Del Caos Sensible � Theodore Schwenck
Los movimientos esenciales del agua

Circuitos y superficies helicoidales

Dondequiera que se encuentre el agua, tendr� siempre la tendencia a adoptar la forma esf�rica. Envuelve el globo terrestre y reviste a los objetos con una fina pel�cula. Cuando cae en forma de gotas , tiene la tendencia a adoptar la forma esf�rica, cuando se deposita en forma de roc�o en las noches estrelladas puede transformar una pradera insignificante en un firmamento de brillantes esferas acuosas.
Cuando el agua est� en movimiento tiene la tendencia a buscar oquedades y niveles m�s bajos que el suyo, obedeciendo as� a la fuerza gravitatoria terrestre. Es una ley terrestre que la obliga a derramarse y correr, la que la priva de su forma esf�rica original y la incita a moverse de forma m�s o menos rectil�nea hacia una meta concreta. De todas formas, el agua intentar� siempre adoptar la forma que le es propicia. Entre esta tendencia y la tracci�n de la gravedad tiene el agua m�ltiples posibilidades de llegar a alcanzar un equilibrio r�tmico. Este juego de movimientos con sus esplendorosa creaci�n de formas es de lo que vamos a ocuparnos en los siguientes cap�tulos.
Una esfera es un �todo�; de la misma manera, el agua buscar� siempre la forma de constituir un todo org�nico que una todas las partes unitarias de ella misma, reuni�ndolas en circuitos. En un circuito no podemos distinguir ni un comienzo ni un fin, todo en �l est� �ntimamente unido y en relaciones rec�procas. El agua es el elemento de los circuitos por antonomasia. Si lesionamos los circuitos vivientes, alteramos una unidad y ponemos en movimientos una cadena lineal de causas y efectos que obedecen a leyes inorg�nicas. Entre los circuitos acu�ticos m�s conocidos tenemos que citar el ciclo de sus agregados o �estados f�sicos�. Asciende en forma de vapro procedente de los oc�anos, mares y r�os, sum�ndose a las grandes corrientes atmosf�ricas que circulan alrededor de la tierra. Cuando llega a �reas fr�as, como al ascender poor las laderas de las monta�as, se condensa en forma de nubes y posteriormente desciende en forma de roc�o, lluvia, nieve o granizo. Pero es tan s�lo una peque�a parte de las precipitaciones (algo m�s de un tercio) la que afluye a los arroyos y r�os, los cuales la conducen al mar. El resto se evapora nuevamente en la atm�sfera y sigue su camino por las grandes v�as a�reas de bajas presiones u otros sistemas de corrientes.
As� el agua realiza un ciclo, del estado l�quido al estado l�quido pasando por el estado de vapor. Este ciclo se reproduce unas 34 veces en un a�o. Ya sea en las corrientes marinas, o bien llevada por las grandes corrientes a�reas, o precipit�ndose nuevamente sobre la tierra, nos la encontramos siempre fluyendo en el recorrido de sus peque�os o grandes sistemas circulatorios. Al llegar al seno del mar parece como si hubiera alcanzado su mayor objetivo. Pero no se deterndr� ah�. Ser� arrastrada y transportada por las grandes corrientes marinas por la que seguir� circulando, ya sea en la superficie o en las profundidades,, las cuales est�n surcadas por gigantescos sistemas circulatorios. Nos podemos hacer una idea aproximada de la dimensi�n de �stos, si pensamos que los oc�anos ocupan el 71 por ciento de la superficie del planeta. Con 4 grados cent�grados el agua alcanza su  mayor densidad(esta proporci�n se modifica un poco cuando se trata del agua salada). Al llegar a este punto el agua tiende a hundirse, mientras que la que est� m�s caliente en los niveles m�s profundos tiende a ascender a la superficie. Estas masas fr�as ruedan sobre el fondo de los mares y avanzan desde los polos en la direcci�n de las lejanas zonas ecuatoriales, para