| El Supremo Alegato Americano Lo que no podemos ni debemos obviar de insistir. El documento que se transcribe a continuaci�n ha sido altamente difundido en divers�simas publicaciones y en todos los idiomas. Sin embargo, he decidido repetirlo aqu� porque entre todo lo escrito conocido en materia de armon�a con el ambiente, este quiz� constituya el alegato m�s conmovedor acerca de lo que ha significado la naturaleza para el nativo americano. Sea esta inclusi�n homenaje y reverencia a la grandeza de pensamiento y actitud de su autor y su pueblo. Carta enviada por el Cacique Seattle de la tribu Sqwamish al entonces presidente de los Estados Unidos, Benjamin Pearce, en respuesta a su oferta de comprar sus tierras, las que hoy forman parte del estado de Washington. Estado de Oregon, Agosto 1856 Del Gran Jefe Seattle-Tribu Sqwamish-al Presidente de USA. Querido Se�or: El Gran Jefe en Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras. El Gran Jefe nos env�a tambi�n palabras de amistad y buena voluntad. Apreciamos esta gentileza porque sabemos que poca falta le hace en cambio, nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta, pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podr� venir con sus armas de fuego y tomarse nuestras tierras. El Gran Jefe en Washington podr� confiar en lo que dice el Jefe Seattle con la misma certeza con que nuestros hermanos blancos podr�n confiar en la vuelta de las estaciones. Mis palabras son inmutables como las estrellas. �C�mo pod�is comprar o vender el cielo, el calor de la tierra?. Esta idea nos parece extra�a. No somos due�os de la frescura del aire ni del centelleo del agua. �C�mo podr�ais comprarlo a nosotros?. Lo decidiremos oportunamente. Hab�is de saber que cada part�cula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los �rboles porta las memorias del hombre de piel roja. Los muertos del hombre blanco se olvidan de su tierra natal cuando se van a caminar por entre las estrellas. Nuestros muertos jam�s olvidan esta hermosa tierra porque ella es la madre del hombre de piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las fragantes flores son nuestras hermanas. El venado, el caballo, el �guila majestuosa son nuestros hermanos. Las crestas rocosas, las savias de las praderas, el calor corporal del potrillo y del hombre pertenecen a la misma familia. Por eso, cuando el Gran Jefe en Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras, es mucho lo que pide. El Gran Jefe en Washington manda decir que nos reservar� un lugar para que podamos vivir c�modamente entre nosotros. El ser� nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por eso consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. M�s ello no ser� f�cil porque estas tierras son sagradas para nosotros. El agua centelleante que corre por los r�os y esteros no es meramente agua sino la sangre de nuestros antepasados. Si os vendemos estas tierras tendr�is que recordar que ellas son sagradas y deber�is ense�ar a vuestros hijos que lo son y que cada reflejo fantasmal en las aguas claras de los lagos habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre. Los r�os son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed. Los r�os llevan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si os vendemos nuestras tierras, deber�is recordar y ense�ar a vuestros hijos que los r�os son nuestros hermanos y lo son de vosotros; deber�is en adelante dar a los r�os el trato bondadoso que dar�ais a cualquier hermano. Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que otro porque �l es un extra�o que llega en la noche a sacar de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermano sino su enemigo. Cuando la ha conquistado la abandona y sigue su camino. Deja detr�s de �l la sepultura de sus padres sin que le importe. Olvida la sepultura de su padre y los derechos de sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen corderos y cuentas de vidrio. No lo comprendo. Nuestra manera de ser es diferente de la vuestra. La vista de vuestras ciudades hace doler los ojos al hombre de piel roja. Pero quiz� sea as� porque el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende las cosas. No hay ning�n lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ning�n lugar donde pueda escucharse el desplegarse de las hojas en primavera o el rozar de las alas de un insecto. Pero quiz� sea as� porque soy un salvaje y no puedo comprender las cosas. El ruido de la ciudad parece insultar los o�dos. �Qu� clase de vida es cuando el hombre no puede escuchar el solitario grito de la garza o la discusi�n nocturna de las ranas alrededor de la laguna. Soy un hombre de piel roja y no lo comprendo. Los indios preferimos el suave ruido del viento que acaricia la cara del lago y el olor del mismo viento, purificado por la lluvia del mediod�a o perfumado por la fragancia de los pinos. El aire es algo precioso para el hombre de piel roja porque todas las cosas comparten el mismo aliento: el animal, el �rbol y el hombre. El hombre blanco parece no sentir el aire que respira. Al igual que un hombre muchos d�as agonizante, se ha vuelto insensible al hedor. M�s si os vendemos nuestras tierras, deb�is recordar que el aire es precioso para nosotros, que el aire comparte su esp�ritu con toda la vida que sustenta. Y si os vendemos nuestras tierras, deb�is dejarlas aparte y mantenerlas sagradas como un lugar al cual podr� llegar incluso el hombre blanco a saborear el viento dulcificado por las flores de la pradera. Consideraremos vuestra oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, pondr� una condici�n: que el hombre blanco deber� tratar a los animales de estas tierras como a hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de conducta. He visto b�falos pudri�ndose sobre las praderas, abandonados all� por el hombre blanco que les dispar� desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como el humeante caballo de vapor puede ser m�s importante que el b�falo al que solo matamos para poder vivir. �Qu� es el hombre sin los animales? Si todos los animales hubiesen desaparecido, el hombre morir�a de una gran soledad de esp�ritu. Porque todo lo que ocurra a los animales pronto habr� de ocurrir tambi�n al hombre. Todas las cosas est�n relacionadas entre s�. Vosotros deb�is ense�ar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, deb�is decir a vuestros hijos que la tierra est� plena de la vida de nuestros antepasados. Deb�is ense�ar a vuestros hijos lo que nosotros hemos ense�ado a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecte a la tierra afecta tambi�n a los hijos de la tierra, cuando los hombres escupen en el suelo se escupen a ellos mismos. Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es s�lo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo har� a s� mismo Lo que ocurra a la tierra ocurrir� a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas est�n relacionadas como la sangre que une a una familia. A�n el hombre blanco cuyo Dios se pasea con �l y conversa con �l de amigo a amigo, no puede estar exento del destino com�n. Quiz� seamos hermanos, despu�s de todo. Lo veremos. Sabemos algo que tal vez el hombre blanco descubra alg�n d�a: que nuestro Dios es su mismo Dios. Ahora pens�is quiz� que sois due�os de �l; tal como dese�is ser due�os de nuestras tierras; pero no pod�is serlo, El es el Dios de la humanidad y su compasi�n es igual para el hombre de piel roja como para el hombre blanco. Esta tierra es preciosa para El y causarle da�o significa mostrar desprecio hacia su creador. Los hombres blancos, tambi�n pasar�n, tal vez antes que las dem�s tribus. Si contamin�is vuestra cama, morir�is alguna noche sofocados por vuestros propios desperdicios. Pero a�n en vuestra hora final os sentir�is iluminados por la idea de que Dios os trajo a estas tierras y os dio el dominio sobre ellas y sobre el hombre de piel roja con alg�n prop�sito especial. Tal destino es un misterio para nosotros porque no comprendemos que ser� cuando los b�falos sean exterminados. Cuando los caballos salvajes hallan sido domados, cuando los rec�nditos rincones de los bosques exhalen el olor a muchos hombres y cuando la vista hacia las verdes colinas est� cerrada por un enjambre de alambres parlantes. �Donde est� el espeso bosque? Desapareci�. �Donde est� el �guila? Desapareci�. As� termina la vida y comienza el sobrevivir". |