Punto de encuentro al sur

 Era un café caliente, frente a él, intelectual. En una de las mesas, tres educandos se cedían la palabra.

 

  Eran profesores de variadas disciplinas, avisados en su responsabilidad para con el destino del resto del tumulto humano. Se barajaban cartas de peso, naipes del orden de la evolución o el código moral. De todos pendía la conspicua opinión al modo de moquito que no acaba de desprenderse. Un joven de temprana edad, tanta edad como años pasan sin que un viejo se muera, dijo en un momento de relajo, entre pilar y pilar de profundo saber humano: ayer no pude, por este enojoso catarro que me persigue sin descanso, estar mas que una hora queriendo ver las anunciadas estrellas fugaces. Hay que ver cuánto tiempo y qué corto el espectáculo...Digo que perdemos gustosos el tiempo para ver las fugaces, y no somos capaces de mirar por un momento las que están estáticas, lo de siempre. Me pregunto cuánto de carácter humano hay en este hecho. Pensar en ello, profesores...Es evidente, al tiempo que se acostaba en su silla y el café con leche se frotaba las manos del frio que pasaba, que al hombre le interesa mas que nada lo pasajero, lo mutable. Todo se debe quizás a la breve calidad, a lo efímero de nuestro paso por este punto del Universo. Añado que es fútil todo intento de perdurar mas allá de los propios límites que marca nuestra postrimera existencia... Sin embargo es cosa demostrada, era ahora un hombre experto en diversas materias, un hombre de bombín y bastón agarra tobillos,  que hay particulares que reniegan del fenómeno temporal y se esfuerzan por abarcar, en su legado, la mismísima eternidad. Y aún mas, la misma reproducción, parte esencial de todo ser, es además base que sustenta mi teoria. Digo: aún el menos preparado de los hombres sabe que va a morir indefectiblemente. Quisiera al menos que parte de su ser sobreviviera en la forma que sea... Entonces, hablaba ahora el escéptico y a la vez el mas viejo y no por ello el más torpe, a mi izquierda se piensa que, por su propia brevedad existencial, al hombre le fascina ante todo lo caduco. Mi derecha se esfuerza en razonar nuestras motivaciones sexuales por el gusto de durar mas allá de nuestras fronteras temporales. Lo único cierto es el hecho. Cada  explicación a los hechos son pura masturbación mental. Entre otras herencias somos fugaces y por tanto fugaces son nuestros anhelos. Por ejemplo aquel de superar nuestro próximo y definitivo fin. Mientras tanto, podemos dejar enfriar el café hablando de la grasa del pensamiento, o podemos empeñarnos en retrasar cada segundo que ya es segundo muerto... El viajero entonces, testigo de razonamientos por accidente,  penetró en un bucle mientras comía placidamente su plato próximo, el pobre, al café templado. Fué cuando aquello de: arrastrando mi condena voluntaria tengo que pensar en el carácter sexualmente sobrio de los sabios: yo sólo quiero aprender de ella...

 En un dia frio cogí el autobús, y allí estaba ella: Hombre, no sabía que tu madre era fértil... Ah, era fértil. ¿Y su hija ? Creo que si. Pero no es suya, la tiene engañada. Bueno...Luego llegaré a mi casa y mi tormenta materna tendrá un terrible dolor de espalda que no la dejará pensar. ¿Qué tal, entonces, Vida? Vaya, vaya.... Pues no me muero. Me dirá que me ponga siempre muy derecho, ponte derecho me dirá entre mucha gente que sufre, y algunos que por lo menos no olvidan rezar cada día... Con tanto ánimo le agradeceré mi presencia y me iré a mi cuarto a escribir o  masturbarme. El autobús cruzaba la periferia, que no es sino un vertedero de hombres. ¿Qué tal en la casa? Luego llamaré, y me arrepentiré, y volveré a llamar, y me volveré a arrepentir... Por qué razón del demonio tengo que tener, con lo felizmente desgraciado que yo era estando sólo...