regresar de nuevo hacia los polos. Los mares, los lagos y los r�os tienen tambi�n sus movimientos c�clicos espec�ficos, como pronto veremos. El mundo de las  plantas toma parte, en gran medida, en el ciclo del agua. Las plantas est�n compuestas predominantemente de agua. Un inmendo r�o de agua transpirada por sus estomas asciende de praderas, campos,, y bosques. Una hect�rea de bosque puede transpirar a la atm�sfera en un d�a de verano hasta 40.000 litros de agia. Es as� como el mundo de los vegetales, participa directamente en los grandes procesos del organismo terrestre. Cosntituye una fracci�n considerable del camino que el agua recorre sobre el globo terrestre. Por esto no podemos hablar de sistemas circulatorios aut�nomos en cada planta. Su corriente de savia no es sino una parte de un sistema circulatorio del que ella misma forma parte y que contin�a por un lado en la atm�sfera y por otreo en la tierra. Las plantas son aut�nticos sistemas capilares a trav�s de los cuales el agua � verdadera sangre de la tierra � circula y efect�a intercambios con la atm�sfera. Podemos decir que la tierra, atm�sfera y mundo vegetal forman reunidos un vasto organismo en el que el agua circula como si se tratase de sangre vivificante.
Este ciclo que acabamos de describir, aqu�, inmensamente ampliado, es el mismo sistema circulatorio que los animales y el hombre portan dentro de s�. Lo que para los vegetales sobre la tierra constituye un inmenso sistema circulatorio, lo llevan los animales y el hombre encerrado en un peque�o espacio y lo mueven en las mismas leyes y ritmos que circular el agua fuera, en el seno de la naturaleza. Al igual que el hombre, en cuyo organismo interno nos encontramos multitud de  subsistemas circulatorios con funciones espec�ficas pero sin disociarse de la funci�n global del organismo, nos encontramos la Naturaleza entera atravesada de todos estos tipos de subsistemas, unos m�s grandes, otros m�s peque�os, pero estrechamente relacionados entre s�. Cada uno desempe�a un determinado cometido. Cada lago en buen estado, cada pantano, constituyen una unidad viviente de funciones, al mismo tiempo que un �rgano del paisaje en el que se encuentran y �ste a su vez integrado como miembro de un organismo mayor.
Cuando consideramos tales hechos percibimos que el agua se halla presente en todas partes sobre la tierra, desempe�ando numerosas funciones. Comprendemos que ella no es �nicamente un �cuerpo� dotado de pesantez, sino un medio interrelacionador incre�blemente activo sobre el que se fundamentan todos los procesos creadores de la vida. Despu�s de estos elementos conocidos por todos, vamos a abordar una tarea algo m�s ardua: dar a conocer aquellas particularidades del agua que han permanecido ignoradas hasta hoy por la mayor�a.

Contemplemos el discurrir de un riachuelo y fij�monos en su forma de oscilar, veremos c�mo serpentea su cauce por los valles. Nunca le veremos avanzar en l�nea recta. �Encontrar�amos la raz�n de ser de estos meandros en la misma �esencialidad� del agua?1. �Qu� es lo que incita al agua a formar estas curiosas curvas y bucles? En este caso sus esfuerzos por encerrarse en un c�rculo resultan infructuosos, pues de ninguna manera podr�a el agua fluir de nuevo valle arriba en direcci�n al punto de partida. Ya desde su nacimiento, sus movimientos circulares se ver�n influenciados por el empuje gravitatorio del plano inclinado de las monta�as que arrastran el agua hacia los valles, oscilando de un lado a otro. El ritmo de un meandro es espec�fico del curso se agua que lo describe, Un cauce ancho dar� origen a oscilaciones amplias, mientras que uno estrecho oscilar� m�s r�pido y originar� meandros m�s peque�os, apenas perceptibles.

