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SI DEUS NOBISCUM QUIS CONTRA NOS


13 de Agosto de 2009 (a.D.)

Lectura y Reflexión: «San Benito, Abad»


Orden de Caballería de Notre Dame de Sion y del Santo Espíritu
Santa María en Jerusalén
(HOL 070 - HOL 071)

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 13 de Agosto de 2009 a.D.
Día de San Hipólito


San Benito Abad



(Ver Lectura: «Lectura: Medalla de San Benito», del 29 de Abril de 2008, a.D.)

I

«No antepongan nada a Cristo»

San Benito de Nursia
Abad de Montecasino
Patriarca de los monjes de occidente
Patrono principal de Europa


II

Benito, que significa bendecido, nació en el pueblo de Sabino, en Nursia, Italia, cerca de Roma, en el año 480, en el seno de una familia acomodada. Fue enviado a la gran ciudad a estudiar filosofía y letras, aprendiendo a la perfección el latín, ya que más tarde todos sus escritos serían en este idioma.

La gran y cosmopolita ciudad de Roma estaba habitada por una cultura muy deteriorada donde la corrupción convivía en todos los niveles. De manera tal que Benito, a pesar de su juventud, percibe que de quedarse podría ser invadido por tales conductas decidiendo lo mejor, alejarse de esa ciudad e instalándose en un pueblito a rezar, meditar y hacer penitencia.

A poco de llegar, produjo un milagro sin quererlo. Vio a una pobre mujer llorando porque se le había partido un precioso jarrón que era de su propiedad. Benito rezó y le dio la bendición, y el jarrón volvió a quedar como si nada le hubiera pasado. Lo ocurrido conmovió mucho a las gentes del pueblo y empezaron a venerarlo como un santo. Fue así que decidió irse aun más lejos.

Llegando a una región totalmente deshabitada llamada «Subiaco» cuyo significado es «debajo del lago», porque había allí cuevas debajo del agua. Benito se retiró a vivir en una roca, rodeada de malezas y de espinos, y a donde era muy difícil acceder. Un monje que vivía por los alrededores lo instruyó acerca de cómo ser un buen religioso y a diario le llevaba un pan. Pasó el tiempo y en una oportunidad al pasar unos pastores por el lugar lo escucharon hablar, quedando asombrados por tanta sabiduría. No tardó mucho tiempo que estos hombres contaron lo acontecido con Benito y mucha gente empezó a visitarlo para pedirle consejos y enseñanza.


III

La moral en la gran ciudad se deterioraba cada vez más y muchos hombres, al saber de Benito, fueron en su búsqueda a rezar y a hacer penitencia, y aunque él era más joven que los demás, le rogaron que se hiciera superior de ellos. San Benito dudó de la catadura espiritual de estos. Como así también dudaba de que pudiesen sostener la exigencia que él imprimiría al grupo para que pudiesen llegar a la santidad. No obstante frente a la insistencia y ruegos accedió convirtiéndose en superior. Con el tiempo y con todos ellos fundó allí 12 pequeños conventos de religiosos, cada uno con un superior o abad. Reservándose él la dirección.

Frente a la rigidez que imponía San Benito, algunos de esos hombres deciden acabar con su existencia envenenando el vino que él iba a beber. Pero el santo dio una bendición a la copa, y esta saltó por los aires hecha mil pedazos. Aceptando que su vida corría peligro, renuncia a su cargo, alejándose definitivamente de aquel lugar.


IV

Con un grupo de discípulos que le habían sido siempre fieles, entre otros San Mauro y San Plácido se dirigió hacia un monte escarpado, llamado Monte Casino. Allá iba a fundar su famosísima Comunidad de Benedictinos. Su monasterio de Monte Casino ha sido famoso durante muchos siglos.

Corría el año 530, y luego de ayunar y rezar por 40 días, empezó la construcción del convento, en la cima del Monte. En ese sitio había un templo pagano, dedicado a Apolo; lo mandó derribar y en su lugar construyó una capilla católica. Más tarde con sus discípulos fue evangelizando a todos los paganos que vivían en los alrededores, e inmediatamente empezó a levantar el edificio, del cual a lo largo de los siglos salieron santos misioneros a llevar la palabra a pueblos y naciones.


V

Inspirado por el Altísimo, escribió nuestro santo un Reglamento para sus monjes que llamó «Santa Regla». Dicho documento reconocido en todo el mundo, y en el cual se han basado los Reglamentos de todas las demás Comunidades Religiosas en la Iglesia Católica. Allí recomienda ciertos detalles como estos:

«La primera virtud que necesita un religioso (después de la caridad) es la humildad.»

