Título: "Las Almas Nunca Aterrizan"
Por: Ashley Delfín
Notas: Esta historia fue escrita por mi y es de mi propiedad y de mi pertenencia (valga la redundancia). Nadie puede ponerla en ningun otro sitio web o publicarla en ningun lugar sin mi permiso, kas? Kas. Bueno, disfruten.

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Recuerdo que de pequeño mi mamá solía jugar a conmigo a que volaba, solía acostarme boca-abajo en mi cama sobre mi cobija favorita (la del estampado de un perrito moteado) y me decía como volaba. Describía con gestos y palabras como despegaba, luego describía lugares fantásticos sobre los que yo volaba. Cuando la hora de dormir llegaba, contaba acerca de mi aterrizaje, me daba un beso de buenas noches, y al salir ella entraba mi papá y me arropaba.

Una noche ella no llegó al aterrizaje, mi papá azoto la puerta de la entrada, gritando algo que yo no logré discernir y ella salió del cuarto. Oí que abrió la puerta y los gritos de mi papá. Muy pronto ella regresó y cerró la puerta, asegurándome que todo estaba bien. Tuve que aterrizar yo solo.

Mis papas creen que estoy sordo. Están seguros de que estoy loco. Sordo por que se pelean en lo que algunos llamarían gritos pero que a través de mi puerta cerrada suenan mas como dos animales peleándose. Loco por que cada vez que empieza una riña yo vuelo. Pongo una silla en medio de mi habitación, apago las luces, y me subo en ella. Cierro mis ojos y vuelo.

Al principio retomaba los paisajes a los cuales mi madre me había introducido. Ahora intento visitar algún lugar nuevo cada noche. Lamentablemente mis viajes siempre son interrumpidos por uno de mis padres, que abre la puerta, prende la luz, y me ve con ojos de desilusión y pregunta "¿Qué estas haciendo?" Yo no respondo, no hay excusa para un "joven" de catorce años, casi quince, que imagina que vuela en un cuarto oscuro, encima de una silla.

Cuando tenía 13 años me mandaron a un psicólogo, tenía que visitarlo semanalmente. Era un señor de cara amable y sonrisa amplia. Lo visité dos veces y luego lo dejé. No le avise a nadie, sólo deje de ir. Mi padre nunca se dio cuenta, sigue dándome los ochocientos pesos mensuales para él. Hace poco dejé la escuela. Me dedico a pasearme por la ciudad. Visito los parques, las plazas, las calles, los callejones.

Todos los días, eso sí, como por eso de las once de la mañana. Voy al parque, a una banca que esta enfrente de la fuente de la plaza principal. Me siento a lado de una señora de edad avanzada. Sus cabellos son blancos, y su dentadura ausente. Tiene ojos melancólicos y una sonrisa que cada vez que la recuerdo me llena los ojos con lagrimas. Ella siempre esta ahí a esa hora, se sienta en esa banca, saca una bolsa de migas de pan y alimenta a las palomas. Yo me siento a lado de ella, siempre con un libro el cual leo en voz alta mientras mis palabras la llevan a cualquier lugar del que libro hable. Ella no pronuncia palabra, a las una y veinticinco minutos ella se levanta y se va. Voltea a verme con sus ojos y su sonrisa y, sin ningún gesto o palabra, se despide.

A esa hora yo camino a mi departamento. Entro, como algo del refri, y me retiro a mi cuarto. Mi madre ya no habla. Solo cuando llega mi padre. Pero no sé lo que dicen por que la puerta lo distorsiona y por que es difícil escuchar a alguien en un departamento cuando uno esta volando por los cielos de ciudades de ángeles, bosques de color magenta, y persiguiendo a cielos cuya gama de colores opaca al arco iris.

Anoche mi mamá entró a mi cuarto mientras yo estaba volando. Me preguntó: "¿Qué estas haciendo?"

"Volando." Le contesté

Ella sonrió, una sonrisa cálida, se acercó a mí, y me dijo: "No aterrices." Me abrazo y sostuvo mi rostro contra su pecho, y susurró: "Esta noche no aterrices." Yo podía oír su corazón. Era débil, era triste. No era el mismo corazón que había habitado su pecho hace años.

Anoche ella dirigió mi vuelo hacia mi cama, de mi armario saco una cobija que tenía el pálido dibujo de un perro moteado. La puso sobre mí y me dio un beso de buenas noches.

Hoy ya no está.

Hoy en la mañana no estaba en la cocina, no estaba en su cuarto, no estaba. Salí por la puerta del departamento al pasillo. Caminé al balcón que estaba al final de éste. Mire abajo. Cinco pisos abajo se extendía la calle.

Suicidarse suena muy fácil cuando no es uno el que lo hace.

Entré al departamento y tomé el libro casi terminado que le leería a la señora del parque. Tomé un par de docenas de galletas de la cocina y abrí la puerta de entrada.

"¿Que estas haciendo?" oí a la voz de mi padre.

"Voy a la escuela." Contesté. Él asintió con un gruñido. No me molesté en verlo. El tampoco se molestó en notar que ya eran las 10 de la mañana de un sábado.

Pasé por la librería y compré un libro nuevo. Hice tiempo hojeando libros aunque ya sabía cual libro iba a comprar antes de entrar en la tienda. Al cuarto para las once me dirigí al parque. Llegué a la fuente, me senté en la banca, y esperé.

Y esperé.

Y esperé.

Suspiré. Abrí el libro casi terminado y leí en voz alta a una señora de edad avanzada que le había prometido a su nieta que el día que dejara de venir al parque para alimentar a sus palomas sería el día en que muriera.

Cuando terminé el libro había una pequeña sentada al lado mío. La miré y ella me preguntó: "¿Que estas haciendo?"

"Volando." Contesté.

Me levanté y dejé el libro terminado en la banca. Caminé de nuevo a mi apartamento. Mi mamá no estaba en la cocina. Mi mamá no estaba en su cuarto.

Mi padre no estaba.

Mi padre llegó tarde. Yo estaba en mi cuarto con una pequeña lamparita de noche que había encontrado en mi armario debajo de una cobija que tenía el dibujo pálido de un perrito moteado. Mi padre no se acercó. Mi padre cerró la puerta de mi cuarto y lo oí gritar algo.

Eran las tres de la madrugada cuando la lamparita repentinamente se apagó. Me levanté y vi por la ventana que todas las lámparas de noche a la vista se habían apagado.

Salí de mi cuarto. Salí del departamento. Salí por el bacón que da a la calle. Miré hacia abajo. Regresé al departamento y tomé una silla. La llevé al pasillo y la puse en el balcón. Me subí en ella. Mi padre salió del departamento y me vio.

"¿Que estas haciendo?" Me preguntó.

¿Que estoy haciendo?

"Volando." Contesté.

Estoy volando.

Suicidarse suena muy difícil cuando es uno el que lo hace.

Tirarse de un quinto piso es fácil cuando lo que uno va a hacer es volar y no morir.

Caer es difícil cuando tu alma deja el cuerpo antes de tocar el piso.

Dejar que tu alma vuele es fácil cuando lo único que quieres es libertad.

El único problema es que nunca aterrizas.

Las almas nunca aterrizan.

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