1. La palabra �meandro�es el nombre de un r�o de Asia Menor que describe bellos y r�tmicos bucles.

Siempre el r�o y el paisaje acompa�ante se acoplan armoniosamente y la vegetaci�n los entreteje y vincula en un todo viviente. En un r�o cuyo curso ha sido rectificado suceder� lo contrario, se comportar� como un ser �rido y sin vida. Corresponde  al al imagen del �paisaje interior�de un alma humana que no es capaz ya de vibrar con los ritmos naturales.
El flujo sinusoidal de un r�o natural est� animado por todo un juego de corrientes sutiles. Estas dan or�gen a una multiplicidad de movimientos internos que est�n estrechamente ligados a la vida y al ritmo del curso de agua. A la corriente que se dirige valle abajo se le adiciona otra giratoria. Se puede observar en la ilustraci�n del corte transversal del r�o. Por lo tanto, a pesar de la impresi�n que provoca a la observaci�n superficial, el agua de un r�o no fluye �nicamente en una direcci�n, sino que gira al mismo tiempo alrededor del eje del curso del r�o.
El sentido de la rotaci�n se explica de la siguiente manera: el agua de la superficie pasa del lado interior de la curva  hacia el lado exterior (llamamos �interior�al segmento c�ncave del cauce y �exterior�al segmento convexo). Ah� el agua desciende oblicuamente hacia el fondo y retorna de nuevo a lo largo del cauce hacia la orilla interior, remontando seguidamente a la superficie. La resultante de la corriente rectil�nea m�s el movimiento giratorio, es una helicoide. Contemplando m�s atentamente, nos encontramos siempre dos h�lices yuxtapuestas a lo largo de la corriente, lo que vemos en el esquema adyacente.
Fij�monos atentamente en un punto de la corriente situado en la proximidad de la orilla de la concavidad de un meandro. Veremos en la superficie como el agua fluye hacia la orilla exterior. Al mismo tiempo otras corrientes giratorias ascienden hacia la superficie de tal manera que en un r�o hay una diversidad de superficies helicoidales pasando por abajo y por encima unas de otras, lo que significa un constante fluir en m�ltiples direcciones. Nos formaremos una imagen m�s exacta de este movimiento si lo comparamos con un cabo integrado por varios hilos, con la diferencia, claro est�, de que el agua est� en movimiento continuo, en cambio incesante, adem�s de que cada hilo est� constantemente recorrido por nueva agua. Sin embargo esta imagen de los hilos no representa el movimiento espiral en s�. S�lo en este contexto podemos hablar de �hilos� de agua. En realidad son aut�nticas superficies, planos en espiral que se desarrollan en el espacio desliz�ndose unos sobre los otros.
Esto se puede observar de forma m�s exacta en el vapor de una taza de t�  o en ele humo de un cigarro que asciende en forma de velos en espiral.
Estas corrientes provocan tambi�n una fuerte erosi�n en las orillas. Esta ser� m�s intensa en las orillas exteriores que en las interiores de los meandros. Estas �ltimas presentan contrariamente una tendencia a la formaci�n de dep�sitos. Los materiales extra�dos de las orillas exteriores fluir�n en el seno de las corrientes helcoidales r�o abajo hacia las pendientes interiores, donde se ir�n depositando.
A causa de estos fen�menos, la orilla exterior del r�o comienza a avanzar. La amplitud de la curva se va reforzando. El c�rculo del meandro se vuelve cada vez m�s pronunciado. Un d�a, como consecuencia de una crecida, el c�rculo se cierra. Desde entonces el agua dejar� de circular por dicho meandro, origin�ndose las llamadas �aguas muertas�.
