Los leones de acero, solemnes, justicia.
Tocado por un ayer dificil, esperaba de Las Cortes que los amigos
le sacaran. Mañana, complicado.
Le dijo Rosa, con un tatuaje en la espalda
al final, una noche de raros designios que no pudo descifrar, de
un delfín, un amor de madre, o tal vez la propia planta en la
espalda, una clara de extraños destellos, que pudo mirar, que vió
girar. Dijo, Rosa, sabiendo que sólo oía lo que su cuerpo
matinal decía, Rosa. Y esperó: entonces dos mujeres comenzaron
a matarse con violencia a su lado, quién sabe por qué dos de
ellas lo hacen tan cerca. En su cabeza dos de humo compiten, la
meta el olvido, dos cabezas de humo. El amigo nº 1 preguntó: ¿Por
qué en Las Cortes? Yo que sé, no puedo interpretar, un camino
ha acabado en esta puerta. Esperaba apoyado en una vaya verde
pensando, bajo temibles leones de fiereza congelada, el más allá
en el más acá. Pasó una botella, no rugieron, los taxis traían
de momento caras desconocidas. El amigo nº 2 diría, estamos aquí,
dónde estás tú. Esto, un dia después. Mas tarde, tras bajar
unas escaleras, una Rosa le dirá: me llaman, me voy. De momento
un muchacha quiere ir a un sitio nuevo, cercano, y concreto. Eso
fue ayer. Ahora piensa vaya, apoyado en la valla, mientras una
botella llena se aleja. Desde donde mira el cielo, luego se pone
los ojos cerquísima de la piel, una que ayer fue tocada, tras
caminar incansablemente. Dos mujeres, todavía recordadas por
todos los hombres como él, de humo, el tiempo el fuego y él,
un tonto de madera, las dos, un humo que cabe en su locura.
Ahora ella sube a morir para que él la adore, por los tiempos de
los tiempos. Un taxi paró y dos amigos no a su lado, el más
acá, el infinito de cada célula, mundos invisibles donde vive
gente con problemas que creen en su propio infinito, con
problemas tal vez de memoria. O el más allá del que somos célula
y que a su vez es célula en la cadena sin fin de los
acontecimientos que forman todo, un todo que si cabe en su locura
pero que tiene problemas de contorno. Por suerte la valla verde
no le deja el culo verde cuando espera conocer a Rosa por lo
menos, que le subirá al monte a ser degollada como el resto, no
hay muerte ni parto sin dolor, y ha conocido por lo menos a la
que será su futuro olvido: reparte más abrazos que los que dos
brazos son capaces de dar y un cuerpo soportar. Él sólo quiere
si ella no quiere ofrecer, sólo, y teme al resto y su lenguaje
asesino, a la gente de cuernos que pronuncia perfectamente su
falta de prejuicios, es dificil escapar a lo que la mayoria dicta
como bueno, poca voz tienen los corazones, y él no puede
escuchar en el tumulto. Los leones inmortales ya han comido, de
momento no pasa nada, ni dos que se interesen por su espera. Dos
compañeros hijos de taxi no saludan. Si pide un poquito más,
ella va a querer un poquito más, y el olvido va a ser más
penoso. El amor es lo peor que le puede pasar a dos cuerpos en el
mismo sitio y momento. La sociedad condena la procedencia de la
mujer de humo, tacha su origen de menor categoria, pacificamente,
indirectamente. Los asesina en serie, mata lentamente sus
posibles sentimientos, es veneno del que es dificil ser
consciente, y poco a poco el gas ocupará el espacio inmenso
donde permanecen perdidos los recuerdos. No hará nada por
evitarlo, porque estará convencido, drogado, ciego. Como tocar
el paisaje en el cristal, así es la vida de los hombres puros,
ajenos a la contaminación sentimental, felices, no conocen el
dolor de tener que perder, de ser madera, perecedero. Dos
mujeres igualmente fruto de incendio: una condenada a la altura
por ser de un lugar muy al sur, otra condenada a ver todo desde
arriba, disuelta, por ser perfecta, Rosa negra, Negra rosa,
partes del mismo cielo.
Hoy estrena calcetines, funda
negra nueva para dos espejos, poco a poco, con parsimonia,
introduce la carne en la tela templada, mientras mira largamente
cómo, de qué tremenda manera, el reloj nunca para de latir
vejez, pasado, olvido. Entonces alguién próximo grita con
alegria: ya han nacido. Hoy seis estrenan vida, sus ojos sólo
ven horizontes, pero están fuera, han subido al mundo, a su giro
inpenitente. Ya rozan y son rozados, ya sufren, gozan. Ya son
mirados con temor, con ternura, con futuro. Son seis con sólo
futuro, sin nada que olvidar. La madre, muerta seis veces, sangra
pliegues, la chupan, la quitan. Viva hoy, hay saludo de
seis cachorros, un hogar sin pies frios que calientan un poco la
esperanza, la que hay que tener para ducharse cada mañana sin
convertirse en mito. La esperanza del hombre no viene de la
esperanza del mono, no, no puede ser. La esperanza del hombre
viene de algo divino. De procedencia divina tiene que ser algo
que retiene aquí, en medio, con más o menos indiferencia y
mucha fuerza. A cada paso hay mil puertas que abrir a mundos
seguro mas templados, donde vivir la muerte. Allí sube el calor
de los que pierden la vida, sube su movimiento, todas las
expresiones de caras menos la última, que yace en el recuerdo inútil
de un ser que es tirado hacia su futuro como un perro de paseo (cambia
futuro por postales de sitios cálidos).