Esas sufridoras, que aniquilan abnegadas sus finos capilares para enseñarse lisas, suaves, mientras ellos no se preocupan de afilar sus sexuales, no por olvidadizos sino por despreocupados.

 

Esas que nunca se saben si gozan porque su cuerpo, y más su historia, asoma opaca y oscura, salvo por ingenuas pistas, que el maculante hambriento varón no acerca a advertir sumido en la algarabía del momento, que se supone alumbraría si sumara mil atenciones y pensamientos, y no buscara, como se asigna que lo haga, el punto de placer del climax al que se arrastra perdiendo la noción, la conciencia y al fin a costa de la conformidad sexual de una compañera.

    Esas difíciles, complejas, que quizá lo sean por puro amor y encima amor a no hacer daño, a no doler, a no levantar, que con una caricia callarán el grito de socorro del ridículo, la ternura congénita que salva de la vergüenza a un enemigo suyo al que abre la puerta y mete en la cama. Las madres, las amigas, las confidentes, administradoras de secretos de alcoba, que aún sin ganas se interesan. Generosas de las tetas, que convierten en leche dulce la sangre tibia, y en calor el desconocimiento. . 

 La posadera , apoyando sendos pechos en la barra, pusóme una birra, y otros tantos cacharros para los demás. Teresita aplaudía la ausencia de Antonio Molina con complicidad. Hérmam, acodado en lo oscuro del bar, levantando del poso de cerveza su mirar enajenado y poniéndose en pié, con la mano en el pecho se dispuso oportuno a entonar la Marsellesa momentos antes de estallar la bomba ...y me vino Laurance a la cabeza al tiempo que era arrojada del tronco sin dirección . Su blandura infante al pronunciar ciertas sonoras palabras, mi petit amie, su boquita en o...nada de ver pasar la vida ni de luz al final de un túnel. Lo que sin duda era mi cuerpo, reconocido inequívocamente por una recién estrenada chaqueta marrón, cayó sin miembros decapitado, todavía resonando tan terrible estallido. Mi cabeza había resultado parar a cierta parte iluminada del local desde donde apenas percibía tres cuartos del mismo. Sonreí irónico al comprobar que mi mano, súbitamente alejada de mí , no alcanzaba a aliviar el golpe que me di contra el cuadro de los obreros comiendo en la viga del rascacielos. Ah! Me dije. Ahí yace mi compañero...

 

Hosted by www.Geocities.ws

1