Investigaciones realizadas en aguas canalizadas del curso inferior del Rhin han demostrado, hace ya decenios, que lo natural en el curso de agua es la tendencia a la formaci�n de sinuosidades y de meandros. Incluso cuando fluye entre riberas que han sido rectificadas la corriente usar� sus �ltimas fuerzas para llevar a cabo esta forma de movimiento. Los muros m�s s�lidos de los canales no pueden hacer frente a la persistencia de esta �voluntad� del agua y all� donde ofrezcan m�nima resistencia ceder�n y se abrir�n. El r�o intentar� por todos los medios transformar este trayecto recto, antinatural e impuesto, en otro sinuoso m�s adecuado. De este modo se alargar� el recorrido y disminuir� la velocidad de la corriente, no erosion�ndose demasiado el lecho, ni siendo absorvidas las reservas subterr�neas de agua.
Cuando estudiamos el flujo del agua por interior de tuber�as rectil�neas de secci�n triangular o poligonal nos vemos tentados a creer que el agua fluye en l�nea recta. Sin embargo esto no sucede as�.
Incluso en este caso se forman torbellinos en su interior, an�logos a aquellos que observamos en los r�os. Peque�os remolinos secundarios crean, conjuntamtente con el movimiento longitudinal principal, superficies helicoidales en movimiento.
Puede llegar a suceder que dos remolinos vecinos entren en contacto, el uno entra en el espacio del otro y viceversa, lo que dar� origen a una oscilaci�n curiosa de la misma naturaleza que un meandro.
Incluso aunque no haya orillas que limiten y contengan la corriente, esta obedecer� a la ley r�tmica de los meandros. Esto lo podemos observar por ejemplo en el oc�ano, en el que grandes sistemas de corrientes como la �Corriente del Golfo�, fluyen por en medio de sus aguas. La corriente del golfo tiene su punto de partida en el Golfo de M�xico y atraviesa el Atl�ntico describiendo grandes bucles hasta Europa Septentrional. Es un gigantesco r�o de agua caliente en el seno de aguas m�s fr�as; �l se ha constru�do, por as� decirlo, sus propias riberas de agua fr�a.
Por lo tanto un solo y mismo principio se verifica en todas las aguas corrientes, sea cual fuese su dimensi�n: desde el simple arroyuelo con sus peque�as sinuosidades, pasando por los r�os de los tama�os m�s variados, hasta las grandes corrientes oce�nicas a escala planetaria, este principio es inherente a todas las aguas en movimiento y tiende a realizarse independientemente del medio que le rodee. Este puede ser la dura roca de las monta�as, el hielo del glaciar con sus fuentes, guijarros, cantos rodados o aluviones, o bien, incluso las �murallas� de agua caliente o m�s fr�a.
La posici�n de los meandros de la corriente del Golfo oscila en el transcurso del tiempo; no basta con decir que est�n r�tmicamente dispuestos en el espacio, sino que lo est�n tambi�n en el tiempo.
Los bucles descritos por esta corriente se desplazan. Esto mismo puded ser observado a escala m�s peque�a en todo riachuelo. Se trata de un modo de expresi�n espec�fico del agua: �sta va trazando su camino en el ambiente seg�n un ritmo espacial que est� subordinado al �flujo del tiempo�, que va modificando paulatinamente la disposici�n de sus meandros. En este caso, la relaci�n  entre el agua y el tiempo es patente y es necesario que nos esforcemos  en volver a reconocerla para poder llegar a comprender la naturaleza profunda del agua y al mismo tiempo los movimientos org�nicos, es decir, la Vida misma. All� donde algo l�quido se mueva, suceder� la forma r�tmica. El devenir de la Naturaleza est� animado por innumerables ritmos. No se trata �nicamente de las mareas y de las corrientes marinas, que son ritmos en el tiempo, un lago, un estanque, un pozo con sus aguas subterr�neas, todos ellos poseen en sus oscilaciones un tipo de flujo y reflujo.
El transcurso de un d�a o incluso per�odos m�s largos de tiempo son la base en que se apoyan los ritmos de una corriente natural. As� hay �pocas en las cuales los r�os excavan en la profundidad de su cauce y otras en las que se ensanchan m�s sus m�rgenes. Este fen�meno es bien conocido por los le�adores que transportan los troncos flotando r�o abajo. Algunas veces el r�o lleva los troncos a las orillas y otras permanecen bien en el centro de la corriente.
