Título: Llueve
Por: Ashley Delfín
Notas: Esta historia la escribí para entrar en un concurso de creación literaria. Gano 2do lugar, (la chava que ganó 1er lugar era mi amiga... nunca leí su historia...). Anyway, ya sabes, esta historia fue creada por mí y es mia... toda todita.

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Era una mañana de otoño, llovía. Las gotas caían sobre la ventana y emitían sonidos leves. Algo como suspiros o murmuros. Una luz azulada iluminaba suavemente el cuarto, cayendo directamente en una mesa.

Ella estaba sentada en la mesa, la luz azulada hacía que su figura se viera casi fantasmal. Vió la carta entre sus manos de nuevo y sus ojos trataron de divisar algo entre las gotas que caían en la ventana.

Veía fijamente el camino en frente de la casa, esperando que el automóvil se apareciera pronto. Pero en frente de la casa no había nada. Nada. Detestaba esa palabra, no podía quedarse con nada ahora que lo había encontrado todo. No lo haría.

Si hubiera habido alguien en la casa ella ya le estaría gritando, descargando todo su enojo y desesperación. Pero ellos habían decidido irse al cementerio mientras ella esperaba al automóvil color verde militar. Ellos dijeron que nunca vendría. ¿Qué saben ellos? Nada. Absolutamente nada.

Sus impacientes ojos no se podían fijar en ningún lugar. Flotaban de lugar en lugar ya sea adentro o fuera de la habitación: el librero, el reloj, la calle, la carta, la alfombra. No habían sacudido todavía. Su desesperación llegaba al límite. Cerró los ojos para evitar que ésta se desbordara. Froto ligeramente su frente con su mano izquierda, y después abrió los ojos y ligeramente colocó las puntas de sus dedos en la ventana.

Su respiración empañaba la ventana, pero gracias a la calefacción esta neblina no se quedaba ahí mucho tiempo. Estaba lloviendo más fuerte. La luz azulada se volvió un poco más tenue. Sus cabellos rubios ahora se veían grises, pero sus ojos cafés se volvieron más oscuros. Sus ojos por fín lograron detenerse en un lugar. En el vacío de la calle en frente de su casa. Observó ese lugar por lo que parecía mientras su mente repasaba todo lo que había sucedido. Vió la carta entre sus manos de nuevo y suspiró, seguía sentada en la mesa.

Sintió la necesidad de llorar, no sabía por qué. Sus manos sujetaban la hoja de papel suavemente, cualquier brisa le podría haber robado esa carta.

Para su mala suerte no había brisas dentro de la habitación.

De pronto, algo la golpeó. Algo etéreo. Sintió temor. Cómo si despues de haber vivido toda su vida en un cuarto oscuro y pequeño de repente alguien haya tumbado todas las paredes. La luz la cegaba. Se levantó, y lloró. Ahora sabía por que necesitaba llorar.

La había golpeado la verdad.

Cayó al suelo. Sus lagrimas dolían al salir de sus ojos, como si fueran pequeños trozos de cristal. Tomó la carta entre sus manos y la rompió, como si esto pudiera cambiar el hecho de que él estaba muerto.

Su hermano estaba muerto.

Su hermano no estacionaría su coche verde en frente de la casa y no saldría a saludar a la familia.

Su hermano estaba muerto.

De que le sirvió a la nación empezar una guerra para protejer a su gente si su propia gente moría en esa guerra. Por un momento la odió. Odió su nación, su bandera, hasta su propio ser por ser parte de esa nación.

El odio es una droga.

Maldijo a su país, a su gente. Se arrancó su crucifijo del pecho y lo tiró al pasillo.

¿De que sirvieron sus rezos? Su hermano estaba muerto.

Dudó de todo, de todos. De sus padres, de sus demás hermanos, de Dios, de si misma. Se levantó pesadamente, su vestido negro se arrastró por el piso.

Corrió por el pasillo y pisó el crucifijo de plata con sus zapatos negros. El crucifijo se partió en dos. Ella siguió corriendo hasta llegar a la puerta principal. La abrió y corrió hacia la lluvia, el agua acarició su piel blanca. Resbaló en el césped y calló en un charco de lodo. No hizo ningún esfuerzo por levantarse. No quería ir a ninguna parte. Sólo quería escapar de aquella habitación. Aquella habitación donde la verdad la había golpeado. Pero la verdad la siguió, y esta vez entro en ella pacíficamente.

Sonrió, sus labios color ciruela besaban las gotas de lluvia. Rió, la verdad le provocaba risa. Su hermano estaba muerto.

La tristeza era demasiada, no bastaban las lagrimas para sacarla, la risa era su única opción. Cerró los ojos y vió a su hermano.

Su hermano estaba muerto.

Su hermano había muerto por la nación.

¿De qué le sirvió a la nación el hecho que su hermano hubiera muerto por ella? Nada.

Detestaba esa palabra.

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