Estamos
obligados por la fe católica y divina creer todas las cosas contenidas
en la palabra de Dios, ya sea en las Sagradas Escrituras o en la
Tradición y que son propuestas por la Iglesia para ser creídas como
divinamente reveladas, no sólo a través de la solemne
declaración sino también por medio de Su oficio de enseñar
ordinario y universal.
Ahora
bien, entre todas las cosas que la Iglesia ha siempre predicado y nunca
dejará de predicar es lo contenido en esa declaración infalible
por la cual se nos instruye que no existe la salvación fuera de la
Iglesia Católica.
Sin
embargo, este dogma debe ser entendido en el mismo sentido que lo entiende la
Iglesia. Puesto que no fue para juicio privado que Jesucristo nuestro
señor manifestó las verdades contenidas en el depósito de
la fe, sino para que fueran contenidas por la autoridad de enseñar de la
Iglesia.
Ahora
bien, en primer lugar, la Iglesia enseña que en esta materia existe una
cuestión de la más estricta orden de Jesucristo. Puesto que El
explícitamente ordenó a sus apóstoles el predicar a todas
las naciones la practica de todas las verdades que El mismo ha ordenado.
Ahora,
bien, uno de los mandamientos de Dios, el cual no ocupa un último lugar,
es por el cual estamos obligados a pertenecer por medio del Bautizo al cuerpo
místico de Jesucristo, es decir la Iglesia Católica, y pertenecer
unidos a Jesucristo y su Vicario, por medio del cual El mismo de una manera
visible gobierna a la Iglesia en este mundo.
Por
lo tanto nadie se salvará quien a sabiendas de cual es la Iglesia
divinamente establecida por Jesucristo, se niegue someterse a Ella y rechazare
la obediencia debida al Soberano Pontífice, vicario de Jesucristo en la
tierra.
No
sólo ordenó, Jesucristo nuestro señor, que todas las
naciones deberían de pertenecer a la Iglesia Católica, sino que
también declaró a la Iglesia como medio de salvación, sin
la cual nadie puede entrar al reino de la gloria eterna.
En
su Infinita misericordia Dios ha deseado, que los efectos necesarios para que
alguien se salve, es decir esos medios de salvación los cuales
están dirigidos a la salvación del hombre como su fin
último, no por necesidad intrínseca sino por institución
divina, pueden también ser obtenidos en ciertas circunstancias, cuando
estos sean utilizados sólo como un "deseo persistente". Esto
lo vemos claramente establecido en el Concilio de Trento, tanto en referencia
al sacramento del Bautismo como en referencia al Sacramento de la Penitencia.
Lo
mismo debe declararse de la Iglesia en su propio nivel, en cuanto a que Ella es
el medio general de salvación. Por lo tanto, para que alguien pueda
obtener la salvación de su alma, no se requiere siempre, que ese alguien
sea actualmente incorporado a la Iglesia como miembro, sino que es necesario
que por lo menos esté en unión con la Iglesia por el deseo
persistente de así serlo.
De
cualquier forma, el `deseo' no necesita ser siempre `explicito', como lo es en
los catecúmenos; pero cuando una persona esta envuelta en una ignorancia
invencible, Dios acepta de igual forma un `deseo implícito', así
llamado porque esta incluido dentro de esa buena disposición del alma
por medio de la cual una persona desea que su voluntad sea conforme a la
voluntad de Dios.
Estas
enseñanzas están claramente manifiestas en la carta
dogmática emitida por el Soberano Pontífice, Papa Pió XII,
el 29 de Junio de 1948, sobre "El Cuerpo Místico de
Jesucristo". Puesto que en esta encíclica, el Papa claramente
distingue entre quienes están actualmente incorporados a la Iglesia como
miembros, y quienes pertenecen a esta sólo por el `deseo' de así
serlo.
Discutiendo
acerca de cuales son los miembros que pertenecen al Cuerpo Místico en el
mundo, el mismo Pontífice dice: "En realidad sólo aquellos,
quienes han sido bautizados y profesan la fe verdadera y quienes no han tenido
la mala fortuna de separarse ellos mismos de la unidad del Cuerpo, o han sido
excluidos por la autoridad legítima por alguna falta grave cometida,
deben ser considerados como miembros de la Iglesia".
En
uno de los párrafos finales de esta misma encíclica, cuando de
una manera mucho mas afectiva invita a la unidad a aquellos que no pertenecen
al cuerpo de la Iglesia Católica, menciona a aquellos que
"están relacionados al cuerpo místico del Redentor por una
cierta emoción fuerte de deseo inconsciente", a estos por ningún
motivo, los excluye de la salvación eterna, sino que por el contrario
establece que estos están en la condición "en la cual no
pueden estar seguros de su salvación", puesto que "ellos
aún permanecen privados de todos esos beneficios celestiales y gracias
que sólo pueden disfrutarse dentro de la Iglesia Católica".
Con
estas sabias palabras rechaza a ambos, aquellos que excluyen de la
salvación eterna todos los unidos a la Iglesia Católica
sólo por el deseo implícito, y a aquellos que falsamente afirman
que el hombre puede salvarse de la misma manera en cualquier religión.
Mas
no se debe enseñar que cualquier tipo de `deseo' de pertenecer a la
Iglesia es suficiente para que uno pueda salvarse. Es necesario que el deseo
por el cual se relaciona a la Iglesia sea animada por la caridad perfecta.
Ni puede un deseo implícito producir sus efectos, a menos que la persona
tenga la fe sobrenatural "porque quien se acerque a Dios debe creer que
Dios existe y El recompensara a quienes lo buscan". EL Concilio de Trento
declara: "La fe, es el principio de la salvación del hombre, el
fundamento y raíz de toda justificación, sin la cual es imposible
agradar a Dios y obtener el título de hijos adoptivos de Dios".
(Disposiciones prácticas relativas al
reverendo Leonardo Feeney)
Por
lo tanto dejad que aquellos quienes, peligrosamente se enfrenten contra de la
Iglesia, seriamente mantengan en mente que después de que "Roma ha
hablado" no pueden haber excusas aún por razones de buena fe,
ciertamente, su unión y obligación de obediencia a la Iglesia es
mucho mas grave que la de aquellos quienes aún no están
relacionados a la Iglesia "sólo por un deseo inconsciente".
Dejadlos que se den cuenta que son hijos de la Iglesia, amorosamente nutridos con
el alimento de su doctrina y sacramentos, y por lo tanto, habiendo escuchado la
voz clara de su Madre, no pueden ser excluidos de la ignorancia culpable, y por
lo tanto a ellos se aplica sin ninguna restricción el principio que
establece: La sumisión a la Iglesia y al Soberano Pontífice es
necesaria para la salvación".
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