Resumiendo brevemente: hemos expuesto que el agua tiende a adoptar de por s� la forma esf�rica, all� donde abandona la forma que le es �propia�, intentar� compensar esta p�rdida mediante la circulaci�n. La resultante de la relaci�n de la �forma propia� con la gravedad dar� origen a movimientos en forma de superficies curvas que se deslizan las unas sobre las otras, de lo que resultar�n formaciones sinuosas entrelazadas. Estos ritmos espaciales se subordinan a los ritmos temporales que son menos amplios, pero a menudo estrictamente determinados.
Para concretar algo m�s las consideraciones precedentes, vamos a mostrar algunos ejemplos en el reino de los seres vivos. Todo ser viviente cuando realiza su forma visible espec�fica a partir de su �tipo� o �idea� pasa obligatoriamente por una fase l�quida. Algunos de estos organismos se encuentran muy pr�ximos a este estado acuoso, es decir, poco solidificados, otros se condensan y se amoldan m�s o menos a las leyes de lo s�lido. Pero hay algo que es com�n a todos, su paso por el estado l�quido deja en ellos huellas reconocibles en su estructura adulta. De aqu� la pregunta: �est�n las leyes del agua ligadas a los organismos y a sus formas? O, �ser�a el agua la que con su ductilidad extrema se somete a s� misma a los principios formadores que la dominan, a furezas formativas, a �Ideas� creadoras de las cuales ella no ser�a sino su expresi�n visible? Esto significar�a que el agua es el �cuerpo� de un mundo de fuerzas superior a ella que puede intervenir por medio de ella en el terreno de lo material, desempe�ando un papel de meidador en la formaci�n de los organismos. M�s adelante volveremos a ocuparnos de esta pregunta tan importante, que ir� siendo respondida, o al menos parcialmente, a lo largo de esta obra.
Los Infusorios son seres vivos a�n poco condensados que apenas se distinguen de su medio acu�tico. Muchos de ellos muestran c�mo la forma globular y la tendencia locomotriz dan origen a una estructura helicoidal que facilita la propulsi�n.
Los movimientos de las aletas de los peces son enteramente obra del agua: son como velos de agua ondulante solidificados. Son formas de agua en movimiento encarnadas en lo org�nico y por tanto hechas visibles. Un solo y mismo principio formador se expresa a trav�es de la arquitectura del organismo, su funci�n y medio ambiente. Los tres confluyen en el movimiento (foto 15).
El esquema adjunto, que muestra una lameta branquial del Espir�grafo, habla por s� solo. El Espir�grafo es un gusano tubular que vive en el Mediterr�neo y que despliega en el agua marina sus tent�culos sinusoidales. En caso de ser agitado o excitado los retira e introduce inmediatamente en el interior de su t�bulo, cuyo tracto presenta la forma de tubo de tornillo. Las lamelas branquiales de este animal presentan el mismo principio espiral completamente materializado.
No son tan s�lo los animales nadadores, sino tambi�n los organismos ba�ados en el l�quido, los que presentan, m�s o menos n�tida, esta tendencia. Hemos visto c�mo en el caso de la corriente del Golfo, dos l�quidos diferentes, a saber, el agua caliente y el agua fr�a, pueden deslizarse durante mucho tiempo la una contra la otra sin apenas mezclarse. De la misma manera, un r�o limpio y otro sucio en su confluencia mantienen durante un tiempo su respectiva autonom�a en el seno de la corriente com�n; su superficie divisoria se distingue de forma notoria. Nos volvemos a encontrar el mismo fen�meno en el coraz�n, all� donde confluyen las sangres arterial y venosa: entre ambas se forma un tabique l�quido. En el curso de la evoluci�n en la escala animal este tabique se ha ido realizando de forma cada vez m�s material. �No es acaso la sangre del hombre y de los animales un sistema de c�lulas en suspensi�n  en un l�quido? Nos reencontramos aqu�, por lo tanto, con los fen�menos fundamentales del l�quido en movimiento. El pez denominado Prot�ptero constituye un ejemplo en el que el tabique card�aco transversal, que separa las dos clases de sangre, tiene una forma espiral muy significativa. Tal como resulta del ejemplo de la corriente com�n. Este proceso puede ser explicado en el equema adyacente que representa un tubo acodado o un ancho vaso sangu�neo.