«La casa de Dios es para rezar y no para charlar.»

«Todo superior debe esforzarse por ser amable como un padre bondadoso.»

«El ecónomo o el que administra el dinero no debe humillar a nadie.»

«Nuestro lema debe ser: Trabajar y rezar.»

«Cada uno debe esforzarse por ser exquisito y agradable en su trato.»

«Cada comunidad debe ser como una buena familia donde todos se aman.»

«Evite cada individuo todo lo que sea rústico y vulgar. Recuerde lo que decía San Ambrosio: Portarse con nobleza es una gran virtud.»

Aquellos que vivieron con él afirmaban que su Santa Regla la predicaba con el ejemplo. Con estos principios, su Comunidad de Benedictinos ha prodigado grandes bendiciones en todo el mundo a lo largo de quince siglos.


VI

Fue el 21 de marzo del año 543, cuando se encontraba San Benito en la Ceremonia del Jueves Santo, en ese momento se sintió morir. Se apoyó en los brazos de dos de sus discípulos, y elevando sus ojos hacia el cielo cumplió una vez más lo que tanto recomendaba a los que lo escuchaban: «Hay que tener un deseo inmenso de ir al cielo», y lanzando un suspiro como de quien obtiene aquello que tanto había anhelado, El Padre lo llevó a su lado.

Dos de sus monjes estaban lejos de allí rezando, y de pronto vieron una luz esplendorosa que subía hacia los cielos y exclamaron: «Seguramente es nuestro Padre Benito, que ha volado a la eternidad». Era el momento preciso en el que moría el santo.


VII

Prólogo
de las Reglas de San Benito

«ESCUCHA, hijo, los preceptos del Maestro, e inclina el oído de tu corazón; recibe con gusto el consejo de un padre piadoso, y cúmplelo verdaderamente. Así volverás por el trabajo de la obediencia, a Aquel de quien te habías alejado por la desidia de la desobediencia. Mi palabra se dirige ahora a ti, quienquiera que seas, que renuncias a tus propias voluntades y tomas las preclaras y fortísimas armas de la obediencia, para militar por Cristo Señor, verdadero Rey.

Ante todo pídele con una oración muy constante que lleve a su término toda obra buena que comiences, para que Aquel que se dignó contarnos en el número de sus hijos, no tenga nunca que entristecerse por nuestras malas acciones. En todo tiempo, pues, debemos obedecerle con los bienes suyos que Él depositó en nosotros, de tal modo que nunca, como padre airado, desherede a sus hijos, ni como señor temible, irritado por nuestras maldades, entregue a la pena eterna, como a pésimos siervos, a los que no quisieron seguirle a la gloria.

Levantémonos, pues, de una vez, ya que la Escritura nos exhorta y nos dice: «Ya es hora de levantarnos del sueño». Abramos los ojos a la luz divina, y oigamos con oído atento lo que diariamente nos amonesta la voz de Dios que clama diciendo: «Si oyeren hoy su voz, no endurezcan sus corazones». Y otra vez: «El que tenga oídos para oír, escuche lo que el Espíritu dice a las iglesias». ¿Y qué dice? «Vengan, hijos, escúchenme, yo les enseñaré el temor del Señor». «Corran mientras tienen la luz de la vida, para que no los sorprendan las tinieblas de la muerte».

Y el Señor, que busca su obrero entre la muchedumbre del pueblo al que dirige este llamado, dice de nuevo: «¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?». Si tú, al oírlo, respondes «Yo», Dios te dice: «Si quieres poseer la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal, y que tus labios no hablen con falsedad. Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela». Y si hacen esto, pondré mis ojos sobre ustedes, y mis oídos oirán sus preces, y antes de que me invoquen les diré: «Aquí estoy». ¿Qué cosa más dulce para nosotros, carísimos hermanos, que esta voz del Señor que nos invita? Vean cómo el Señor nos muestra piadosamente el camino de la vida.

Ciñamos, pues, nuestra cintura con la fe y la práctica de las buenas obras, y sigamos sus caminos guiados por el Evangelio, para merecer ver en su reino a Aquel que nos llamó.

