FASCISMO
DESPUÉS DE LA II GUERRA MUNDIAL Y EL NEOFASCISMO
La derrota de Alemania e
Italia en la II Guerra Mundial desacreditó al fascismo en Europa en el
periodo de posguerra. El único gobierno de corte fascista que subió al poder
en el periodo de posguerra, el de Juan Domingo Perón, que fue elegido
presidente de Argentina en 1946, contaba con una amplia base popular de clase
trabajadora y tenía poco que ver con el fascismo de preguerra europeo. Países
como España y Portugal, cuyos gobiernos fascistas se mantuvieron en el poder
después de la guerra, pasaron del totalitarismo al autoritarismo, y difuminaron
sus rasgos fascistas. La recuperación económica de la posguerra suprimió el
descontento social que había ayudado a la expansión del fascismo de la
preguerra y en la mayoría de los países democráticos el fascismo pareció
destinado a un exilio permanente en una menospreciada franja política.
Las décadas de 1980 y
1990 trajeron un inesperado renacimiento del fascismo en algunas democracias
occidentales, llamado de forma habitual neofascismo. Éste tuvo distintas formas
y fortuna en los diferentes países, pero mostró una antipatía racista general
hacia los inmigrantes del Tercer Mundo y una desilusión generalizada respecto a
los partidos políticos establecidos. Este desencanto se incrementó con el
final de la Guerra fría y el colapso del orden político nacido de la
posguerra, cuando se derrumbaron las instituciones dirigentes en muchas
democracias y muchos votantes buscaron alternativas populistas. En Francia
muchos votantes ex-comunistas descontentos cambiaron su voto hacia la
neofascista Alianza Nacional, mientras se desplomaba la base popular del Partido
Comunista. En Italia, el final del predominio desde la posguerra del Partido de
la Democracia Cristiana impulsó la llegada al gobierno, en 1994, de la
neofascista Alianza Nacional como un importante miembro de la coalición formada
por partidos de la derecha. En Alemania la muy difundida violencia contra
trabajadores turcos no se reflejó en un aumento electoral para el Partido
Republicano, de extrema derecha, cuyo apoyo cayó bruscamente después de que la
dirigente Unión Cristiano Demócrata promulgara duras leyes anti-inmigración.
La evidencia de una violencia racista latente en la sociedad británica no se ha
reflejado en un avance político significativo para el neofascista Partido
Nacional británico.
El neofascismo de la
Europa occidental parece ser más bien una reacción negativa ante los fracasos
en la corriente principal de las instituciones políticas que un programa
determinado con alguna posibilidad de éxito. El más poderoso de los partidos
neofascistas de la Europa occidental, la Alianza Nacional italiana, ha tenido
que renunciar a las ideas y apoyo al fascismo para buscar un electorado más
amplio. Formas más significativas y alarmantes de neofascismo tienen que ser
buscadas en los antiguos países comunistas de Europa central y oriental y más
lejos. El neofascista Partido Liberal Democrático en Rusia, dirigido por
Vladimir Zirinovsky es el más destacado de los numerosos grupos neofascistas
que han llenado el vacío ideológico dejado tras la caída del comunismo soviético
en los países del ex Pacto de Varsovia. El Partido Conservador en Suráfrica
formaba la vanguardia neofascista de la oposición de extrema derecha al
gobierno de mayoría negra en el periodo preliminar de las primeras elecciones
multirraciales en el país, de abril de 1994, aunque sus esfuerzos por fomentar
conflictos civiles acabaron en un humillante fracaso. El programa de exterminio
ejecutado en Ruanda en 1994 por miembros del Ejército de la mayoría hutu
contra la minoritaria población tutsi tenía muchos de los rasgos de la
violencia típica fascista. La violencia fundamentalista en la India, ilustrada
por la destrucción de una mezquita en Ayodhya en 1992, está ligada al
neofascismo político militante hindú. Parece que, a pesar de sus resultados
sangrientos y desastrosos, el fascismo no ha muerto en absoluto como fuerza política
e incluso está asumiendo nuevas formas y adaptándose a las nuevas condiciones.