Obedeciendo a la fuerza centr�fuga, el agua corriente o la sangre hacen presi�n sobre la pared interna de la tuer�a. De esto resulta que en la zona central las dos corrientes �se rozan� a lo largo de una superficie. Si en ese lugar introducimos un tabique no ocurrir� modificaci�n esencial alguna en el movimiento del l�quido. 1.
Podemos observar c�mo se crea una aut�ntica superficie libre de compromiso alguno, sobre la cual podr�a desarrollarse y hacerse patente un tejido que �nicamente se limitar�a a hacer visible algo que ya estaba all� previamente creado por el movimiento. El esquema adjunto nos muestra claramente el proceso que ocurre en el tubo acodado. Las superficies divisorias alineadas, antes verticales, se van retorciendo hasta la horizontal en la salida. Si cubrimos la pared interior de una tuber�a con barniz pl�stico aparecer� despues como grabada o dibujada sobre su superficie la trayectoria del agua corriente. El dibujo adyacente nos muestra esos trazos. Teniendo en cuenta  el hecho de que esos trazos se encuentran sobre una pared cil�ndrica, no podemos explicar su curvatura en dos direcciones. Pero, puesto que las fuerzas del agua corriente originan formas helicoidales, un tubo el�stico se torcer� en espiral debido a esa acci�n, y con �l su tabique transversal. En este �ltimo la sustancia viviente se podr� insertar y la hace as� visible. Que tales fuerzas de torsi�n  existan realmente en los tubos el�sticos llenos de agua corriente se puede comprobar mediante una experiencia f�cil de realizar con una manguera para regar jardines. Cuando se deja suelta se pone a oscilar fuertemente describiendo l�neas serpentinas y es imposible de controlar a no ser que se cierre el grifo. Aqu� naturalmente las fuerzas m�s poderosas que en la corriente sangu�nea. Debemos renunciar a analizar ahora m�s a fondo este fen�meno pues lo que aqu� m�s nos interesa son las forma que se crean en los l�quidos. Digamos a�n que una g�nesis org�nica tan importante como �sta del tabique transversal del coraz�n puede ser comprendida a partir de los movimientos del l�quido sin que se haga necesario el tener que recurrir a explicaciones preconcebidas, como tan a menudo hacemos.
El prot�ptero reproduce esta tendencia formativa en su intestino. A lo largo de la pared interior del tubo intestinal se halla un pliegue espiral bien diferenciado que permite reconocer de nuevo aqu� las leyes de las corrientes l�quidas. �No est� sometido a estas leyes el contenido del intestino?

Recordamos que el agua tiene el �deseo� de adoptar la forma esf�rica y de reproducir de esa manera la forma del cosmos. Pero si interviene entonces una fuerza tal como la gravedad que la obliga a seguir un camino restil�neo aparece como resultante una torsi�n en espiral.

Antes de su nacimiento se halla el ni�o en una envoltura l�quida protectora. No ha entrado a�n definitivamente en el campo de las fuerzas terrestres. Se como acostado en el interior de una esfera y es todo �l casi enteramente l�quido o por lo menos en los primeros estadios de la vida embrionaria. Su forma, antes l�quida, se va densificando progresivamente. En cuanto entra en el �mbito terrestre abandona el espacio curvo del agua y entra en relaci�n con las fuerzas rectil�neas. En la medida en la que se va entregando a sus influencias, su cuerpo se ir� solidificando, lo cual es una condici�n indispensable para poder alcanzar la posici�n  vertical y la marcha.
