de vida de la gente», dijo Paine.

Jefferson, que había permanecido un rato en Silencio, habló. «No hay suficientes personas cambiando y creciendo. Están atascados en sus moldes y sólo unas pocas, como tú, Bebe Búho, , y tú, patito, os habéis atrevido a romper el molde y ser diferentes».

Franklin les sonrió alegremente. Al búho, le dijo: «Te arriesgaste a no ser un búho». Se volvió hacia el pato: «Y tú te arriesgaste a no ser un pato».

«Ésa es la libertad que deseábamos que el hombre encontrase», sentenció Jackson.

«Quizá sí hicimos algo especial», le dijo Bebe Búho al pato.

Benjamin Franklin los abrazó: «Puedes estar seguro de eso, Bebé Búho. Os habéis arriesgado a ser quienes no sois, de manera que ahora podéis ser también quienes en realidad sois... un búho y un pato. Eso os hace completamente libres».

Por primera vez, Bebé Búho sintió que una descarga de energía atravesaba su pequeño cuerpo. Inspiró profundamente, erizó las plumas, y dijo: «Libre... es lo que soy».


 

     
 
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