 


 

    Estando en un lugar que es límite de la existencia, esto es, entre el fin y el principio del mundo, donde sólo los hombres con perro oledor entran y salen, recordó que una vez las cosas eran distintas. Y ello se veía en todo lo que le rodeaba.  Al sur... Más al sur ya no hay nada conoció a una mujer del viaje impulsada a este encuentro desde una región muy nórdica. El punto de encuentro, cuando nadie venía, se pasaba las horas especulando sobre su futuro, muy pálido él, muy negro él. Nunca un punto de encuentro esperó tanto como este, si descontamos los puntos aparte. Pues bien, ya  que se cuenta con un punto de encuentro sólo queda encontrar dos seres que tengan en común un instante y un lugar. Aquí, en la esperanza del pasado, el sol caía como un fruto en el horizonte. Y digo aquí, aunque se trata de un sitio muy lejano, y me refiero a presente, aunque se trate de un suceso muy pasado, porque se sabe que éste en comunión con todos los lugares forman una gran extensión que se conviene en llamar Aquí, y se sabe que el tiempo es una enorme bola sin cabos a los que asirse. Es costumbre y también sucede así en ciertos casos especiales, que a los puntos de encuentro, que por sí sólos merecen que se les trate, suelen llegar a un tiempo los pares que se van a encontrar. El viajero, que ya entonces contaba con la sombra de su perro tanto como su perro disponía de la suya, andaba delante o detrás, nunca en estado paralelo no se sabe si por hacerse el animal alguna distinción, y mientras lo hacía, su vista iluminaba el camino, pues sin ella éste se imagina estaría a oscuras y lleno de obstáculos. Y así viajando hacia el suyo propio, recorió puntos de encuentro muy diversos, algunos vacíos, otros ya en blanco y negro, la mayoría interrogantes e impacientes por ver su futuro. Hay que decir que varios pusieron a prueba la templanza de nuestro gallo de gallinas de polvo y barro, y que aprovechando la situación impar del pararayos del sol del camino, se insinuaron con artes despreciables. Pero él, siempre alerta, supo esquivar todos menos el último, que al esperarle puso fin a la convivencia pacífica perro-dueño. Acercandose por otra vía estaba la viajera con su pelo enmarañado y su cuerpo polvoriento. Ella también despidió a los suyos con  ademán alegre, señalando por otro lado una ventana a un mundo de compañía. Como más al norte no hay nada, preparó un viaje al sur,  a campos más secos. Su figura recorrió la interminable senda antes de morir su soledad en manos de algún otro que buscaba enterrar la suya.  No viajaba con perro, pero muchos le salieron al camino y le montaron la pata. El punto de encuentro entre estos dos que hemos dicho llamado Aquí en representación del punto Universal, no disponía de sur, pues se sabe que más al sur no hay nada. Quizá esto extrañe a los giradores libres de cabeza pero me consta que hay lugares que no disponen de todas las orientaciones y en particular, este no disponía de sur porque era el mismo sur, meca de caminantes con o sin perro que se le alejan por ver venir su reflejo en un camino...

 Ahora, en un lugar que es límite de la existencia, un rato tras la muerte y esperando volver a nacer, el viajero, que observa como en orbitas de brazo variable un perro hocico a tierra busca sin perder el ánimo,  que a veces le ve y a veces le adivina cuando los setos un dia floridos le separan unos segundos de su sombra, recuerda que un dia todo fue distinto, las cosas fueron distintas. Fue una vez que había perdido de vista al perro y preguntó a una mujer que extrañamente cruzaba un punto de encuentro vacío... No se que le gustó, quizas sólo poder preguntar a alguién, hacer un puente entre dos islotes circunstancial, descansar de su orilla en brazos de otra arenosa y cálida. El oxigeno que respiró, transmitió las palabras. El telón no cayó antes del final.

 Los tres seguían discutiendo mientras el viajero, en la sopa, se reflejaba en el aire. Con cada sorbo de sí mismo y no pudiendo esquivar el torrente de palabras malignas de los enfriadores de café, se escapó hacia recuerdos agradables pero tuvo que volver. De repente uno de los tres educandos se levantó y se fue. Los otros se quedaron extrañados...¿Es posible que haya un final?  Se preguntaban sacando la mirada del tiesto en un gesto reflexivo. Se olvidaron el uno del otro mientras duró el levantamiento de pesa cerebral. El comedor entonces permaneció callado no se sabe si en señal de respeto. Tembloroso, lo veía el viajero escapado en la sopa, otro profesor se levantó, miró a todos lados como esperando localizar una gacela, y salió sigiloso a cuatro patas contra el viento. Se quedaron entonces solos si se admite que cada uno en una mesa les separaba tanta distancia como para estar solos en el mismo recinto...El único profesor que quedaba buscó, y en esto encontró al viajero medio en la sopa que le miraba asustado. Intentó escapar otra vez pero le faltó respuesta y el educando, como un tigre tirando de un cuerpo de mula, se encendió un cigarro, pidió un café para él y otro para su fingido amigo, y comenzó a hablar lentamente, seguro de sí mismo, mientras el café extrañado veía como no era bebido por más que soltaba su aroma caliente.  

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