Volveremos a encontrar los trazos de sus or�genes en el mundo esf�rico de las aguas, es decir en el cosmos; entre otras , en la forma de crecimiento de sus miembros. Observamos tambi�n las huellas de los compromisos que han intervenido entre la tendencia inicial curva y las fuerzas rectil�neas de la tierra. Las formas arqueadas y m�s o menos espirales de los m�sculos y de los huesos son tambi�n un recuerdo del medio acuoso as� como la huella de los esfuerzos realizados para dominar el estado s�lido. (Los mismo principios formadores en huesos y m�sculos son v�lidos tanto para el hombre como para los animales superiores.
Hemos visto al agua corriente describiendo superficies sinusoidales. Nos podemos hacer una imagen m�s correcta derramando el agua en un recipiente en capas anchas. Estas se curvan al derramarse bajo el borde del recipiente. Este es un fen�meno que reviste una gran belleza en las fuentes en las que el agua fluye de cubeta en cubeta.
A menudo podemos distinguir arcos semejantes en las formas de los m�sculos. Sobre todo los de las extremidades, que est�n atravezados por todo un sistema de corrientes en las cuales se basa dicha forma esencialmente. Vasos y m�sculos expresan, por lo tanto, la misma cosa. Pero este movimiento penetra por mediaci�n de los tendones hasta el hueso mismo. El hueso es un verdadero �monumento de piedra� que conmemora el flujo  al cual debe su or�gen. Gracias a un m�todo especial que debemos a benninghoff podemos poner en evidencia la estructura de l�neas corrientes en la sustancia oscea. Despu�s de haber descalcificado, el hueso hacemos una multitud de peque�os agujeros redondos con una lezna fina en la superficie. A continuaci�n los rellenamos con l�quido coloreado. Con el paso del tiempo vemos que estos peque�os agujeros, redondeados al principio, se van alargando poco a poco y nos indican las l�neas  de tensi�n en la sustancia oscea. Prolongando y uniendo estas fisuras artificiales llegamos a hacer visibles los �sistemas de flujo� del hueso que sin realizar este artificio, permanecer�an ocultos. Beninghoff ha estudiado con este m�todo numerosos huesos. El esquema presentado a continuaci�n puede servir para hacernos una idea al respecto. Vemos c�mo los sistemas de corrientes se prolongan hasta el interior del hueso mismo donde se engendra la estructura trabecular del tejido esponjosos, insert�ndose entonces en la est�tica y la din�mica de la posici�n vertical y de la marcha. As� se completa el c�rculo, pues la est�tica y la din�mica de los miembros dependen de la tracci�n ejercida sobre ellos por los m�sculos. Detr�s de ellos se encuentran la voluntad invisible del ser humano. Antes de que alg�n movimiento sea perceptible, ella env�a un flujo de sangre al m�sculo a mover.
As�, por lo tanto, las formas fijadas de los vasos, m�sculos, ligamentos, tendones y huesos revelan un mismo y �nico movimiento fluido que condujo a estos �rganos a una progresiva solidificaci�n, manteniendo bien reconocibles las huellas de la corriente helicoidal. En cuanto a los movimientos de los miembros humanos con su extraordinaria riqueza de posibilidades,  �no parece como si elevasen a un nivel superior la ley de los movimientos l�quidos?
De todas formas conviene que recordemos que ninguna formaci�n org�nica puede ser un simple efecto de la acci�n f�sica de las corrientes. Todo aquello que vive manifiesta un ser, una entelequia, la cual obra igualmente en las corrientes f�sicas.

Pronto seguir� incluy�ndose en esta web, lo sucesivo de este maravilloso tratado sobre la Vida del autor Theodore Schvenck, que consta de profundos conceptos y admirables im�genes.
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