Si queremos habitar en la morada de su reino, puesto que no se llega allí sino corriendo con obras buenas, preguntemos al Señor con el Profeta diciéndole: «Señor, ¿quién habitará en tu morada, o quién descansará en tu monte santo?». Hecha esta pregunta, hermanos, oigamos al Señor que nos responde y nos muestra el camino de esta morada diciendo: «El que anda sin pecado y practica la justicia; el que dice la verdad en su corazón y no tiene dolo en su lengua; el que no hizo mal a su prójimo ni admitió que se lo afrentara». El que apartó de la mirada de su corazón al maligno diablo tentador y a la misma tentación, y lo aniquiló, y tomó sus nacientes pensamientos y los estrelló contra Cristo. Estos son los que temen al Señor y no se engríen de su buena observancia, antes bien, juzgan que aun lo bueno que ellos tienen, no es obra suya sino del Señor, y engrandecen al Señor que obra en ellos, diciendo con el Profeta: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria». Del mismo modo que el Apóstol Pablo, que tampoco se atribuía nada de su predicación, y decía: «Por la gracia de Dios soy lo que soy». Y otra vez el mismo: «El que se gloría, gloríese en el Señor». Por eso dice también el Señor en el Evangelio: «Al que oye estas mis palabras y las practica, lo compararé con un hombre prudente que edificó su casa sobre piedra; vinieron los ríos, soplaron los vientos y embistieron contra aquella casa, pero no se cayó, porque estaba fundada sobre piedra».

Después de decir esto, el Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos. Por eso, para corregirnos de nuestros males, se nos dan de plazo los días de esta vida. El Apóstol, en efecto, dice: «¿No sabes que la paciencia de Dios te invita al arrepentimiento?». Pues el piadoso Señor dice: «No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva».

Cuando le preguntamos al Señor, hermanos, sobre quién moraría en su casa, oímos lo que hay que hacer para habitar en ella, a condición de cumplir el deber del morador. Por tanto, preparemos nuestros corazones y nuestros cuerpos para militar bajo la santa obediencia de los preceptos, y roguemos al Señor que nos conceda la ayuda de su gracia, para cumplir lo que nuestra naturaleza no puede. Y si queremos evitar las penas del infierno y llegar a la vida eterna, mientras haya tiempo, y estemos en este cuerpo, y podamos cumplir todas estas cosas a la luz de esta vida, corramos y practiquemos ahora lo que nos aprovechará eternamente.

Vamos, pues, a instituir una escuela del servicio divino, y al hacerlo, esperamos no establecer nada que sea áspero o penoso. Pero si, por una razón de equidad, para corregir los vicios o para conservar la caridad, se dispone algo más estricto, no huyas enseguida aterrado del camino de la salvación, porque éste no se puede emprender sino por un comienzo estrecho. Más cuando progresamos en la vida monástica y en la fe, se dilata nuestro corazón, y corremos con inefable dulzura de caridad por el camino de los mandamientos de Dios. De este modo, no apartándonos nunca de su magisterio, y perseverando en su doctrina en el monasterio hasta la muerte, participemos de los sufrimientos de Cristo por la paciencia, a fin de merecer también acompañarlo en su reino. Amén.»


VIII


Oración para pedir Su Protección

Santísimo confesor del Señor; Padre y jefe de los monjes, interceded por nuestra santidad, por nuestra salud del alma, cuerpo y mente.

Destierra de nuestra vida, de nuestra casa, las asechanzas del maligno espíritu. Líbranos de funestas herejías, de malas lenguas y hechicerías.

Pídele al Señor, remedie nuestras necesidades espirituales, y corporales. Pídele también por el progreso de la santa Iglesia Católica; y porque mi alma no muera en pecado mortal, para que así confiado en Tu poderosa intercesión, pueda algún día en el cielo, cantar las eternas alabanzas.

Amén.

Jesús, María y José os amo, salvad vidas, naciones y almas.

(Rezar tres Padrenuestros, Avemarías y Glorias.)


Paz y Labor.


Firma
por el Sagrado Círculo de Melquisedec y
por la Sacra e Imperial Orden Mística y Militar de Caballería de la Prieurè de Sion:




†††
Su Exc.ª Rvdm.ª e Ilm.ª, S.M.R. Dr. Mons. D. NICOLÁS GUARAGNO
46to Soberano
Gran Profeta Imperial de Sión y Gran Capellán Magistral, Adveniente, del
Sagrado Círculo de Melquisedec y
Egregio Consultor General del Sacro Trono Imperial
Virrey Imperial para Occidente
Magfco. Dr. Imperial en Ciencias Sagradas
Gran Mariscal General de Campo al Servicio de San Santiago Apóstol de la
Sacra e Imperial Orden Mística y Militar de Caballería de la Prieurè de Sion


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