Un viajero y su escudero en el sitio
fijo de ningún lugar, ya fijaban la vista en el horizonte
esperando ver el mar de Algeciras, sobre el trote rápido de un
autobús viejo al galope. Ya el fin se hizo carne cuando las
carnes trizas. Ya la noche madura, sólo luces alejadas. Entonces
una cara sobre vela despachó una habitación a compartir con
dama coreana y sangre fina de señora anglosajona. Y junto a
ella, la luna tenía la almohada en el mar de la ventana. Cuando
ya muchos dormían o vivían la otra vida, el viajero, bien
despierto, se asomaba a la ventana de la oscura y a ratos la veía
tendida en el lecho. Allí, la luna, y allí su camino de plata.
Y aquí, piel de sangre, y sangre descontrolada. Se acercó
suavemente y puso su temblorosa sombra de mano en aquel
cuerpo henchido de fria leche. Y la pasó por el vientre y los
pechos, ligeramente. Luego acercó los labios a los suyos y
rumoreó otro rumor de su idioma extraño, y los pegó sintiendo
ya los ojos abiertos en su nuca y unas manos amigas por su
espalda. Y era tanto gozar que hasta el mar prolongaba las olas
condenadas a llegar. Pero por fin pasó la noche y con ella, pasó
ella. Cuando los primeros rayos le abrieron los ojos miró
alrededor y ya no estaba. Buscó y preguntó pero nadie
pudo saber nada. Y a todos: es hermosa y muy marítima, con la
piel blanca de no ver nunca el sol. De su belleza cuentan
que al viejo mar levantó de su tumba moviendole las aguas bajo
las faldas de espuma. Y se sabe que tiene dos caras porque sólo
enseña una. Por favor, la busco como ella al sol, que sin ella
soy muerto y no sé por donde soy. Que con el dia desapareció y
al verbo me conjugó. Que la devuelvan. Que no es mia. Que
no es de nadie mas.
Caliente, y sobre ella, el viento
impetuoso se iba llevándosela un poco, que en Tarifa se lo lleva
todo un poco. Porque en la playa pasa todo lento salvo el viento
salado, que pasa al lado y no se que cosas de ultramar te
advierte. Se entregó al trinomio: agua, arena, aire. Y no
tuvieron que decirle que la playa por la noche es misteriosa y
fria y su mar es negro y asusta... Cuando en la ducha el agua le
limpiaba la parte de cuerpo que seguía en la arena, una voz de
mujer en carne y hueso cruzó las paredes. ¡ Qué ! Porque
la voz abre puertas que el hombre no ve. Era suave y
blanda, como el pecho enorme y mullido de la mujer de un sólo
pecho. Se apoyó en la pared de azulejos azules a escuchar,
y a pesar del mal tiempo pudo situarla. Después echó mano del
pantalón, sacó todo lo que llevaba, y lo dejó junto al lavabo
como ofrenda. ¿Y quién supo el justiprecio de aquella
canción maravillosa ? Nadie. Lo importante es la intención.
Aunque la intención nada puede, paga lo impagable. ¿Y quién
describió la sensación? No se pudo. No se pudo leer lo que pasó,
sólo se pudo pasarlo. Ni pagarlo, ni leerlo, ni prolongarlo. ¿A
quién debió agradecer? A nadie, el mundo ya se cobró sus
deudas con los sufrimientos diarios. ¿Y qué mundo de qué Dios
? Qué importa. Lo disfrutó mientras otros se ocuparon de las
causas. Ocurrió, era suficiente. La gloria de las explicaciones
fué para otros hombres sabios. Así que, sobre el pantalón
que sólo contenía piernas, llegó satisfecho a la habitación y
se lo contó todo a su compañero de viaje. Y pasó a ser nada en
palabras.
El albergue recibía los
vientos salados del mar entre Algeciras y Tarifa. Un mar de paso
entre otros mares. Uno frio y de cristales. Donde ni él salía
ni él se ponía sino que todo él pasaba. Las gentes del lugar
también pasaban por su tierra sin quedarse. Ni ciudades ni
casas, estaciones y hoteles y la vida era transición entre dos
vidas. Sin compromisos ni piedras atadas al cuello. Sin saludo
sin despedida. Así pasaban los dos en aquella enorme estación
de paso, comiendo del queso con agujeros del viaje y con la ilusión
de la llegada reciente y la partida inmediata. En el viajero
todavía resonaba la maravillosa voz y el otro emfermaba de
realismo batido en el catre frotandose el bulto de su
cuello. Uno miraba por la ventana al mar. Otro quería la carne
del pensamiento...