En el de la vieja, ella esperaba casarse a pesar de la bruja. Pacientemente hojeaba las horas a traves de una ventana en forma de flor de tal guisa que el bosque recientemente acostado quedaba enretinado: mas allá y mas acá que una alambrada de incomodas puas.
Llegó a la alambrada y miró esperando
ver la rosa. Ella miró al bosque y le vió prendido del suelo a
traves de la alambrada. Destapó el ático y sacó al aire tibio
de otoño los labios heridos. Se miraron pausadamente. El macho
seguro del exito extendió su sonrisa tal que una ola que rompe
en la playa.
Cuando ella estaba lejos él alzaba la
mirada al norte, miraba al cielo confiando que al caer, la mirada
se desviara. Se hablaban apretando desesperadamente la pluma al
papel. Mientras, el humor de unos robados. Y los segundos
eran segundos, las horas lo eran, los dias como dias.
He aquí un hombre que, mientras cadaveres
de hojas van donde acaban las hojas muertas, mientras un sol
amanerado y el bosque desangrado recientemente dormido, mientras
la casa vieja subía y se alejaba, mientras ella lloraba, un
hombre que llora por la pendiente abajo. Y la bruja frente
al puchero sonrie un poco. Ella es la fuente de todos los llantos.
Como un rio seco era su cara revestida de
pliegues. A su paso como corriente polar mudaban de color las
plantas. La rosa en el ático se marchitaba. Sobria la casa vieja
siempre en amenazante contrapicado tras la cuesta arriba.
Austera, salvo la cocina: pese al denso olor a cocidos, infinitos
tarros (perfecta la maniobra de tenerlos clasificados en
estanterias de madera húmeda) precedidos de otras tantas
etiquetas de coleccionista. Y en una esquina, fuente de tanto gas
clasificable, tremendo, un puchero y un hogar. La bruja meditaba
en el fondo frente al fuego, teñido de oro y sangre el blanco de
los ojos . Sonreia un poco.
Ese dia la rosa bajó tropezando, los
ojos sangrantres, pidiendo una explicación, la respiración poco
fluida. (Que tienes hija, diselo a tu madre que te quiere con
todo el alma.) Lo que pasó después fué tan apropiado como
cierto.
Déjame que te cuide, te regale el oído
de musa. Te tenga en volandas. Alegrarme al verte como el
perro que siempre he querido ser. Estúpido. De todos los tamaños
eres del tamaño del mas tonto. Entre dos, sin duda.
Mil estúpido. Que complicada relacion interplanetaria con. Qué
desastre. Racimo de gestos adecuados. Bestialmente hermosa, gran
cosa. Magnífica muestra de delicados sentimientos. Refrescante
la brisa de su risa.
Un amanecer , que no el sol todavía sino
que levemente palidecia el este, trepaba un hombre en una vieja
casa para arrimar alguna otra orilla. Puso la mano en la segunda
arruga, y el pie en la primera. Puso la mano en la tercera entre
la puerta con ABS y el rosetón como ventana. Cuando el pie
despedía la cuarta arruga, mientras una cabeza con pelos
sobresalía a dos de distancia (en vez del rosetón), brotó
desde allí donde respira la cocina , un olor a cocido que
recordaba a la bruja. Ganaba arrugas mientras subía y ella se
agitaba. Cuando alcanzó y fué succionado hacia el ático
la vieja casa cicatrizó la herida de su frente.
Ella acercó el suelo y separó los
pies. Le rogó que la tomara pero que no lo hiciera, suplicó que
por fin hiciera verdadera mella pero que antes se marchara.
El insistió precisamente en lo contrario. La discusión duró
algo mas que el hecho en si verdadero auténtico sublime único
y en definitiva convinieon en que permanecerían juntos toda la
vida muy a pesar de la bruja.Otro amanecer particularmente
parecido, no cayó como fruto maduro un hombre trepador.
Bajó tropezandose desde el ático, con los
ojos sobre cebolla. La bruja pernanecía impasible frente al
terrible puchero: algo se cocía. Entre ambas, la sentencia
grave pero irreversible a cabo por un cuchillo de cocina. Movió
el cuchillo ayudada por el músculo del odio. Un instante estuvo
contemplando la calva con hilos de plata. Si clavó hasta
la empuñadura.Y no recibió por ello ningún aplauso. El puchero,
centro de ciudad, acabó enfriando el fuego. Las ventanas se
abrieron para que la niña luz coloreara el suelo de sangre fria
y por ellas, como un tigre volador, apareció él para repartirse
el benficio de la viva, y en la entrega de tan agradable impuesto
ella olvidó que a su espalda la bruja aún les miraba con ojos
represores.
En la punta redondeada de la colina
de la Paliza retiene la mirada un edificio monumental y cadavérico:
iluminado en la monotonía negra, suspendido en el
aire, volador. Circundado por una alambrada de puas
hostiles pocos son los que osan cruzar. No todos regresaron.
Los viejos cuentan leyendas de brujas y princesas a quien quiere
escuchar en los pies, entre las palomas. Cuenta la historia, ya
ha pasado mucho tiempo, que una princesa fué desterrada y
encerrada en un ático. Sólo podia mirar por la ventana. Y un
hombre: se queria casar a pesar de todo y por esto subia la
cuesta con tanta ilusión. Mientras, la casa vieja bajaba y
se acercaba... el sol de otoño sobre la espalda vieja
proyectaba; este no tanto como para mejillas calientes: mas que
un paseo por la orilla de un rio pero menos que un amanecer . Mas
que el ático de una vieja casa.